jueves, septiembre 27, 2007

El desierto de los Tártaros, de Dino Buzzati

Si echamos un vistazo hacia atrás en esta serie antibélica podremos encontrar diferentes registros. Descubriremos literaturas donde el humor relata lo bélico, literaturas en donde la guerra es simplemente el obstáculo entre un hombre y su vida y literaturas de ciencia ficción. También encontraremos será espacio para las narraciones reales sobre el conflicto. Hoy descubriremos una nueva manera de abordar el asunto: la literatura mágica. Esa que, mediante sus relatos, nos transporta a una realidad inexistente que tanto tiene que ver con la vida de cualquiera de nosotros.

Reconozco que El desierto de los Tártaros quizás pueda encajar un poco con calzador en esta serie. Sin embargo no puedo evitar destriparla por el simple motivo de que fue esta obra, junto con el soldado Schwejk, la que me dio la idea de hablar de la relación entre literatura y guerra mediante los diferentes personajes que muchos autores crearon.

Y digo que quizás no encaja a la perfección en el calificativo de antibelicista porque El desierto de los Tártaros no nos habla sólo de la guerra o de la vida castrense. Nos habla a todos y cada uno de nosotros del valor de nuestras vidas. Del valor de las ilusiones que todos tenemos y del precio a pagar por ellas. Pero vayamos desde el principio. [leer más]

El desierto de los Tártaros, de Dino Buzzati

Si echamos un vistazo hacia atrás en esta serie antibélica podremos encontrar diferentes registros. Descubriremos literaturas donde el humor relata lo bélico, literaturas en donde la guerra es simplemente el obstáculo entre un hombre y su vida y literaturas de ciencia ficción. También encontraremos será espacio para las narraciones reales sobre el conflicto. Hoy descubriremos una nueva manera de abordar el asunto: la literatura mágica. Esa que, mediante sus relatos, nos transporta a una realidad inexistente que tanto tiene que ver con la vida de cualquiera de nosotros.

Reconozco que El desierto de los Tártaros quizás pueda encajar un poco con calzador en esta serie. Sin embargo no puedo evitar destriparla por el simple motivo de que fue esta obra, junto con el soldado Schwejk, la que me dio la idea de hablar de la relación entre literatura y guerra mediante los diferentes personajes que muchos autores crearon.

Y digo que quizás no encaja a la perfección en el calificativo de antibelicista porque El desierto de los Tártaros no nos habla sólo de la guerra o de la vida castrense. Nos habla a todos y cada uno de nosotros del valor de nuestras vidas. Del valor de las ilusiones que todos tenemos y del precio a pagar por ellas. Pero vayamos desde el principio.

Este libro es la obra más conocida del periodista italiano Dino Buzzati. Se supone que éste decidió escribirla tras ser reportero de guerra, presumiblemente un aburrido y paciente reportero de guerra. En la estupenda edición que he manejado, de la editorial Gadir, hay un prólogo de Borges en que el textualmente dice “Hay, sin embargo, nombres que las generaciones venideras no se resignarán a olvidar. Uno de ellos es, verosímilmente, el de Dino Buzzati”. Tras la lectura, entusiasta lectura he de decir, tuve la oportunidad de charlar con cuatro conocidos míos italianos de origen y de profesión. Personas sin duda cultas pero que no conocían a Buzzati, ni si quiera supieron decirme si era argentino o italiano. Tampoco hay que alarmarse, me dije, con todo lo que recomendaba Borges como para tener que preocuparse.

La puesta en escena del libro es sencillamente magnífica. Poco a poco Buzzati va destilando las claves de una novela que dejará en todo el que la lea una sensación de fortaleza provocada por la intensa sensación de fracaso que induce durante su lectura. No hay duda de que, al acabar, uno sale del relato sabiéndose poseedor de una gran verdad vital y que gracias a lo aprendido se va a ser capaz de responder a los caminos que se nos presentan de una mejor manera.

El protagonista y eje central del relato será Giovanni Drogo, un joven y nuevo oficial del ejército que ha dedicado sus años de juventud más inocente al estudio de la estrategia militar. Lejos de aprovechar las oportunidades juveniles Giovanni ha cosechado un éxito rotundo en sus exámenes y se dispone a partir, por tanto, hacia el que será su primer destino. Poca fortuna la del oficial Drogo, pues es enviado a la fortaleza más alejada del reino, al lugar donde nadie repara. Pero, por otra parte, podrá estar sólo un tiempo corto que le contará, por obra y arte de la burocracia, como un tiempo muy largo. La gran carrera militar que tiene por delante no se verá truncada en su paso por la fortaleza Bastiani, que así se llama, sino definitivamente reforzada. Con estas ilusiones magníficas parte a caballo Giovanni hacia el encuentro más fundamental de su vida.

La Fortaleza Bastiani tiene como característica más elemental la de ser el primer punto de defensa de la frontera del reino con el desierto. El llamado desierto de los tártaros. Más allá se extienden teóricas amenazas extranjeras que, sin embargo, nunca se han llegado a materializar. La esencia de la fortaleza, la de ser defendida o arrasada, queda suprimida desde el momento en el que la posibilidad de un ataque queda materialmente eliminada ya que nadie ataca un país entrando desde un desierto.

Giovanni Drogo comenzará su estancia en Bastiani pensando, como dije, en hacer de ésta lo más breve posible. Las pocas probabilidades de ser atacada hacen de la fortaleza el lugar menos apropiado para demostrar su valía como militar, para mostrar el heroísmo que se supone tiene que tener. La fortaleza hastía lo militar, le suprime la esencia misma del poder castrense dejándole para siempre en los extraños preliminares, la espera, la ensoñación, la vigilancia ridícula y absurda de un desierto que se extiende por donde abarca la vista. Pero al empezar a vivir la fortaleza ésta se vuelve conocida, familiar, rutinariamente propia, y salir de los muros que le acogen se vuelve complicado para Drogo. Avanzar en su carrera, dar un impulso a su vida, encontrar una mujer a la que querer, vivir en definitiva, es el precio a pagar por renunciar a la salida. Los muros de la fortaleza hastían e hipnotizan a la vez al bueno de Giovanni.

La composición del relato está hecha de manera poética y acompaña a una narración en donde ningún personaje expresa abiertamente lo que siente. Esa poesía de la narración hace sin embargo que el lector pueda entender y comprender los sentimientos de las distintas voces, la calidez que la rutina provoca en Giovanni o la sensación de descontrol e incertidumbre del primer permiso fuera de la fortaleza. La vida castrense es aquí tiernamente ridiculizada por Buzzati. Son muchas las escenas de cambio de guardia que se describen y en todas ellas se obtiene la doble sensación de ridículo sin sentido y de exasperada formalidad militar. Y si hablamos precisamente de eso, de la formalidad militar, no podemos dejar de lado la figura de nuestro protagonista, antihéroe castrense Giovanni Drogo que, por ser un buen militar se quedó al comienzo de camino de ser una verdadera persona. Leyéndola con ojos antibelicistas encontraremos un sin fin de referencias que conducen al hastío por el verde oliva y a la seguridad de que esa es una vida inferior a cualquier otra precisamente porque niega las posibilidades de cualquier otra.

Si algo nos deja esta novela es la advertencia frente a las rutinas, los miedos a la hora de aventurarse en otros caminos de vida y sensación de que las oportunidades no han de ser esperadas sino buscadas. Es un buen libro para cualquier tipo de estudiante, pero lo es aún mejor para cualquier persona incapaz de lanzarse hacia la consecución de su verdadera ilusión por culpa de las convenciones de cada día. La magia que Buzzati reparte en El desierto de los Tártaros es un lujo que nadie se puede permitir desperdiciar.

miércoles, septiembre 12, 2007

Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut

La mañana pesaba y el camino iba a ser largo. Era uno de esos días en los que uno amanece aquí pero se acostará muchos kilómetros más lejos, allí. Fue precisamente por eso, porque acababa de terminar el libro que tenía entre manos y aún me quedaban dos trayectos en metro y un viaje en tren desde una ciudad a otra. Entré en la librería con mi libro recién terminado y rebusqué en las estanterías. La presa habría de ser barata, pues la cartera no estaba llena y aún me tenía que sobrar para un breve almuerzo y la cena. Cuando todo parecía ser descartado la mente empezó a trabajar –como casi siempre a última hora- y corriendo me llevó hacia la sección de bolsillo. ¿Estaría Matadero Cinco en ella? No hubo dudas cuando el lomo rojo del ejemplar de Anagrama apareció ante mis ojos. “Me llevo éste”.

Y es que tenía ganas de leer algo de Kurt Vonnegut. Tenía comprado en casa El desayuno de los campeones pero aún no le había echado el ojo. Me lo compré cuando un buen amigo me dijo que era su “autor vivo favorito”. Yo le contesté que no tenía ningún autor vivo favorito, pero que me leería El desayuno de los campeones para poder decir lo mismo. Justo al día siguiente Kurt Vonnegut murió en su casa de Nueva York y desde entonces teníamos una deuda pendiente. Aún no le había echado mano al desayuno pero la oportunidad que me dio aquella pequeña librería no la podía dejar escapar. Ese regate que Kurt me hizo había de ser vengado, daba igual que el nuevo “autor vivo favorito” fuera Ian McEwan, “¡Vonnegut! Tú y yo en la estación del tren… ¡YA!”. No podían hacerse prisioneros. [leer más]

Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut

La mañana pesaba y el camino iba a ser largo. Era uno de esos días en los que uno amanece aquí pero se acostará muchos kilómetros más lejos, allí. Fue precisamente por eso, porque acababa de terminar el libro que tenía entre manos y aún me quedaban dos trayectos en metro y un viaje en tren desde una ciudad a otra. Entré en la librería con mi libro recién terminado y rebusqué en las estanterías. La presa habría de ser barata, pues la cartera no estaba llena y aún me tenía que sobrar para un breve almuerzo y la cena. Cuando todo parecía ser descartado la mente empezó a trabajar –como casi siempre a última hora- y corriendo me llevó hacia la sección de bolsillo. ¿Estaría Matadero Cinco en ella? No hubo dudas cuando el lomo rojo del ejemplar de Anagrama apareció ante mis ojos. “Me llevo éste”.

Y es que tenía ganas de leer algo de Kurt Vonnegut. Tenía comprado en casa El desayuno de los campeones pero aún no le había echado el ojo. Me lo compré cuando un buen amigo me dijo que era su “autor vivo favorito”. Yo le contesté que no tenía ningún autor vivo favorito, pero que me leería El desayuno de los campeones para poder decir lo mismo. Justo al día siguiente Kurt Vonnegut murió en su casa de Nueva York y desde entonces teníamos una deuda pendiente. Aún no le había echado mano al desayuno pero la oportunidad que me dio aquella pequeña librería no la podía dejar escapar. Ese regate que Kurt me hizo había de ser vengado, daba igual que el nuevo “autor vivo favorito” fuera Ian McEwan, “¡Vonnegut! Tú y yo en la estación del tren… ¡YA!”. No podían hacerse prisioneros.

La lectura de Matadero Cinco se hace de manera ágil. Si cierto es que muchos la llaman obra maestra de la literatura, yo no se si llegaría tan lejos aunque es buena, muy buena. Tiene una profundidad mucho más amplia de lo que la primera lectura proporciona. A primera vista parece una novela de ciencia ficción de serie B, con los despropósitos humorísticos característicos de Vonnegut. Como en todas sus novelas mezcla personajes de otras historias, lo que algunas veces parece tener importancia y otras ni mucho menos. Sale, eso sí, el personaje fetiche de Vonnegut; Kilgore Trout, autor de libros de ciencia-ficción –estos sí, de serie B- que acostumbran a leer los personajes centrales de sus historias. Las breves descripciones de los relatos de Trout que uno encuentra hacen desear que existieran pues, como con Matadero Cinco, todo parece más profundo de lo que se muestra.

El título de Matadero Cinco sirve para explicar la sinopsis del libro así como el leitmotiv de su escritura. Kurt Vonnegut sirvió en territorio europeo durante la Segunda Guerra Mundial y fue hecho prisionero por el ejército nazi. Durante su cautiverio fue trasladado a Dresde, ciudad famosa por el acontecimiento que Vonnegut estaba a punto de vivir. El ejército norteamericano decidió ejercer su poderío aéreo sobre la ciudad y el bombardeo de Dresde es desde entonces recordado como el momento en el que absolutamente toda la ciudad fue arrasada por aviones norteamericanos. Como Gernika, Colonia o las japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en Dresde no quedaron edificios en pié y la exterminación de seres humanos llegó a un punto pocas veces recodado por la Historia. Vonnegut pudo salvarse refugiándose en su prisión, en un edificio que había servido de matadero en una fábrica y que correspondía con el quinto edificio de la industria. El matadero número cinco.

El libro tiene un pequeño prólogo narrativo en el que se explican los motivos por los que tuvo que ser escrita. En él dos veteranos de la Segunda Guerra Mundial que coincidieron en Dresde se reúnen y de ese encuentro y sus actividades surge en subtítulo de la novela: La cruzada de los inocentes, donde los inocentes no son otros que todos aquellos hombres enviados como niños a una más que probable muerte en las batallas ideadas por los políticos de buena mesa y educados modales. Vonnegut publica la novela en 1969, cuando las críticas a la Guerra de Vietnam son más que masivas y quizá por ello recaba la atención de un público que muy probablemente no hubiera ido a por sus libros de no vivirse ese momento histórico. Por fortuna la novela de Vonnegut era más que fruto de un día, era fruto de la experiencia y eso queda reflejado y se agradece infinitamente.

Pero aún relatando los momentos más crudos de su propia vida, Vonnegut resolvió que le era imposible abstraerse de su sentido irónico y de la sátira más cruel y velluda que he leído en mucho tiempo. Por eso cuenta la historia a través de un personaje ridículo, cercano al odio para todo espectador que tenga un mínimo de instinto de supervivencia: Billy Pillgrim. Este ser pasea por la vida con una indolencia enfermiza que provoca en todo el que lo acompaña una sensación de desconcierto. No se sabe qué pasa con Billy pero éste es incapaz de actuar cuando todo ser humano lo haría. Se queda paralizado en el peor de los casos y cualquiera de nosotros no hubiera escatimado llamarle sencillamente tonto al ver su comportamiento. Sin embargo lo que no saben quienes le rodean es que Billy es así debido a una extraña cualidad: es capaz de viajar en el tiempo. Pero no en cualquier espacio-tiempo, sino en su espacio-tiempo, en el espacio y el tiempo que acompañan a su existencia, desde el momento de nacer hasta en el que va a morir. Vonnegut utiliza esta cualidad de manera narrativa y trascendente. Narrativamente permite que el relato avance de una secuencia a otra, de adelante hacia atrás en la vida de Pillgrim y otra vez hacia delante. Trascendentemente porque expone Vonnegut que los actos de nuestra vida son todos parte de nuestra vida misma. Nada hay independiente en un hecho, sino que éste está conectado con el pasado, con el presente y con el futuro, todo a la vez y de manera holísitica. Esta interesante declaración filosófica de intenciones hace que Vonnegut lleve a Pillgrim de un momento a otro de su vida en un aparente devenir vital pero que, bien interpretados, son un mismo hilo narrativo indisoluble que nos habla por sí mismo. Para terminar de complicarlo se añade además un nuevo componente en la novela. Pillgrim será, en un momento crucial de su vida, abducido por unos extraterrestres de otra novela de Vonnegut: los Trafalmadorianos. Éstos poseen una sabiduría sobre la vida no alcanzable a la raza humana y secuestran a Pillgrim con la intención de exhibirlo temporalmente en su zoo. La sabiduría trafalmadoriana que abiertamente se expone en la novela terminará por completar la visión de Vonnegut sobre las percepciones humanas y lo holístico de la vida.

Si hablamos de las cualidades antibelicistas del texto no podemos dejar pasar los momentos en los que Pillgrim es contrapuesto a sus compañeros de cuadrilla militar. Las secuencias donde Pillgrim está en el hospital militar y donde tan interesantes cosas parece querernos decir sólo con los títulos de las obras de Kilgore Trout. En fin, que la esencia anticastrense, presente a lo largo de toda la novela, es indiscutible y las importantes referencias a este tipo de literatura no se pueden permitir el lujo de no reseñarla. Aquí se la destripa para todos Uds. para continuar con nuestra serie de literatura antibelicista y se propone su lectura. Habrán leído a uno de los grandes autores, uno de los favoritos aunque ya no esté vivo.

Pd. Curiosamente también se hizo una interpretación cinematográfica del texto de Vonnegut que, con el mismo nombre, fue estrenada en 1972. Nos pondremos a trabajar cuanto antes [guiño, guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño, guiño] para destriparla en nuestra sección de cine. Y hablando de películas, no me resisto a invitarles a ver una buena película africana: Moolaadé.

martes, septiembre 11, 2007

El americano en su apartamento




Poco tiempo después del 11 de Septiembre de 2001 un proyecto juntó a once directores de todo el mundo para dar su visión en una película colectiva que contenía once cortometrajes que duraban 11 minutos, 9 segundos y 1 décima. De entre todas ellas la mejor, sin lugar a dudas, fue la aportación de Sean Penn con la acertada interpretación de un inmenso Ernest Borgnine. Merece la pena recordarla hoy. No se asusten los que no sepan inglés, a pesar de no tener subtítulos no es necesario entender lo que se habla para saber qué se quiere decir. Que lo disfruten.

miércoles, septiembre 05, 2007

Exámenes de Septiembre

Vuelve el metro a llegar tarde. Las manchas de sudor de nuestra ropa, aún no siendo nuestras, nos vuelven a asquear. La vecina del quinto sigue con el mismo novio que no se merece –o quizá sí, pero eso te gustaría comprobarlo por ti mismo. El Madrid y el Barça ganan, el Atleta palma y lo único que ha cambiado es que Torres ahora juega para los nietos de los Beatles. La colección que dirige Lucía Etxebarria en la editorial Roca sigue siendo deficitaria y Prada sigue escribiendo en algún lugar, pues no hay ley que le prohíba escarnecer el buen gusto. Todo ha vuelto a la normalidad, y en pocos días los niños y niñas de España cogen sus mochilas y salen cargaditos de libros hacia una educación deficiente y una hernia discal más que probable. Y como las tradiciones están para inventarlas, vamos con la segunda entrada de “Lecturas del Mes”. Algunas de las cosas que me he leído durante estos últimos treinta días. Tranquilos, no comentaré las instrucciones de uso del champú que tenía a mano. Esas nos las conocemos todos.

Delicioso suicidio en grupo, de Arto Paasilinna.

Pocas veces una novela me ha decepcionado tanto. Este finés, que por la foto bien podría hacerse pasar por Papá Noël o hasta por ciudadano belga [guiño, guiño, guiño, Marc Dutroux, guiño, guiño, guiño], tiene fama de ser uno de los grandes de la literatura escandinava actual. Su estilo es directo, de párrafos tan cortos que bien podrían considerarse sonetos en prosa si no fuera porque su manera de contar las cosas aleja cualquier pensamiento dulce. Te suelta la frase ahí, en mitad de la nada, como tu madre habla de los defectos de tu nueva novia con ella delante. Como si el lector no estuviera, Paasilinna se dedica a ir contándonos una vieja historia, la de unas personas que no ven sentido a su vida por distintos motivos y, por tanto, están a punto de quitársela. Sin embargo en un alarde de improvisación [guiño, guiño, guiño, Robert Louis Stevenson, guiño, guiño, guiño] los suicidas deciden hacer un grupo para matarse todos juntos.

El desarrollo de la trama decae según avanza la novela. Ya sabemos que es complicado mantener la tensión en un relato donde un grupo de suicidas buscan la muerte, pero resulta triste decir que el mejor acierto de la obra es el relato del primer intento de suicidio y que a partir de ahí nada merece la pena. La historia se desgrana como un argumento de cine de catástrofes de serie B norteamericana, donde si se necesita un apicultor urgentemente una mano se levanta de entre el último grupo de seres humanos supervivientes para decir “yo estuve tres meses trabajando como apicultor…” Paasilinna pretendió hacer una road movie literaria con un autobús lleno de suicidas, pensando que esto resultaría divertido, pero la novela se le va de las manos inmediatamente y no sabe cómo reconducirlo. El lector no termina de conocer al grupo que va sentado camino de su muerte y es por esto que, cuando aparece el apicultor de turno, tenemos la sensación de que se lo ha sacado de la manga. Quizá la novela tuviera un gran éxito en Finlandia, sabiendo cómo es el humor escandinavo me lo podría creer. Quizá también Paasilinna pretendió hacer con el libro una radiografía del suicidio de su país, donde es una afición colectiva. Pero ambos intentos se quedan en nada porque de humor poco y de tragedia menos. La verdad es que resulta complicado encontrar fuerzas para acabar el libro.

Crónica de Dalkey, de Flann O´Brien.

Este irlandés era un auténtico desconocido para mí. Sabía que tenía otro libro de reciente aparición en España, El tercer policía, que además posee cierta fama entre los mitos sociales norteamericanos porque algún guionista de la serie Perdidos había insinuado que tenía mucho que ver con el desarrollo de la trama del serial. Poco más, y la verdad es que ha sido un descubrimiento. La novela se disfruta, en todos los sentidos, por ser un desvarío de considerables dimensiones que hace las delicias de cualquier lector ávido de reconocer la escritura ágil en cuanto se le pone delante.

El personaje que inicia la acción en Crónica de Dalkey ya fue presentado por O´Brien en la mencionada El tercer policía, y no es otro que el estrafalario científico De Selby. La acción nos sitúa en Dalkey, pueblecito diminuto de la pequeña Irlanda que disfruta de la tranquilidad adecuada para que De Selby realice sus experimentos con la destrucción del mundo como fin último. En su devenir se cruzará con el verdadero protagonista de la novela, Mick, funcionario y hombre irlandés ante todas las cosas. Introduciéndose en el mundo de De Selby, Mick ideará un plan para pararle los pies y salvar a la humanidad. Pero por el camino le van a ocurrir cosas que sólo un irlandés podría asumir como si tal cosa. Por un lado tendrá conversaciones con San Agustín gracias a uno de los inventos de De Selby quien le comentará otras disquisiciones religiosas que ha tenido el gusto de disfrutar cuestionando la personalidad de Judas, de Jesucristo y otros personajes santos del orbe católico. Las páginas donde O´Brien se dedica a diseccionar el imaginario cristiano son inigualables por su mezcla de humor sacrílego y su prosa hiriente.

Para terminar de complicar el delirio colectivo de esta novela, O´Brien introduce otro personaje: James Joyce. Mick se enterará en el Pub -¡dónde si no!- de que el genial autor irlandés no murió en Suiza como todo el mundo creía, sino que vive cerca de Dalkey, camuflado debajo de otro nombre y renegando de toda su obra. Mick no podrá dejar pasar la ocasión de viajar y hablar con él, lo que nos proporcionará a nosotros la oportunidad de escuchar a un Joyce que no sabe que Ulises ha sido publicado, afirmando no haberlo escrito él. El café literario entre Mick y el Joyce de O´Brien bien merece un sofá donde acomodarse bien porque el riesgo a que el lector salga dañado es muy alto y cuando la literatura da paso, de nuevo, a la discusión religiosa es más que probable que tengamos que tirar el libro por los aires admitiendo no poder leer nada más.

Más que recomendable para los que gusten de un buen libro en formato directo y sin complicaciones. Una muy buena idea ha tenido Nórdica editorial en acercar los libros de O´Brien al público en castellano.

13.99€ de Frédéric Beigbeder.

Presentado como el Palahniuk o el Easton Ellis francés, Beigbeder es el típico escritor perteneciente a la cultura violenta. Se han puesto de moda –vaya Ud. a saber por qué- las novelas contadas con violencia, donde ésta es un elemento más de la trama así como de la narrativa. Donde los personajes, lejos de hacer lo que todos nosotros haríamos, se dedican a realizar todas las monstruosidades inteligibles en cualquier momento. Su función, se supone, sería la de escandalizar acercándose a la distorsión del mundo, la personificación de los males de nuestra sociedad llevados a la enésima potencia. Pues bien, a mí no me convence. Qué quieren que les diga, supongo que veo más trasgresión en los relatos de Mohammed Chukri cuando cuenta cómo un hijo le tiene que hacer una felación a su padre ciego para evitar que éste se vuelva a casar con una mujer más joven dejándole sin herencia. Y entre medias no ha golpeado la cabeza de nadie, visto imágenes pornográficas bien descritas en ningún ordenador, ni haberle dicho a la primera chica que pasaba que se la iba a follar por el culo mientras su compañero le chupaba los zapatos.

Pero hay que ser justos con 13,99€ y darle al César lo que le es propio. La novela cuenta la historia de un creativo de una de las mayores agencias publicitarias de Francia. Se ha granjeado una inmensa fama con sus campañas y su sueldo y ritmo de vida así lo atestiguan. Sin embargo está harto. Ha decidido dejarlo pero se siente incapaz de escribir su carta de despido. Sabe que si es él quien se va perderá la segura indemnización que recibiría si le despiden. Por tanto, se dispone a escribir una novela contando absolutamente todo lo que ocurre en este mundo publicitario. Si esta breve sinopsis pudiera ser interesante aún lo es más cuando nos enteramos de que ésta y no otra es la historia real del libro, que Frédéric Beigbeder es ese harto publicista que decide que quiere ser despedido y que el libro que va a escribir no es otro que 13,99€.

De manera que, animado por Michel Houllebecq, escribe un libro donde nos sitúa en el centro de una campaña para una conocida marca de postres –no tardaremos en adivinar que se trata de Danone- y nos contará la triste historia de la manipulación del público a través de las imágenes, los sonidos y todos los frentes posibles. “No toméis a la gente por tonta, pero nunca olvidéis que lo es”, se dice en un momento. Junto a la campaña, la primera parte del libro se disfruta por ser un alegato contra el consumismo, contra la estirpe de ejecutivos que se creen más importantes que el mundo en el que viven y, en general, contra la sociedad de consumo. Para quien conozca, como me ocurría a mí, algún aspecto de la vida interior publicitaria el libro le servirá para terminar de reconocer las mentalidades del mundillo. Para quien no conozca nada de esto, bienvenido al mundo de la publicidad. Beigbeder exagera, pero lo hace anclado en la realidad con lo que las hipérboles que desglosa no son menos sorprendentes que las crudas acciones que critica. ¿Será verdad que Nestlé tiene registrado el término “Felicidad” y es por eso que nadie puede utilizarlo en un anuncio? ¿Registró PEPSI –Pesicola para los abuelos y abuelas- el color azul?

La segunda parte del libro es un churro que hace que el que suscribe les recomiende la compra en bolsillo en lugar de en formato normal. No se puede hacer lo que se quiera con un personaje, y a Beigbeder le da por llevárselo a situaciones absolutamente ridículas incluso para el relato y provoca que de un buen libro sobre la publicidad se convierta en uno de tantos sobre los personajes del Nuevo Milenio. En definitiva, si omitimos la manera de contarlo –recuerden la literatura violenta- y la segunda parte del libro –totalmente suprimible- nos encontramos con un libro interesante no apta para seres cuya pertenencia al régimen de explotación laboral esté aún en flor de piel. Yo, desde luego, no he vuelto a mirar un anuncio de yogurt con los mismos ojos.