jueves, diciembre 23, 2010

La Nueva España del Partido Popular

Como buen partido de la oposición que se ve ganando las próximas elecciones, el Partido Popular de España ha decidido que hay que reformar la Constitución de 1978. Como digo, no es novedad, pues ya en 1995 el Partido Popular exigía al último gobierno de Felipe González una reforma de esta norma por haberse "quedado obsoleta". Obviamente, en cuanto subió al gobierno se olvidó de todo. Justo en el mismo momento en que vio los esfuerzos que cualquier gobierno ha de hacer para liderar un cambio constitucional, incluida la disolución de las cortes tras un referéndum sobre la reforma.

Este tic no es exclusivo del Partido Popular. El Partido Socialista Obrero Español también llevaba en su discurso de 2003-2004, cuando era oposición, el cambio constitucional. Eran momentos entonces en los que, quién los había visto, el PP se oponía a cualquier retoque en la norma fundamental del derecho español, alegando que tocar la Constitución era romper España y utilizándola en su estrategia de arrinconamiento político de los nacionalismos vasco, catalán y gallego. José Luis Rodríguez Zapatero proponía una revisión de la Constitución para, entre otras cosas, cambiar los derechos de sucesión de la corona que priman al varón. Cambiar la Constitución para darle la corona a la hija primogénita de unos señores, bisnietos y nietos de reyes que apoyaron y legitimaron dictadores e hijos de otro señor que fue colocado por un régimen dictatorial era, entonces, de izquierda y feminista. Por supuesto, una vez entró en la Moncloa, Zapatero se olvidó del asunto y el PSOE dejó de promulgar su supuesto izquierdismo y feminismo constitucional.

Ahora el PP huele a triunfo. Las elecciones generales de 2012 están, como quien dice, a la vuelta de la esquina. Y, por tanto, es hora de proponer reformas constitucionales que apoyen su visión de España. En estas está el laboratorio de ideas del PP, la FAES, fundación dirigida por el ex-presidente José María Aznar. La propuesta, como cabría esperar de los tiempos que corren, consiste en reducción presupuestaria y reformulación territorial. En el informe La descentralización de competencias en las CCAA en España. En este informe se propone reagrupar Comunidades Autónomas entre ellas, y algunos Ayuntamientos, con el fin de racionalizar económicamente este despropósito que es el Estado de las Autonomías. Qué cada uno se sienta de donde quiera, pero todos juntitos y sin diferencias económicas.

Esta vuelta al estado centralizado es una propuesta que, en principio, podría atacar directamente los intereses de esos nacionalismos antes mencionados aquí y que desde el PP se empeñan en calificar de nacionalismos periféricos, como si el nacionalismo español de ellos fuera el único y central nacionalismo posible. Sin embargo, la propuesta de reagrupar las autonomías podría ser bien acogida en el seno de estos "problemas de España". Así, Cataluña podría agruparse con la Comunitat Valenciana y las Islas Baleares y Aragón, creando una gran Comunidad Autónoma que, si bien algunos llamarían Països Catalans + Aragó, en realidad sería volver a la Corona Aragonesa.

También se podrían reagrupar, ahora que la izquierda abertzale parece predispuesta a legalizarse, la Comunidad Autónoma del País Vasco con Navarra y La Rioja. Si se iniciasen las gestiones con Francia para la cesión del País Vasco Francés, tendríamos una Euskal Herria dentro de España, algo insospechado hace unas fechas.

Y, puestos a unir, que el Bierzo se lo quede Galicia. O, ¡qué demonios!, que se quede con la provincia de León entera. Total, la gran Castilla volverá a surgir tras la unión de Castilla y León (sin León), Castilla La Mancha y la Comunidad de Madrid -qué regusto para su Presidenta. Andalucía se podría quedar con Extremadura y Murcia -alguien se la tenía que quedar- y de rebote también con Ceuta y Melilla, en una Comunidad Autónoma nueva que se llamaría, lógicamente, Comunidad Autónoma de Al-Ándalus. Faltaría por repartir Asturias y Cantabria, que se unirían en la Comunidad Autónoma del Turismo Madrileño.

Algunos ya se habrán dado cuenta, nos falta por repartir las Islas Canarias. Tan lejos de la península son complicadas de juntar con otra autonomía. De manera que desde aquí se propone negociar un Tratado de cesión de la soberanía por 70 años a Inglaterra y Alemania. Ellos tienen más dinero y, total, la mitad de las islas ya son suyas.

¿Qué me dicen? Mola este mapa del medievo español ¿verdad? ¡Viva la España de las 6 autonomías!

viernes, diciembre 10, 2010

Tribulaciones de un hombre en tierra

¿Qué tal el puente? ¿Ha salido bien? Si viajaste en coche, seguro que no tuviste problemas. Si fuiste en avión, habrá sido como volver al servicio militar: muchas preguntas, más desconcierto, pocas respuestas y sargentos chusqueros abriéndose paso allá donde les mandan. El valor, claro está, se le supone. Y la comida tampoco sería gran cosa.

Siempre que sale por la televisión un conflicto laboral me estremezco. Es importante mantener una cierta distancia con tanta historia humana que sale en las noticias. Máxime cuando éstas siempre refuerzan la posición del patrón/institución pública. Ya pasó con la huelga de metro de Madrid, que salía Esperanza Aguirre (o la cólera de dios) a la palestra diciendo que estos pocos trabajadores habían “secuestrado” una ciudad -como si eso se pudiera hacer- cuando en realidad era la Comunidad de Madrid –el patrón- la que había secuestrado el Derecho a la Huelga de sus trabajadores intentando imponer unos servicios mínimos que casi implicaban a más personal del que había contratado en un día normal.

En el caso de los controladores –y controladoras- aéreos las cosas no siempre son como nos las explican en la tele. No digamos ya como las explica el Gobierno. Cuanto menos, en un conflicto así merece la pena echar un ojo a ver qué dicen esos pequeños demonios que controlan el espacio aéreo de este país. Y lo puedes hacer de manera bien sencilla, a través de este blog o de este post.

Por lo que parece, el colectivo de controladores y controladoras, además de tener un portavoz sindical sexy –que fue lo único que pareció quedar claro con su huelga del mes de agosto-, tiene problemas laborales bastante complejos. Básicamente, que su jornada laboral va más allá del límite físico exigible para una persona del siglo XXI. Cierto que en el XIX se trabajaban más horas, pero también había revoluciones todos los días, epidemias por todas partes y un Rey que vivía sin importarle lo que pasara en su reino que… bueno, las cosas tampoco han cambiado tanto.

AENA, el organismo estatal que se hace cargo del control de los aeropuertos y del espacio aéreo –unos puntos verdaderamente estratégicos para cualquier Estado actual-, ha visto cómo se han multiplicado las necesidades laborales de un colectivo como el de los controladores. Ahora, eso es cierto, existen muchos más aeropuertos por la geografía nacional. En total, 48. Nada más y nada menos. Pero al parecer no han aumentado la plantilla de controladores.

Por el contrario, la solución de AENA ha sido la de subir el precio de la hora extra. Haciendo que los trabajadores de cualquier torre de control cobren lo que cobran –que se dice que es mucho, que puede ser menos pero que, en cualquier caso, está por encima de la media-, pensaba AENA que ya todo estaba solucionado. El mensaje de estos días ha sido simple: los controladores hacen horas extras porque les da la gana.

Si alguno de Uds. trabaja –que con tanto millón en el paro ya no sabe uno cómo se comportan sus lectores- habrá comprobado que generalmente las horas extras no se hacen queriendo. Se hacen porque no queda más remedio. ¿Se imaginan una torre de control donde a todos los controladores se les cayera el lápiz al sonar el timbre? Sí, sí. ¿Se imaginan a cualquier controlador dedicando las mismas horas de trabajo efectivo que, pongamos por caso, una conocida mía que es funcionaria del Ministerio del Aire? Más de uno y más de dos no cogían el avión.

A esta situación el Gobierno, que es el responsable de AENA, ha contestado mandando a hacer puñetas los derechos laborales de los controladores. El viernes día 3 de diciembre –con un par- el Consejo de Ministros, a propuesta del Ministerio de Fomento, Sr. Pepe Blanco –y en botella-, aprobó un decreto por el que los controladores de AENA debían devolver las horas de baja que habían tenido durante el año. ¡Devolver horas de baja! Es decir, que si Ud. es controlador o controladora y ha tenido un hijo durante 2010, cogiéndose sus correspondientes días de baja, los cuales son un derecho de todos los trabajadores de este país, ha de hacer como si no contara y volverlos a trabajar. ¿Qué tuvo un resfriado en el mes de febrero que le tuvo con fiebre una semana en casa? Pues ahora esa semana me la trabaja de nuevo. Ellos te lo pagan, no vaya a ser que tengas de qué quejarte o los llames esclavistas.

Los controladores, en el momento de conocer el decreto, actuaron de manera irresponsable y mandaron a tomar vientos la convocatoria legal de huelga. Desconozco por qué estos señores tienen un sindicato diferente, propio, y no se integran con otros sindicatos de sus compañeros de AENA, pero lo que está claro es que su legitimidad sindical ha perdido mucha fuerza por culpa de una acción que, aunque comprensible, no estuvo bien medida.

Ahora son ellos los malos de una película que se televisa en todas las pantallas de las salas de estar de España. Son ellos los que han acabado, sin previo aviso, con las vacaciones del español medio –algo intocable desde que el mundo es mundo y a España la gobernaba Franco-, los que amenazan la fecha de Nochebuena y Navidad y los que han hecho que los focos se desvíen del incompetente Ministro.

Porque es el Sr. Blanco, una vez más, quien habría de pagar los platos rotos. Es él quien se los ha cargado siendo incapaz de gestionar un conflicto laboral en un departamento de su Ministerio. Es él quien ha vuelto a sacar a los tanques a las calles, ocupando la casilla inmediatamente inferior a la de los Señores Tejero y Milans del Bosch. Es el PSOE quien ha hecho de farolero en esta juerga de la privatización que se está produciendo en todo lo público en España, impidiendo que un cuerpo laboral bien pagado, como el de los controladores, se vea incrementado justo cuando piensa vender esa empresa a algunos de los 37 empresarios más influyentes del país.

No sé a Uds. pero a mí este conflicto abierto durante los días de asueto nacional me han servido para acercarme a la realidad de unos trabajadores y trabajadoras que podrán cobrar en un mes lo que yo en un año, podrán tener su propio sindicato, podrán fallar en su forma de reivindicar sus derechos pero que, en el fondo no dejan de ser trabajadores con los que en muchos aspectos me puedo sentir identificado. Harán más huelgas, me dejarán sin volar, o con retrasos, me perderé fiestas familiares por culpa de ellos y me acordaré por tanto de todos sus muertos, pero sabré que quien tiene la culpa lleva corbata y se dice llamar Ministro. Al final van a hacer bueno eso de “líbreme dios del PSOE, que del PP me libro yo solito”.

jueves, diciembre 02, 2010

Pluja Constant, de Pau Miró

Pocas, muy pocas veces nos viene el teatro a visitar a este espacio. No será porque los destripadores no vayamos a este espectáculo que ya casi cuesta menos que una tarde de palomitas y cine y que, además, siempre promete cosas interesantes. O bien risas, o reflexiones o charlas nocturnas de regreso a casa. Por eso, porque vamos muchas veces, es importante hacer el esfuerzo de plasmar aquí trabajos teatrales tan bien hechos como “Pluja Constant”.

Esta obra está siendo representada en la sala La Villarroel de Barcelona, bajo la dirección de Pau Miró. El libreto es de Keith Huff y ha sido un éxito de taquilla en EE.UU. pasando a ser representada de Chicago a Los Ángeles o Broadway. Aquí nos llega sin cambios de ambientación o adaptaciones del libreto a la cultura local en tanto en cuanto la globalización del imaginario cultural americano nos hace comprensibles cualquiera de los elementos que se representan.

El género del thriller o de la novela negra al estilo americano no está muy plasmado en las tablas. No es habitual ver una obra de teatro sobre una historia de policías y que, a pesar de lo que se piensa sobre el arte teatral, represente la acción de una manera tan trepidante. En épocas del 3D y demás modernidades, poder disfrutar y encogerse en el asiento de impresión por una obra de teatro significa que alguien hace muy bien su trabajo.

Y más si se paran a pensar que sólo hay dos actores sobre el escenario. Joel Joan y Pere Ponce, dos conocidos de las cámaras de televisión, se plantan en la piel de los policías Danny y Joey, un italoamericano y un irlandés –los irlandeses no dejan nunca de ser irlandeses para pasar a ser americanos. Entre ellos dos nos cuentan la clásica historia de policías de barrios bajos de una ciudad norteamericana en decadencia, durante la década de los 70. Una historia de Starsky & Hutch.

Joey y Danny son dos niños hijos de inmigrantes que han crecido en los barrios pobres de Chicago. Allí traban una amistad que continúa hasta el momento en que nos presentan a los dos personajes, adultos, siendo compañeros en el cuerpo de policía de la ciudad. Joey –Pere Ponce-, irlandés, no tiene familia. Vive agarrado a la botella, desilusionado porque siempre le deniegan el ascenso a detective y a la sombra física de su compañero. Danny –Joel Joan- tiene mujer y dos hijos, una casa grande en donde ver la televisión con su familia, una manera poco ortodoxa de ejercer su profesión y el único problema de buscar una salida para la vida de su amigo Joey. A partir de aquí iremos entrando en una historia en donde se mezclan infidelidades, prostitución, drogas y un tiro perdido.

En la versión americana los actores que representaron la obra fueron Daniel Craig –Joey o Pere Ponce- y Hugh Jackman –Danny o Joel Joan. No sé hasta qué punto estos actores eran capaces de hacer sobre el escenario todo aquello que los dos actores catalanes hicieron durante la representación de anoche. La obra está contada a base de monólogos o pequeños diálogos entre los dos personajes. Ellos solos son capaces de contar la historia, de hacer que te imagines a todos los personajes, que, a pesar de que estés sentado en una silla escuchando cómo te cuentan una historia en pasado, saltes inquieto y te estremezcas ante las situaciones de tensión que nos representan.

Joel Joan, un actor que despierta tantas simpatías como odios, está estupendo. Siendo él mismo, es capaz de hacerte sentir el dolor a través del retorcimiento de su cuerpo, de comprobar cómo la podredumbre se va abriendo paso a través de su cuerpo. Pere Ponce está al mismo nivel o más que él. Dos actores complementarios que interpretan papeles distintos y que evolucionan durante la representación. Incluso, en un momento dado, son capaces de interpretar a dos voces una rock que deja en el peor lugar a muchos de los mal llamados artistas de la canción.

Más allá de la historia y de las excelentes representaciones de Ponce y Joan, la obra deja ese regusto amargo que llega tras la derrota. Una derrota que llega cuando el círculo de la vida se convierte en espiral descendente y el personaje se ve incapaz de ponerle freno a su caída. Algo que da tanto miedo porque todos estamos siempre muy cerca de ese abismo que nos refleja la historia. Lo que ocurre es que siempre encontramos escalones a los que agarrarnos en mitad de la caída, escalones que se pueden llamar familia, ahorros o seguridad social. Pluja Constant es la historia de dos manos que se agarran a varios escalones durante una caída, y la historia de cómo, uno a uno, con deferente carencia, éstos se rompen dejando al vacío como único testigo de la tragedia.

lunes, noviembre 29, 2010

Microanálisis electoral

Una vez finalizadas las votaciones y hechos los recuentos, a expensas de los clásicos sacos de voto por correo, ahora vienen los análisis. En cualquier sitio les dirán que CiU ha ganado las elecciones con una mayoría suficiente. También escucharán análisis sobre los descalabros del PSC y ERC, el ascenso del PP, cómo Iniciativa ha logrado salirse más o menos airosa, la sorprendente irrupción de SI y el éxito de C’s. Parecía increíble hace unos años, pero el Parlament de Catalunya comienza a ser un arco multipartidista. Debajo de esos análisis que encontrarán por todas partes, existe un microanálisis mucho más interesante.

Comenzando con un toque siniestro. ¿Sabían Uds. que el partido de Carmen de Mairena (sic) ha sacado más votos que el partido de Rosa Díez? ¿Sabían, de hecho, quién es Carmen de Mairena? Estas dos opciones bizarras se han hecho con 6.982 y 5.293 votos respectivamente. Una derrota increíble para un partido como el de Rosa Díez, UPyD, con un Diputado en el Congreso y otro en el Parlamento Vasco, empeñado por tanto en hacerse un hueco a nivel nacional a través de la crítica política no propositiva. Sus sesudos análisis post-electorales no se han hecho esperar y, cómo no podía ser de otra manera, la autocrítica no se contempla. Si la gente no vota UPyD es porque está enferma. Visto lo visto Rosa Díez, o en su defecto el candidato de UPyD en Catalunya, ex de C’s, debería ponerse morros de silicona. Así, al menos, haría gracia.

Siguiendo con este ataque de frikismo electoral, podemos centrarnos en Escons en blanc, un partido cuya única promesa electoral consistió en que, de ser elegidos, no se presentarían nunca al Parlament. Absentismo parlamentario, como si lo hubieran inventado ellos y no Felipe González. Esta opción política se hizo con unos extraordinarios 14.000 votos en la provincia de Barcelona. Aunque su mensaje casi no caló más allá y con sólo 18.000 votos en total no obtuvieron ningún escaño del que desertar.

De los partidos extraparlamentarios, el que más revuelo ha causado durante la noche electoral es Plataforma X Catalunya (PxC). Un partido xenófobo, cuyo principal argumento político es la expulsión de los inmigrantes, apoyado por la extrema derecha europea –cuentan con un crédito de 100.000€ de los fascistas austriacos- estuvo durante gran parte del recuento ganando 4 diputados por la provincia de Barcelona. Al final, el corte del 3% de votos para poder acceder al reparto de escaños los dejó fuera y sitúa, a día de hoy, el límite que separa el fascismo de las instituciones de Catalunya en 12.733 votos. Ni una persona más ni una persona menos. Pero más allá de las cuestiones estadísticas, en mi mesa electoral ha habido 14 personas que votaron por PxC. Eso significa que, en mi calle, en un barrio barcelonés de gran porcentaje de población inmigrante y obrera, podría haber 14 vecinos que son xenófobos. El drama se cierne sobre nuestras cabezas y el debate sobre la inmigración o es omitido por los partidos de centro, o utilizado demagógicamente por la derecha o directamente omitido y sustituido por el buenismo por las izquierdas. Y así pasa, que al final dejamos que el PP lidere el mensaje sobre inmigración y que PxC se encuentre a la puerta del castillo y haya comenzado a cruzar el foso. Sólo 12.000 votos, 14 personas en mi calle.

Y las izquierdas. Existe un chiste muy viejo que dice que si juntas en una habitación cerrada a 2 miembros del Partido Comunista durante una hora, al salir tendrás dos partidos comunistas y ambos se acusarán entre sí de revisionistas. Ahora, además, tienen la costumbre de ver el vaso medio lleno cuando, en realidad, la cosa está jodida para ellos.

En anteriores entradas hemos hablado sobre la ausencia de propuestas desde la izquierda a un momento de crisis de legitimidad económica, social y política. En Catalunya ha surgido una nueva opción política en la candidatura Des De Baix en la que se integran partidos como Izquierda Anticapitalista, Corrent Roig y Lluita Internacionalista. Como pasa siempre que se juntan varios proyectos de izquierdas, se hace ruido en la calle y hasta en algún medio. Esta candidatura pareciera que, sin ningún tipo de aspiraciones de entrar al Parlament, cuando menos si se configuraba como un nicho de votos de izquierda indignados con los partidos grandes como ERC o Iniciativa y muy cercana a los movimientos sociales.

Al costado de Des De Baix, otras opciones de izquierdas más clásicas o tradicionales de los comicios electorales, como el Partit Comunista del Poble de Catalunya, el POSI (Partido Obrero Socialista Internacionalista) o la Unificación Comunista de España. De todas estas fuerzas de izquierdas, sólo Des De Baix tiene más votos que ese nivel crítico de ridículo que constituye el partido de Carmen de Mairena (CORI). Y no se crean que los superan por mucho. Mientras que el CORI obtiene 6.982 votos en total, Des De Baix recibió el apoyo de 7.169. Una fina barrera de 187 votos entre hacer el ridículo y salvarse por los pelos, pero muy lejos de esos 13.858 que obtuvo la siguiente fuerza política por encima de Des De Baix: el PACMA o Partido Animalista.

Grandes contrincantes para la izquierda minoritaria, como ven. Pueden o hacer el ridículo o duplicar sus fuerzas para quedar por encima de un partido cuyo único punto en el programa son los animales.

Justo por debajo de esa línea del ridículo encontramos al partido de los Piratas. Un conglomerado electoral que mezcla la libertad de empresa y el acceso a la cultura en su programa electoral ha estado a punto de alcanzar al CORI con 6.489 votos. Vemos también que hay más pensionistas que comunistas de los pueblos de Catalunya, 3.198 por 2.942, y que -¡oh, dios mío!- el Partido Aragonés cuenta con 97 votos en la provincia de Lleida. Si ya me sorprende que estén en el gobierno de Aragón…

Ya, por último, quisiera hacer una especial mención para aquellos partidos de los amigos. Aquellos Democraticaweb, Partit de Justicia i Progrès, Alternativa Liberal Social y Solidaridad y Autogestión Internacionalista, que obtienen entre 84 y 42 votos. Tener tantos amigos más allá del Facebook, hoy día, debería tener recompensa.

domingo, noviembre 21, 2010

Jernigan, de David Gates

Escoger un libro por su contraportada. Todo el mundo sabe que esa técnica tiene un riesgo muy alto. Pero, a la hora de la verdad, todos lo hacemos. Es más, los hay incluso que eligen un libro por la portada adecuada. ¡Malditos editores con gusto! En este juego, los de Libros del Asteroide se llevan la palma. Portadas como la de Calle de la Estación, 120 hacen que te lances irremediablemente a su lectura. Además, cuando la historia acompaña, como en dicho libro de Leo Malet, todo parece perfecto.

Sin embargo, sea como sea, a veces no se acierta. O al menos no del todo. Eso pasa con Jernigan de David Gates. [Seguir leyendo sobre Jernigan, de David Gates]

Jernigan, de David Gates

Escoger un libro por su contraportada. Todo el mundo sabe que esa técnica tiene un riesgo muy alto. Pero, a la hora de la verdad, todos lo hacemos. Es más, los hay incluso que eligen un libro por la portada adecuada. ¡Malditos editores con gusto! En este juego, los de Libros del Asteroide se llevan la palma. Portadas como la de Calle de la Estación, 120 hacen que te lances irremediablemente a su lectura. Además, cuando la historia acompaña, como en dicho libro de Leo Malet, todo parece perfecto.

Sin embargo, sea como sea, a veces no se acierta. O al menos no del todo. Eso pasa con Jernigan de David Gates. Este norteamericano de 67 años logró publicar a los 44 su primera novela y llegar con ella a ser finalista del Premio Pulitzer en 1991. La novela triunfó como un libro de personajes y de perdedores, dos cosas que están especialmente valoradas en la literatura norteamericana contemporánea. La manera de contar la historia de David Gates es adictiva, entretenida y de trazo ágil. Sin embargo, la historia no aguanta las expectativas que sobre él crearon.

Jernigan es el nombre del protagonista de esta historia de autodestrucción. Proveniente de un ámbito social y cultural elevado, tiene una relación especial con el alcohol que domina por completo su estado vital, así como dominó el de su esposa. Con el recuerdo de la tragedia familiar vivida por él y por su hijo, Jernigan se lanza a tratar de recuperar su vida de la única manera que sabe: no haciendo nada y esperando que todo se resuelva solo. Su inapetencia por su vida y su despreocupación por la de su hijo adolescente, Danny, y todo lo que rodea a éste parece que milagrosamente le está siendo recompensada al verse, de repente, reconvertido en un nuevo cabeza de familia. Sin embargo, Jernigan es alguien capaz de destruirse muchas veces seguidas y a un ritmo aún mayor del esperado.

Como se podrá observar, Jernigan es el arquetipo del personaje moderno de la literatura norteamericana de hoy día. Algo que funciona comercialmente muchas veces pero que literariamente es mucho más complejo. Sólo es un borracho, pero con un nivel cultural muy elevado que permite al autor demostrar cuantísimo nivel cultural tiene a través de la inclusión en el relato de diversas referencias a la cultura pop o literaria. Jernigan, el personaje, es sencillamente el medio que David Gates ha utilizado para poder pavonearse de toda aquella cultura que está en los márgenes de la masificación y que a él le encanta o simplemente le hace gracia. Y por lo que parece, funciona hasta el punto de que la editorial le ha abierto un My Space propio a la novela. Todas las críticas del libro son muy buenas, pero en realidad le cuesta pasar del aprobado.

Por lo demás, Jernigan es un borracho que, como tal, no es lo suficientemente cuerdo como para entender y afrontar que sus compañeros de relato –su hijo Danniel, su nueva pareja y la hija de ésta- tienen más problemas que él. Es un tipo –perdedor por naturaleza- que puede caer simpático al comienzo, pero que no aguanta el relato largo, convirtiéndose en un tedioso insoportable.

Como decimos, es un libro divertido que está bien contado, de una manera divertida, que provoca una adicción a su lectura lo suficientemente grande como para pelearle al sueño unos minutos más cada noche.

lunes, noviembre 08, 2010

La estrategia difusa de las izquierdas

Llevamos ya varios años hablando del proceso de crisis. Tantos que la crisis que comenzó siendo económica, ha respondido con una crisis en todos los aspectos del ámbito de la vida. Generalmente, durante otras crisis, la inseguridad económica se traducía en el aumento de confianza de las personas hacia otras instituciones sociales o políticas. En este sentido, de las crisis económicas salían reforzadas las organizaciones políticas o sociales que, acompañando a las personas en la incertidumbre de la crisis, creando espacios de confianza, habían logrado asumir nuevos ámbitos de legitimación.

No se confunda el lector de este blog con la clásica dicotomía –y ya convertida en mitología social- “crisis (económica) de derechas y soluciones (sociales) de izquierda”. De las crisis del capitalismo del siglo pasado, que fueron muchas, salió fortalecido el propio sistema, adaptándose a la nueva situación surgida de la crisis y estableciendo acuerdos espaciotemporales que permitieron su transformación y adaptación, generalmente fortaleciendo electoralmente al aparato político de la derecha. La prueba histórica más clara de esto es la victoria de De Gaulle tras la crisis de Mayo del 68. Aún así, siempre ha habido espacio para la rehabilitación de la izquierda y el pensamiento transformador de la sociedad y del sistema y, en ocasiones, ha habido situaciones de crisis en donde el electorado de izquierdas se ha visto reforzado.

Sea como sea, la crisis económica que comenzó en 2007-2008 ha terminado por traspasarse a los ámbitos político y social, multiplicando las crisis hasta el punto de no dejar títere con cabeza. En España, al menos. Nuestra predisposición a participar en sociedad en algún tipo de organización, a hacernos responsables del ámbito social o político de nuestras vidas, ha caído en picado tras las pocas, nulas o fallidas respuestas que hemos encontrado durante estas crisis.

La Huelga General del 29 de Septiembre de 2010 no fue, en absoluto, un éxito. Los medios de comunicación cercanos al gobierno, por supuesto, no apoyaron los mensajes de la huelga. Los medios de la derecha y oposición, lógicamente, tampoco. Pero más allá del mensaje político de las portadas de los periódicos, la huelga no tuvo una repercusión real en la vida laboral de las personas porque los sindicatos oficiales (CCOO y UGT) no supieron cómo ocupar el espacio de incertidumbre que la crisis económica había creado. Los trabajadores y trabajadoras que decían representar llevaban esperando contestaciones de las centrales sindicales a los problemas de la crisis desde que esta comenzó hará ya tres años. La respuesta no llegó ni en tiempo ni en forma y esta deslegitimación de la representación sindical ha sido aprovechada por gobiernos de la derecha ultraliberal para cuestionar el sistema a favor suyo, tal como aprovechó en su día la huelga de metro para cuestionar el derecho a la huelga en los servicios públicos.

Las centrales sindicales se han mantenido dormidas durante estos tres años, impidiendo que la población canalizara a través de ellos el enfado y la frustración que la multiplicación de ERE’s y demás tretas de los grandes empresarios estaban desarrollando en los peores momentos de la crisis económica. Su deslegitimación se acentúa más cuando uno se para a comprobar que no han sabido adaptar su activismo sindical a un sistema capitalista que, desde hace ya más de veinte años, viene generando beneficios con la destrucción de empleo y ha convertido el salario en un gasto deslocalizable más. Su reflexión, ausente de los centros de trabajo y donde no se escucha ninguna voz discordante, ha caído en saco roto.

Tampoco la izquierda política de proyecto más transformador ha sabido hacerse con este espacio. Desde las protestas mayoritarias contra la Guerra de Iraq, Izquierda Unida y otros proyectos de izquierdas no parlamentarios, han pretendido canalizar este esfuerzo colectivo por intervenir en la vida política. Pero no lo han conseguido. Y principalmente no han sabido hacerse con esta legitimación por haber actuado como catch-all party o partidos atrapalotodo, intentándose sumar a cualquier iniciativa social que supusiera un mínimo cambio en la sociedad sin pararse a reflexionar cómo se integraría esta reivindicación dentro de un programa político global de transformación social, económica y política. Con la suma de tantos lazos de colores, la izquierda formal ha camuflado su identidad de las identidades de quienes no quisieron o no tuvieron el espacio para reivindicarse dentro de la formación política. Así podemos observar paradojas políticas como la reivindicación del internacionalismo junto con la de nacionalismos periféricos.

Casos como el del viaje del eurodiputado Willy Meyer al Sahara Occidental, donde pretendía realizar labores de testigo de la represión marroquí ponen de relieve la urgente necesidad de repensar la izquierda oficial. Es bien sencillo, hoy, ponerse el lazo solidario con la población del Sahara. Allí existen claramente dos bandos definidos y la alineación con el bando más débil y la reivindicación aparentemente más justa es un mensaje político sencillo y fácil de realizar en tanto no requiere ni de una posición política fuerte ni de una reflexión colectiva. Sin embargo, ya no es tan sencillo ser capaces, como izquierda formal, de realizar tareas de apoyo a los trabajadores y trabajadoras que se ven afectados por un ERE, donde la compañía multinacional, además, negocia contratos de permanencia en el territorio con las instituciones públicas, y donde tus votos se ven en juego en tanto en cuanto la mesa de negociación del ERE la forman también trabajadores cualificados que no se ven afectados por dicho ERE y que constituyen una bolsa de votos urbanos de izquierda muy apetecible. Ante esta dicotomía, tenemos una izquierda formal congelada, la parlamentaria y la extraparlamentaria.

Es más sencillo obtener una carta de apoyo firmada por Noam Chomsky y demás intelectuales de izquierda global, indignarse con cualquier problema internacional, admirar las huelgas y resistencias francesas o perseguir la paz mundial que la que lograr paralizar un ERE. Y en esas estamos. Sin política, sin organización y con la crisis debajo del brazo.

lunes, octubre 25, 2010

Seis sospechosos, de Vikas Swarup

Salir del trance del primer éxito es una prueba que no todo el mundo sabe soportar. Cuando tenía apenas 11 años saqué un 10 en matemáticas, una disciplina quetradicionalmente, si es que se puede hablar de tradiciones cuando uno tiene sólo 11 años, no había sido la mía. Quizás porque de repente le encontré la lógica, quizás porque alguien me lo supo explicar bien o porque los astros se alinearon de forma especial. Fuera lo que fuera, el 10 en matemáticas, el primero, causó una presión insoportable ante el siguiente examen. Que la siguiente nota fuera un 8 supuso un golpe duro. La nota era buena, mejor que la media de los anteriores exámenes, pero la caída del cajón de la perfección hizo que me supiera a polvo. En cualquier caso, la presión de mantenerse en la excelencia había caído y con esa libertad me pude dedicar a estudiar como siempre y olvidarme de los astros.

Así pues puedo comprender lo que ha tenido que ser la escritura de Seis sospechosos para Vikas Swarup. Este diplomático indio no tiene por profesión la novela. Es más una afición, muy compartida históricamente por los miembros de la carrera diplomática, que terminó por granjearle un éxito y notoriedad mundiales. Con su primera novela Slumdog Millonare o ¿Quién quiere ser millonario?, recibió todo tipo de elogios. El éxito de la película basada en la novela hizo que se multiplicaran sus ventas. Y ante ese 10, Swarup continuó escribiendo. [Seguir leyendo sobre Seis sospechosos, de Vikas Swarup]

Seis sospechosos, de Vikas Swarup

Salir del trance del primer éxito es una prueba que no todo el mundo sabe soportar. Cuando tenía apenas 11 años saqué un 10 en matemáticas, una disciplina que tradicionalmente, si es que se puede hablar de tradiciones cuando uno tiene sólo 11 años, no había sido la mía. Quizás porque de repente le encontré la lógica, quizás porque alguien me lo supo explicar bien o porque los astros se alinearon de forma especial. Fuera lo que fuera, el 10 en matemáticas, el primero, causó una presión insoportable ante el siguiente examen. Que la siguiente nota fuera un 8 supuso un golpe duro. La nota era buena, mejor que la media de los anteriores exámenes, pero la caída del cajón de la perfección hizo que me supiera a polvo. En cualquier caso, la presión de mantenerse en la excelencia había caído y con esa libertad me pude dedicar a estudiar como siempre y olvidarme de los astros.

Así pues puedo comprender lo que ha tenido que ser la escritura de Seis sospechosos para Vikas Swarup. Este diplomático indio no tiene por profesión la novela. Es más una afición, muy compartida históricamente por los miembros de la carrera diplomática, que terminó por granjearle un éxito y notoriedad mundiales. Con su primera novela Slumdog Millonare o ¿Quién quiere ser millonario?, recibió todo tipo de elogios. El éxito de la película basada en la novela hizo que se multiplicaran sus ventas. Y ante ese 10, Swarup continuó escribiendo.

Seis sospechosos es su segunda novela y tiene como protagonista, otra vez, a la India actual. Sí, los protagonistas son seis, como indica el título, pero Swarup ha querido enseñarnos todos los rincones de la India a través de ellos. Esta última frase, que podría ser el eslogan de cualquier documental de viajes de cierto atractivo, se convierte en la peor losa que le podrían poner a esta novela. Swarup se empeña en llevarnos a lugares y situaciones que fuerzan la historia de los seis sospechosos de manera poco natural. Uno tiene la sensación, mientras está leyendo, de que hay páginas y páginas en donde nos ha hecho perder el tiempo sólo para contarnos lo anecdótico. Como en un relato de cualquier iluminado solidario que al quedarse en paro decide irse a la India a encontrarse a sí mismo y te vuelve diciendo “son pobres pero tan buena gente”, Swarup se encarga de mostrarte que los pobres, muchas veces, no son imbéciles y que la pobreza, muchas veces, tiene varias caras. Poco interesante por manido y arquetípico, ya lo aviso.

Pero si queremos hacer una valoración total de Seis sospechosos estaremos obligados a ver más allá de estas torpezas propias de un escritor que, a pesar de la edad y a pesar del éxito de público inicial, está comenzando en esto de la novela. La historia que cuenta es una buena historia policíaca. Un hombre, rico, poderoso y corrupto, ha sido asesinado en su casa durante la celebración de una fiesta y la policía india ha detenido a seis personas que estaban presentes en la misma y que llevaban un arma. A partir de aquí, Swarup nos cuenta las historias de esos seis sospechosos de forma original y atractiva.

Por un lado contamos con un ladrón de móviles de los barrios pobres de la ciudad. Su relato está presentado en tiempo presente y en primera persona, como si estuviéramos dentro de su cabeza. El segundo sospechoso es el padre del asesinado. Este personaje es Ministro de Interior de un Estado indio, político corrupto y asesino por cuenta propia. Su relato está narrado a través de las conversaciones telefónicas que mantiene con diversos secuaces, jefes y demás personajes de la política y del Hampa indio. Y ya tenemos dos.

El personaje femenino de la trama es una de las estrellas de Bollywood, de quien sabremos a través de su diario. Como contrapunto, tenemos a un indígena de una pequeña isla del Índico, recién llegado al continente y absolutamente fascinado y deslumbrado por la civilización, cuya historia está narrada de manera clásica y correcta. Ya van cuatro.

Los dos últimos puestos de sospechosos se los reparten un americano que representa lo más profundo de Estados Unidos, tejano y paleto, que por una serie de casualidades llega a la India presto a comenzar una vida nueva –y cuyas expresiones campestres te harán llorar de risa- y un viejo secretario del ministerio indio, vicioso y perverso al que, por una serie de casualidades, se le ha introducido el espíritu de Ghandi ocasionándole problemas de personalidad.

Además, la novela está repartida en varios bloques de capítulos que la hacen emocionante. Por un lado están los capítulos de “Presentación” –que vendrían a ser los del tradicional “Planteamiento”. Luego se explican los “Móviles” de cada uno de los sospechosos, uno por uno –el “Nudo”. Y finalmente, el “Desenlace”, a través del cual se juegan con giros y contragiros y recontragiros poco esperados hasta el definitivo final.

A pesar de la dilapidante crítica de la novela que se ha hecho al comienzo de esta entrada, el libro de Swarup es recomendable, en especial para quienes gusten de novelas policiacas al uso. Si decepciona un poco es, sencillamente, porque sabemos positivamente que de haber cuidado un poco mejor detalles del relato que son absolutamente innecesarios, el regusto final de su lectura habría sido bien diferente. Tal y como está, uno termina la lectura pensando que en ocasiones ha tenido que hacer un esfuerzo excesivo para los premios que te ofrece al final. Pero, sea como sea, se disfruta y, al acabar la lectura de cada uno de los móviles, el juego de pensar cómo y quién ha podido asesinar al muerto se hace realmente divertido –que es lo mínimo que se le puede pedir a una novela policiaca.

Quizás no sea un libro para obtener un 10, como obtuvo en ventas y aceptación su primera novela, pero Seis sospechosos es un libro de entre 6 y 7, justo por encima de la media de otros que fueron escritos por profesionales de la literatura. Lo que no está mal para un diplomático.

miércoles, octubre 20, 2010

La piel fría, de Albert Sánchez Piñol

Existen libros a los que resulta complicado acercarse precisamente por todos los elogios que se han escuchado sobre ellos. “El corazón de las tinieblas catalán”, le llamaban. Un libro de aventuras capaz de soslayar la moral puritana y complaciente de la mentalidad occidental de comienzos del siglo XXI. Y cosas por el estilo. Pero, además, los susurros sobre libros que a todos nos llegan decían que La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, era un relato emocionante, terrorífico e impactante que te dejaba pegado a la silla desde el primer momento. Demasiados elogios para atreverse con él así como así. Demasiadas decepciones anteriores como para soportar una nueva. Y así, acumulando miedo sobre la decepción, el ejemplar de La piel fría se fue haciendo más y más pequeño dentro de la estantería. Fue perdiendo peso rápidamente a favor de otras lecturas que prometían menos y de las que, por tanto, su decepción iba a ser menor.

Pero como siempre en esta vida, al final uno termina por decidirse, dejar de mirar a aquella morena que se sienta en la cuarta fila de clase de Etnología Regional -por ejemplo- y acercarse a decirle al oído lo que durante meses llevas pensando que le dirías de tener el valor suficiente. Puede que te suelte el bofetón. Puede que no te haga caso. O puede, incluso, que te cuente un relato emocionante, una fábula moral y psicológica que te tenga varias semanas después aún pensando en ella. Sánchez Piñol es esa morena. [Seguir leyendo sobre La piel fría, de Albert Sánchez Piñol]

La piel fría, de Albert Sánchez Piñol

Existen libros a los que resulta complicado acercarse precisamente por todos los elogios que se han escuchado sobre ellos. “El corazón de las tinieblas catalán”, le llamaban. Un libro de aventuras capaz de soslayar la moral puritana y complaciente de la mentalidad occidental de comienzos del siglo XXI. Y cosas por el estilo. Pero, además, los susurros sobre libros que a todos nos llegan decían que La piel fría, de Albert Sánchez Piñol, era un relato emocionante, terrorífico e impactante que te dejaba pegado a la silla desde el primer momento. Demasiados elogios para atreverse con él así como así. Demasiadas decepciones anteriores como para soportar una nueva. Y así, acumulando miedo sobre la decepción, el ejemplar de La piel fría se fue haciendo más y más pequeño dentro de la estantería. Fue perdiendo peso rápidamente a favor de otras lecturas que prometían menos y de las que, por tanto, su decepción iba a ser menor.

Pero como siempre en esta vida, al final uno termina por decidirse, dejar de mirar a aquella morena que se sienta en la cuarta fila de clase de Etnología Regional -por ejemplo- y acercarse a decirle al oído lo que durante meses llevas pensando que le dirías de tener el valor suficiente. Puede que te suelte el bofetón. Puede que no te haga caso. O puede, incluso, que te cuente un relato emocionante, una fábula moral y psicológica que te tenga varias semanas después aún pensando en ella. Sánchez Piñol es esa morena.

La piel fría, premio Ojo crítico de RNE, comienza con un oficial atmosférico llegando en barco a una remota isla del Atlántico Sur. La isla, en forma de L y de apenas unos kilómetros cuadrados, no está habitada y sólo cuenta con dos construcciones: un faro construido en una de las puntas y una casa habilitada para el técnico, en la otra. El técnico ha llegado para pasar un año entero de trabajo en solitario midiendo la intensidad y dirección del viento en una época en la que no existen ni ordenadores ni teléfonos. Es un trabajo para alguien que huye de algo y que no tiene miedo de sí mismo.

Sin embargo los acontecimientos se precipitan. El técnico deberá compartir la isla con un habitante del faro, huraño y poco dado al diálogo. Y además también deberá sobrevivir a ellos.

Este ellos constituye el verdadero tema de la novela. Son muchos, más de los que jamás nadie hubiera podido imaginar, y tienen motivos inexplicables. Bárbaros y salvajes unas veces, lógicos cartesianos otras, no dejan de insistir en sus empeños contra estos dos habitantes extraños de la isla. No conceden un solo descanso a la mente del técnico, quien intenta interpretar la realidad con todos los principios que le entraron en el baúl de equipaje.

Sánchez Piñol es antropólogo y conocedor de la realidad africana a través del Centre d’Estudis Africans de Barcelona. Las simetrías entre la conquista de la isla por estos dos personajes y la colonización de África o los discursos del encuentro colonial y el barbarismo son evidentes. Existen muchos puntos de reflexión sobre la interpretación del otro –o en este caso del ellos- a través de puntos de vista europeos. Es por este motivo por lo que se compara la novela con la genial obra de Conrad. El técnico atmosférico sería el equivalente al personaje de Conrad llamado Marlow, mientras que en el arisco farero se pueden encontrar rasgos de un Kurtz alejado hace tanto de la civilización que es incapaz de volver a pensar como ella.

Evidentemente la obra de Sánchez Piñol ni es una copia de la de Conrad ni tiene la envergadura de ésta. Sin embargo, a la disquisición moral y de encuentro que le son comunes a las dos, La piel fría añade un componente humano de deseo, miedo y venganza. Esta fábula nos pone en el pellejo del técnico atmosférico y nos hace comprender los giros, al comienzo tan absolutamente impensables y sorprendentes, que su mente termina dando, enseñándonos cómo el deseo es el arma más potente que existe, el que abre guerras, continua luchas y no concede ningún respiro a la mente.

Al terminar la lectura, una lectura que ya aviso es difícil abandonar, las imágenes de terror, ternura y las discusiones morales que nos ha proporcionado el libro son difíciles de olvidar. Resulta complicado hablar más de este emocionante relato sin descifrar nada más de la emocionante trama, por eso tan sólo añadiremos que nunca volveremos a mirar con los mismos ojos una gatera [glups]. Que la disfruten.

miércoles, septiembre 15, 2010

Abajo el Alzheimer

Así se titula una genial canción de Javier Krahe –ese monstruo de la música- en la cual hace un repaso de sus 100 amores. Quien viviera mil vidas para llegar a ser como él.

Pero también tiene una canción muy adecuada para estos tiempos que corren. Se llama No todo va a ser follar. La letra viene a decir, como bien indica el título, que si bien follar nos gusta mucho y estaríamos todo el día haciéndolo, también tenemos ciertas obligaciones sociales que hemos de atender. Entre ellas, huelga decirlo, tenemos la obligación de votar. Lo que no sé yo es si hay obligación de pensar antes de ir a votar.

Elecciones en Cataluña, rezan los carteles publicitarios del kiosco. Serán el 28 de Noviembre, domingo del Barça-Madrid, y ahí precisamente está la primera crítica. Colocar las elecciones el mismo día de un gran derby es obligar a los votantes a pensar en dos cosas a la vez y, como demuestra el President Montilla cada vez que tiene que responder a una pregunta, esta tarea en ocasiones se convierte en un imposible. Pero las televisiones están al quite y, muertos de miedo porque al final la gente le de por poner los programas de análisis electoral en lugar del popular fútbol, han decidido contraprogramar al PSC y poner el partido el sábado 27.

Así que desde ahora a Noviembre veremos la lucha de fieras que es la campaña electoral. Muy interesante esta campaña, pues todo el debate se lo va a llevar el apasionante concepto de la identidad y el anclaje de Cataluña en España. Tan interesante como ver debatir al plato de brócoli con el plato de alcachofas quién de los dos es más sano para el niño con sobrepeso que no deja de comer hamburguesas.

Sea como sea, las elecciones en Cataluña nos facilita personajes esperpénticos distorsionados por el espejo que ellos mismos llevan a todos lados. Podremos disfrutar del espíritu Corbacho, un ex-Ministro de Trabajo –a ver quién es el guapo que le toma el relevo en el Gobierno, se comenta que en el PSOE andan todos silbando mientras miran hacia el techo o vendiendo muebles de IKEA cada vez que les preguntan por el puesto (este último chiste tiene mérito). Pues, como decía, podremos disfrutar de Corbacho, que es un tipo que conoce el cinturón de Barcelona al dedillo, que sabe moverse para conseguir votos pero que, en realidad, no quiere que gane el PSC. Y no quiere porque sabe que si pierden, el PSC será suyo, su tesoro. También tendremos, dentro de la misma formación, y en el número 2 por la provincia de Barcelona, a Montserrat Tura, actual Consejera de Justicia del Govern, enfrentada al sector de Montilla y de Corbacho y líder del llamado sector catalanista del PSC. La pobre Montserrat se ve obligada a pensar que su partido, que no es suyo porque es del sector de Montilla y Corbacho, ha de ganar las elecciones si ella quiere tener algún tipo de juego político. Porque en caso de perder será Corbacho quien se haga con las riendas y veste a saber tú si le darán bola a ella u otro amigo suyo catalanista y del PSC.

Liderando el PSC nos encontramos a Josep Montilla –aka José Montilla-, incapaz de responder preguntas que no estén pactadas de antemano –he llegado a cambiar de canal en mitad de una entrevista suya, regresar a la entrevista, y que aún esté pensando su contestación. Guarda unos silencios como de galán que para sí los querría George Clooney. La pena es que el gesto de su cara delata que está pensando “mierda, otra vez me preguntan el tema 2, y yo siempre me salto los impares”. Pero sea como sea, es el gran campeón de los pasados combates. Ganó a CiU en las elecciones –con los apoyos de ERC y de IC- y a Zapatero en los combates internos –desde Ferráz le imponían un pacto de gobierno con CiU. Si hay debate electoral, les recomendamos que lo sigan aunque sea por internet. Y si así lo hacen, no se preocupen si se queda parado en mitad de la contestación, no es que la conexión vaya mal, ya se lo aseguro yo desde aquí.

Por CiU tenemos a un guaperas que afronta las elecciones como el heredero de familia bien que acude al notario a reclamar lo que por derecho cree que le pertenece. Lleva ya dos legislaturas yendo así y saliendo del despacho del notario con cara de cabreo, como si el muerto les hubiera dejado toda la fortuna a las malditas monjas que le cuidaron en sus últimos días. Esta vez, pareciera que se lo han dejado todo preparado. Pero aún así no piensa perder ese gesto de quien va a buscar lo que por derecho divino le pertenece. “Nos vamos a encontrar los cajones vacíos cuando regresemos”, a llegado a decir este último fin de semana. Con lo bien organizado que lo dejaron ellos todo… El púgil se llama Artur Mas –sin acento ¿eh? Que esto siempre ha sido una lucha familiar de el_situacionista.

Y por el camino, ninguno piensa en perder su mala educación. En la revista de CiU –o más concretamente en la de CDC- han entrevistado a Pasqual Maragall y éste ha dicho que a Mas ya le toca ganar de una vez. Gesto displicente de quien ya le ganó unas elecciones –las de la primera herencia- y que fue expulsado del PSC por quien puso a Montilla. El revuelo por estas declaraciones no se ha hecho esperar y el President Montilla, rojo de ira cual bombilla de bajo consumo, ha exigido a CiU respeto por el ex-President. El mismo respeto que le han exigido al President Montilla desde CiU. Aquí todos quieren respetar a Maragall, pero de sus palabras se desprende una coletilla, hiriente y ninguneante para cientos de miles de personas: “… no ven que no rige”, parecen decir.

Como Maragall tiene Alzheimer, dice tonterías. Como Maragall tiene Alzheimer, no hay que meterse con él. Como Maragall tiene Alzheimer, mejor no escucharle. Como Maragall tiene Alzheimer, hay que hacerle caso pero relativo. Como Maragall tiene Alzheimer, se le pueden sacar declaraciones polémicas. Y así, poco a poco, hacemos de estas elecciones un sitio con menos dignidad y con más situaciones extrañas, ajenas a los debates importantes –reformulación de la economía y del Estado, paro, etc.- a favor de la creación de polémicas artificiales en donde los creadores de discursos se sienten a gusto. Así conseguimos que la gente vote por cómo se siente en lugar de por cómo quieren solucionar este follón que se han montado los economistas, las empresas y los políticos. Y así se entretiene a la gente un domingo por la noche que les han quitado el Barça-Madrid.




martes, agosto 24, 2010

Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer

De vez en cuando, y a trompicones, la literatura va cambiando. Muchas de esas veces, los nuevos autores que proponen formas diferentes de expresión literaria o novedosas maneras de estructura narrativa son incomprendidos y vilipendiados por sus coetáneos para, en el momento de triunfar, ser adulados por las mismas bocas. Eso no pasará con Jonathan Safran Foer.

Cuando escribió Todo está iluminado en 2002 apenas contaba con 25 años y le sobrevino el éxito de crítica –premios National Jewish Book Award y Guardian First Book Award- y público. Algo inusual para un libro en donde la manera de contar la historia no es tradicional, aunque sí que se rige por el continuo planteamiento-nudo-desenlace. Más tarde, en 2005, se rodó una película, que ya veremos si veremos. De manera que contamos con un joven prodigio de la literatura, estadounidense de origen judío –como si eso resumiera su única historia- y cuyo primer libro se extiende rápidamente por las estanterías de toda librería que se precie. [Leer completo]

Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer

De vez en cuando, y a trompicones, la literatura va cambiando. Muchas de esas veces, los nuevos autores que proponen formas diferentes de expresión literaria o novedosas maneras de estructura narrativa son incomprendidos y vilipendiados por sus coetáneos para, en el momento de triunfar, ser adulados por las mismas bocas. Eso no pasará con Jonathan Safran Foer.

Cuando escribió Todo está iluminado en 2002 apenas contaba con 25 años y le sobrevino el éxito de crítica –premios National Jewish Book Award y Guardian First Book Award- y público. Algo inusual para un libro en donde la manera de contar la historia no es tradicional, aunque sí que se rige por el continuo planteamiento-nudo-desenlace. Más tarde, en 2005, se rodó una película, que ya veremos si veremos. De manera que contamos con un joven prodigio de la literatura, estadounidense de origen judío –como si eso resumiera su única historia- y cuyo primer libro se extiende rápidamente por las estanterías de toda librería que se precie.

Todo está iluminado trata la persistente historia de la represión nazi del pueblo judío. Meterse con un tema tan manido tiene de malo que hay que saber enfocarlo para aportar algo verdaderamente diferente. Pero también tiene de bueno que el autor no necesita ser capaz de montar la escena perfectamente para que el lector sienta el terror, la desesperación o la esperanza en cualquier momento. Miles de películas y libros nos han tatuado a fuego los estereotipos de esta clase de historia y las imágenes de los buenos, los malos y los que pasaban por ahí.

Esta historia es una historia de buenos. Safran Foer nos lleva al corazón de Ucrania, se utiliza a sí mismo como uno de los personajes principales del libro y se sitúa como provocador de toda la historia que se irá desencadenando. Nieto de judíos que huyeron del nazismo llegando a Estados Unidos en uno de los convoyes de salvación, Safran Foer decide investigar la vida de su abuelo en Ucrania, los días en que se salvó de la persecución nazi y que nunca le pudo contar, pues murió cuando apenas había pisado suelo americano. Su abuela, que cuando perdió a su marido ya estaba embarazada de su madre, no ha hablado jamás de la historia del abuelo, y eso le provoca la curiosidad por encontrar a una persona, Agustine, una mujer de la que sólo tiene una fotografía de hace 50 años y un dato: fue quien salvó a su abuelo.

En Ucrania, Jonathan se encontrará con los otros dos personajes que dominan el libro. Como no sabe moverse por este país, contrata los servicios de una agencia de viajes que se encarga de buscar las pistas del pasado judío y ayudar a las personas a reconstruir su historia familiar. Como buen negocio del Este improvisado, todo es un desastre y, lejos de encontrar a los profesionales que cabría esperar, Jonathan se topa con Alex, un universitario ucraniano que habla inglés de una particular manera, y su abuelo Alex, un viejo malhumorado ucraniano, que dice que está ciego pero que hace las veces de conductor.

Esta será la historia principal, la de la búsqueda por parte de este trío de Agustine. En apenas un par de noches, el grupo de tres andará buscando sus pasos con la única pista que han podido encontrar: el nombre del shtetl en el que nació su padre es Trachimbrod.

Intercalada con esta historia, encontramos la del propio pueblo de Trachimbrod o, más concretamente, la de la comunidad judía del pueblo. Nos situarán en pleno siglo XVIII, pero no será una historia al uso. La manera de contárnosla, llena de personajes hilarantes y de curiosísimas situaciones que van modificando los usos y costumbres de la gente que allí vive vuelven loco al lector y, en ocasiones, le harán partirse de risa. Hombres que, por mucho que o intentan, no pueden perder cierta nota en la que está escrito su recuerdo más doloroso. Congregaciones judías separadas y escindidas por un simple problema de planos verticales y horizontales en donde creen que han de rezar. En definitiva, historias con interés y que merecen ser leídas y que avanzan irremediablemente hasta los tiempos del abuelo de Jonathan.

El entrecruzamiento de estas dos historias irá desgajando momentos de humor, como decimos, al tiempo que se entrevén las diferentes tragedias que Safran Foer nos quiere relatar. Es un juego un tanto elaborado que, en ocasiones, provoca el aburrimiento en el lector pero que no permite que éste pierda un ápice de interés por la historia.

Pero, como venimos señalando, el libro no se queda sólo en sus historias. La forma de contarnos éstas es una de las cosas que en ocasiones despista y en ocasiones asombra. La búsqueda de Trachimbrod está contada a través de las cartas que Alex, el nieto, escribe a Jonathan meses después de que haya ocurrido todo y de un relato de dichos acontecimientos que Alex está escribiendo. El inglés de Alex –y en la traducción que yo leí, el castellano- es particularmente extraño, utilizando palabras que no corresponden pero que, sin embargo, hacen que el lector sea capaz de entender lo que quiere decir. Este juego es muy divertido y hace de Alex un tipo con más interés del que cabría esperar.

Por el contrario, la historia de Trachimbrod está contada a través de un relato que el propio Jonathan –el personaje de la novela- comparte con Alex. Éste goza de una escritura más formal y habitual en cualquier relato aunque, cada cierto tiempo, la forma de narrar gira por unos derroteros que el lector no comprende y que denotan cierta pretensión por escribir diferente sólo por el mero hecho de hacerlo. Poco justificable, en definitiva.

Sin embargo, y a pesar del sabor agridulce que el libro nos deja –por su estructura y por su historia- , merece la pena que se le eche un vistazo y se le recomiende, como hacemos aquí. Dicen por ahí que su segundo libro Tan fuerte, tan cerca, aún teniendo todo este tipo de estructuras narrativas poco habituales, se hace mucho más intenso y conmueve más al lector. No nos cabe duda de que el segundo será mejor que el primero, y el tercero que el segundo, y así sucesivamente, pues Jonathan Safran Foer, al acabar la lectura de su libro, se muestra como un escritor interesante al que seguir hacia donde nos quiera llevar. Alguien con historias que contar y capacidad para hacerlo de manera interesante e inteligente.

lunes, julio 12, 2010

Desde dentro de la manifestación

Siempre había pensado que me daba miedo la bandera española. Desde que uno era pequeño, los símbolos nacionales del Estado español, no sé por qué, me ponían el vello de punta y me asustaban. Quizás fue cuando comprendí que mi tío, el que ejercía de militar, en lugar de ser un hombre que trabajaba con aviones de película, estaba dispuesto a matar por un trozo de tela. El sábado pasado, en mitad del Paseo de Gràcia de Barcelona pude comprender que no era la bandera española sino cualquier bandera la que me daba miedo. La reafirmación de una identidad social –la nación, cualquiera que sea-, con su simbología, que no opera ni ha operado en mi interior me excluye, y me genera un sentimiento de rechazo y, a la vez, de soledad.

Sea como fuere, el sábado me presenté en la manifestación dispuesto a poder ver lo que estaba sucediendo. Más allá de los primeros instantes, en mitad del tumulto de personas, comprendiendo esto que he dicho sobre las banderas, el ambiente relajado –aunque con algún momento de tensión por el enfado social- me terminó por hacerme sentir, simplemente, como aquel acompañante a un concierto que no se sabe ni conoce las canciones.

Y los debates, afortunadamente los debates, las charlas y las conversaciones con gente de todos los estilos y colores, capaces de dialogar en más o menos medida, y que te ayudan a saber expresar esta sensación de que las cosas, política y socialmente, se están haciendo mal.

El Estatut de Cataluña de 2006 no es más que una herramienta política de un gobierno sin ideas, el tripartito, capaz de pensar su seguridad en el poder a través del enfrentamiento con el que, entonces, era el gobierno anti-nacionalista y recalcitrante de José María Aznar. En un clima de conflicto abierto entre dicho gobierno y cualesquiera fuerzas nacionalistas –PNV, EA, CiU, ERC, BNG…-, se propuso una norma que no encajaba con el Estado de Derecho que surgió de 1978. Pero el gobierno central cambió de manos, en parte gracias a los votos y escaños de Cataluña, y eso cambió las cosas.

El tripartito no pudo desdecirse del Estatut, el gobierno central no pudo decir que no y dio un sí con condiciones a través del acuerdo Zapatero-Artur Mas en lo que consistió una venta al mejor postor del gobierno de la Generalitat. Pero el PP y su postura electoralista también salió a relucir, y lo que aprobaba en Andalucía, lo recurría en Cataluña hasta el punto de movilizar a sus jueces del Tribunal Constitucional y a su Defensor del PuebloEnrique Múgica fue nombrado por el gobierno Aznar en el año 2000.

Hoy –por el viernes- el Tribunal Constitucional da a conocer lo que ya todos sabían –y sabíamos-, que el Estatut no encaja como tal en la Constitución de 1978 y que por tanto el texto ha de ser cambiado en ciertos puntos tan sensibles como el concepto de nación. El enfado de la ciudadanía es notable y completamente justificable pues un Tribunal obsoleto les ha recortado un texto que ha sido votado en referéndum. Y las fuerzas políticas catalanas, en lugar de aprovechar este impulso y estas ganas de cambio para construir, con otras fuerzas del Estado, el cambio del modelo constitucional que impide todo aquello que reclama la ciudadanía –derecho a decidir, a llamarse nación, a estar a gusto dentro del Estado o, directamente, a independizarse-, se enroca en su postura de no-propuesta y dice sí a un enfrentamiento que sabe desde el inicio que está perdido.

Si el Estatut que se votó en referéndum fue un acto de irresponsabilidad política que nunca se habría de haber dado a votar a la ciudadanía por abrir caminos que se sabían cerrados, ahora se reclama dar voz las exigencias de éstos en un camino que las mismas fuerzas catalanas contribuyeron a cerrar con hormigón armado durante el 78 y que –ya lo saben- nunca podrán abrir solas. Todo por mantener una postura política capaz de movilizar al electorado, mantenerse en el poder y seguir salvando los muebles y la cara en una continúa huída hacia delante.

Mientras seguiremos produciendo generaciones desengañadas con la política que, como aquellas del 78, verán frustrados los cambios que ansían y terminarán por abandonar el barco. Perderemos aún más calidad democrática y lograremos cansar a quienes han venido con sentido crítico, logrando enfrentar aún más a las diferentes regiones de España e impidiendo así que el melón de la Constitución, verdadera llave del cambio, se abra. Quienes en sus sillas llevan viendo cómo esto se desmorona, pensarán cuál es la mejor manera de sacar beneficio económico de todo esto, se llame nación, autonomía, región o una y libre.

viernes, julio 09, 2010

La nacionalización de la banca

Hubo un tiempo en que la palabra globalización estaba por todas partes. No hace ni diez años, no podía haber en el mundo ni político ni científico social que no utilizara este concepto aparentemente tan novedoso pero que tras de sí no escondía más que la extensión del capitalismo de siempre con ganas de cargarse las identidades nacionales de occidente y la extensión de internet.

En este contexto se comenzó a hacer conocida una iniciativa ideada por el premio nobel de economía James Tobin que proponía al establecimiento de un impuesto global a las transacciones financieras. La idea fue recogida por un movimiento contestatario francés que, utilizando las siglas de ATTAC, promueve la justicia económica global. Huelga decir que el pobre Mr. Tobin, tan liberal él, repudiaba a quienes le habían hecho caso por considerar que utilizaban su idea para fines distintos de los que él había considerado.

Fuera como fuera, la globalización se fue apagando. Ya no se habló más de las tremendas conexiones que cambiaban el mundo, de las inclusiones y exclusiones de este nuevo sistema internacional pues, pareció claro, no existía tal y sólo nos encontrábamos ante la misma historia de siempre pero sin fantasma al acecho.

ATTAC se franquició y sobrevivió hasta estos tiempos de crisis a través de propuestas dentro de los círculos alternativos y de movilización social. Ahora su voz y sus propuestas quizás vuelvan a ser escuchadas como en aquellos inicios de la presente década de beneficios económicos y ERE's injustificables.

Hoy, a través del blog de la editorial Icaria -siempre al quite de las cuestiones actuales para ofrecernos un libro que acompañe el análisis de la realidad- me entero de la última iniciativa de ATTAC España: la nacionalización de las cajas de ahorros españolas.

La idea, que a muchos les aterrorizará pero que yo considero justa e imprescindible, consiste en la nacionalización de las cajas de ahorros, recuperando su titularidad y gestión pública e impidiendo de esta manera que el erario público invierta fondos en estas entidades sin adquirir derechos de gestión y sin restarles ningún tipo responsabilidades a quienes han llevado a la mayoría de éstas a la quiebra técnica.

Puedes informarte y firmar a favor de esta iniciativa a través de este enlace. Si no eres el gobernador de España, deberías hacerlo.

lunes, julio 05, 2010

Su derecho a la huelga

La ocasión la pintan calva. Ya es legendario el oportunismo liberal para redirigir la democracia, hacerla cada vez más pequeña y lograr, en nombre de las buenas personas (antes españoles de bien) que el derecho de unos pocos trabajadores enfadados, molestos casi sin motivo, no perjudique al resto de los ciudadanos que quieren vivir en paz. Las guerras me las pelean ustedes en casa, en silencio y con cuidado de no romperme el jarrón de cristal, que es un regalo de boda de una prima mía de Gerona.

Estos días de huelga de los empleados del Metro de Madrid han vuelto a servir para de excusa coyuntural para advertir a los trabajadores de toda España de que hay que tener cuidado con estos sindicalistas, con los que protestan en el trabajo. Ojo, que hay crisis y como se enfade quien paga, todos a la calle y pillo a cualquier por ahí que me hace lo mismo que tú pero por la mitad de sueldo. Imbéciles, que somos unos imbéciles.

La huelga en España está regulada por la Constitución del 78. Sí, hay una reglamentación más desarrollada que el parrafito de la constitución dedicado a la huelga, pero es una ley de desarrollo del derecho a la huelga anterior a la venida de la salvadora, pacificadora y relajante duodenal llamada Democracia.

Uno, que peina alguna cana aunque todavía discreta, es capaz de recordar que todos estos cuchicheos sobre el derecho a la huelga ya salieron a la palestra hace unos años, cuando la Globalización -la segunda salvadora, pacificadora, etc, etc- venía en nuestra búsqueda. Eran los tiempos del liberalismo de Aznar y los trabajadores de SINTEL en el Paseo de la Castellana. Fue esta la mayor demostración de dignidad humana, trabajadora y solidaria que nuestros ojos han visto. Una lucha de trabajadores, una lucha obrera, que fue tan rodeada por cuestiones éticas y solidarias, que conmovió a todos los grupos de trabajadores hasta el punto de que el poder político tuvo que incluir en su discurso frases que dieran la razón a los trabajadores.

Varios cientos de tiendas de campaña en la Castellana movilizaron a los madrileños. Molestaban el tráfico, hacían manifestaciones, sus mujeres ocuparon la catedral de la ciudad, los futboleros tenían complicado llegar al Bernabeu, incluso las cabras, ésas que se pasean una vez al año por la capital, tuvieron que compartir espacio con todos estos trabajadores de más de 50 años que se quedaban en la calle de un día para otro sólo por el aumento en la cuenta bancaria de unos pocos. Pero nadie protestó. El gobierno les intentó echar de allí, pero la gente les llevaba comida para que resistieran. Los bares de los alrededores hacían bocadillos gratis para los trabajadores de SINTEL y de allí no los movió ni dios hasta que se parió un acuerdo justo y con el que ellos, y sólo ellos, estaban de acuerdo. Volvían los tiempos del megáfono a pie de obra.

Ahora los trabajadores del Metro de Madrid deciden que no tienen que sufrir los problemas de la mala gestión de la administración madrileña de Esperanza Aguirre. Ellos no son empleados públicos, no tienen los derechos que los empleados públicos tienen y, por tanto, tampoco tienen que sufrir los cambios que sufran los empleados públicos. Este hecho, que es de justicia, ha desembocado en una huelga con calificativo. Se la llama huelga salvaje, por los propios sindicatos que la han declarado. Salvaje porque no respetan los servicios mínimos que la ley franquista obliga a respetar. Durante dos días los trabajadores del Metro de Madrid se ausentaron de sus puestos de trabajo, reclamando su derecho a la huelga, y exigiendo que se les trate con justicia. No explicaron a los ciudadanos qué querían conseguir, y cuando lo hicieron, los medios de comunicación del liberalismo –es decir, todos- terminaron por desvirtuar el mensaje. Una huelga y paro total de trabajadores de Metro ha sido equiparada a una huelga de pilotos del SEPLA.

A los dos días, la Comunidad de Madrid amenazó con empezar a despedir a trabajadores en huelga –cosa completamente ilegal- por no cumplir servicios mínimos, y los sindicatos decidieron dar marcha atrás. Recularon hostigados por el liberalismo político, los perros de presa mediáticos y unos ciudadanos incapaces de comprender qué se estaba jugando delante de sus narices. Unos ciudadanos increíblemente idiotizados que sólo veían que para ellos llegar a su trabajo, a su mordaza o a su trono les resultaba más complicado de lo normal. En lugar de ver que había alguien tan cansado de que les tomaran el pelo, tan cansados de las injusticias que comprometen la subsistencia de sus familias, que decidieron incumplir la ley franquista de huelga para poder hacer presión a sus patronos-dirigentes políticos que, desde el cargo de responsable de juventud de la Comunidad de Madrid hasta arriba, tienen coche oficial y conductor.

La huelga de Metro de Madrid pasará, los precios de los servicios públicos subirán para seguir pagando los sueldos de las marquesas que no llegan a final de mes, los trabajadores seguirán siendo despedidos porque sí, el gobierno psocialdemócrata subirá los impuestos a las clases más pobres y los ciudadanos seguiremos quejándonos unos de otros sin mirar a quien nos pisa y vigila, no vaya a ser que se cansen de echar migas de pan a las palomas en que nos hemos convertido.

viernes, abril 30, 2010

Si Tony Soprano fuera español, sería taxista

Cuando te despertaste esta mañana
todo el amor se había ido,
tu papá nunca te dijo nada
sobre el bien y el mal.

Del tema principal de Los Soprano

Viajar en avión tiene sus problemas. Muchos problemas. Kurt Vonnegut decía que el día que a un terrorista se le ocurriera crear unos pantalones explosivos, los viajeros aéreos estaríamos jodidos. Pero este situacionista ha descubierto que lo peor de volar no se acaba cuando has aterrizado. Ni siquiera cuando te dicen que han perdido la maleta. Lo peor de viajar en avión es el tener que salir del aeropuerto.

- Pero… -dice la niña de la primera fila, con su delantal blanco impoluto y el pelo tan rubio que da rabia- ¿salir de un aeropuerto no es lo mismo que entrar?

Pues no, listilla, no. Entrar en un aeropuerto es una tarea fascinantemente sencilla para quien se organiza bien el tiempo, que es la mayoría de la gente. Para los que vivimos sin reloj ya es otro cantar, y uno se encuentra casi siempre en la parada de metro correspondiente echando cálculos sobre cuánto dinero lleva en el bolsillo y cuánto le puede costar el taxi.

Quienes se organizan mínimamente bien consiguen llegar al aeropuerto en transporte público. Esto es, tren autobús o metro: el transporte público de verdad. La planificación lleva a pensar que, saliendo con tiempo suficiente, uno puede llegar al mostrador de facturación con relativa facilidad. Además, como el viaje aún no se ha iniciado, las fuerzas y la energía suelen estar completas y las ganas y la paciencia intactas. De ahí el atrevimiento de llegar a esos contenedores de tiendas de diseño y fantasía con ejércitos privados en que se han convertido hoy los aeropuertos.

Pero a la vuelta estamos cabreados. Se ha acabado el viaje, toca retornar a la rutina del día a día y, además, o nos han perdido la maleta o aún peor, nos toca cargar con el maldito regalo del primo del tercero al que le caemos tan bien –aunque no sabemos por qué- y que siempre nos trae aquellos ceniceros tan horrorosos de sus viajes por la ruta de la cerámica. El caso es que lo que queremos es llegar a nuestra casa y punto. Y hacer ese trance lo menos doloroso posible. Es en este momento cuando cometemos el error de decidir que nos volvemos en taxi a casa.

Pillar un taxi en un aeropuerto es realmente lamentable. Digo, si es un aeropuerto español. Porque aquí los taxistas actúan como gremio, no tienen personalidad individual, sino responsabilidad corporativa. Por eso les importa un pimiento cómo te traten, lo que les interesa es ver si pueden hacer la carrera lo más rápidamente posible para enganchar a algún otro bobo de vuelta vacacional.

- ¿No está siendo Ud. algo desproporcionado en su crítica hacia un colectivo con bastante mala fama y desagradecimiento social? – vuelve a la carga la niña de ricitos dorados.

No, y además me importa un pimiento. En mi último viaje he estado en Berlín. Para coger el avión de regreso sólo tenía la opción de ir al aeropuerto de Tegel en taxi. Es un aeropuerto viejo y mal comunicado con la ciudad, aunque no está lejos. Solicité a la recepción de mi hotel un taxi que no tardó más de 5 minutos en venir. El taxista, con una dulce voz y simpática sonrisa, me dijo en un perfecto inglés que esperaba no haber tardado mucho. Salió raudo a buscarme los bultos, los guardó en el maletero. Durante el trayecto, el cual hizo sin prisa, sin dar bandazos, hablando suavemente y haciendo un par de veces la intención de dar conversación, preguntó varias veces si el hábitat del vehículo estaba en orden. En definitiva, fue amable hasta la extenuación. Media hora de dar vueltas por Berlín me salió a 18€, sin recargo alguno por las maletas.

Al bajarme del avión, en Barcelona, también me decidí por el taxi. En Barcelona, además, no hay metro con lo que las opciones si llegas a la nueva Terminal son o bien el taxi, o bien autobuses infinitos o bien autobús hasta la Terminal antigua y después tren hasta la ciudad. Como verán, no se puede elegir mucho si uno llega con algo de prisa y además de noche.

El juego de los taxistas está controlado por dos señores vestidos de chaleco reflectante con pinta de no cobrar más de 500€ al mes, lo pobres. Pero seguro que es un trabajo de jóvenes lleno de posibilidades de ascenso y de alta probabilidad de atropello. Dando voces y tocando un silbato colocan a los pasajeros como ganado, chillando a los taxistas, peleándose con ellos y buscando gresca. Los taxistas no defraudan y les dan toda la gresca del mundo. Esto ya hace que te sientes en el taxi más acelerado que si llevases un cohete en el culo. Y además, tenso, tensísimo, porque el taxista no te quería llevar a ti –según has oído en sus gritos- sino que llevaba una hora esperando en el aeropuerto para ver si podía llevar a un grupo extranjero, que son más y van más cargados. El viaje se suele hacer a toda prisa, con giros en los que uno comprende para qué está esa asidera de plástico encima de la ventana. El taxi huele mal y además, al menos en Barcelona, el taxista no sabe y no entiende más que el castellano. Lo que viviendo en una ciudad con dos lenguas tiene delito. ¿El coste total de este “delicioso” trayecto? 28€. ¡Diez más que en Berlín!

¿Cómo es posible que en una ciudad donde el nivel de vida es más bajo, el servicio prestado de peor calidad y las autopistas grandes y vacías salga mucho más caro montar en taxi? Pues porque aquí en España hemos consentido que los taxistas actúen como grupo de presión sin controlar. Cobran por las maletas, por el tiempo transcurrido entre que les llamas por teléfono y el que llegan a tu casa, por nocturnidad, por alevosía, por cualquier cosa inimaginable. Además, en Barcelona la norma permite al taxi que sale del aeropuerto cobrar 20€ como mínimo por el trayecto, sea el que sea. Si uno vive cerca del aeropuerto: 20€. Si quiere cambiar de terminal urgentemente: 20€. Si desea que le acerquen a la ciudad: 20€. La razón de que se implantara esta norma fue que al parecer los taxistas se quejaban del tiempo de espera en el aeropuerto. Era mucho el tiempo que pasaban esperando recoger a algún primo -por no decir imbécil- para que luego el que les tocara quisiera ir a la otra terminal o, maldito sea, a un pueblo cercano al aeropuerto. Alguien debía compensarles, y ese alguien somos los usuarios. Por tanto, a cada taxista que le de por perder una hora o dos en el aeropuerto, sin trabajar y con el coche parado, le corresponde un peaje de 20€ como mínimo.

Actuando como una mafia, encarcelando a los usuarios en sus coches, de mal genio y pensando en el céntimo a rapiñar y no en el servicio prestado, este colectivo de autónomos y trabajadores se ha constituido en toda una mafia legal en este país. Cuando no se cumplen sus exigencias, colapsan el centro de la ciudad con sus coches. Cuando quieren cobrar más, imponen al resto las condiciones de un servicio que, como todos, al ser público debería llevar una cota de calidad más alta de la ofrecida.

A ver si ponen el metro hasta la nueva terminal de una puñetera vez y no vuelvo a ver a un taxista de cerca en mucho tiempo.