viernes, octubre 27, 2006

El Odio parisino cumple un año


¡Extranjeros, por favor, no nos dejéis solos con los franceses!
Graffiti parisino, 1995.

Parece que fue ayer que París se quemaba –otra vez y van…- y en realidad ya ha pasado un año desde que las revueltas de los hijos de la inmigración sembraran el pánico por la República Francesa.

Los incidentes que ahora recordamos, con institutos y coches calcinados, la serie de altercados nocturnos que tuvieron lugar, principalmente, en el llamado cinturón rojo de París se debieron, más allá de los acontecimientos casuísticos, a la anomia social que allí reside. La revuelta se llevó a cabo por unos jóvenes hijos, nietos y sobrinos de aquellos inmigrantes que en las décadas de la postguerra caminaron desde las ciudades aún coloniales a la metrópoli parisina con el objetivo de mejorar sus vidas a cambio de contribuir en la reconstrucción francesa. Un movimiento de inmigrantes que contribuyó definitivamente a levantar la destruida Francia así como la arrasada Alemania.

Dos han sido los modelos paradigmáticos de integración de la inmigración y, a pesar de las evidencias que señalan sus fracasos, aún hay quien los defiende hoy. Más allá de las propuestas de un carnet por puntos para los inmigrantes, el modelo británico se constituía por el llamado ghetto. En el Reino Unido, la afluencia de distintas comunidades con presencia en el Imperio Británico, contribuyó al establecimiento de barrios aislados de la comunidad británica –al menos de la clase media-alta- en donde la ley predominante era la comunitaria y la aplicación de las leyes británicas se reservaba para los hechos más graves. Así ocurrió cuando desde una mezquita de un barrio de Londres se publicó la fatwa iraní que condenaba a muerte al escritor Salman Rushdie por su novela Los versos satánicos. También cuando se encontraron conexiones entre los atentados del 7J en Londres y varios miembros de diferentes comunidades. En ambos casos la policía no respetó esa supuesta aplicación de la ley comunitaria y actuó de manera normal. Sin embargo el modelo empieza a rechinar y resquebrajarse. Parece que el pensamiento británico de dejar vivir y respetar absolutamente todos los modos de vida mientras no distorsionen el british way of life –que también lo hay- está cambiando. Las declaraciones de Jack Straw y del mismo Tony Blair llamando a la eliminación del velo así como el despido de una azafata por la compañía British Airways por negarse a retirar un crucifijo de su uniforme, denota que la situación está cambiando. El hecho de que el 7J fuera perpetrado por diferentes individuos de comunidades inmigrantes y otras características de estos atentados son en sí mismos una muestra de que el modelo británico, que tan bien asentado se creía, no funciona.

Contra este modelo de dejar vivir, aislar a cada comunidad físicamente y en sus valores, el modelo francés proponía la integración bajo el velo del republicanismo. La mejor expresión del modelo vino hace unos años con la prohibición del velo en la escuela así como otros símbolos religiosos en nombre de un valor, el laicismo, que estaba presente en los principios de la República. Mientras los británicos consentían con orgullo que los símbolos religiosos como el turbante shij o el velo islámico fueran parte de su vida pública, los franceses aseveraban que sus inmigrantes estaban plenamente integrados en la vida republicana, de manera que las normas comunitarias sólo se aplicaban a la vida privada y en ámbito de lo público dominaba ese republicanismo tan francés.

Obviamente ninguno de los modelos era perfecto así como ninguno se llegaba a desarrollar plenamente en la sociedad. En ambos casos había un racismo latente muy presente en cada comunidad. Sin embargo ambos se impusieron como modelos a imitar en Europa y en el mundo y acallaron las voces de otros modelos diferentes como podría ser el alemán.

Si alguien busca un por qué de los altercados de París de hace un año, no ha de recurrir a fuentes sociológicas muy sesudas, sino que topando con una película, a la que desde aquí se da bastante credibilidad, será suficiente.

El OdioLa Haine- fue rodada en 1995 por Mathieu Kassovitz. En la película se refleja la vida de tres jóvenes de una barriada marginal durante unos altercados similares a los de hace un año. Recorremos un día en la vida de un chico judío, otro árabe y un tercero negro quienes, absolutamente sin nada que hacer, tratan de ocupar las horas del día encontrándose, inevitablemente, con diferentes problemas. Para evitar dar pistas que desvelen los acontecimientos narrados, sólo reproduciremos aquí el chiste que la voz en off cuenta al comenzar la película y que describe bien todo aquello que en ella acontece así como los sucesos de hace un año.

“Un hombre se arroja desde un piso cincuenta y, mientras va cayendo, piensa: “Hasta aquí no hay problema”. Pasan los pisos y el hombre continúa en caída libre e insiste: “Hasta ahora no pasa nada”, “Hasta aquí no se está mal” pero más rápido de lo que se espera…”

Que la disfruten.

miércoles, octubre 25, 2006

Destripando Terrones

Es incuestionable que cada vez que vemos la luz los tres juntos la creatividad –y los castillos en el aire- brotan como jugosas setas por doquier. Supongo que eso de vernos juntos es algo que a nuestros enemigos –en tiempos- echaba a temblar a la vez que a nosotros nos traía sin cuidado. Tres que se complementan bien, que comparten bases metodológicas sobre la vida pero que discrepan absolutamente de todo lo que cualquiera de ellos comente, no pueden sino luchar contra los caminos del destino –que se empeña en separarlos- y buscar zonas comunes desde donde poder seguir cultivando su creatividad, su gusto por ir más allá y, por qué no decirlo, su ego.

El momento del nacimiento de la Idea Colectiva es algo que jamás podremos describir con absoluta claridad. Si no se ha vivido en la carne propia, no se puede imaginar la sensación que hay en las tormentas que nos cubren cuando perpetramos alguna cosa. Ni si quiera cuando tan sólo lo barruntamos. Es el silencio del momento sublime cuando uno de nosotros propone una idea en voz alta y todas las miradas se entrecruzan. Justo ahí uno sabe que aquella idea va a dar como fruto un proyecto colectivo que, vaya a donde vaya, nos llevará juntos. Pues es el camino lo importante del viaje, no el puerto al que arribemos.

Una vez más, tras Derrota Urgente, nuestro propósito ha sido la realización de un blog más entre otros, pero que pretende convertirse en una referencia para nuestros gustos, nuestra manera de entender los medios, los libros, la música, el cine, el teatro, el arte,… en definitiva, la cultura. Tres convencidos madrileños no pueden desaprovechar la oportunidad que la vida les ofrece para recrear en internet aquellas tertulias del Café Pombo, donde gente aún más letrada que nosotros se atrevía a comentar la novedad cultural del día.

Hubo un día donde nos recriminaron ser nosotros, pues a esto se le supone la oposición de un ellos. Hoy, como antes, nos atrevemos a dar la cara aún a riesgo de que nos la partan e invitamos a todos a participar de manera activa o pasiva, implicada o coyuntural, de este nosotros que nunca fue excluyente sino superlativo.

Sean pues, desde aquí, invitados a la inauguración de Destripando Terrones, un blog.

lunes, octubre 23, 2006

Divinas Palabras que no son Esperpento


Cuando su madre muere en uno de los caminos que comunican diferentes aldeas gallegas, Laureano, un enano hidrocefálico, deberá ser cuidado por una de sus dos tías.

Así comenzó Valle el planteamiento de su obra Divinas Palabras que se está representando hasta el próximo sábado en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. No cabe duda de que Valle ha sido uno de los mayores autores teatrales en lengua castellana que han visto la luz. Su figura manca y barbuda correteó las distintas tabernas de Madrid así como las diferentes tertulias que en aquella época había en la capital. No pretendemos descubrir su figura en este espacio, sino trazar algunos comentarios acerca del montaje de una de sus obras que Gerardo Vega está llevando a cabo para el Centro Dramático Nacional.

Dentro de la obra de Valle-Inclán Divinas Palabras forma parte del llamado ciclo mítico en el que intentó demostrar la lujuria y la avaricia que gobiernan la vida de los hombres y de las mujeres. Situando como personaje central a Laureano, enfermo y necesitado de cuidados tras la muerte de su madre, la acción de la obra se sitúa en las confrontaciones familiares por quedarse al “encargo” del necesitado. En realidad la disputa entre las dos tías, la carnal y la política, se verá aderezada por la oportunidad de negocio que conlleva el pasear al pobre Laureano por los pueblos como reclamo de limosna y atracción de ferias. Este negocio despertará las pasiones más bajas de los personajes y conducirá el drama a lo largo de toda la representación.

El montaje de Gerardo Vega es, para qué negarlo, espectacular. Un gran árbol natural se muestra en el escenario y los portones, escaleras y demás trampillas del escenario están perfectamente integradas en la representación. No cabe duda de que una de las cosas que más sorprende de la adaptación que ha realizado Juan Mayorga es la representación del personaje del perro por un hombre. La espectacularidad de las escenas donde este perro-hombre recibe gran parte del protagonismo no hace sino rendirnos a dicha adaptación.

Los personajes de Valle-Inclán siempre contienen esta vileza que él tenía tan presente y en esta obra eso se deja notar fácilmente. Las situaciones más tensas se vuelven realmente creíbles a la luz de las personalidades reflejadas por cada uno de los actores y la lujuria, la ira, la desesperación, la avaricia, … todos los sentimientos que conducen las tremendas acciones que vemos representar se hacen presentes en la sala y se instalan en el ambiente obligando al espectador a no identificarse con ningún personaje al tiempo que se reconoce en todos.

La verdad es que la obra merece la pena. Es cierto que, siendo un texto de Valle-Inclán, y en especial siendo éste un texto tan lleno de sustancia, las virtudes de la obra ya se le suponían antes de entrar a la sala. Sin embargo el trabajo de los profesionales inmiscuidos en el montaje hace que la obra sepa mejor aún de lo que olía. Como Vera afirmaba en su presentación, han huido de la posibilidad de llegar a un montaje costumbrista odiado por Valle, y han llegado a producir una “tragedia griega castiza”.

Para un enamorado de D. Ramón del Valle-Inclán como yo, que aún recuerda de memoria el texto de las escenas clave de una obra -Luces de Bohemia- que nunca llegó a representar, la asistencia al teatro para ver Divinas Palabras ha sido un gran placer. Desconozco si tras Madrid -¡se van el sábado 28, amigos!- la obra caerá en otra ciudad pues la representación lleva ya mucho tiempo en marcha, pero si por casualidad Uds. la ven pasar cerca, no lo duden. Estas cosas no se pueden descargar de internet, para tranquilidad de unos [guiño, guiño Teddy Bautista guiño, guiño] y disgusto de otros.

Leyendas urbanas

La estructura de una Leyenda Urbana es de fácil descripción. Es una tradición oral –aunque en esto internet también está copando el mercado- en la que el relator de la leyenda afirma unos hechos, otorgándoles verosimilitud, los cuales no ha vivido en primera persona, sino que le han sucedido a amigo de un amigo suyo. Es imprescindible que el relato contenga algún hecho terrorífico o maligno que, aunque es preferible que sea asignado a alguna fuerza misteriosa incapaz de ser concebida por la mente humana, también puede ser atribuida a un grupo social o individuo ajeno al de los implicados en el relato. Es decir, que o bien lo hacen fuerzas paranormales o lo hacen otros que están contra nosotros.

A todos nos han contado mil y una leyendas. Desde aquella del árabe en la cola del supermercado que, a cambio de 5 céntimos, te desliza la información sobre el próximo atentado, hasta la de la niña de la curva que te avisa antes de estrellarte con el coche y luego desaparece. Por supuesto no olvidemos una de las más antiguas leyendas urbanas, la existencia de cocodrilos en las alcantarillas de la ciudad de Nueva York, de la que se han encontrado referencias citándola ya en 1843. Hoy nos detendremos en dos leyendas que han atraído mi atención durante largo tiempo.

La primera nos sitúa en la población francesa de Orleáns. En la década de los 60, un rumor corrió de boca en boca. Se decía que había un grupo en la ciudad que se dedicaba a secuestrar a mujeres en los probadores de las boutiques para venderlas después a las redes de prostitución. Tan terrorífico acto era realizado, en especial, a las mujeres más jóvenes, a las que inyectaban un fuerte sedante que inhibía su voluntad haciéndolas más manejables.

Aún a pesar de que no existió ninguna prueba fáctica de que tal trama criminal estuviera operando en la ciudad, el rumor popular llegó a ser tal que se logró identificar –agárrense- a los culpables de los crímenes: los judíos. La importancia de la leyenda fue tal que un sociólogo francés decidió investigar el caso. En su estudio encontró varias significaciones sociales que se conjugaron en la historia. La ciudad de Orleáns, muy conservadora, estaba viviendo días agitados debido a los estragos de la revolución sexual de los 60 que se cebaban, especialmente, en las jóvenes y en sus nuevas vestimentas. Eran días donde la minifalda se imponía como símbolo revolucionario y donde los padres se estremecían ante la posibilidad de que sus hijas fueran presas del amor libre. La leyenda urbana atacaba los miedos de las jovencitas que desearan ir a las boutiques y, buscando un culpable para la fechoría, no se encontraron otro que los clásicos culpables en la tradición cristiana, los judíos. Si nuestra sociedad se está viniendo abajo por culpa de una revolución sexual, venía a decir la leyenda, son ellos los culpables.

La segunda leyenda urbana también implica al país galo, pues fueron dos taxidermistas franceses los que en 1830 exhumaron el cuerpo de un africano muerto en el territorio de lo que hoy sería la frontera de Botswana y Sudáfrica. Habiéndolo disecado no tuvieron mejor idea que exponer el cadáver del pobre hombre en el escaparate de una tienda de París. Tiempo después el cuerpo acabó en el museo de la ciudad de Banyoles, cerca de Barcelona. Conocido como “El Negro de Banyoles”, el cuerpo del africano fue expuesto allí hasta que llegando las olimpiadas de Barcelona del 92, la prensa internacional reparó en ello y levantó una polvareda de escándalo, obligando al museo a gestionar el retorno del cadáver a su tierra de origen.

En Botswana, la población está acostumbrada a las leyendas urbanas. Demostrando que esta clase de mitos no son sólo propiedad de las sociedades occidentales, la población de Garobone, la capital, habla y habla sin parar de por qué las lluvias no llegan cuando deberían llegar. El hecho de que las estaciones lluviosas se estén volviendo cada vez más y más secas, hace que la vida en Botswana se esté volviendo más y más difícil. En un periodo de sequía, en el invierno de 2000 a 2001, la leyenda urbana que circuló por las aldeas cercanas a Garobone fue que el regreso del cuerpo disecado había traído consigo una maldición que negaba la lluvia a la tierra donde fue enterrado. Esto acontecía así debido a que cuando el cadáver llegó a Botswana se comprobó que alguien, en el trayecto de Madrid a Garobone, había desprendido del cuerpo los ojos y demás partes blandas que aún conservaba sin que éstas fueran encontradas nunca. Ni qué decir tiene que las lluvias llegaron, más pronto o más temprano, pero que las partes blandas del cuerpo jamás fueron halladas.

Como en estos casos, hoy las leyendas urbanas se expanden como mitos que unas veces avisan de los peligros o buscan explicaciones a hechos poco comunes y otras simplemente buscan convertir la realidad en algo que no es y sembrar las mentes de los que la escuchan de lugares comunes a los que acudir en caso de necesidad. Lástima que no estén aún entre nosotros los Hermanos Grimm para hacer crecer la literatura universal a costa de estas leyendas.

martes, octubre 17, 2006

Ramonismo



No es que actualice sobremanera el blog, pero me he dado cuenta de que no había hablado antes del gran, inigualable, Don Ramón Gómez de la Serna. Solucionémoslo.

Sobre este autor ya existe un blog que, a pesar de llevar poco tiempo funcionando, está bastante bien. También hay una página web donde consultar su obra. Para mí Don Ramón siempre ha sido un referente en cuanto a manera de escribir e incluso de entender la vida. Ser capaz de dar una conferencia subido a un elefante o dentro de un quirófano de su época, es para ser admirado. Sus tertulias de café en el Pombo y los relatos que de Madrid dejó hacen que sienta nostalgia de haber nacido en otro momento distinto al suyo.

Pero afortunadamente pude nacer tras él, y no antes, y así acudir a sus textos, ser capaz de reír y emocionarme, sacarle la punta a todo lo que la vida trae consigo y aprender que Madrid y Buenos Aires, al fin y al cabo, nunca han estado tan lejos. Les recomiendo, para aquellos que gusten el surrealismo, la lectura de ¡Rebeca!, obra que, como todas las buenas obras, compré por euro y medio en un puesto callejero de Madrid. La descripción que hace de la Revolución en uno de sus capítulos finales volvería loco al más cuerdo revolucionario. Y sobre esta ciudad que tanto amamos los dos, no se pierdan El Rastro, o El Novelista, o Piso Bajo o tantas otras.

Durante años, fragmentos de ¡Rebeca! firmaban las últimas líneas de los correos que mandaba a amigos, familiares y compañeros. Hoy acuden a terminar esta entrada unas líneas de su obra Greguerías. Disfrútenlas.

Amor es despertar a una mujer y que no se indigne.

Al oír: "¡Qué te llevas el hilo!" y sentirnos unidos al costurero, es cuando comprendemos en toda su realidad el vínculo matrimonial.

El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.

En el billete de ida y vuelta tememos que nos perforen la vuelta en vez de la ida, obligándonos a volver al revés, comenzando por ir otra vez para volver de nuevo.

La felicidad consiste en ser un desgraciado que se siente.

Las croquetas deberían llevar hueso, para que pudiéramos llevar la cuenta de las que comemos.

Al cerrar una puerta con violencia pillamos los dedos al silencio.

martes, octubre 10, 2006

Federico, al final, vio la luz

Fue después de mucho tiempo esperándolo, cuando por fin llegó. Le hizo sufrir, sudar la gota gorda, pero cuando escuchó el agua chapotear sabía que todo había comenzado. Después de la primera, lo normal, vino la segunda tanda. Es ahí cuando todo se decidía y fue en ese instante cuando él se portó como debía y supo salvar la situación: el estreñimiento había sido solucionado y Federico había visto, por fin, la luz.

Tras 12 meses de Master -hay condenas que duran menos- hoy he leído la tesis. Ha habido aclamaciones populares, peticiones de bises y hasta me han tirado un sujetador a la mesa de lectura. El problema de las groupies es algo que viene con la percha. Ya se que es un tema recurrente en este blog: Mi Tesis. Pero peor será el día que termine la del DEA y aún peor si logro terminar la del Doctorau.

La lectura ha ido bien, las críticas han sido transparentes y sin malicia -lo que se agradece, porque carne de cañón ¡al chilindrón! había de sobra para acabar conmigo. En poco tiempo, cuando me manden la aceptación de la tesis por escrito, tendré oficialmente otro título universitario en mi colección-qué-ilusión. No cabe duda de que aquello será celebrado, pero la futura celebración no es óbice para empezar a celebrar lo conquistado hasta ahora: una línea más de Currículum.

¿Alguien me da trabajo -remunerado, que os conozco-?

domingo, octubre 08, 2006

¡Quién me mandaría meterme en obras!


… además resulta que en el piso de arriba de mi casa estaban de obras. Cualquier lector habitual de este blog –que haberlos haylos como las meigas- pensará que es que en mi familia y en mi entorno todo el tiempo estamos derribando y levantando muros dentro de las casas, como si el sector español de la construcción no tuviera suficiente trabajo estos días. Todo tiene fácil aclaración. Mientras en mi casa los muros que levantaron los arquitectos en los planos y que llevaron a la realidad los albañiles siguen estando donde han estado siempre en los pisos de mis vecinos se han derribado todos. Nosotros sólo tenemos presupuesto para acuchillar –cómo me gusta este verbo- el suelo y pintar las paredes –esta vez en un tono ocre más del gusto de mi Señora Madre. Sin embargo tanto los vecinos de Bilbao como los de Madrid –ambos situados en el piso de arriba- han decidido derribar su casa como si los muros de carga no se hubiesen inventado para algo. Mientras que en Bilbao he estado todo el año atormentado desde las 8 de la mañana por dos albañiles imbéciles que no sabían hacer bien su trabajo –metieron el pié hasta que tiraron parte del techo de mi cuarto y las en humedades que han salido en el cuarto de baño desde que empezaron las obras se podrán recoger champiñones hacia finales de este mes- en Madrid me ha tocado sufrir algo parecido durante mis meses de encierro Tesinero.

Si bien es cierto que en Madrid todos son más profesionales. Salvo huellas evidentes de su paso por el portal -que han prometido reparar una vez acabada la obra- y un agua negra con olor fecal que salió un par de días por un desagüe que jamás se ha utilizado en mi casa, las molestias de la obra sólo han sido sonoras, que ya es mucho. A los dueños prometieron acabar hacia mediados de Septiembre, y a finales de Agosto anunciaron la fecha de entrega en el mes de Noviembre. Pero esto son gajes de meterte en obras. Basta la recomendable lectura del libro del dúo Gomaespuma, al que en esta entrada he plagiado el título, para convencerse de que siempre es mejor vender el piso tal y como está y comprarse otro aunque sea en Villaverde antes que atreverse a dejar el hogar como si del centro de Sarajevo en el invierno del 92 estuviéramos hablando.

El caso fue que una semana antes de tener que entregar la tesis el agua fecal antes mencionada hizo su aparición. Para más INRI mi Señora Madre estaba en ese momento planchando la ropa justo encima y, al sentir un gorgoteo que para su sorpresa no llegaba desde arriba sino desde abajo, me mandó al momento a buscar a alguno de los obreros. Con suerte encontré a uno de ellos, el que protagonizará el relato de hoy. Vamos a llamarle “Abdullah” pues el chico es marroquí y salvo decir “Hola” y “Sí señora” poco más parece saber. Más que marroquí parece sueco, porque se intuye que es capaz de más, pero no lo demuestra. Tras solucionar el presente chorro de aguas fecales la cosa quedó aclarada por el segundo nombre en discordia “Germán”. Germán es el viejo obrero curtido en mil batallas, con una perenne barba blanca de tres días dura como ella sola que a mi me tardaría 5 meses en quedar así de afilada y a él seguro que le ha salido en lo que salió de la ducha y cogió el metro esa mañana. Delgado hasta la extenuación es capaz de coger un bloque de hormigón con una sola mano porque en la otra lleva el cigarro. Germán aclaró que el conducto de los sumideros debía estar atascado, uno de los chicos tiró agua para limpiar la terraza del piso de arriba y eso provocó que el agua sucia de la obra se juntara con el atasco y sistema regurgitara todo lo posible. Entrada la semana siguiente –la de entrega de la tesis- lo arreglaría en dos patadas.

Como en la entrada anterior hemos señalado, la semana de la entrega de la tesis estuvo protagonizada por la enfermedad de mi Señor Padre y su consiguiente aburrimiento hogareño, así que la posibilidad de poder dirigir las operaciones del arreglo del sumidero le pareció una gran oportunidad plagada de nuevas sensaciones en comparación con los consejos de “Saber Vivir”. El problema principal de por qué el agua salía por nuestro sumidero pareció quedar solucionado al poco de investigar los conductos. Sin embargo de esta I+D improvisada Germán llegó a otra conclusión, o arreglamos el atasco grande que tiene el sumidero o nos van a reventar las tuberías cuando coloquemos los electrodomésticos en el piso de arriba. Así que dicho y hecho, Abdullah el sueco y Germán el todopoderoso se pusieron manos a la obra.

Como mi piso es un primero y justo debajo está la entrada al garaje sobre la cual se accede a las tuberías, se decidió instalar el centro de las operaciones en nuestro sumidero. Germán subía y bajaba constantemente haciendo pruebas, descartando hipótesis y concluyendo que todo el problema era “la de mierda que hay en las tuberías”. Para cuando Germán llevaba seis subidas y sus correspondientes bajadas desde mi casa hasta el garaje, sus brazos y ropas daban fe del color, textura y sobretodo olor de la mierda que atascaba las tuberías. Abdullah sólo se dedicaba a poner el dedo donde Germán le mandaba o a pasarle la llave inglesa cuando éste se lo pedía. Sin embargo el momento cumbre, del cual no fui testigo ocular pero sí oyente de excepción, llegó cuando Germán decidió de una vez por todas localizar el lugar exacto del atasco. Armado de un tubo de plástico similar a una manguera que introdujo por el desagüe y situando a Abdullah en el garaje, subido a una escalera y con la sencilla función de mirar fijamente la tubería abierta, Germán se dispuso a soplar por el tubo, esperando que el sueco le dijera si de la tubería salía algo. Germán tenía que gritarle a Abdullah constantemente cuál era su función pero, como pez que no está en sus aguas, quería hacerlo de una manera delicada. Para ello le empezó gritando “¡Tú fíjate si de la tubería sale m.. suciedad”. Y soplaba con la mala fortuna de que una cantidad apreciable de esa suciedad le devolvía el soplido llegando hasta su boca. Haciendo de tripas corazón Germán le preguntó a Abdullah si había salido algo.

“¿Qué?” no era la mejor respuesta que podía haber dado Abdullah, pero lo hizo, empezando a quebrar la paciencia de Germán. De nuevo éste le espetó “¡Qué te fijes si sale porquería cuando yo soplo por diossssssssss! ¿Vale?”. “Sí, sí, todo bien” dijo el sueco. Y Germán volvió a soplar, volviendo a llenarse de porquería la boca y preguntando al aire “¿Ha salido algo?”. Pero nadie contestaba. Germán volvió a soplar –si tienes la boca llena de porquería­ ¿qué hay que te pueda dar miedo?- y volvió a preguntar sin obtener respuesta. Cuando bajó a ver qué hacía nuestro amigo sueco encontró que estaba haciendo eso, el sueco. Sin siquiera estar subido a la escalera tenía metidas las manos en los bolsillos, hecho este que irritó aún más a un Germán con la boca sucia. Lo subió a la escalera, le enseñó la tubería a la que debía estar mirando y le pidió que esta vez se fijase si salía algo.

Cuando Germán regresó dispuesto a volver a soplar esta vez ya no le importó que todo el barrio escuchara sus preguntas hacia Abdullah “¡Fíjate bien si sale mierda! ¿eh? ¡Mierda!”. Sopló, se llenó esta vez la boca de mierda y preguntó al muchacho si salía algo. Éste no contestó, momento en el cual la tensión se instaló a lo largo y ancho de todo el barrio. Nadia hacía un solo movimiento, ni siquiera los canarios de la vecina de enfrente, todos esperando a ver qué sucedía como en los momentos de tensión de una peli del oeste, cuando el bandido y el sheriff se encuentran en la plaza del pueblo. “¿Eh?” se le oyó escuchar al chiquillo que, a pesar de medir cerca de metro noventa ahora no mediría más de un palmo del suelo. Como una exhalación y escupiendo mierda por su boca, Germán se dirigió escaleras abajo hacia su encuentro mientras los improperios salían acompañando a la mierda. “¡¡Mecagoenlaputamadrequeloparióyoaestetíolomatoeldesgraciaoque
sehacreidosuputamadremecagoenlapenanegra!!”.

Lo que siguió a continuación carece de interés documental. Sólo diremos desde aquí, para los fans de Bricomanía que visitan el blog, que la solución encontrada por Germán no fue la de mandar al chico a hacer el trabajo más sucio –nunca mejor dicho- y que soplara por el tubo –como hubiera hecho yo. Lejos de tomarse ventaja decidió que si algo quieres que salga bien, es mejor hacerlo tú mismo, así que colocó un folio con cinta adhesiva en la tubería y subió voluntariosamente a volver a llenarse la boca de mierda.

La moraleja de esta historia sería simple. Y es que hay trabajos peores que hacer una tesis, y que si por hacer ésta pagaran, estaría en el paraíso.

jueves, octubre 05, 2006

Alma de pollo

Pues de vuelta ya. Hará unos días que se entregó la tesina, pero no había encontrado momento oportuno para sentarme ya a en mi sillón y volver a ilustrar al mundo con mi desconocimiento crónico. Pero, en fin, si el Sr. Camps puede no asistir a su propia moción de censura… ¡qué no podré hacer yo!

Durante estos días ha habido muchas cosas de las que me hubiera gustado escribir. Supongo que pasará lo mismo a otros bloggers, que cuando no tienen la oportunidad cerca sienten que los motivos para escribir son aún mayores que cuando están frente al teclado. El caso es que pensé que esta primera entrada quizá debiera dar un poco de continuación al análisis que ya realicé sobre América Latina, en especial tras la salida de un Ministro del gobierno de Evo Morales por ser considerado demasiado antibrasileiro o las mismas elecciones presidenciales en Brasil con Lula teniendo que ir a la segunda vuelta.

Pero no. Este análisis tendrá que esperar en otro momento, para disgusto de nuestra alumna empollona –recuerden, Leticia- quien gusta de sesudos análisis y poderosas críticas –que no digo yo que este blog las ofrezca. De manera que hoy nos iremos más hacia el gusto del gamberro de Rafita, más hacia lo banal y escatológico, hacia aquello más cotidiano que me ha ido sucediendo en estos días de fechas de entrega e hipótesis deprimidas.

Existe un hecho –otros lo llamarían Ley de Murphy- que me ha acompañado a lo largo y ancho de mi vida universitaria. Siempre que se acerca una fecha de entrega de trabajo o de examen, siempre he dicho, en mi casa ocurre algo. Cierto es que el hecho de que yo apure siempre hasta última hora y de que, a excepción del último cuatrimestre de mi Licenciatura, nunca haya ido a un examen habiendo mirado todo el temario, ayuda a que la carga dramática de los acontecimientos sea mucho mayor. Me ha sucedido de todo. Desde despidos del trabajo el día anterior a un examen, recados obligatorios como tener que llevar un coche al desguace urgentemente –he dicho desguace, sí… y también urgentemente- o que el mismo día que uno había planeado como suficiente para estudiarse la Teoría Política de toda la Santa Madre Historia –esto es desde Aristóteles hasta más allá de Marx- sea el mismo que han escogido los albañiles que trabajan en tu casa para cambiar todas las ventanas. A martillazo limpio, aclaro.

Creo que esto viene derivado de una maldición ocurrida cuando, en mi primer Septiembre universitario, habiéndome preparado no muy mal los exámenes y con bastante antelación en mi casa, amueblada tan solo por un sofá desvencijado y mi antiguo walkman enchufado a un par de altavoces debido a unas obras, me rompí el tobillo izquierdo bailando el “Should I Stay or Should I Go” de los maravillosos The Clash. Y la rotura fue tan fuerte que el médico de prácticas que me lo miró, tras exclamar un “¡VirgenSantaDiosmíoperoquéesesto!”, me obligó a estar 15 días con el píe en alto y sin pensar en salir de casa con amenaza de amputármelo si no le obedecía. Me perdí todos los exámenes salvo uno, que evidentemente suspendí.

De manera que esto viene de lejos, así que cuando la noche del domingo antes de entrar en la última semana del plazo de entrega de la tesis escuché vomitar a mi padre como si de un niño con todas las chuches del Makro en el estómago se tratara, advertí que la tragedia se avecinaba. No me puse nervioso, no. Más bien al contrario. La sensación de tragedia era reconocible, lo que a pesar de todo es reconfortante. Cuando uno ha vivido un año entero en tierras de mujeres de barbillas afiladas, pelos con cortes imposibles y muchachos de nariz socarrona, el reconocer antiguas sensaciones, por mucha incertidumbre y vómitos que traigan, resulta agradable. Claro que mi padre no opinaba igual.

Para aquellos que piensen que el tener a un padre en casa durante épocas de estudio tampoco es tan dramático la entrada termina aquí. Es evidente que, o bien no lo han sufrido o bien no han estudiado nunca a última hora. Tener a un padre enfermo en casa equivale a tener un león enjaulado. No para de dar vueltas aún por mucho reposo que le hayan recomendado. Da igual que el padre sea casero y que los domingos no salga ni a por el periódico, mandándote a ti para la tarea y alardeando que ese domingo lo va a pasar en Su Casa. Un domingo no es un día entre semana. El lunes la programación de la televisión deja de emitir deporte por alguna extraña razón y los padres piensan “¿La 2? ¡¡¡No te reconozco!!!”. Así que cuando se termina la relectura del periódico del domingo, no hay otra cosa que hacer que familiarizarse con el hogar o arriesgarse a verse sumido en el programa de Ana Rosa con todas las consecuencias que ello implica –la principal, que ya no se podría criticar a la mujer cuando ve el Tomate. Y entre tanta vuelta y revuelta es natural que tú aparezcas por su lado. O más bien él entre en tu cuarto y te pregunte qué estás haciendo… unas trece o catorce veces a la hora.

Pero para un profesional del “Last Minute Panic” como yo, esta serie de minucias no afectan a la calidad y cantidad de los estudios que se deban realizar. Las superé con éxito y, tocando el timbre de la campana, supe enviar correctamente el trabajo, del cual me juzgarán la semana que viene. De mi semana en casa con mi señor padre no me cabe relatar sino buenos momentos. ¿Cómo calificar sino las carcajadas de un hombre de 58 años al que le sigue ilusionando encontrarse en la televisión El Show de la Pantera Rosa? El Inspector Clouseau, la Pantera Rosa, el narrador de voz en off, la Hormiga y el Oso Hormiguero –azul- han ayudado a mi padre a superar su gastroenteritis de mejor humor. Y mientras una termita puteaba a la Pantera destrozándole el hogar en el que vivía, mi padre reía y yo acababa la tesis dispuesto a partir de nuevo hacia Bilbao. Viaje en el que la Confabulación contra mi persona se ha vuelto a constatar para regocijo de los que disfrutamos de teorías de la conspiración y que, me temo, os contaré en otra ocasión.