viernes, mayo 27, 2011

El país es suyo, la ciudad es suya, pero las calles no

Hoy desalojan la acampada de Plaza Catalunya, en Barcelona. Y la de Lleida. El motivo oficial es el de realizar labores de limpieza y preparación para la posible celebración de la Copa de Europa del Barça el sábado. Y ante esto, uno que ha estudiado y tiene nociones de seguridad, le encuentra la lógica a este modelo neoliberal que tanto se está imponiendo en estos días. Si los ejércitos estatales, vacíos de su legitimidad defensora de la nación, están realizando labores de cooperación y de policía en países del extranjero, resulta lógico situar a la policía estatal o autonómica a realizar labores de limpieza y desescombro. Todo lo que sea cambiar la porra y el arma reglamentaria por el tan español invento de la fregona lo vería con buenos ojos. Ni si quiera los Provos holandeses hubieran podido imaginarse tamaña hazaña.

Sin embargo las imágenes no muestran eso, sino todo lo contrario. Policías armados con escudos y porras muestran sus pechos desnudos de placas -algo totalmente ilegal, pues un funcionario de la ley ha de ir siempre debidamente acreditado en el ejercicio de su profesión- y reparten violencia a un grupo de reunidos en una plaza que, pacíficamente, sólo les piden que por un momento sean personas y no soldados.

Si hubiera habido que apostar por el primer desalojo creo que todos hubiéramos dicho lo mismo: Sol. Allá, a las puertas del marquesado de la presidenta Aguirre se extienden toldos de plástico que, como aquellos de Almería, esconden las vergüenzas del sistema político, económico y social de España. Frente a su ordeno y mando los toldos dicen un sencillo hablemos. Y sin embargo, en este momento, aún no hemos visto retirar ninguna persona de la Puerta del Sol.

No es casual que haya sido aquí en Cataluña desde donde comience a manifestarse esa represión del movimiento pacífico surgido de la indignación de los ciudadanos y ciudadanas. Desde que se dio el pistoletazo de salida a la campaña electoral por la Generalitat, CiU, la coalición de derechas catalana, ha venido anunciando que por fin el orden de las cosas volvería a su sitio. De todas sus declaraciones desde entonces hasta el discurso de victoria de Artur Mas en las elecciones municipales del 22 de mayo, se desprende este sentimiento de la coalición de pensar que ellos, y no otros, representan los valores del país catalán, representan la voluntad de todos los catalanes y, por tanto, son parte legítima e inexcusable de las instituciones. El país es suyo y así cualquier decisión que ellos tomen es comprendida automáticamente por toda la ciudadanía de bien. ¿El resto? El resto son charnegos o directamente hijos de puta.

Así, el Consejero de Interior de esta nueva Generalitat de verdad, el que sustituía al tan crititado Joan Saura -de Iniciativa per Catalunya-Les Verds-, y el que tenía que traer orden a todo este descontrol que según CiU se había creado en el país, se ha paseado por la opinión pública catalana con aires prepotente. Volver a poner a la gente en su sitio, vamos. No hay mejor definición de Puig que el alter ego en la televisión catalana, una parodia de personaje que siempre lleva consigo un bate de béisbol para limpiar con diálogo cualquier tipo de orden. Tan representado se encuentra que incluso en un acto de campaña en Vic le regalaron uno con el que posó para la foto -y quien quiera creer que es un acto improvisado y no compartido por el consejero es que no conoce la forma de organizar los actos electorales, donde absolutamente todo, incluso lo que se pretende improvisado, está programado con una significación. El mensaje de mano dura en una ciudad catalana con un índice de inmigración muy alto y con gran cuota electoral votante de partidos que defienden abiertamente la expulsión de los inmigrantes no era imprevisto.

Y hoy, más porras. Frente al desorden de la gente que habla, cuestiona, gestiona su vida y, decididamente, protesta a través de la reflexión colectica, CiU ha decidido limpiar con su estilo de imposición y carencia de diálogo. Puig no da la cara, sino que lo hace su segundo. Artur Mas no hablará de nada de ésto, para no ensuciarse. Pero una cosa han dejado clara y es que se sienten tan dueños del país que también deciden cómo se camina por sus calles y qué se debe pensar. Las cámaras de todo el país, de todos los ciudadanos y ciudadanas que han grabado la violencia policial frente al movimiento pacífico de los acampados serán el arma a través de la que se exigirá la dimisión del Consejero de Interior, como mínimo y con implicaciones tanto para el PSC como para Iniciativa per Catalunya, coalición que en funciones gobierna hoy la ciudad.

El país es suyo y si para limpiar una plaza han de mandar a los antidisturbios, los envían. La ciudad es suya y la gente sólo puede reunirse para celebrar una manifestación oficial -es decir, en la que participen ellos- o una Copa de Europa de fútbol. Sin embargo la gente, sentada, indignada, callada o gritando, les está demostrando que la calle no es suya, que suya es sólo la violencia.

domingo, mayo 22, 2011

Después de la #spanishrevolution

La voluntad de indignarse colectivamente, de dejar el salón de casa, las conversaciones de bar o las teclas del ordenador ha sobrevenido sin apenas esperarlo. Tan inesperado, tan poco relleno de sentido político que ejerce una fuerza hipnótica y poética sobre el resto de la ciudadanía que también se sentía indignada. Pero esa fuerza también es, de momento, su debilidad.

Decíamos hace poco en este blog dedicado al situacionismo -aunque no lo parezca- que la crisis económica había derivado en una crisis más compleja y multinivel. Una crisis, en definitiva, de la legitimidad institucional del Estado para tomar decisiones. Una crisis de legitimidad que afectaba, sobretodo, a aquellas organizaciones situadas en el espectro de la izquierda política.

Incapaces de enfrentarse al sistema que ellos mismos contribuían a crear, las organizaciones de izquierda -partidos, sindicatos, asociaciones políticas- que fueron realmente quienes legitimaron el pacto social y político tras la transición, ven ahora comprometida su fuerza social y, por tanto, su razón de existencia. Las fuerzas de la derecha, por definición, son menos propensas a la autocrítica, menos susceptibles de crisis deslegitimadoras que cuestionen su representatividad. Y es precisamente por este motivo por lo que ellas ganan las crisis.

¿Pero qué haremos después de votar hoy? Hoy, día 22 de mayo de 2011, hay elecciones municipales y autonómicas y, me temo, la derecha -entendida de manera amplia, es decir, el Partido Popular, el Partido Socialista Obrero Español, el Partido Nacionalista Vasco, Convergencia i Unió, etc- arrasará en las urnas. Espero equivocarme, pero este arrebato de indignación ha llegado demasiado tarde para estas urnas a las que nos enfrentamos hoy.

Debemos estar listos para el momento en que el campamento se levante por falta de apoyo social. También en esto espero equivocarme, pero la más que posible victoria de los partidos mencionados en las elecciones de hoy podría provocar que se pinche el globo de la ilusión que se ha venido llenando esta semana. Como en el París de mayo de 1968, durante esta semana se ha sufrido la alucinación colectiva de que la vida puede cambiar, de repente y para mejor. Que tal y como hacemos click y reseteamos el ordenador, podríamos resetear la democracia. Y sin embargo la realidad nos muestra que normalmente no es así.

Los tweets revolucionarios se los llevará la barra de scroll, y llegará el momento en que la actriz de turno, el escándalo social o el terremoto de turno ocupará la parrilla de las redes sociales que nos han ayudado a estar aquí hoy todos juntos. Debemos prepararnos para que ese día llegue sin que nada haya cambiado. Pero esta vez no deberíamos prepararnos a través de la resignación indignada, sino para la participación. Así sin apellidos.

Durante años, al rededor nuestro, sea en Madrid, Barcelona, Bilbao, Zaragoza, Cáceres o Sevilla, ha habido gente organizada, círculos en los que no hemos reparado por menospreciar su esfuerzo o por apreciar nuestra indignación de sofá, nuestro diálogo entre gente parecida a nosotros, que reforzaba nuestras ideas y nuestra autocomplacencia. Más detenidos en advertir nuestras diferencias que nuestras semejanzas frente a un sistema que hoy seguirán reteniendo ellos -que para eso es suyo-, pero al que podemos arañar nuestros derechos organizándonos y levantándonos cada día y en cada momento de nuestra vida con la convicción de que ese día tampoco dejaremos pasar ninguna injusticia ante nuestros ojos. Sea en el supermercado, en el autobús o en la oficina. Sea en la calle, en el hogar que no es nuestro o directamente en nuestras plazas y nuestros portales.

Esto no es París. Hoy no es 1968. Tampoco es El Cairo. Esto es Madrid, Barcelona, Sevilla, Castelldefels... Esto no nos lo cuentan los periódicos. Esto lo vivimos hoy todos nosotros. Podemos salir de nuestras acampadas con las orejas gachas y pensando que todo acabó o con la convicción de formar una nueva izquierda, más decidida a cambiar las cosas que nunca, con base social y capaz de movilizar el voto y la concentración. Con la voluntad de participar en nuestra vida política y social a través del principio de lo que es justo. Construyendo, por fin, nuestra propia realidad frente a la realidad de ellos.

La fotografía de esta entrada es de Gorka Linaza. Puedes ver su estupenda galería sobre la acampada de Sol en su Flickr.

jueves, mayo 12, 2011

Historia de Rusia en el siglo XX, de Robert Service

Son países que siempre han estado ahí, en el imaginario colectivo de todos y cada uno de nosotros. Durante nuestra infancia hemos visto perder siempre a los mismos, pertenecientes al reino de la bandera roja, doblegados ante el poderío e inteligencia del héroe de turno norteamericano -o británico-, indescifrables y ocultos ante su rocambolesco idioma.

Por eso, cuando se presenta la ocasión de conocerlo, uno no debe desaprovecharla en todos los sentidos. Hace unos meses que todo me pillaba planificando un viaje a la ciudad de los tres nombres. Sus ciudadanos nacieron en Petesburgo, crecieron en Leningrado y ahora se jubilan en San Petesburgo. Y entre toda esa planificación estaba, sin duda, la exigencia de conocer más de cerca una historia que, no por muchas veces narrada, deja de ser apasionante. [seguir leyendo sobre Historia de Rusia en el siglo XX, de Robert Service].