lunes, diciembre 21, 2009

In the Loop, de Armando Iannucci

[Publicado originariamente en El Señor Kurtz]

La tendencia actual de la política internacional está claramente marcada por una necesidad o impulso irrefrenable a legislarlo todo. Sí, es cierto que el término legislar no es estrictamente correcto, pero la temática de lo internacional está resultando tan compleja que, si pensamos en el establecimiento de un supuesto gobierno global sus competencias legislativas abarcarían cualquiera de esos asuntos sobre los que líderes y técnicos se reúnen tan concienzuda y públicamente. Los partidos políticos, el agua, la gestión medioambiental, la administración pública… actualmente todo es susceptible de ser racionalizado desde el ámbito internacional.

Si continuamos con esta lógica, escribir una serie de entradas sobre Cine y Relaciones Internacionales resultaría extremadamente vacuo precisamente por el excesivo contenido de ésta. La lógica de la clasificación consiste en depositar en contenedores fácilmente reconocibles las cosas o sujetos a ordenar con el objetivo de que sean fácilmente encontrados para su uso. Siguiendo así, muchas habrían de ser las películas que pasaran por las páginas de esta serie, desde las redes de prostitución hasta las mismísimas chaladuras de cuatro informáticos.

Sin embargo, si existe un tema clásico en el mundo de las Relaciones Internacionales, ése es la Guerra. Cientos de hojas se han escrito sobre la misma. Da igual de qué guerra se hable, siempre que se trate de una entre naciones o Estados. Y aun cuanto se ha dicho de todo, siempre hay cosas sorprendentemente interesantes a contar sobre ella. Como esta película.

In the Loop –algo así como “En el bucle”- es una película sobre la guerra. No nos enseñará terribles escenas de soldados mutilados y muertos de miedo justo antes de desembarcar. Pero nos enseñará por qué se desembarca y qué tipos de personajes lo deciden. El cartel la vende como la ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú de nuestros tiempos. Sin embargo se sale del cine más con la sensación de haber visto Yes, Minister en pantalla gigante, con más tacos y hablando de la política del siglo XXI.

Es una película brillante de principio a fin que no deja respirar al espectador en ningún momento. Posee esas dosis de genialidad en la mezcla de humor y política que acaba con cualquier argumento en su contra. Su director, Armando Iannucci, da a la cinta un aire de documental con el estilo de cámara en mano y de persecución del personaje que provoca tensión en el espectador y convierte a dicho estilo en una parte más del elemento narrativo. Los planos se mueven aceleradamente transmitiendo una sensación de importancia y de trascendencia a cada momento.

El proyecto de la película es la continuación de una serie de televisión británica, de la BBC por supuesto. Thick of it comenzó sus emisiones en 2005 y, además de una futura adaptación estadounidense, cosechó grandes críticas. La serie surgió como una respuesta a la antes mencionada Yes, Minister y varios de sus personajes-actores repiten en el largometraje. El protagonista es Malcom Tucker, Director de Comunicaciones del Primer Ministro británico. El hombre que decide qué sale en los medios por parte de cada miembro del gobierno inglés, el vasallo de confianza del Primer Ministro y, en el fondo, quien maneja los hilos de ese mecanismo anteriormente conocido como gobierno británico. Interpretado por un excelente Peter Capaldi –uno de los que repite de la serie-, el Sr. Director de Comunicaciones parece preso del síndrome de Tourette por la cantidad de oprobios que suelta a cada paso. De hecho, repasando mentalmente la película, sólo se intuye que no pronuncia taco alguno en la segunda escena, justo hasta que escucha por la radio a Simon Foster, Ministro de Desarrollo Internacional, apoyando veladamente una guerra que aún no ha sido declarada y sobre la que el gobierno, es decir Tucker, no quiere mostrar una postura clara.

Interpretado por el correcto Tom Hollander, el Ministro es preso de su incapacidad para responder a los medios de comunicación de su país de una manera acertada. Cabría preguntarse qué clase de político es tan incapaz de gestionar respuestas sencillas a preguntas fáciles si no hubiera cientos y cientos de ejemplos documentados en cada país. Las relaciones de Simon Foster con la prensa dinamitan el discurso público del 10 de Dwoning Street y precipitan la sucesión de acontecimientos al otro lado del Atlántico.

El otro escenario que se muestra es el de unos Estados Unidos atrapados entre dos Secretarios de Estado y un General. Por un lado, el Secretario de Estado Linton Barrick, un maníaco asesino con relaciones con el lobby armamentístico que utiliza como sujetapapeles una granada de mano cargada con anilla. Su política, y la de su equipo, consiste en sostener la necesidad de una guerra que aparentemente es militarmente inabarcable y políticamente inasumible. Por el otro bando, el del no a la guerra, se sitúan la Secretaria de Estado Karen Clarke, con su equipo adjunto, y el General George Miller, quien nos devuelve después de Los Soprano al genial James Gandolfini.

Las luchas internas en el Gobierno de Estados Unidos hacen que parezca que exclusivamente ellos se toman en serio la posibilidad de no acudir a la guerra, sin embargo la película va dando muestras de que sólo son posturas que, aunque aparentemente irreconciliables, son maleables, y que los intereses personales de cada uno de los personajes están muy por encima de las decisiones políticas. Más aún si la carrera profesional no estaba más que comenzando a andar.

No se podría hacer una crítica de esta película sin hablar de otro de los actores que repite de la serie. Se trata del cómico británico Chris Addison que, interpretando al técnico de comunicación política Toby Wrigth, recién llegado al Ministerio de Desarrollo Internacional, destrozará cualquier plan para mantener el camino de la guerra alejado de la prensa.

La película muestra una política marcada por los egos de los personajes. Pequeñas afrentas son solucionadas a golpe y porrazo de declaraciones políticas y amenazas de fin de carrera como si en el patio del colegio se estuviera. Todo rodeado de un humor negro y brutal, sostenido por el inconmensurable Peter Capaldi. El juego de hilos que, como en el estupendo cartel promocional, conectan el eje norteamericano-británico permite que la comedia de situación sobre política se disfrute a la vez que despierte sentimientos de vergüenza ajena. Los personajes, políticos y técnicos de las dos administraciones, son claramente esperpentos de lo que se supone en la realidad. Sin embargo en cada uno de ellos podemos encontrar al pequeño dictador –o grande, según el caso- que llevan dentro y que, al fin y al cabo, terminan por manipular los consensos de política internacional inclinando la espada de Damocles hacia uno u otro lado. Es la política de la víscera arrastrada por el interés, que mueve a los supuestos organismos bien intencionados y manipula las conciencias de Occidente. Porque las de sus siervos las dio por perdidas en el momento que sintieron el frío acero del cañón de la Justicia Internacional en el calor de su nuca.

martes, diciembre 15, 2009

Burlando a la Parca, de Josh Bazell

Hay enfermedades que no se curan ni yéndose uno de viaje. No me gusta volar. No es que le tenga miedo, es simplemente que le he cogido manía al estarme horas esperando a unos señores que cobran lo que no está escrito por llevar un autobús con alas. Las compañías aéreas son simples enemigas de mi persona que, de una manera u otra, me persiguen y me atormentan allá a donde voy. Que si ahora hacemos los asientos más pequeños. Que si quiere un vaso de agua lo tiene que pagar como si fuera oro. Que si espera que te espera. Que si el piloto está borracho en el bar del aeropuerto. Que si ¿Quién le ha dicho a Ud. que tiene derecho a eso?. Y un largo etcétera.

Por tanto, cada vez que cojo un avión lo hago porque literalmente no tengo otra opción. Y mi resistencia a ir a esas tumbas con aire acondicionado en que se han convertido los aeropuertos sería aún mayor que la de Mister T en el Equipo A si no fuera porque es precisamente en los aeropuertos en donde puedo dar rienda suelta a mi enfermedad. Quizás Uds. se piensen que mi enfermedad es la paranoia o la manía persecutoria, pero no, están del todo equivocados. [Leer completo]

Burlando a la Parca, de Josh Bazell

Hay enfermedades que no se curan ni yéndose uno de viaje. No me gusta volar. No es que le tenga miedo, es simplemente que le he cogido manía al estarme horas esperando a unos señores que cobran lo que no está escrito por llevar un autobús con alas. Las compañías aéreas son simples enemigas de mi persona que, de una manera u otra, me persiguen y me atormentan allá a donde voy. Que si ahora hacemos los asientos más pequeños. Que si quiere un vaso de agua lo tiene que pagar como si fuera oro. Que si espera que te espera. Que si el piloto está borracho en el bar del aeropuerto. Que si ¿Quién le ha dicho a Ud. que tiene derecho a eso?. Y un largo etcétera.

Por tanto, cada vez que cojo un avión lo hago porque literalmente no tengo otra opción. Y mi resistencia a ir a esas tumbas con aire acondicionado en que se han convertido los aeropuertos sería aún mayor que la de Mister T en el Equipo A si no fuera porque es precisamente en los aeropuertos en donde puedo dar rienda suelta a mi enfermedad. Quizás Uds. se piensen que mi enfermedad es la paranoia o la manía persecutoria, pero no, están del todo equivocados.

Mi enfermedad se manifiesta segundos antes de cruzar esos interminables controles de seguridad. Vonnegut decía que, tras el aumento de los cacheos por culpa del inventor de la zapatilla explosiva, el día que a un terrorista le diera por inventar unos pantalones-bomba los que cogemos aviones estaríamos literalmente jodidos. Pues bien, en ese terreno loco del consumismo que es el Duty Free, en donde jovenzuelas horteras con pendientes de aro se vuelven locas comprando berskas al mismo tiempo que ejecutivos pasados de rosca compran botellas de vodka de dos en dos, yo me convierto en otro. Aún no me ha dado por gastarme el dinero que no tengo en ropa con el logotipo de Ferrari, y la fase de comprarme Toblerone gigantes ya se me pasó. Por tanto, el único vicio que se me desata en esas zonas del inframundo sin ley es el de los libros.

Un aeropuerto, y más si es un aeropuerto de habla inglesa, resulta un estupendo lugar de entretenimiento para un bibliófilo perdido como yo. Allí podrá mirar colecciones enteras de libros que jamás serán publicados en España. Novedades que aún no han sido leídas en el metro de Madrid o Barcelona. Curiosidades que uno compraría en el mega-almacén de internet si no existieran estos pequeños oasis de literatura en inglés. Allí se puede comprobar que los editores ingleses y norteamericanos están a años luz de cualquier buen editor español si se los juzga por lo atractivo de sus portadas.

Y fue, naturalmente, en un aeropuerto –aunque esta vez en uno nacional- como me reencontré con este libro, Burlando a la parca. Lo había visto cuando Anagrama lo lanzó hará unos meses, pero fue en el detenimiento del aeropuerto cuando mi acompañante me reparó en él. Apuntado –o mejor dicho, fotografiado con la cámara del móvil para no tener que escribir ni nombre ni autor- el libro quedó citado para mi próximo encuentro con la librería habitual. Al fin y al cabo, si se puede comprar al lado de casa, mejor no cargo con él ¿no?

El autor es el desconocido Josh Bazell. Doctor en medicina y licenciado en literatura inglesa, es el vivo ejemplo de lo bueno que puede resultar mezclar dos estudios aparentemente tan alejados. No sé cómo diagnosticará pacientes del hospital en el que trabaja, pero la receta que le ha salido con Burlando a la Parca se convierte por sí sola en una gran novela. De esas que cuando aún no se ha acabado ya se está recomendando.

Como se puede intuir por el título, amén de la estupenda portada original –e incluso de la horrorosa modificación que realizaron los editores de Anagrama-, la cosa va de esquivar a la muerte. El relato lo narra en primera persona su protagonista: Peter Brown, doctor del Manhattan Catholic Hospital de Nueva York. Cuenta la historia de su corta vida, aún es joven, y por lo que leemos ejerció serias candidaturas para acortarla aún más.

Criado por sus abuelos de familia cómoda, inmigrantes de la post-Segunda Guerra Mundial, el doctor Peter Brown ejerce la medicina general en un hospital donde todo, absolutamente todo, es un caos. Sin alterarse casi por nada, o dándolo todo por perdido, Brown se encarga de coordinar los diagnósticos que su compañero del otro turno ha dejado hilvanados en una manera tal que más parece preocupado por curar a los pacientes que por salvarle el culo al Hospital. Práctica esta última que Bazell nos confirma como más habitual en un país en donde la denuncia por error médico está a la orden del día.

Pero Brown esconde algo más tras de sí. En realidad Peter no se llama Peter, se llama Pietro, Pietro Brnwa y está escondido bajo esta nueva identidad bajo el Programa de Protección de Testigos. Es que Pietro, sepan, antes de ser médico titulado era asesino a sueldo de la mafia neoyorquina. Increíble pero cierto, el pasado de Pietro le condujo casi sin quererlo a eliminar personajes del negocio que se pasaban de la raya y que eran señalados por su jefe y sin embargo amigo: David Locano. Sí, sí, ya sé. Uds. no hubieran caído en las manos de la mafia, en un negocio que consiste en liquidar gente. Pero, créanme, tras leer el relato de Pietro, les aseguro que hubieran caído. No se crean de todas maneras que Brnwa mata gente sin más remordimiento. El único condicionante para hacer su trabajo se lo impone él: ha de ser gente que no sea inocente.

La combinación de estas dos vidas, la pasada y mafiosa, y la presente y médica, se unen cuando en esta mañana en la que Peter nos lleva por todos sus pacientes se encuentra con un antiguo camarada: Eddy Squillante. El listillo de Eddy está en el hospital por culpa de un cáncer de estómago y descubre con facilidad a Pietro, aka Zarpa de Oso, proponiéndole un trato: si le mantiene con vida no le delatará. Sin embargo, si fallece en la operación que tiene programada para el día de hoy, uno de sus chicos avisará a Locano, quien ha puesto precio a su cabeza tras su cambio de bando.

El libro está narrado en dos hilos bien definidos. Por una parte esta mañana de ronda hospitalaria en presente en donde Peter se nos muestra como un excelente médico, pasado de rosca con las drogas y con unos métodos más bien heterodoxos. Caer en la comparación con el televisivo Doctor House es no darse cuenta de la profundidad del personaje de Brown y encasillarlo en un arquetipo sólo porque comparten un par de rasgos. Peter Brown es un buen médico, sí, pero también tiene dosis de cinismo que hacen que las escenas del hospital salgan disparadas de las páginas y terminen por inundar cualquier rincón de la habitación donde se lee.

Por la otra parte, hablamos de Pietro Brnwa, el sicario de la mafia. Peter nos va contando la historia en pasado de Pietro, el por qué se metió en los negocios y por qué ahora ellos lo buscan con tanto ahínco. De nuevo podría pensarse en un típico relato de la mafia televisiva, el clásico asunto del soplón, pero nada más alejado de la realidad. Pietro es un buen chico, al menos con cierta tensión moral acolchada del cinismo propio del personaje, y si ha llegado a ser lo que es simplemente se debe al azar y a las decisiones ambiguas. En comparación con el relato de la mañana en el hospital, la historia de Pietro en la mafia engancha menos. Sin embargo esto es sólo debido al ritmo independiente que esta parte de la novela va adquiriendo pues pausa a pausa, el relato se termina por escupir al lector a la cara y llenarlo de la tensió propia de este tipo de asuntos.

De pocas novelas se dice esto, y menos aún si son tan nuevas, pero Burlando a la Parca se muestra como una novela imprescindible para aquellos quienes disfrutamos con libros de marcada tensión narrativa y que no tengan miedo de ir hacia donde otros no irían. Todos los detalles médicos se disfrutan enormemente -incluso las anécdotas tales como el por qué los enanitos de Blancanieves silbaban- debido a su claridad y su justificación narrativa. Y qué decir sobre los detalles particulares de la mafia y las peleas más que, casi al final, este donante de sangre que suscribe tuvo que dejar de leer un par de veces y respirar hondo debido a la inesperada carnicería que se estaba formando. Sin duda, fue un gran acierto el de poner aeropuertos donde hay librerías.

jueves, diciembre 10, 2009

Para ser un protón de primera acelera, acelera

Desde el pasado 21 de Noviembre el acelerador de partículas de Suiza, también conocido como Gran Colisionador de Hadrones o LHC, ha vuelto a entrar en correcto funcionamiento. Existen otros aceleradores, claro, pero la característica especial de éste reside en que es el más grande jamás construido, realizado en cooperación por más de 100 países y con la capacidad de detectar un bosón de Higgs, o como se le conoce llanamente, una partícula de Dios. El bosón de Higgs es una partícula elemental cuya existencia fue teorizada en 1964 por los científicos Robert Brout, François Englert y, naturalmente, Peter Higgs, de quien toma el nombre. Se le llama la “partícula de Dios” por suponer que dicho bosón explicaría cómo las partículas elementales adquieren sus propiedades, tal como la masa, y, por tanto, la existencia de nuestro universo.

El LHC de Ginebra fue puesto en funcionamiento el 10 de Septiembre de 2008, si bien se calculaba que hasta el 28 de Octubre no sería capaz de deterctar el famoso bosón. La puesta en funcionamiento del LHC no estuvo exenta de augurios apocalípticos. Se decía que un fallo en el mismo podría causar la desaparición del Universo o fallos espacio-temporales como los llamados agujeros de gusano. Durante la mañana de ese 10 de Septiembre de 2008, cientos de científicos, y algunos profetas sin nada mejor que hacer, contuvieron la respiración mientras un señor con bata blanca –siempre llevan bata blanca- le daba al botón de [ON] –todos los trabajos chulos están cogidos.

El cacharro funcionó, pero lamentablemente se estropeó al poco tiempo. La avería, se calculaba, podría ser reparada en un intervalo relativamente corto de tiempo: antes de verano de 2009 el LHC estaría otra vez presto y dispuesto a trabajar a pleno rendimiento. Los nuevos cálculos traían consigo una nueva fecha para la detección del bosón de Higgs: finales de 2010 o comienzos de 2011. Mientras tanto, el LHC seguiría trabajando a menor ritmo, ayudando a los científicos de varios países a realizar sus experimentos que confirmaran o desbarataran sus problemas teóricos.

Sin embargo, pasó el verano de 2009 y aquello seguía sin funcionar debido a sus continuas averías. Hasta que una tarde, cuando la noche ginebrina ya caía y muchos de los científicos ya se habían retirado a sus hogares llevándose consigo sus calculadoras de bolsillo, el acelerador comenzó a hacer ruidos raros y, sí, ¡por todos los dioses!, comenzó a funcionar. Aceleraba y aceleraba sin ningún problema, adquiría el máximo de sus capacidades y aquellos que se habían largado a sus casas volvieron enseguida a sus puestos de trabajo a pesar del cansancio. Una mente científica no se para porque sea de noche. El bosón de Higgs aún nos espera.

Con todo, en este intervalo de tiempo que ha pasado entre su puesta de largo oficial y su vuelta al mundo de los laboralmente explotados, el LHC ha seguido sugiriendo teorías a científicos del mundo entero. Una de ellas tiene que ver con el hito cinematográfico Terminator -chun chun chu chun.

Si se pronuncia "Terminator”, a la mente de la gran mayoría de la gente acude la imagen de un Gobernador de California cualquiera, en sus años mozos, empuñando un rifle mientras trata de proteger a un adolescente llamado John Connor. En el futuro post-apocalíptico de la saga Terminator, el tiempo es sólo una fina hoja de papel que se puede atravesar para librar las batallas necesarias. Exactamente igual que en la física. Los bailes espacio temporales que eligen los distintos bandos enfrentados en la guerra del futuro provocan un cacao mental a cualquier espectador que decida enfrentarse a ellos pero, en resumen, podría afirmarse que la cosa consiste en venir del futuro al presente para sabotear diversos acontecimientos que influirán en el devenir de los acontecimientos. En concreto: matar de muy diversas maneras a John Connor, líder de la revuelta humana en el futuro y dejar así franco el camino de la victoria para el bando de las máquinas.

Holger Bech Nielsen y Masa Nimoyima son dos físicos que han comprendido qué está pasando en este acelerador de partículas de Ginebra. Su teoría, y así la han publicado, es bien similar a Terminator y consiste en afirmar que alguien está boicoteando dicho acelerador… desde el futuro. Tal y como en la película se envían soldados para matar a John Connor y que las máquinas puedan imponerse sobre los humanos, estos dos físicos aseguran que hay quien está enviando saboteadores espacio-temporales que impiden al acelerador funcionar a pleno rendimiento. Retrasan la detección de la partícula de Higgs, que aseguran sería tan desastrosa que desde el futuro mismo se estaría generando una estrategia para boicotearlo en el pasado y que así el acelerador no pueda trabajar a pleno rendimiento. Argumentan incluso que el más longevo personaje de ficción, ese extraño conocido por el nombre de Dios, es el causante de tal sabotaje.

Veremos quién puede más. Si los científicos del presente o los saboteadores del futuro que atraviesan la concepción del tiempo, pero nadie podrá negar que pocas veces el desarrollo de un experimento científico fue tan emocionante. Deberían vender entradas y poner publicidad a esas batas blancas.

martes, noviembre 24, 2009

Premio para el caballero, o juzgando a un autor por su contraportada

Hoy se ha conocido que el autor español Rafael Sánchez Ferlosio ha sido galardonado por el Ministerio de Cultura con el Premio Nacional de las Letras Españolas. Justo este fin de semana, paseando por la nueva librería de acogida, donde las estanterías comienzan a sentirse desnudas a cada paso que damos entre ellas y hay incluso un buen librero con pajarita, pude comprobar cómo en su último libro D. Rafael era un rehén más de este lugar común que la sociedad actual ha creado: que todo lo relacionado con la ciencia no es cultura, sino especialización.

Esto es lo que podemos leer en la contraportada de su libro "Guapo y sus isótopos".

"Cómo el idioma refleja la mentalidad de una sociedad.
«Isótopos» es una palabra clásica; la he tomado del famoso sistema periódico de los elementos, del químico Mendeliev. Está formada por las palabras griegas iso, que quiere decir ‘igual’, y topos, que quiere decir ‘lugar’; debe traducirse o entenderse por ‘del mismo lugar’. El gran químico que formó la tabla de los elementos descubrió que de algunos de ellos se daban como dos tipos o versiones –no me pregunten cuál era el factor diferencial–, pero que correspondían a los mismos caracteres en lo que atañe al criterio de colocación de la casilla que les correspondía en el orden de la tabla. Y por eso tenían «el mismo lugar», eran «isótopos»." [La negrita es nuestra].

Bueno, pues como todo estudiante del vetusto BUP podría decirle, el factor diferencial es el número de neutrones, o más fácil aún, la masa. Con esto, animamos desde aquí al nuevo Premio Nacional de las Letras Españolas a que, en su siguiente libro, si va a hablar de algo, se documente sobre lo que habla mejor que enorgullecerse de su ignorancia en un asunto básico, de cultura general.

lunes, noviembre 16, 2009

Galápagos, de Kurt Vonnegut

Volver a Kurt. Si tiene Ud. que hacer un largo viaje y requiere de un libro con el que perderse en sus pequeñas esquinas. Volver a Kurt. Si de lo que se trata es de correr hacia la carcajada. Volver a Kurt. Si apenas comprende el por qué de muchas cosas que suceden hoy día. Volver a Kurt. Si echa en falta que Mark Twain criticara la época en la que aún hoy todavía vivimos. Volver a Kurt.

No faltarán nunca motivos para regresar, o comenzar, a leer a Kurt Vonnegut. Acudir a sus novelas, a las más conocidas pero también a las más ocultas, siempre tiene recompensa. Exige un esfuerzo mucho mayor que otros libros menores: Kurt, en castellano, en España, es casi inédito por cuanto no existen ediciones a la venta de casi ninguna de sus obras. Hasta hace un par de meses sólo se podía encontrar Matadero 5 en cualquier librería y quizás Un hombre sin patria. Hoy, las estanterías de todo el país ya lucen Galápagos en la preciosa edición de Minotauro. Y además, los catalanoparlantes están de suerte: El bala perdida también ha sido recientemente reeditada. Cuatro obras, Cuatro y no más. Ese es el cómputo total de libros de Vonnegut que a día de hoy se pueden comprar. Para el resto hay que acudir a bibliotecas públicas que aún guarden viejos ejemplares de comienzos de los noventa o directamente esperar el milagro del librero antiguo. Y a veces ni aún así. [Leer completo]

Galápagos, de Kurt Vonnegut

Volver a Kurt. Si tiene Ud. que hacer un largo viaje y requiere de un libro con el que perderse en sus pequeñas esquinas. Volver a Kurt. Si de lo que se trata es de correr hacia la carcajada. Volver a Kurt. Si apenas comprende el por qué de muchas cosas que suceden hoy día. Volver a Kurt. Si echa en falta que Mark Twain criticara la época en la que aún hoy todavía vivimos. Volver a Kurt.

No faltarán nunca motivos para regresar, o comenzar, a leer a Kurt Vonnegut. Acudir a sus novelas, a las más conocidas pero también a las más ocultas, siempre tiene recompensa. Exige un esfuerzo mucho mayor que otros libros menores: Kurt, en castellano, en España, es casi inédito por cuanto no existen ediciones a la venta de casi ninguna de sus obras. Hasta hace un par de meses sólo se podía encontrar Matadero 5 en cualquier librería y quizás Un hombre sin patria. Hoy, las estanterías de todo el país ya lucen Galápagos en la preciosa edición de Minotauro. Y además, los catalanoparlantes están de suerte: El bala perdida también ha sido recientemente reeditada. Cuatro obras, Cuatro y no más. Ese es el cómputo total de libros de Vonnegut que a día de hoy se pueden comprar. Para el resto hay que acudir a bibliotecas públicas que aún guarden viejos ejemplares de comienzos de los noventa o directamente esperar el milagro del librero antiguo. Y a veces ni aún así.

Deberían organizarse campañas de protesta, grupos de facebook y cualquier otra cosa inservible de esas, para reclamar a Anagrama, Minotauro, Alfaguara, o al grupo Random House Mondadori, que reeditaran cada una de las maravillas que conservan en sus sótanos. Las sirenas de Titán, El desayuno de los campeones, Barbazul, Madre Noche o Birlibirloque son sólo algunos de sus títulos que hoy permanecen ocultos, destacando sobremanera la inencontrable –incluso en los libreros viejos y en muchísimas bibliotecas- Cuna de gato.

Así pues, el día que apareció en una perdida librería un viejo ejemplar, pero nuevo y sin usar, de Galápagos, editado horriblemente por Booket –aún Minotauro no había dado señales-, no había más que preguntarse. Coja el libro y corra, decía la portada.

Tratándose de un libro con un título como éste, es imposible confundirse con la materia a tratar –la teoría darwiniana- e incluso con el lugar –Ecuador. Y si bien ésta última característica no es determinante, tener ante los ojos la perspectiva de conocer la visión de Vonnegut sobre la evolución de nuestra especie siempre, y se dice siempre, se agradecerá.

Como en todos los libros de Vonnegut, los personajes se van descubriendo en función de la historia. Todos tienen un pasado, un futuro y, por supuesto, un presente –que es precisamente lo que los ha traído hacia las páginas que se lee. Ninguno es tratado como un ser “utilizable”, todo lo contrario. Todos tienen una importancia vital en la vida de los demás. Incluso aunque no se conozcan, vivir en sociedad es vivir juntos y por tanto sus actos y sus planteamientos cambian y modifican la condición de existencia de los demás personajes. Nadie es un actor secundario.

La historia se sitúa en 1986. El libro fue escrito en 1985, de manera que ya se podría hablar de una novela de anticipación, o no. El mundo está sumido en una crisis económica global que lo ha colapsado -¿les suena?- y una de las consecuencias de esto es que la gente de Ecuador no tiene absolutamente nada que comer. Tampoco en Perú, y por este motivo, el nuevo gobierno militar ha decidido declararles la guerra a los ecuatorianos. Al otro lado de la frontera reina la calma tensa, calma ocasionada por la esperanza que en los corazones de todo ecuatoriano y ecuatoriana ha creado la perspectiva de que un proyecto pueda volver a alimentar las bocas de todos: el Crucero del Siglo para el Conocimiento de la Naturaleza.

Este Crucero no es más que un viaje en un barco científico organizado para las celebridades del momento. Sus promotores han movido la idea de lo chic que sería avanzar hacia las Islas Galápagos todos juntos en compañía de una expedición científica. Sin embargo, las caras famosas se han ido acobardando una a una por diversos motivos, y en los días previos a zarpar el barco –desde las primeras páginas- sólo han acudido gentes de muy diversa índole y clase social, pero en absoluto celebridades. Contamos en el pasaje a sólo unas pocas personas y una máquina: un roba-viudas, vividor y delincuente en todos los sentidos, una viuda deprimida que pensaba en realizar el viaje con su ahora difunto marido, un matrimonio japonés invitado por un viudo norteamericano muchimillonario que, a su vez, se ha traído a su hija adolescente y a su perra. La máquina es un “Mandarax”, un prodigio inventado por el hombre japonés que es capaz de, con el tamaño de un bloc de notas, traducir todos los idiomas del mundo, acumular saberes, proporcionar citas, diagnosticar enfermedades y cientos de cosas más. Por supuesto que a este grupo se le irán uniendo más compañeros de viaje pero eso será más adelante.

Contando con estos personajes: los pasajeros, los tripulantes, el caos y la evolución, una extraña voz nos narrará los acontecimientos que lograron salvar a la raza humana. Porque, sí, escuchen bien, estamos ante la nueva arca de Noé, sólo con la salvedad de que no servirá para preservar las especies animales, sino para preservar a los seres humanos de extinguirse por su propia culpa y estupidez.

La voz que nos guía es la del fantasma de Leon Trout, hijo de Kilgore –encontraremos varias referencias a sus otras obras- quien nos cuenta todo con la perspectiva que da hallarse en el año 1.001.986. En todo este tiempo ha podido ver cuáles eran los problemas ingenieriles de la especie humana y cómo la naturaleza, una vez que dicha especie ha sido aislada en las Galápagos, ha ido perfeccionando el diseño hasta completar uno perfecto para el objetivo adecuado: la felicidad.

Existe un contraste entre un Hombre que se cree capaz de dominar a la Naturaleza mientras crea algo como el “Mandarax”, una máquina que acumula todo el conocimiento humano y, por tanto, es capaz de dominarle. Justo cuando esto va a ocurrir, justo cuando el ingeniero japonés va a vender la idea del “Mandarax” al empresario norteamericano que lo pondrá en los bolsillos de todo el mundo, la Naturaleza decide hacerse presente y finiquitar el mundo creado por los seres humanos. Con la quiebra de este sistema, acontecida por una pequeña falla en el mismo, la Naturaleza provoca la caída de la especie dominante enviando una infección que esteriliza a las mujeres y condena a la extinción.

Pero, no se alarmen, el mismo azar que provocó la existencia de esta plaga humana ha asegurado su continuidad y hace que las definitivas 10 personas que se embarcan (9 mujeres en su mayoría fértiles y un hombre) lleguen a las islas y, aislados, puedan continuar con la especie.

Tremendamente divertido, con los clásicos giros de Vonnegut, en donde el argumento es lo de menos y se busca reír y reflexionar a la vez. Encontramos juegos emocionantes como el que propone el autor nada más comenzar el libro: cuando sepa que uno de sus personajes va a morir, le añadirá a su nombre un *, dejando en vilo al lector sobre cuándo y cómo ocurrirá esa muerte. Un libro en donde asesinar a alguien, nos dirá Vonnegut, es “sobrevivirlo” y el problema central de la especie humana es “su voluminoso cerebro”, que le hace pensar más de lo debido para encontrar la felicidad. Palabra de Kurt.

miércoles, noviembre 11, 2009

Viajando en grupo, de Henry Green

Resulta triste y decepcionante toparse con un libro que termina por agotar física y mentalmente. Cuando a las pocas páginas –no más de 10- el lector ha de regresar al comienzo porque los –aún- pocos acontecimientos a los que ha sido invitado se le han escapado y es incapaz de hacerse un mapa mental de la situación pueden ocurrir un par de cosas. Que el autor sea un genio y por tanto requiera de la confianza de un lector entregado. O que sinceramente estemos ante los peores 18€ invertidos de toda la vida.

La obra de Pierre Bayard, que por su título –Cómo hablar de los libros que no se han leído- podría parecerse al manual del buen librero en época navideña, podría tener un duro competidor si el que firma esta entrada se propusiese escribir otro sobre Cómo hablar de los libros que se han abandonado. Y confieso en este punto que no sabría hasta las galeradas si colocar en el título definitivo … que nos han abandonado. Porque es bien fácil abandonar un libro. Devolverlo a su lugar a la estantería, o incluso relegarlo a otro peor –más abajo-, sólo porque no nos han dado lo que nosotros esperábamos de él. Siendo altivos con este libro que abandonamos, nos olvidamos muchas veces de los encuentros casuales que se producen a mitad de una página, de las ideas que sobrevienen en un párrafo y que nunca hubiéramos esperado toparnos. Es por esto por lo que nunca he abandonado un libro a medias. El empeño siempre me ha perseguido, unas veces por cabezonería –“algo encontraré”- y otras por simple y banal orgullo –“este tío barra tía no va a poder conmigo”. [Seguir leyendo]

Viajando en grupo, de Henry Green

Resulta triste y decepcionante toparse con un libro que termina por agotar física y mentalmente. Cuando a las pocas páginas –no más de 10- el lector ha de regresar al comienzo porque los –aún- pocos acontecimientos a los que ha sido invitado se le han escapado y es incapaz de hacerse un mapa mental de la situación pueden ocurrir un par de cosas. Que el autor sea un genio y por tanto requiera de la confianza de un lector entregado. O que sinceramente estemos ante los peores 18€ invertidos de toda la vida.

La obra de Pierre Bayard, que por su título –Cómo hablar de los libros que no se han leído- podría parecerse al manual del buen librero en época navideña, podría tener un duro competidor si el que firma esta entrada se propusiese escribir otro sobre Cómo hablar de los libros que se han abandonado. Y confieso en este punto que no sabría hasta las galeradas si colocar en el título definitivo … que nos han abandonado. Porque es bien fácil abandonar un libro. Devolverlo a su lugar a la estantería, o incluso relegarlo a otro peor –más abajo-, sólo porque no nos han dado lo que nosotros esperábamos de él. Siendo altivos con este libro que abandonamos, nos olvidamos muchas veces de los encuentros casuales que se producen a mitad de una página, de las ideas que sobrevienen en un párrafo y que nunca hubiéramos esperado toparnos. Es por esto por lo que nunca he abandonado un libro a medias. El empeño siempre me ha perseguido, unas veces por cabezonería –“algo encontraré”- y otras por simple y banal orgullo –“este tío barra tía no va a poder conmigo”.

Pero la cosa cambia cuando son ellos, los libros, quienes nos abandonan. Son momentos en los que los libros que habíamos decidido terminar, se largan hartos de que los abandonemos encima de la mesa y de que trunquemos nuestro habitual encuentro con la lectura. Leer algo que te aburre y te aplasta quita en cierta medida las ganas de disfrutar con uno mismo, las ganas de reflexionar. Y esto sólo se lo he consentido a Fukuyama… y porque me lo tenía que estudiar.

La novela de Henry Green, Viajando en grupo, se vende como algo así como una intrépida novela de situación, pero en realidad es un tedioso viaje que no lleva a ningún sitio. Su argumento consiste en situar a un grupo de niños y niñas ricas de la alta sociedad londinense frente a aquello que iguala a todas las clases de la vida moderna. No, no es la muerte, es el transporte público. Esta camarilla de ricos imbéciles, a los que uno no tardaría en mandar a la mierda nada más presentarse, se encuentran atrapados en el hotel de una estación de tren de Londres a causa de una niebla espesísima que impide su salida hacia París. Todos ellos han decidido emprender el viaje en grupo a propuesta del mayor imbécil de todos, el más rico y el más soltero, claro, y la niebla les pilla en una estación atestada de londinenses que, afinados en el vestíbulo, requieren un transporte para regresar a sus casas del extrarradio tras un día de trabajo.

Por supuesto, Green trata de hablarnos de las diferencias sociales y de clase que existen entre los protagonistas de la obra y la masa-rebaño que ante las ventanas del hotel se extiende. Sin embargo el experimento de dotar la obra con aires clasistas no funciona ni tan siquiera cuando Green da voz a algunos viejos sirvientes. Todo lo que consigue es que unas personas que ya nos caían mal nada más presentárnoslas, nos caigan aún peor. Y así hasta que nos da exactamente lo mismo qué suceda con ellas. Debió de ser ése el momento en que el libro, o más bien sus personajes, decidieron volver por sí solos a la estantería.

Con todo, llegué a la página 141 de 227. Demasiado tiempo nadando para ahogarse en la orilla. Sin embargo que cueste seguir con su lectura apenas quedando 80 páginas dice por sí solo qué clase de novela es. No sé cuánto dinero habrá cobrado Martin Amis, el hijo de Kingsley, para decir, según la contraportada, que Green era “Un maestro de la comedia”. O por qué diablos John Updike lo califica de “exquisito”. Puede que porque también ellos fueran niños-pera y se identificasen con estos personajes, pero está claro que el naufragio del viaje grupal es claro. Y eso que van en tren.

El libro tiene alguna cosa buena, para qué negarlo. La primera escena, con la señorita Fellowes deambulando por la estación con una paloma muerta recién lavada en papel de estraza hace reír. El discurso de que estos niños ricos viven por y para su estilo de vida, siendo unos esclavos de éste y, por tanto, más condenados que la masa de trabajadores que espera en el vestíbulo sería hasta interesante si no fuera porque vivimos en un mundo en que la libertad se compra con dinero y entre ser un esclavo de mi decorador y ser un trabajador de la industria londinense de la década de 1930, pues prefiero claramente lo primero. Sin duda, lo mejor de todo, es la extraordinaria portada del libro en la edición de la editorial Lumen. Como siempre, su labor editora es buenísima, aunque el libro se hace un tanto incómodo de leer y a cada página uno se pregunte por qué han traducido esto habiendo tantas obras de Vonnegut por reeditar.

De manera que ahí se queda, en su sitio de la estantería. Yo me voy a leer a Rafael Reig, aunque sólo sea por mera salud mental. Primero porque este tipo es siempre divertido. Y segundo porque, ya que Público me ha privado de disfrutarlo todos los días, pues qué mejor que reivindicarlo haciendo lo que más le gusta a un escritor que hagan con él: leyendo uno de sus libros.

martes, noviembre 03, 2009

The Anarchical Society, la continuación de un proyecto

Reorganizando las temáticas de El Señor Kurtz, me encontré hace poco con la impresión de que multitud de temas se me quedaban fuera de este blog sin encontrar un refugio cómodo en la situación del espectáculo, mi otro espacio. Y repasando la libreta de temas a tratar, esa maldita moleskine que siempre me pide más de lo que puedo dar, la impresión se confirmó.

Surgió entonces la idea de acabar con Kurtz para iniciar un nuevo proyecto que recogiera todo de lo que hemos hablado aquí y todo lo que nos ha faltado por hablar. El nombre y el diseño de la plantilla del nuevo proyecto ya estaba terminado cuando Kurtz se rebeló y obligó a rectificar. Al fin y al cabo son tres años y pico dando tumbos por aquí. De manera que tuvimos que cambiar de idea.

Se presenta así una nueva sección de este blog que, como indica la nueva cabecera, ya no habla sólo sobre África Subsahariana, sino también sobre Relaciones Internacionales, ese contenedor desde el que se podrán abarcar los acontecimientos que explican la lógica del sistema global que, en última instancia, tanto tiene que ver con los problemas africanos.

Con la etiqueta The Anarchical Society, podremos encontrar agrupadas todas aquellas entradas sobre política internacional que no traten la temática africana. Al menos no exclusivamente. Entradas sobre Relaciones Internacionales que formarán un blog dentro de otro blog.

El nombre escogido es un homenaje a una obra del profesor Hedley Bull, un clásico en la disciplina académica de las Relaciones Internacionales, llamado The Anarchical Society. A Study of Order in World Politics, escrita en el año 1977 y de la que existe una traducción al castellano de 2005.

viernes, octubre 23, 2009

El arte soviético

Hay legados de la Unión Soviética que ni el mismísimo Karl Marx -o Carlos, como se decía en España en los 70- hubiera planificado. Sorprende que muchos de ellos, como el miembro de la KGB, Vladimiro Putin -esto no lo traduzco-, ni siquiera estaban en el ideario. Que un fiel defensor de la dictadura –porque dictaba y fíjate tú lo que duró- del pueblo llegase a ser Presidente de una Federación de Estados que favorecía la creación de grandes fortunas amigas y que atentaba contra ese mismo pueblo que dictaba en nombre de la defensa de la Federación –chiste para los fans de Star Wars.

Sea como fuere, la Revolución de 1917 trajo consigo la inquietud por entender las cosas desde otro modelo que no fuera la Modernidad Capitalista. Siempre siguiendo los designios filosóficos que se establecieron a finales del siglo XVIII con las dos revoluciones –la francesa y la americana- la URSS trató de materializar un paradigma de sociedad diferente. Esto, como no podía ser de otra manera, influyó en el arte.

El arte era entendido por esta nueva ola artística como comprometido con la sociedad y con las luchas de los pueblos. Frente a la visión del arte puramente estético y por el placer, la Revolución Soviética acogió a los artistas que tenían una visión transformadora de la sociedad a través de sus obras. Las vanguardias artísticas de aquella URSS, unidas a los movimientos que en Occidente promovían la revolución del arte, crearon una manera diferente de entender la expresión artística. En este punto se ha de reseñar la tremenda aportación española. Una aportación que vino provocada, en gran medida, por dos oportunidades. La primera, disponer de un espacio, como lo era la Residencia de Estudiantes, en donde artistas de diferente índole compartían momentos e ideas. La segunda, y más fortuita, fue que una de las primeras traducciones de la obra clave de Freud La interpretación de los sueños fue la traducción al castellano, llevándose consigo nuevas ideas que transformarían a toda una generación artística.

Pero el arte, y más el comprometido, no entiende de órdenes sino de respuestas a las dificultades sociales. Así fue que cuando Stalin llegó a controlar la URSS, decidió arrancar de cuajo las inquietudes artísticas y controlar este mundo a través de personas afines o de la extorsión. Una parte importante de este movimiento murió aquí, en este punto. Sin embargo la llama seguiría viva. Y no sabían hasta qué punto.

En 1971, durante el mandato como Secretario General del PCUS de Brézhnev, la URSS buscaba petróleo y gas en el desierto de Karakun. Este desierto es el más extenso de Asia Central y el décimo de todo el mundo con sus 284.900 km2. Su superficie es arcillosa y, como corresponde a un buen desierto, tiene escasa vegetación y pluviometría.

Entre búsqueda y búsqueda, los operarios toparon con una gruta subterránea que no estaba documentada. “¿Será eso un problema?” debió de preguntar el comisario político de la expedición. “Hmm… no, taladramos aquí y allá y lo solucionamos en un periquete”, debió de responder el capataz. Diez minutos después estaban todos en el fondo del cráter que se había creado con el hundimiento de la tierra provocado con los taladros.

Pero, como en el viejo Asterix, ¿Todos? No. Todos menos uno, quien como aquel soldado de Maratón corrió y corrió hasta Moscú para explicar lo que había sucedido. Le escuchó atentamente el Secretario General –el querido camarada Leónidas- quien rápidamente envió a sus asesores a inspeccionar el agujero –o pequeña irregularidad en el terreno, cual túnel del Carmel, que se llamó oficialmente-, y al cabo de pocos días le presentaron un proyecto para la recuperación del material de prospección. Al fin y al cabo, técnicos había muchos en la Unión Soviética y los obreros muertos no se quejaban mucho. La idea para recuperar los equipos fue bien sencilla: se lanza a un equipo de rescate con cuerdas, y se sube poco a poco el equipo. Luego, si da tiempo, se subirá también al equipo de rescate.

La operación “trae p’acá esas máquinas” comenzó con amplias esperanzas de continuar con las prospecciones en un corto periodo de tiempo. Sin embargo nada más comenzar surgieron los primeros imprevistos. El equipo de rescate tenía la manía de respirar para vivir en una acción que sin duda comenzaba a ser incompatible a cierta profundidad de la gruta, donde los gases letales invadían el aire. Después de perder al equipo Alfa en el camino, el director de operaciones comprendió qué era lo que estaba pasando y envió al equipo Beta para comprobar sus hipótesis. En una clara demostración de la cientificidad reinante, el equipo Beta tampoco regresó y por tanto se hubieron de plantear ciertos cambios en la estrategia.

De todo esto fue informado el camarada Leónidas, quien hábilmente creó una comisión mixta de técnicos de todos los niveles para pensar cómo se podrían recuperar los valiosos equipos. Entre todos los miembros de la comisión destacaba un ingeniero militar de 63 años que, en sus inicios, había sido estudiante de arte en la más prestigiosa escuela de Moscú. Reconvertido en el militarismo para salvar el cuello –literalmente- sus aspiraciones artísticas habían ido variando con el tiempo asumiendo un carácter meramente estético que permitía la aprobación de sus superiores.

Cuando las ideas de la comisión se hubieron acabado y el material se daba por perdido dicho ingeniero hizo un ingenioso comentario de desolación y resignación: “Pues yo le prendería fuego a esos gases y cuando se apagaran bajaría a por las máquinas, total, tampoco pueden tardar mucho en apagarse ¿no?”. Ése, y no otro, fue el momento mágico en el que la política y el arte vanguardista soviético se dieron nuevamente la mano. Justo cuando la cerilla caía al fondo el cráter, y una columna de fuego que se podía ver desde el Politburó, allá en Moscú, se elevaba por los cielos, la URSS regresó al centro del movimiento artístico internacional.

Treinta y ocho años después de aquella cerilla, aún sigue ardiendo el cráter. Solo y en mitad del desierto, salvo por la compañía de un soldado raso enviado a la zona en 1972, con la orden de que avisara cuando se acabe el fuego y puedan bajar a recuperar las máquinas.

miércoles, octubre 07, 2009

Para(la)farmacia

Justo en la esquina de mi casa hay una Farmacia regentada por una entrañable mujer de mediana edad. Elena, que así se llama, domina la vida del barrio. Todos compran en su recinto, y por tanto conoce datos tan importantes como quién sufre de hemorroides, cuántos alérgicos a la primavera hay en el barrio o cuáles son los últimos ancianitos que han dejado de comprar sus medicinas y, por tanto, han fallecido. “Don Fulano hace más de un mes que no viene por aquí, y lo que él toma no tiene más de treinta cápsulas, mala señal”, dice torciendo el gesto. Incluso era la primera en conocer quién se había embarazado en el barrio en los tiempos en que las compresas sólo se vendían en la Farmacia.

Dña. Elena, como la llamamos los más jóvenes –aunque peinemos alguna cana-, es toda ternura y dulzura con cualquier habitante que more sus dominios. Con cualquiera, menos con aquél que acuda pidiéndole un antibiótico. Y es que a Dña. Elena le molestan sobremanera estas gentes apestosas que conviven con infecciones. Comprende que tienen que existir –“de todo hay en la viña del Señor”-, y no le importa en demasía, siempre y cuando no entren en su Farmacia. Los muy cretinos, según Dña. Elena, pretenden matar a esos pobres microbios, tan chiquitos e indefensos que no pueden sino desaparecer ante la sola presencia del químico antibiótico. De manera que durante años las cajas y cajas de antibióticos que Dña. Elena se veía obligada a solicitar de los distribuidores para que la inspección del Ministerio no la multase, se caducaban en sus imperecederas estanterías de madera. Todos sabíamos muy bien que Dña. Elena sí que le dio antibióticos a su hija María –compañera nuestra de correrías por las calles del barrio- cuando se cayó de su bicicleta y la herida del rasponazo se llegó a infectar. Sin embargo, la Sra. farmacéutica seguía negándose a venderlos por miedo a que acabáramos con los microbios igual de salvajemente que acabamos con el virus de la viruela.

Hasta ahora esta manía de Dña. Elena se había mantenido en un secreto público, de esas cualidades particulares de todo barrio, y por tanto no había trascendido. Sin embargo hace cosa de un año la televisión local hizo un reportaje y hoy la farmacéutica está siendo juzgada. Como argumento de la defensa, el abogado de Dña. Elena ha esgrimido lo único que se podía hacer: objeción de conciencia. Sí, amigos y amigas, la objeción de conciencia que eximía a los jóvenes españoles de pertenecer a un cuerpo cuyo único sentido era hacerle la guerra a otras poblaciones sencillamente porque se interponían en el camino de la propia, ahora le sirve a Dña. Elena para evitar administrar en su Farmacia lo que la ley le obliga.

Porque no olvidemos que las Farmacias son concesiones administrativas, es decir, que no se puede abrir una Farmacia aquí, en esta esquina, porque sí y regentarla siendo, por decir algo, constructor en paro. No, en absoluto. Hay una serie de normas que regulan estos establecimientos, normas incluso gremiales sobre la distancia mínima que ha de haber entre Farmacia y Farmacia. Sin embargo, Dña. Elena se quiere saltar todas estas normas, sencillamente porque no va con ella. Ya ha asegurado, según la he oído decir, que si esto le funciona mañana alquilará el local que hay al lado de la otra Farmacia del barrio, regentada por D. Francisco, un borde de cuidado. Está segura de que estando su hija allí, que además de farmacéutica también es simpatiquísima, podrá hacerse con el mercado de aquella zona del barrio. Y si alguien osa a comentarle que eso quizás vaya contra las normas, ella alega que su conciencia es la de libre mercado y que por tanto no tiene que obedecer las normas de un absurdo intervencionismo.

Al calor de estas iniciativas, varias Farmacias del país han visto el cielo abierto para negarse, por razones de conciencia, a no vender preservativos, píldoras del día después e incluso enjuague bucal con sabor a fresa –cosa más asquerosa, por el amor de dios. Y como cada acción tiene su reacción, cientos de ciudadanos chinos –antes se llamaban chinos a secas- van de allí para allá ofreciendo todo lo que no se puede conseguir en la Farmacia del barrio. Y las consecuencias son inevitables. Ciudadanos desinformados –porque no hablan chino por razones obvias- utilizan los aerosoles para el asma como si fueran perfumadores, se echan la micromina en el café y se pasan pastillas los unos a los otros, invitándose a una rave improvisada en la parada del autobús.

El Caos, la Guerra Mundial.

lunes, octubre 05, 2009

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

[Publicado originariamente en El Señor Kurtz]

Cae la lluvia tropical y torrencial. Jamás has visto llover así. Se supone que deberías estar afuera, haciendo todo lo que se supone que se hace aquí. Pero lejos de convencerte a ti mismo de que desperdicias un tiempo valioso colocas la silla para acompañar a esa lluvia. Te rodeas del Relec, coges el ajedrez de viaje -como el pescador que lleva la caña, por si se tercia-, la libreta para apuntar, la cámara de fotos -no sea que hoy pase por allí el lagarto de todos los días presto para posar un poco. Y por supuesto: el libro. Jamás leer te llevó tanta preparación ni tanto equipaje. Estarás de vacaciones, pero la tensión emocional no te la quita nadie.

Y te sumerges. Esta vez, quién lo iba a decir, precisamente él, precisamente este libro, no te lleva a una situación muy lejana. Hace mucho tiempo que lo tenías, mucho que lo compraste, incluso lo has regalado varias veces y recomendado cientos de miles, pero jamás pensaste que estarías aquí mismo leyendo lo que estás viendo.

Kapuscinski es muchas veces poco riguroso con la Historia. Sus libros están escritos a la manera de reportajes periodísticos clásicos y, si de pasada toca un tema que tú conoces bien, puedes advertir cierta laxitud en sus aseveraciones políticas, cierta dejadez por reflejar los hechos tal y como fueron. Sin embargo, lo dejamos pasar encantados de la vida. El valor de sus libros no se refleja en su rigurosidad científica, ni en sus descubrimientos. Sus libros son valiosos porque están llenos de humanidad, de personas que se pasean por las páginas siendo ellos mismos sin necesidad de que nadie las interprete, verdadero periodismo antropológico. Son como esos compañeros de nuestra infancia, algo más mayores que nosotros, más maduros, y por tanto más seguros de sí mismos. Pero sin la arrogancia que valoriza la ignorancia. Son como son, y no te piden que los comprendas.

Ébano es un libro de reportajes que tienen como protagonista principal a la región de África Subsahariana. Son 29 artículos que Kapuscinski va a escribir durante sus corresponsalías para un periódico polaco. Podemos encontrar artículos algo más ensimismados sobre el autor, y otros más preocupados por saber captar la esencia del personaje que describen, pero siempre nos trasladarán un pequeño aprendizaje sobre cómo podemos situarnos para comprender al diferente. Aunque muchas veces el diferente puedas ser tú mismo.

Hay imágenes que se quedan clavadas en la retina del lector. Las palabras incrustadas en el cerebelo provocando que se rinda la voluntad ante la imagen de un joven Kapuscinski subido en un bidón de gasolina junto con su compañero de viaje, tratando de aguantar las sacudidas de una cobra que, debajo, trata de sobrevivir y matar a su vez. Podemos ver cómo se tambalea afectado por la malaria, preocupado porque su médico lo quiera enviar de vuelta a Polonia en lo que sería su primer reportaje en el continente. Asustado por si a su jefe le da por anular la corresponsalía por el mero hecho de que su primer reportero hubiera enfermado de gravedad.

Podemos sentir un pánico que Ryszard aparentemente no sufre, cuando leemos cómo es despojado en Monrovia de ese manto de protección que cubre a todo occidental que atraviesa una frontera africana: el pasaporte. Sin él, el europeo se siente golpeado, sin argumento que demuestre la necesidad de ser arrancado de cuajo de situaciones de inseguridad relativa. No digamos ya si en lugar de europeo es estadounidense. Las fronteras son el reino de los privilegiados; siempre que tengas el papel adecuado. Y sin embargo terminamos por sentir aún más pánico cuando nos describe el tamaño de las cucarachas de aquella habitación en donde pernoctará despierto.

Un pero, bastante grave, para la editorial Anagrama y para la persona que ha editado a Kapuscinski en España, es que hay algunos artículos -creo recordar que dos- que están doblemente reproducidos. En Ébano y en el divertidísimo La guerra del fútbol, Kapuscinski nos cuenta su día a día en Lagos, la capital de Nigeria. El relato de los personajes del barrio se disfruta y los hace cercanos y presentes a cualquiera que haya decidido entregarse a la narración. Estamos hablando de la dueña del bar, que sirve cerveza casera caliente. De los ladrones que siempre acuden a su piso cuando él no está, y que le agradecen el no llamar a la policía no entrando cuando él sí que está. Y otros tantos.

En este mismo artículo, Kapuscinski nos enseña que, aún a pesar de la voluntad, un blanco en África es siempre un blanco en África, y que mientras exista la posibilidad de tener aire acondicionado en una barriada de Lagos cualquiera, las diferencias siempre estarán ahí. Al fin y al cabo, como bien dice en las primeras páginas de Ébano, los africanos y las africanas tienen una vida que es un "martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos".

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

Cae la lluvia tropical y torrencial. Jamás has visto llover así. Se supone que deberías estar afuera, haciendo todo lo que se supone que se hace aquí. Pero lejos de convencerte a ti mismo de que desperdicias un tiempo valioso colocas la silla para acompañar a esa lluvia. Te rodeas del Relec, coges el ajedrez de viaje -como el pescador que lleva la caña, por si se tercia-, la libreta para apuntar, la cámara de fotos -no sea que hoy pase por allí el lagarto de todos los días presto para posar un poco. Y por supuesto: el libro. Jamás leer te llevó tanta preparación ni tanto equipaje. Estarás de vacaciones, pero la tensión emocional no te la quita nadie.

Y te sumerges. Esta vez, quién lo iba a decir, precisamente él, precisamente este libro, no te lleva a una situación muy lejana. Hace mucho tiempo que lo tenías, mucho que lo compraste, incluso lo has regalado varias veces y recomendado cientos de miles, pero jamás pensaste que estarías aquí mismo leyendo lo que estás viendo.

Kapuscinski es muchas veces poco riguroso con la Historia. Sus libros están escritos a la manera de reportajes periodísticos clásicos y, si de pasada toca un tema que tú conoces bien, puedes advertir cierta laxitud en sus aseveraciones políticas, cierta dejadez por reflejar los hechos tal y como fueron. Sin embargo, lo dejamos pasar encantados de la vida. El valor de sus libros no se refleja en su rigurosidad científica, ni en sus descubrimientos. Sus libros son valiosos porque están llenos de humanidad, de personas que se pasean por las páginas siendo ellos mismos sin necesidad de que nadie las interprete, verdadero periodismo antropológico. [Leer completo]

viernes, octubre 02, 2009

Los Juegos del Señor Alcalde

No es plato de buen gusto de ningún bloguero rescatar entradas viejas para darse el gusto de decir "ya lo decía yo", pero ya que hoy se celebran las elecciones para los Juegos Olímpicos de 2016, y dado que en la anterior elección -en el año 2005- aún el blog no estaba abierto, pienso en rescatar esta entrada que, a pesar de tener más de un año, es de tremenda actualidad. Hoy que todos los medios de comunicación hacen gala de su falta de criterio y de su escaso cuestionamiento de la política pública de este país -lo que se llama servilismo, vamos- nos reafirmamos en lo dicho un 8 de Junio de 2008. Ah, y un dato de marcada demagogia: el dato del paro publicado hoy indica que en septiembre fabricamos 80.367. Al menos en Chicago sí que tienen autocrítica.

Los Juegos del Sr. Alcalde.

El Sr. Alcalde debe de estar contento. Ya vuelve a ser ciudad aspirante a celebrar los Juegos Olímpicos. Tras la derrota por los Juegos de 2012, ganada por Londres, todo el mundo mediático volvió a echarse al monte, atrincherándose en que la posibilidad de los Juegos en Madrid siempre estaría abierta porque, como no hay mejor ciudad en el mundo para albergar unas olimpiadas, resulta inevitable. Esos mismos lacayos que ayer alababan Madrid 2012 como única e irrepetible, como proyecto fundamental de los Juegos Olímpicos, decían lo mismo de Sevilla… hasta que Madrid le adelantó por la derecha.

Y como Madrid está para los Juegos, llevamos más de cuatro años gastando dinero y más dinero en mostrar que la ciudad, la Comunidad, y los alrededores saben organizar eventos. Pagamos dinero a dos manos para lograr que nos seleccionen como sede del Campeonato del Mundo de ciclismo (2005), del Eurobasket (2007), del campeonato de Curling (2007), de Masters Seniors de Tenis o de lo que sea. Lo importante es que se muestre que la ciudad y la comunidad están empeñadas con el deporte. Que la presidenta se ponga más chaquetas que las que llevó en la Transición. Que el Alcalde pueda ir ensayando los discursos de apertura. Que los representantes de esas federaciones internacionales puedan comer y beber en Madrid y así opinen que las delicias de la ciudad justifiquen su voto.

Se alega que Madrid crecerá con estos campeonatos. Que el dinero que traerá, en forma de turismo, a la ciudad compensará con creces las obras y el esfuerzo de la organización. Que, además, los Juegos serán sostenibles. [Leer completo]

lunes, septiembre 07, 2009

El país anteriormente conocido como Macedonia

Decir que a través del deporte se vuelcan hoy en día la mayoría de los sentimientos nacionalistas es decir una obviedad. Todo el que tenga un buscador de webs a mano puede observar cómo existen y existieron reivindicaciones nacionalistas a cada evento deportivo existente. Y los JJOO, esos a los que el Alcalde de Madrid ha decidido asociar su futuro, son una competición de Presidentes y Jefes de Estado que luchan por que sus gallos de pelea o sus tortugas corredoras, venzan a los demás para salir en la foto.

Hoy, día 7 de Septiembre de 2009, comienza en Polonia el Campeonato de Europa de Baloncesto, el Eurobasket. Allí se enfrentan 16 selecciones europeas para dirimir quién es el más fuerte. Seguro que más de una alteza real ya está pidiendo los números de teléfono del capitán y entrenador habituales –y además, en el caso de España, como el alteza y el entrenador son italianos, seguro que se entenderán bien. Allí en Polonia, en el partido inaugural del Grupo A se enfrentan Grecia y un país anteriormente conocido como República ExYugoslava de Macedonia. Y se enfrentarán si es que hay acuerdo sobre el nombre –provisional en todo caso- que tendrá este segundo país.

El conflicto internacional sobre el nombre del Estado de Macedonia viene de lejos. Cuando en 1991 la Yugoslavia de la época se rompe en diversas repúblicas independientes que continúan las divisiones administrativas establecidas por Tito, cada nuevo gobierno se lanza en busca del tan ansiado reconocimiento internacional que las identifique como naciones soberanas e independientes. Con legitimidad, por tanto, para autogobernarse. Al fin y al cabo, el Sistema Internacional no es más que un acuerdo de primus inter pares para decir que este cacho de huerta es de éste o de aquél. El gobierno de Macedonia pretendía ser rápido en esta cuestión para evitar que su territorio fuera reclamado por búlgaros o griegos. Sin embargo la jugada no fue completa y, si bien es miembro de pleno derecho de la comunidad internacional, el latiguillo del nombre no termina de permitirles levantar el suelo.

La génesis de este conflicto, como casi siempre, tiene que ver con problemas políticos no resueltos que se aparcan para resolverlos –como sea- más adelante. Tito se encontró con una Yugoslavia en la que Serbia era la república dominante y sobre la cual giraba toda su historia. Justo debajo de Serbia existía una región fronteriza con Bulgaria y Grecia a la que el nacionalismo serbio llamaba “Serbia del Sur” y que en realidad tenía una herencia helénica innegable. Denominada Macedonia y siguiendo las líneas fronterizas que el Imperio Otomano había impuesto, la región sureña de Yugoslavia tenía tres hermanas griegas –las tres regiones fronterizas del lado griego que se denominan Macedonia Central, Oriental y Occidental- y una hermana búlgara –la llamada Macedonia del Pirin. Con ésta última Tito trazó un plan de unificación. En 1946 Bulgaria renunciaría a esa zona a favor de Yugoslavia a cambio de sus reivindicaciones en el mar Egeo. Era la época en la que se hacía Historia y los huertos cambiaban de manos. La URSS, juez y parte en todo esto, dio el visto bueno al acuerdo y cuando todo estaba a punto de concretarse, estalló por los aires. Tito rompe con la URSS en 1948 y por tanto sus reivindicaciones sobre el Pirin son desoídas y Bulgaria reafirma la propiedad de la región. Tito, para evitar que la población macedonia se le vaya de las manos, organiza una política orientada a fomentar un nacionalismo macedonio que hasta entonces estaba dormido y que sería el inicio de la voluntad independentista de la década de los 90.

La política yugoslava pasó en aquél momento a potenciar –por no decir crear- la idea de que el macedonio era un pueblo independiente en lo cultural, social e idiomático a todos los pueblos que le rodeaban –búlgaros, serbios y, sobretodo, griegos. Y así se llegó hasta el día en que los nuevos macedonios se pudieron hacer independientes.

Sin embargo Grecia no ha permitido desde entonces que la integración en la comunidad internacional sea completa debido al nombre. Por un lado, entiende que Macedonia, si es que ese es su verdadero nombre, podría reivindicar las tres provincias griegas con las que compartiría nombre, ya que eso del nacionalismo es muy contagioso. Y por otro lado, al llamarse así, la nueva república podría sentirse tentada de quedarse con el legado de la historia macedonia cuando la realidad es que actualmente es una región profundamente eslava y no helénica.

La cuestión del nombre no es baladí. Por este motivo existe un enviado especial de Naciones Unidas, quien trata de mediar desde hace ya casi 20 años para alcanzar un acuerdo y quien ha propuesto el año pasado la denominación “República Macedonia-Skopje”, en alusión a la capital. Existe un número minoritario de países que no aceptan el nombre constitucional de Macedonia, que no es otro que “República de Macedonia”, y que la llaman con el nombre provisional propuesto por Naciones Unidas, es decir “Antigua República Yugoslava de Macedonia”. En la OTAN, durante la reunión de Bucarest de 2008, se pretendía alcanzar un acuerdo sobre el mismo para poder incluir a Macedonia en la Alianza Atlántica y sin embargo Grecia se negó en redondo a aceptar a cualquier país que pretendiera llamarse como tal. Hoy, la República de Macedonia sólo es Estado candidato a ser incluido en la OTAN, y sus posibilidades de verse en la Unión Europea están paralizadas hasta que no exista un acuerdo sobre su nombre.

Mientras, en las canchas polacas de baloncesto, hoy veremos como la República de Macedonia se enfrenta a Grecia a pesar de la oposición de la FIBA europea –con presidente griego ¡toma ya! Y es que la Federación Macedonia de Baloncesto ha decidido retirar las siglas FYROM –Former Yugoslav Republic of Macedonia- de la camiseta del equipo nacional, contraviniendo las reglas del torneo –según parece-, pues a un equipo llamado “República de Macedonia” no lo tienen registrado.

Como solución de última hora desde lse proponemos estos nombres, con toda la irreverncia del mundo, al enviado especial de la ONU para que resuelva el acertijo.

República del Melocotón en Almíbar
- ¡Melocotones del mundo, uníos! -

República Independiente de la Ensalada de Frutas
- ¡Contra la represión de la malvada piña! -

República Macedoña – aka República Macedonya
aquí, ya se ve, hay un problema -

República del Melón con Jamón
o del Jamón con Melón porque el orden de los factores… ya se sabe -

República Joroñaquejoroña
que viene a ser lo que diga la griega -

República de Lo que diga el Griego
que al final es quien les tiene cogidos por las pelotas… de baloncesto, se entiende -

lunes, agosto 31, 2009

Tic-Tac-Tic-Tac


Septiembre, ese mes en el que siempre nos proponemos hacer algo nuevo, distinto y deseado, se acerca ya. ¿Tienen todos Uds. preparadas ya sus excusas?

miércoles, julio 29, 2009

Molestan las disculpas


Abro cuando vengo, cierro cuando me voy, y si viene y no estoy, es que no hemos coincidido.
-volvemos en seguida-

miércoles, julio 22, 2009

Alta fidelidad, de Nick Hornby

Nick Honrby es uno de esos escritores con los que aún mantengo una deuda enorme. En realidad no soy el único. Todos aquellos quienes durante el final de los años 90 y el comienzo del siglo han pasado –o están pasando- el paso de la juventud –la veintena- a la madurez –pongamos que a partir de la treintena- son deudores de sus novelas, de sus historias. Ellas contribuyen a una mejor transición y a la carcajada inteligente –más que a la risa- de uno mismo. Lo cual es muy sano, ya les advierto.

La deuda que el_situacionista tiene con este autor británico es que nunca reseñó debidamente un libro suyo. Cierto es que dos de sus obras fueron reseñadas en un ejercicio de aquellos, tipo pastiche, que practicábamos antes en el blog. Pero aunque estuviera tan bien acompañado en la entrada por Thurber y por Carroll, Hornby se merecía un espacio mucho más grande. Fever Pitch era suficientemente entretenido como para que alguna vez me anime a leer la traducción –Fiebre en las gradas- y En picado nunca será lo suficientemente bien reseñada por este que suscribe, pues la mezcla de diversión, humor negro y realismo crudo y dulce excede enormemente mis capacidades. Eso sí, al menos lo regalo –e invito a regalarlo- cada vez que puedo. Es una apuesta segura. [Leer completo]

Alta fidelidad, de Nick Hornby

Nick Honrby es uno de esos escritores con los que aún mantengo una deuda enorme. En realidad no soy el único. Todos aquellos quienes durante el final de los años 90 y el comienzo del siglo han pasado –o están pasando- el paso de la juventud –la veintena- a la madurez –pongamos que a partir de la treintena- son deudores de sus novelas, de sus historias. Ellas contribuyen a una mejor transición y a la carcajada inteligente –más que a la risa- de uno mismo. Lo cual es muy sano, ya les advierto.

La deuda que el_situacionista tiene con este autor británico es que nunca reseñó debidamente un libro suyo. Cierto es que dos de sus obras fueron reseñadas en un ejercicio de aquellos, tipo pastiche, que practicábamos antes en el blog. Pero aunque estuviera tan bien acompañado en la entrada por Thurber y por Carroll, Hornby se merecía un espacio mucho más grande. Fever Pitch era suficientemente entretenido como para que alguna vez me anime a leer la traducción –Fiebre en las gradas- y En picado nunca será lo suficientemente bien reseñada por este que suscribe, pues la mezcla de diversión, humor negro y realismo crudo y dulce excede enormemente mis capacidades. Eso sí, al menos lo regalo –e invito a regalarlo- cada vez que puedo. Es una apuesta segura.

Pero vayamos a lo que nos ocupa; Alta fidelidad. La mayoría ya conoce el título por la estupenda película del genial Stephen Frears, en la que el papel protagonista recae en manos de John Cusack y que consagró a Jack Black como uno de los cómicos norteamericanos de la década. El guión cinematográfico es sorprendentemente fiel al libro, y eso dice mucho de una novela. Nick Hornby mezcla los clásicos temas de la crisis de los 30 –amor, compromiso, fracaso profesional, quiebra de las ilusiones juveniles- a ritmo de soul, rock y algo de blues. Y carajo qué divertido es.

Nos situamos en una tienda de discos, al norte de Londres. No una tienda de música cualquiera, no. De discos, de vinilos que tratan de sobrevivir en la época de esplendor del CD. En el momento donde aún convivían con nosotros los cassettes y, por tanto las cintas grabadas. Su dueño es un treintañero llamado Rob Fleming, quien montó la tienda como salida profesional tras abandonar la universidad y debido a su amor –hasta límites rayanos en la secta- por los vinilos y la buena música. Rob malvive como puede mientras sostiene una relación especial con su novia, Laura, una abogada de éxito pero que tampoco asume muy bien esta pequeña crisis de edad. Hasta que Laura lo abandona. Eso sucede al comienzo del libro. De hecho, el comienzo del libro es una carta de Rob a Laura que marcará el discurrir de gran parte de la novela.

En este primer capítulo, Rob muestra todo su resentimiento a Laura por haberle abandonado. Y, como lo primero en el rencor es restar importancia, Rob hace una lista con las cinco rupturas más importantes de su vida. Entre las que, lógicamente, no está Laura. Estas cinco chicas han marcado, con sus diferentes formas de romper, la vida de Rob de algún modo u otro. Le han transformado hasta lo que es hoy y, según su manera de verlo, le han abocado al fracaso que es hoy.

Rob se siente en el momento más dulce de su vida. Se ha vuelto a quedar soltero y aunque echa de menos a Laura, perdón, echa de menos tener a alguien, sabe positivamente que la mujer que revolucione su vida está a punto de aparecer. Además, la tienda de discos va francamente mal, pero tampoco tiene duda de que pronto habrá un golpe de suerte. Y él es un tipo inteligente que sabe de lo que habla, es un experto en música y gracias a sus conocimientos logrará salvar su vida. Hasta que se da cuenta de que no conoce a ningún grupo de música actual. Que hace tiempo que perdió el interés por la música que hacen los jóvenes y eso, inevitablemente, le coloca al otro lado. No en el de las personas mayores, claro está. Pero sí en un lugar medio a la deriva que, al no estar relleno de éxito profesional y personal tipo Mtv, ni le llena ni le vacía. Aunque puestos a sentirse medio lleno o medio vacío, Rob se encuentra completamente hueco.

Hueco pero no solo. Este Don Quijote de la música tiene dos lugartenientes que le acompañan por su tránsito a la acepción de su fracaso. Dick es un tipo tímido, que le tiene un cariño extremo a Rob, pero que sería incapaz de demostrárselo físicamente. Barry –sin duda mi preferido- es un tipo mezquino, que desprecia a quienes no saben de música y que siempre tiene el hacha preparada para cortarle la cabeza a la autoestima de Rob en cuanto se atreva a asomar. Y también la de Dick. Y esta vez no me refiero a la autoestima. Ambos trabajan para Rob en la tienda de discos. Su vida es aún más fracasada que la del Caballero Rob y quizás por eso se sienten tan unidos a la tienda y a él. Y juntos, los tres, se pasan las horas del día haciendo listas Top 5 o Top 10 de todas las cosas inimaginables. Las 5 canciones que sonarían en mi funeral, Los 5 mejores libros de la historia, Las 5 mejores caras A de la historia de la música

Y con estos andamios se construye el paso al resto de su vida. Rob ha de solucionar todo lo urgente que le acucia –la compañía íntima, la compañía no íntima, la supervivencia de la tienda, soportar a Barry- mientras trata de discernir qué es lo verdaderamente importante en su vida.

De un frikismo irremediable, pero sirviendo también como antídoto a este frikismo, Alta fidelidad es bien divertido y gamberro, candidato a clásico de una generación. Es una novela realmente original en cuanto a su modo de narrar aquello que pasa y por supuesto en cuanto a su discurrir divertido. Aunque se haya visto la película, su lectura debería ser obligatoria para poder pasar de los 29 a los 30.