viernes, octubre 23, 2009

El arte soviético

Hay legados de la Unión Soviética que ni el mismísimo Karl Marx -o Carlos, como se decía en España en los 70- hubiera planificado. Sorprende que muchos de ellos, como el miembro de la KGB, Vladimiro Putin -esto no lo traduzco-, ni siquiera estaban en el ideario. Que un fiel defensor de la dictadura –porque dictaba y fíjate tú lo que duró- del pueblo llegase a ser Presidente de una Federación de Estados que favorecía la creación de grandes fortunas amigas y que atentaba contra ese mismo pueblo que dictaba en nombre de la defensa de la Federación –chiste para los fans de Star Wars.

Sea como fuere, la Revolución de 1917 trajo consigo la inquietud por entender las cosas desde otro modelo que no fuera la Modernidad Capitalista. Siempre siguiendo los designios filosóficos que se establecieron a finales del siglo XVIII con las dos revoluciones –la francesa y la americana- la URSS trató de materializar un paradigma de sociedad diferente. Esto, como no podía ser de otra manera, influyó en el arte.

El arte era entendido por esta nueva ola artística como comprometido con la sociedad y con las luchas de los pueblos. Frente a la visión del arte puramente estético y por el placer, la Revolución Soviética acogió a los artistas que tenían una visión transformadora de la sociedad a través de sus obras. Las vanguardias artísticas de aquella URSS, unidas a los movimientos que en Occidente promovían la revolución del arte, crearon una manera diferente de entender la expresión artística. En este punto se ha de reseñar la tremenda aportación española. Una aportación que vino provocada, en gran medida, por dos oportunidades. La primera, disponer de un espacio, como lo era la Residencia de Estudiantes, en donde artistas de diferente índole compartían momentos e ideas. La segunda, y más fortuita, fue que una de las primeras traducciones de la obra clave de Freud La interpretación de los sueños fue la traducción al castellano, llevándose consigo nuevas ideas que transformarían a toda una generación artística.

Pero el arte, y más el comprometido, no entiende de órdenes sino de respuestas a las dificultades sociales. Así fue que cuando Stalin llegó a controlar la URSS, decidió arrancar de cuajo las inquietudes artísticas y controlar este mundo a través de personas afines o de la extorsión. Una parte importante de este movimiento murió aquí, en este punto. Sin embargo la llama seguiría viva. Y no sabían hasta qué punto.

En 1971, durante el mandato como Secretario General del PCUS de Brézhnev, la URSS buscaba petróleo y gas en el desierto de Karakun. Este desierto es el más extenso de Asia Central y el décimo de todo el mundo con sus 284.900 km2. Su superficie es arcillosa y, como corresponde a un buen desierto, tiene escasa vegetación y pluviometría.

Entre búsqueda y búsqueda, los operarios toparon con una gruta subterránea que no estaba documentada. “¿Será eso un problema?” debió de preguntar el comisario político de la expedición. “Hmm… no, taladramos aquí y allá y lo solucionamos en un periquete”, debió de responder el capataz. Diez minutos después estaban todos en el fondo del cráter que se había creado con el hundimiento de la tierra provocado con los taladros.

Pero, como en el viejo Asterix, ¿Todos? No. Todos menos uno, quien como aquel soldado de Maratón corrió y corrió hasta Moscú para explicar lo que había sucedido. Le escuchó atentamente el Secretario General –el querido camarada Leónidas- quien rápidamente envió a sus asesores a inspeccionar el agujero –o pequeña irregularidad en el terreno, cual túnel del Carmel, que se llamó oficialmente-, y al cabo de pocos días le presentaron un proyecto para la recuperación del material de prospección. Al fin y al cabo, técnicos había muchos en la Unión Soviética y los obreros muertos no se quejaban mucho. La idea para recuperar los equipos fue bien sencilla: se lanza a un equipo de rescate con cuerdas, y se sube poco a poco el equipo. Luego, si da tiempo, se subirá también al equipo de rescate.

La operación “trae p’acá esas máquinas” comenzó con amplias esperanzas de continuar con las prospecciones en un corto periodo de tiempo. Sin embargo nada más comenzar surgieron los primeros imprevistos. El equipo de rescate tenía la manía de respirar para vivir en una acción que sin duda comenzaba a ser incompatible a cierta profundidad de la gruta, donde los gases letales invadían el aire. Después de perder al equipo Alfa en el camino, el director de operaciones comprendió qué era lo que estaba pasando y envió al equipo Beta para comprobar sus hipótesis. En una clara demostración de la cientificidad reinante, el equipo Beta tampoco regresó y por tanto se hubieron de plantear ciertos cambios en la estrategia.

De todo esto fue informado el camarada Leónidas, quien hábilmente creó una comisión mixta de técnicos de todos los niveles para pensar cómo se podrían recuperar los valiosos equipos. Entre todos los miembros de la comisión destacaba un ingeniero militar de 63 años que, en sus inicios, había sido estudiante de arte en la más prestigiosa escuela de Moscú. Reconvertido en el militarismo para salvar el cuello –literalmente- sus aspiraciones artísticas habían ido variando con el tiempo asumiendo un carácter meramente estético que permitía la aprobación de sus superiores.

Cuando las ideas de la comisión se hubieron acabado y el material se daba por perdido dicho ingeniero hizo un ingenioso comentario de desolación y resignación: “Pues yo le prendería fuego a esos gases y cuando se apagaran bajaría a por las máquinas, total, tampoco pueden tardar mucho en apagarse ¿no?”. Ése, y no otro, fue el momento mágico en el que la política y el arte vanguardista soviético se dieron nuevamente la mano. Justo cuando la cerilla caía al fondo el cráter, y una columna de fuego que se podía ver desde el Politburó, allá en Moscú, se elevaba por los cielos, la URSS regresó al centro del movimiento artístico internacional.

Treinta y ocho años después de aquella cerilla, aún sigue ardiendo el cráter. Solo y en mitad del desierto, salvo por la compañía de un soldado raso enviado a la zona en 1972, con la orden de que avisara cuando se acabe el fuego y puedan bajar a recuperar las máquinas.

miércoles, octubre 07, 2009

Para(la)farmacia

Justo en la esquina de mi casa hay una Farmacia regentada por una entrañable mujer de mediana edad. Elena, que así se llama, domina la vida del barrio. Todos compran en su recinto, y por tanto conoce datos tan importantes como quién sufre de hemorroides, cuántos alérgicos a la primavera hay en el barrio o cuáles son los últimos ancianitos que han dejado de comprar sus medicinas y, por tanto, han fallecido. “Don Fulano hace más de un mes que no viene por aquí, y lo que él toma no tiene más de treinta cápsulas, mala señal”, dice torciendo el gesto. Incluso era la primera en conocer quién se había embarazado en el barrio en los tiempos en que las compresas sólo se vendían en la Farmacia.

Dña. Elena, como la llamamos los más jóvenes –aunque peinemos alguna cana-, es toda ternura y dulzura con cualquier habitante que more sus dominios. Con cualquiera, menos con aquél que acuda pidiéndole un antibiótico. Y es que a Dña. Elena le molestan sobremanera estas gentes apestosas que conviven con infecciones. Comprende que tienen que existir –“de todo hay en la viña del Señor”-, y no le importa en demasía, siempre y cuando no entren en su Farmacia. Los muy cretinos, según Dña. Elena, pretenden matar a esos pobres microbios, tan chiquitos e indefensos que no pueden sino desaparecer ante la sola presencia del químico antibiótico. De manera que durante años las cajas y cajas de antibióticos que Dña. Elena se veía obligada a solicitar de los distribuidores para que la inspección del Ministerio no la multase, se caducaban en sus imperecederas estanterías de madera. Todos sabíamos muy bien que Dña. Elena sí que le dio antibióticos a su hija María –compañera nuestra de correrías por las calles del barrio- cuando se cayó de su bicicleta y la herida del rasponazo se llegó a infectar. Sin embargo, la Sra. farmacéutica seguía negándose a venderlos por miedo a que acabáramos con los microbios igual de salvajemente que acabamos con el virus de la viruela.

Hasta ahora esta manía de Dña. Elena se había mantenido en un secreto público, de esas cualidades particulares de todo barrio, y por tanto no había trascendido. Sin embargo hace cosa de un año la televisión local hizo un reportaje y hoy la farmacéutica está siendo juzgada. Como argumento de la defensa, el abogado de Dña. Elena ha esgrimido lo único que se podía hacer: objeción de conciencia. Sí, amigos y amigas, la objeción de conciencia que eximía a los jóvenes españoles de pertenecer a un cuerpo cuyo único sentido era hacerle la guerra a otras poblaciones sencillamente porque se interponían en el camino de la propia, ahora le sirve a Dña. Elena para evitar administrar en su Farmacia lo que la ley le obliga.

Porque no olvidemos que las Farmacias son concesiones administrativas, es decir, que no se puede abrir una Farmacia aquí, en esta esquina, porque sí y regentarla siendo, por decir algo, constructor en paro. No, en absoluto. Hay una serie de normas que regulan estos establecimientos, normas incluso gremiales sobre la distancia mínima que ha de haber entre Farmacia y Farmacia. Sin embargo, Dña. Elena se quiere saltar todas estas normas, sencillamente porque no va con ella. Ya ha asegurado, según la he oído decir, que si esto le funciona mañana alquilará el local que hay al lado de la otra Farmacia del barrio, regentada por D. Francisco, un borde de cuidado. Está segura de que estando su hija allí, que además de farmacéutica también es simpatiquísima, podrá hacerse con el mercado de aquella zona del barrio. Y si alguien osa a comentarle que eso quizás vaya contra las normas, ella alega que su conciencia es la de libre mercado y que por tanto no tiene que obedecer las normas de un absurdo intervencionismo.

Al calor de estas iniciativas, varias Farmacias del país han visto el cielo abierto para negarse, por razones de conciencia, a no vender preservativos, píldoras del día después e incluso enjuague bucal con sabor a fresa –cosa más asquerosa, por el amor de dios. Y como cada acción tiene su reacción, cientos de ciudadanos chinos –antes se llamaban chinos a secas- van de allí para allá ofreciendo todo lo que no se puede conseguir en la Farmacia del barrio. Y las consecuencias son inevitables. Ciudadanos desinformados –porque no hablan chino por razones obvias- utilizan los aerosoles para el asma como si fueran perfumadores, se echan la micromina en el café y se pasan pastillas los unos a los otros, invitándose a una rave improvisada en la parada del autobús.

El Caos, la Guerra Mundial.

lunes, octubre 05, 2009

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

[Publicado originariamente en El Señor Kurtz]

Cae la lluvia tropical y torrencial. Jamás has visto llover así. Se supone que deberías estar afuera, haciendo todo lo que se supone que se hace aquí. Pero lejos de convencerte a ti mismo de que desperdicias un tiempo valioso colocas la silla para acompañar a esa lluvia. Te rodeas del Relec, coges el ajedrez de viaje -como el pescador que lleva la caña, por si se tercia-, la libreta para apuntar, la cámara de fotos -no sea que hoy pase por allí el lagarto de todos los días presto para posar un poco. Y por supuesto: el libro. Jamás leer te llevó tanta preparación ni tanto equipaje. Estarás de vacaciones, pero la tensión emocional no te la quita nadie.

Y te sumerges. Esta vez, quién lo iba a decir, precisamente él, precisamente este libro, no te lleva a una situación muy lejana. Hace mucho tiempo que lo tenías, mucho que lo compraste, incluso lo has regalado varias veces y recomendado cientos de miles, pero jamás pensaste que estarías aquí mismo leyendo lo que estás viendo.

Kapuscinski es muchas veces poco riguroso con la Historia. Sus libros están escritos a la manera de reportajes periodísticos clásicos y, si de pasada toca un tema que tú conoces bien, puedes advertir cierta laxitud en sus aseveraciones políticas, cierta dejadez por reflejar los hechos tal y como fueron. Sin embargo, lo dejamos pasar encantados de la vida. El valor de sus libros no se refleja en su rigurosidad científica, ni en sus descubrimientos. Sus libros son valiosos porque están llenos de humanidad, de personas que se pasean por las páginas siendo ellos mismos sin necesidad de que nadie las interprete, verdadero periodismo antropológico. Son como esos compañeros de nuestra infancia, algo más mayores que nosotros, más maduros, y por tanto más seguros de sí mismos. Pero sin la arrogancia que valoriza la ignorancia. Son como son, y no te piden que los comprendas.

Ébano es un libro de reportajes que tienen como protagonista principal a la región de África Subsahariana. Son 29 artículos que Kapuscinski va a escribir durante sus corresponsalías para un periódico polaco. Podemos encontrar artículos algo más ensimismados sobre el autor, y otros más preocupados por saber captar la esencia del personaje que describen, pero siempre nos trasladarán un pequeño aprendizaje sobre cómo podemos situarnos para comprender al diferente. Aunque muchas veces el diferente puedas ser tú mismo.

Hay imágenes que se quedan clavadas en la retina del lector. Las palabras incrustadas en el cerebelo provocando que se rinda la voluntad ante la imagen de un joven Kapuscinski subido en un bidón de gasolina junto con su compañero de viaje, tratando de aguantar las sacudidas de una cobra que, debajo, trata de sobrevivir y matar a su vez. Podemos ver cómo se tambalea afectado por la malaria, preocupado porque su médico lo quiera enviar de vuelta a Polonia en lo que sería su primer reportaje en el continente. Asustado por si a su jefe le da por anular la corresponsalía por el mero hecho de que su primer reportero hubiera enfermado de gravedad.

Podemos sentir un pánico que Ryszard aparentemente no sufre, cuando leemos cómo es despojado en Monrovia de ese manto de protección que cubre a todo occidental que atraviesa una frontera africana: el pasaporte. Sin él, el europeo se siente golpeado, sin argumento que demuestre la necesidad de ser arrancado de cuajo de situaciones de inseguridad relativa. No digamos ya si en lugar de europeo es estadounidense. Las fronteras son el reino de los privilegiados; siempre que tengas el papel adecuado. Y sin embargo terminamos por sentir aún más pánico cuando nos describe el tamaño de las cucarachas de aquella habitación en donde pernoctará despierto.

Un pero, bastante grave, para la editorial Anagrama y para la persona que ha editado a Kapuscinski en España, es que hay algunos artículos -creo recordar que dos- que están doblemente reproducidos. En Ébano y en el divertidísimo La guerra del fútbol, Kapuscinski nos cuenta su día a día en Lagos, la capital de Nigeria. El relato de los personajes del barrio se disfruta y los hace cercanos y presentes a cualquiera que haya decidido entregarse a la narración. Estamos hablando de la dueña del bar, que sirve cerveza casera caliente. De los ladrones que siempre acuden a su piso cuando él no está, y que le agradecen el no llamar a la policía no entrando cuando él sí que está. Y otros tantos.

En este mismo artículo, Kapuscinski nos enseña que, aún a pesar de la voluntad, un blanco en África es siempre un blanco en África, y que mientras exista la posibilidad de tener aire acondicionado en una barriada de Lagos cualquiera, las diferencias siempre estarán ahí. Al fin y al cabo, como bien dice en las primeras páginas de Ébano, los africanos y las africanas tienen una vida que es un "martirio, un tormento que, sin embargo, soportan con una tenacidad y un ánimo asombrosos".

Ébano, de Ryszard Kapuscinski

Cae la lluvia tropical y torrencial. Jamás has visto llover así. Se supone que deberías estar afuera, haciendo todo lo que se supone que se hace aquí. Pero lejos de convencerte a ti mismo de que desperdicias un tiempo valioso colocas la silla para acompañar a esa lluvia. Te rodeas del Relec, coges el ajedrez de viaje -como el pescador que lleva la caña, por si se tercia-, la libreta para apuntar, la cámara de fotos -no sea que hoy pase por allí el lagarto de todos los días presto para posar un poco. Y por supuesto: el libro. Jamás leer te llevó tanta preparación ni tanto equipaje. Estarás de vacaciones, pero la tensión emocional no te la quita nadie.

Y te sumerges. Esta vez, quién lo iba a decir, precisamente él, precisamente este libro, no te lleva a una situación muy lejana. Hace mucho tiempo que lo tenías, mucho que lo compraste, incluso lo has regalado varias veces y recomendado cientos de miles, pero jamás pensaste que estarías aquí mismo leyendo lo que estás viendo.

Kapuscinski es muchas veces poco riguroso con la Historia. Sus libros están escritos a la manera de reportajes periodísticos clásicos y, si de pasada toca un tema que tú conoces bien, puedes advertir cierta laxitud en sus aseveraciones políticas, cierta dejadez por reflejar los hechos tal y como fueron. Sin embargo, lo dejamos pasar encantados de la vida. El valor de sus libros no se refleja en su rigurosidad científica, ni en sus descubrimientos. Sus libros son valiosos porque están llenos de humanidad, de personas que se pasean por las páginas siendo ellos mismos sin necesidad de que nadie las interprete, verdadero periodismo antropológico. [Leer completo]

viernes, octubre 02, 2009

Los Juegos del Señor Alcalde

No es plato de buen gusto de ningún bloguero rescatar entradas viejas para darse el gusto de decir "ya lo decía yo", pero ya que hoy se celebran las elecciones para los Juegos Olímpicos de 2016, y dado que en la anterior elección -en el año 2005- aún el blog no estaba abierto, pienso en rescatar esta entrada que, a pesar de tener más de un año, es de tremenda actualidad. Hoy que todos los medios de comunicación hacen gala de su falta de criterio y de su escaso cuestionamiento de la política pública de este país -lo que se llama servilismo, vamos- nos reafirmamos en lo dicho un 8 de Junio de 2008. Ah, y un dato de marcada demagogia: el dato del paro publicado hoy indica que en septiembre fabricamos 80.367. Al menos en Chicago sí que tienen autocrítica.

Los Juegos del Sr. Alcalde.

El Sr. Alcalde debe de estar contento. Ya vuelve a ser ciudad aspirante a celebrar los Juegos Olímpicos. Tras la derrota por los Juegos de 2012, ganada por Londres, todo el mundo mediático volvió a echarse al monte, atrincherándose en que la posibilidad de los Juegos en Madrid siempre estaría abierta porque, como no hay mejor ciudad en el mundo para albergar unas olimpiadas, resulta inevitable. Esos mismos lacayos que ayer alababan Madrid 2012 como única e irrepetible, como proyecto fundamental de los Juegos Olímpicos, decían lo mismo de Sevilla… hasta que Madrid le adelantó por la derecha.

Y como Madrid está para los Juegos, llevamos más de cuatro años gastando dinero y más dinero en mostrar que la ciudad, la Comunidad, y los alrededores saben organizar eventos. Pagamos dinero a dos manos para lograr que nos seleccionen como sede del Campeonato del Mundo de ciclismo (2005), del Eurobasket (2007), del campeonato de Curling (2007), de Masters Seniors de Tenis o de lo que sea. Lo importante es que se muestre que la ciudad y la comunidad están empeñadas con el deporte. Que la presidenta se ponga más chaquetas que las que llevó en la Transición. Que el Alcalde pueda ir ensayando los discursos de apertura. Que los representantes de esas federaciones internacionales puedan comer y beber en Madrid y así opinen que las delicias de la ciudad justifiquen su voto.

Se alega que Madrid crecerá con estos campeonatos. Que el dinero que traerá, en forma de turismo, a la ciudad compensará con creces las obras y el esfuerzo de la organización. Que, además, los Juegos serán sostenibles. [Leer completo]