miércoles, junio 25, 2008

Sube el volumen de tu protesta

La procelosa mar de las ondas hercianas llegó una tarde al interior de mi coche. El atasco de regreso a la Villa tras una dura jornada de trabajo y estudio provocó en mi persona lo impensable: que me hartara de escuchar a Jimi Hendrix, lanzara su disco a los asientos traseros y pulsara el número tres de la memoria de mi radio. Cuando uno se compra un coche, o en su defecto como fue mi caso, cuando uno se compra una radio para el coche, dedica esos breves y emocionantes comienzos al conocimiento mutuo y a la memorización de distintas emisoras de radio. No importa cuántas emisoras uno escuche, sino cuántas emisoras es capaz de grabar el aparato en cuestión. Por eso, cuando grabé la primera y no supe qué teclear en la segunda, decidí que continuaría por la tercera. E inevitablemente ésta tenía que ser Radio 3.

En sus orígenes, para mí esa emisora había sido una estación poco menos que familiar. Varios miembros de mi saga han pasado por sus micrófonos en un momento u otro, y hasta el que esto firma ha tenido el gusto de lanzar su voz al mar de hogueras de la Frecuencia Modulada, delatando a los familiares y disfrutando con gusto del sentirse público único del espectáculo radiofónico. Si la radio ya acompaña cuando sólo habla, si además gesticula y guiña el ojo, el resultado es magnífico.

Pero de eso hacía ya mucho tiempo y hasta el número de la emisora no parecía el mismo cuando, medio derretido por el atasco, eliminé de mi vista al gran Jimi y pulsé el tres. A mis oídos apareció un programa de título tremendamente sugerente y cuyas palabras hurgaban muy bien en mi curiosidad. La Ciudad Invisible se convirtió poco menos que en compañera habitual en el atasco. Un programa cultural en donde los locutores se animan a representar, cual novela radiada, algún pasaje de cualquier libro que tenga que ver mínimamente con el programa del día. Confieso que, desde escuché de una de estas voces el famoso pasaje de Marlow sobre su gusto por los mapas –con el que me siento tremendamente identificado- y adiviné que estaban leyendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, cuando me tropiezo con este programa y suena de fondo la sintonía de Morcheeba que utilizan para cada pasaje, no hago sino tratar de adivinar a qué libro o a qué autor pertenece. Muchas veces acierto, otras me quedo cerca, y el día que adiviné que leían a Charles Dickens –del que aún no he leído nada- supe que este era mi programa. Y también al revés. Cuando he leído algún pasaje tremendamente bello o significativo, no he podido evitar pensar cómo sonaría con aquellas voces que suenan de lunes a viernes en Radio 3 de 19 a 20:30 de la tarde.

Una vez enganchado a la tercera de las radios públicas, con un eminente sentido anticomercial –tanto que debe ser deficitaria… más aún, quería decir-, encontrar programas que descubrir es sólo cuestión de tiempo. En otro atasco, esta vez a las 3 de la mañana y en mitad de las obras de la M-30, me topé con una sintonía que aún resuena en mi cabeza de vez en cuando. La sintonía acaba, invariablemente, con las mismas cinco palabras pronunciadas por la grave voz de Juan de Pablos: “Esto es… Flor de pasión”. Un programa único dedicado a la música instrumental, con multitud de pasado por descubrir. Es casi un tratado de arqueología de la música, pues suenan grupos de hace 30 ó 40 años que apenas tuvieron repercusión entonces, pero que cuentan con una gran calidad musical. La sintonía, por ejemplo, que me atrajo tanto, interpretada por Paul Moriat, hizo de mí un Moriat-adicto y que, desde entonces, las versiones cantadas de las canciones que interpretó me suenen a rayos y centellas.

El siguiente programa al que me enganché no tiene nada que deberle a atasco de la ciudad de Madrid. Esta vez la adicción la produjo el mismo locutor y pinchadiscos: Ramón Trecet. “¿Quién?”, pregunta la niña avispada de la primera fila. Pues quién va ser, el gran Ramón Trecet, ése que retransmitía el baloncesto, equipado con sus gafas, su calva y su barba, que hacía de la onomatopeya un arte –nada que ver con el actual Montes- y que dirige su programa Diálogos 3 de 15 a 16 cada tarde de la semana. ¿Qué tiene su programa? Pues tiene todo el mundo, comprimido en un espacio que alienta contra el pesimismo y nos anima a ver que la música del mundo no se parece necesariamente a Britney Spears. Trecet nos pincha música gitana, polaca, rumana, africana, de cualquier parte del mundo que le llegue. Podemos saber a dónde ha ido en verano de vacaciones porque se viene cargado música que nos pone a lo largo de todo el año –a mí me tocó conocerlo tras su viaje a Armenia, y veo con alegría que sigue pinchando al mismo armenio-, e incluso de vez en cuando ocurren milagros como que un grupo polaco, que escucha el programa por internet, se empeñe en salir por él y le mande la maqueta de su grupo de música tradicional. Trecet se ríe mientras lo pincha, te advierte de la mala grabación –que no de la calidad de la música- y te hace pasar el buen rato de saber que hay más gente contigo escuchando el mismo programa. Una experiencia conjunta.

Música es Tres es el programa que me despierta cada mañana camino del trabajo. Harto del tertuliano de turno, del simpático que hace bromas por teléfono a las 8 de la mañana o del disco que siempre ponen a la misma hora en muchas emisoras, Música es 3 se convierte, con la voz de Virginia Díaz, en una importante alternativa. Es lo más parecido a la radio fórmula que Radio 3 tiene en parrilla. Rock alternativo, estilos actuales, novedades poco comerciales, clásicos del Rock… casi de todo tiene cabida en este espacio salpicado de presentaciones divertidas y anuncios sobre actos culturales. Un programa cuyo padrino, por cierto, llamado Diego Manrique ha sentenciado a muerte para seguramente instaurar al graciosete de turno, el soso y nulo Manel Fuentes –no se salga del guión, amigo.

Las 13 horas son horas de ROCK. Con todas las mayúsculas, Carlos Pina y su voz con dos cubitos de hielo traen la potencia que a media mañana se necesita. Es como el almuerzo que no engorda, que alimenta el espíritu del que lo escucha y que permite sobrevivir el resto del día. Toparse con su sintonía de cabecera es una tremenda alegría. Este próximo viernes 27 celebra sus 700 programas que, al parecer, serán los últimos. Otra sentencia de muerte hacia la radio pública no comercial, oigan.

Me dejo mucho en el tintero. Cifu, con su A todo jazz –amo ese swing de voz que nos ofrece-; los conciertos de grupos pequeños y de los grandes que hacen que el directo sea importante en la radio. Cuando los Elefantes sueñan.., que nos conducen a sueños profundos o el tremendo Diario Pop al que las jubilaciones anticipadas promovidas por la dirección de RTVE nos arrebató el orgullo de los grupos minúsculos. En definitiva una radio que merece ser escuchada y, por supuesto, conservada como más que un servicio público. Que debería ser cuidada frente a los instintos comerciales y laborales que la están destruyendo y que harán que desaparezca la que hoy conocemos el próximo mes de septiembre. Una radio traicionada por quienes tanto la querían que acabaron apuñalándola por la espalda. Vade Retro.

martes, junio 03, 2008

Susurros de la Ciudad

Contemplar una fotografía antigua de la ciudad en la que has nacido, de la ciudad a la que toda tu familia ha llegado en algún momento u otro de su historia vital, produce una sensación agridulce. Por un lado, se siente tristeza. Las imágenes en blanco y negro, con esos tonos dorados, nos rebotan sentimientos de añoranza por los seres queridos que pasearon por esas calles, compraron en aquel mercado o vieron construir ese –ahora- importante edificio. Pero rápidamente la alegría por recordar que otros que también se tomaron el chato en aquel bar antes de ser derruido, que se manifestaron por las calles con sus sueños colgados de un palo de escoba y una sábana vieja, siguen vivos y deseando contar su historia al primero que se cruce dispuesto a escuchar.

Escuchar, bonito verbo. Tantas y tantas veces nos han contado la historia de donde vivimos que las imágenes se vuelven caóticas y contradictoras. Donde había un hospital en tiempos de guerra también había una cárcel republicana custodiada por la misma persona que tres años antes había muerto de un cólico miserere en ese mismo hospital. Poner orden en los recuerdos agolpados de varias generaciones es una labor del albañil de la memoria. Hay que tratar que las juntas de esos ladrillos hagan un zig-zag para terminar montando el muro del pasado frente al cual chocamos y desde el cual nos gusta interpretar los hechos de hoy.

Y el mejor lugar para escuchar no es otro que el que ofrecen las reuniones. Cualquier excusa es buena, ya sea una celebración personal en el bar de toda la vida, una fiesta popular llena de gente o la soledad de un paseo nocturno por las calles temporalmente deshabitadas de tu ciudad. Así, de escuchar y escuchar se va juntando la gente. Y de todas esas conversaciones surge una historia popular del lugar donde se vive. Poco a poco creamos las costumbres nuevas y transformamos las tradiciones que nos han contado para que, en esencia, todo siga igual.

Sí, transformamos –otro verbo precioso- y hacemos nuestra la vida de aquellos que un día pasaron por aquí. Repetimos sus gestos, degustamos sus dulces y nos mostramos arrogantes como ellos, tiernos y combativos a la vez. Sabedores de que nada ni nadie podrá con nosotros porque nunca nadie ha podido, y siempre les hemos sobrevivido.

De todo esto, y mucho más que se nos vaya ocurriendo, hablaremos todos juntos. Pero no aquí. Este espacio de La Situación del Espectáculo, perfecta y deliberadamente indefinido, hermano de otros como El Señor Kurtz, Destripando Terrones, Derrota Urgente o ese monstruo colectivo que es Diversidad Diacrítica, no admite desde hoy entradas sobre Madrid. La ciudad que me vio crecer y de la que jamás me exiliaría por muchos vieneses que se me echaran encima, ha dispuesto que le hagamos un blog. Fue ella quien nos eligió una mañana de San Isidro, en la misma casa del Santo y con un vaso del agua milagrosa en la mano. No nos pudimos negar ante tal revelación y hoy contamos con un blog enteramente dedicado a ella, la que toda honra nos merece. Fue Ella también quien eligió el nombre, y sin duda que acertó, pues como ya lo hicieran nuestros abuelos y lo harán nuestros nietos, todos vamos De Magerit a Madrid. Sean bienvenidos, tomen asiento, que vamos a empezar.