viernes, enero 15, 2010

De flores y resistencias

En el mundo bien pensante y democrático en el que vivimos, donde la mayoría de los activistas y de las movilizaciones sociales se hacen con el pensamiento de lo que debería ser y no sobre lo que queremos transformar, decir que la paz se consigue a través de la guerra parece un pecado mortal. Como si de Inquisición Española se tratase, todo el “corpus” pacifista mediático habitual se ha lanzado a censurar el discurso de Barak Hussein Obama en la recogida del Premio Nobel de la Paz. Y las críticas se han centrado en la aparente hipocresía consistente en defender una paz no exenta de guerra, las llamadas guerras justas.

Estamos hablando entonces de ética. De la ética del sistema que impide o censura el ejercicio de cualquier tipo de violencia para la consecución de un fin político. No hace mucho tiempo, menos de 40 años, nuestra sociedad aceptaba que la violencia formaba parte de nuestros sistemas políticos y, así como los Estados eran capaces de ejercerla para defender sus intereses internos y externos, los ciudadanos podían agruparse y devolver esa parte de violencia de alguna manera. Era una ética de la resistencia proveniente de años de pensamiento crítico y de acciones políticas como las anarquistas o las comunistas. Frente a la violencia del capital, surgió la violencia del proletariado con la Revolución como objetivo común.

Pero los tiempos de la ética de la violencia pasaron y el medioclasismo triunfó sobre cualquier otro tipo de conciencia. Hoy la gente tiene más que perder, más cacharritos a los que apreciar, y ya no se muere de hambre. Hoy la revolución se espera que venga de discursos o comités de reunión con algún tipo de administración –sea local, regional o municipal. Hoy la revolución ha de comenzar no por crear un sistema nuevo, sino por obtener el reconocimiento de ese sistema y crear estructuras similares que lo integren. Se dice que la revolución es la reforma y que, por tanto, la violencia está descartada.

Obama propone en su discurso no ejercer la violencia con los buenos, sólo ejercerla contra los malos. Los malos, para él, están claros: Hitler, al que cita alguna vez, o el régimen de Birmania, por ejemplo. Sin embargo pronto olvida su discurso que Hitler era, en sus comienzos, un aliado del sistema frente a quienes se proponían reventarlo –la URSS. Se olvida que la cúpula militar birmana fue apoyada por el mismo sistema que ahora la critica y la condena. Se olvida de reseñar, en definitiva, cómo el sistema establece quiénes son los malos.

El General de División del Cuerpo de Marines Smedley Butler (1888-1940) fue uno de los “más grandes generales de la historia estadounidense” para el famoso General MacArthur. Su trayectoria militar, desarrollada en el curso de diversas guerras, fue reconocida no sólo con sus ascensos sino también con dos Medallas de Honor del Ejército de los Estados Unidos. Su predisposición a obedecer órdenes y a colaborar con este sistema estaba fuera de toda duda. Sin embargo, una vez retirado, Butler se propuso como objetivo reflexionar sobre su vida, y además hacerlo por escrito.

En su obra War is a Racket, que se podría traducir como La guerra es un chanchullo, se cuestiona todas aquellas intervenciones que realizó que no estaban encaminadas a lo que él denominaba guerras de defensa. Es decir, todas aquellas operaciones a las que su gobierno le había mandado para defender los intereses del sistema. Sus conclusiones son bien claras:

Pasé treinta y tres años y cuatro meses en servicio activo, … Presté servicios con muy diversas graduaciones, … Y en este periodo, dediqué casi todo mi tiempo a hacer las veces de forzudo de categoría al servicio de las grandes empresas, de Wall Street y de los banqueros. En otras palabras, fui un estafador, un criminal a sueldo del capitalismo.

Butler intervino en Honduras para favorecer los intereses de la industria de la fruta estadounidense, intervino en México para controlar pozos petrolíferos, ayudó a controlar Haití y Cuba, favoreció los intereses de la Standar Oil norteamericana en China, y un sinfín de operaciones más. En definitiva, estaba al servicio de un sistema que ejercía la violencia para suministrarse, para obtener beneficios y para controlar a los agentes díscolos que pudieran torpedear la línea de flotación del carguero Capitalismo.

Y hoy, Obama, no hace sino profesarse heredero de este sistema, el mismo que nos acoge a todos, el que ejerce la violencia de muy diversas formas frente a todo aquél que ose retarle. El mismo sistema que ha depositado la ética de la violencia en agentes responsables, quienes deciden cómo y cuándo ejercerla para mantener el sistema a salvo, dejando al resto de la sociedad subsumida en una supuesta ética de la protesta con pretensiones de transformación que en realidad es la ética del loro enjaulado: jamás morder la mano que te da de comer y, como mucho, molestarle repitiendo los eslóganes que tan delicadamente te han enseñado.

Quizás alguien debería recordar de vez en cuando, que no ha habido en la Historia transformación de sistema alguno que no conllevara el ejercicio de la violencia. Y no, no se trata de una cuestión de evolución. Pretender ser pacifistas y revolucionarios es, como diría mi señora madre, “estar al pan y a las tajadas”.