viernes, junio 22, 2007

Una mujer en Berlín, Anónima

Hasta ahora, la serie de literatura antibelicista estaba comprendida por novelas. Relatos ficticios sobre situaciones hipotéticas que, en mayor o menor medida, podrían haberse dado en la realidad pero que en ningún caso tuvieron nada que ver con ella. Con Mujer en Berlín nos salimos de esta tendencia para pasar a observar el relato de una alemana durante los días de la toma soviética de Berlín. No pretendemos revisar diarios o relatos verídicos de guerra durante esta serie –la lista entonces se nos mostraría interminable- pero si en este caso hacemos una excepción es por la novelización que su autora hace de la entrada rusa y, sobretodo, porque es digno de mencionar un libro como este, que habla del fin de la guerra y del comienzo de lo peor, más allá de donde los libros de Historia se quedan, acertando a descubrirnos que cuando los grandes acontecimientos terminan es el momento en el que ocurren las cosas que importan. (leer más)

Una mujer en Berlín, Anónima

Hasta ahora, la serie de literatura antibelicista estaba comprendida por novelas. Relatos ficticios sobre situaciones hipotéticas que, en mayor o menor medida, podrían haberse dado en la realidad pero que en ningún caso tuvieron nada que ver con ella. Con Una mujer en Berlín nos salimos de esta tendencia para pasar a observar el relato de una alemana durante los días de la toma soviética de Berlín. No pretendemos revisar diarios o relatos verídicos de guerra durante esta serie –la lista entonces se nos mostraría interminable- pero si en este caso hacemos una excepción es por la novelización que su autora hace de la entrada rusa y, sobretodo, porque es digno de mencionar un libro como este, que habla del fin de la guerra y del comienzo de lo peor, más allá de donde los libros de Historia se quedan, acertando a descubrirnos que cuando los grandes acontecimientos terminan es el momento en el que ocurren las cosas que importan.

Una mujer en Berlín es un relato anónimo escrito por una periodista alemana que vive en Berlín el fin de la II Guerra Mundial. Hans Magnus Enzensberger, autor de la brillantísima biografía de Durruti, El corto verano de la Anarquía, y del divertidísimo y didáctico El diablo de los números- fue su editor en la más reciente versión alemana del libro. En el prólogo que escribe ya explica por qué un texto tan revelador como este fue olvidado por la memoria alemana y por qué tuvieron que pasar tantos años hasta que pudiera ser reeditado. La autora, explica Enzensberger, era una periodista berlinesa que anotó en un cuaderno, en servilletas y en cualquier trozo de papel, todo lo que le estaba ocurriendo en esos momentos de 1945. El cuaderno resultó más terapéutico de lo que cabría esperar y gracias a él la autora consiguió superar la difícil vida que se vio obligada a llevar. Una primera edición fue publicada en Alemania a principios de los 50, pero absolutamente nadie le hizo el menor caso. Enzensberger señala como causa de esto la falta de madurez de la sociedad alemana en aquellos momentos. Sin embargo sí fue editado en inglés tanto en el Reino Unido como en los EEUU y fue en esa versión como llegó a las manos del editor alemán. La nueva edición alemana –con nombres ficticios- tuvo que esperar a que la autora muriera para poder ser publicada por expreso deseo de ella. Hoy es Anagrama la que nos presenta una edición española, si bien en su colección panorama de narrativas en precio del libro es inadmisible, la colección de bolsillo Quinteto lo rescata a un precio autorizado para todos los públicos y en una edición que hasta se deja llevar sin vergüenza.

Los motivos por los que la autora no firmó con su nombre son obvios nada más comenzar el relato, pero lejos de ser un escollo para el lector es una ayuda, pues si la autora es anónima puede ser cualquier mujer, y el relato entonces se convierte en un relato de todas las mujeres de Berlín o de Alemania, de todas las mujeres capaces de sobrevivir a una Guerra que los hombres han perdido.

Comienza el diario con el relato de los últimos días de asedio aéreo sobre Berlín. La confusión es obvia, todo el mundo tiene una teoría sobre el estado de los combates y se lo comentan unos a otros en cada refugio antiaéreo. Descubriremos los diferentes microcosmos existentes entre uno u otro refugio y, más concretamente, descubriremos personajes realmente patéticos, derrotados pero empecinados en la inminente victoria. Poco a poco, según la derrota se hace más patente, la sociedad del refugio irá volviéndose más anti-Hitler. Los comentarios no serán alardeantes, nadie criticará con dureza al Fuhrer, todo lo contrario. La ironía y el comentario de doble sentido, mucho más alemán, donde va a parar, pero también mucho más conservador, como pensando en que no convenía criticar abiertamente, será el tono de queja empleado por los residentes. La sociedad alemana se ha atomizado. No se vive con el concepto amplio de Nación, tal y como pretendía el nazismo, sino que en la oscuridad del refugio la comunidad de seres más amplia es el Edificio. Uno puede salir y trasladarse a otro piso del Edificio, perteneciendo por tanto a otra sociedad, pero desde luego notará la ausencia de algo, la carencia de conexión grupal hasta que, poco a poco, la vaya recuperando.

Pero todo esto cambia con la llegada de las tropas soviéticas a la capital alemana. La suposición de que muchos serán los hombres señalados a justificar su participación o no participación en la guerra contrasta con la certeza de que más serán las mujeres violadas, vejadas y utilizadas como botín de guerra. La palabra violación sale en el texto tantas veces –o más- como la palabra rusos y eso da una sensación muy real del sentimiento que por entonces conllevaba ser mujer en el Berlín de 1945.

Además de ser escritora y mujer, la autora tiene otra cualidad que nos ayudará a conocer mejor los sucesos del momento. Al ser hija de casa adinerada, ha podido viajar por Europa antes del comienzo de la guerra y como fruto de ello aprendió ruso hasta un nivel más que aceptable, nos puede comunicar con el bando vencedor –en aquellos momentos más vencedor si cabe. El relato del frente de los soldados soviéticos llegará a nuestros oídos a través de su ruso y podremos concluir que lo que hoy nos cuenta nuestra amiga alemana no es más que el famoso ojo por ojo y que los alemanes no se comportaron mejor cuando tomaron tierras extranjeras. En la guerra todos pierden, pero unos sólo se mueren mientras otras son violadas.

Pero el mal de muchos no crea mentes inocentes y así, poco a poco, iremos comprendiendo la necesidad de adaptación de la autora al nuevo contexto. La valentía de saberse en una situación privilegiada en el momento que vive por ser una mujer joven y conocedora del ruso hace que se decida a escoger a su propio violador particular. Al concluir que la vida que le espera si no lo hace es la de la violación colectiva, la autora buscará la manera de rentabilizar mejor –esto es, alimentos y protección- la vejación a la que ha de ser forzada. Y lo hace de manera que ningún lector pueda verse tentado a juzgarla moralmente.

Y es que el hambre es el tercer protagonista de este relato de derrotados auténticos. La carestía de comida hace que los cardos salvajes sean el alimento nuestro de cada día y tan sólo la necesidad de encontrarse a una mujer que no sea sólo “un saco de huesos” provoca en los soldados rusos la obligación de dar de comer a sus víctimas. La protagonista, como decíamos, sabrá administrarlo muy bien. No tanto sus otros compañeros de piso –para entonces la sociedad-edificio ha pasado a ser sociedad-apartamento- quienes lejos de aportar nada, se limitan a disfrutar de los privilegios que la violación de ella traduce en alimentos.

En términos generales, así se muestra este diario. No se le puede decir más sin desvelar la trama salvo señalar algunos detalles que desgranan la mentalidad militar tales como el adolescente de 16 años autoforzado a violar para demostrar a sus compañeros que él también es un hombre y no un niño. La sutileza a la hora de proponer la violación, casi como si de un cortejo se tratase -¡cómo si hubiera posibilidad de negarse!- y, sin duda, el pillaje, demostrando una vez más la razón por la que se hacen las guerras: para obtener cosas que sabes que no son tuyas.

Una transversal de este libro es el pensamiento alemán. Uno puede distinguir, sin miedo a caer en los tópicos de cabezas cuadradas o del imperio de la ley sobre cualquier cosa que los mitos, en el caso de que hablemos de los alemanes, a veces pueden ser ciertos. O al menos que nuestra autora también fue presa de esos mitos, los reconstruyó, los levantó y ahora es ella la que se sorprende de su derrumbamiento.

Un libro, sin duda, capaz de hacer ver al lector que los alemanes, incluso durante la Segunda Guerra Mundial, también fueron víctimas del enemigo más grande que jamás tuvieron los pueblos: la continuación de la política por otros medios.

miércoles, junio 20, 2007

Fantasmas Balcanicos (III)

Tras las pesquisas diplomáticas y la decisión de intervenir militarmente, la visión estadounidense del asunto se presumía sencilla, como tantas otras veces. “Llegamos allí con los aviones, bombardeamos los puntos clave, dejamos algún recado a la población local –para que aumente la presión sobre el gobierno serbio- y en 10 o 15 días todo está acabado”. Esto sí que era cirugía y no lo del Cambio Radical.

Sin embargo se equivocaron. El empecinamiento de Milosevic a no darse por rendido obligó a EEUU –OTAN entremedio- a bombardear hasta el punto de que el jefe militar de la operación tuviera que confesar ante las cámaras de que ya no tenían nada más en la lista de objetivos. Los planes se habían hecho para una docena de días bombardeando de manera que, al igual que el borracho en la pista de baile tras soltarle las frases hechas a la presa de turno, se quedó donde estaba, haciendo como que hacía algo. La idea de intervenir por tierra sobre unos terrenos tan complejos como lo son los Balcanes estaba de antemano totalmente descartada –cosa que contribuyó a hablar de la cobardía de occidente frente a los serbios.

La búsqueda de nuevos objetivos bombardeables terminó con la paciencia de los militares. Absolutamente cualquier objetivo era discutido por los representantes políticos de la OTAN, con las filtraciones de costumbre y los reproches habituales. No era manera seria de hacer la guerra. Además, en pleno campo de batalla ­–aéreo- se producían situaciones ridículas como las de aquellos cazas españoles que, tras observar en el radar a dos MIG de fabricación rusa y dar la voz de alarma solicitando permiso para abrir fuego, se dieron cuenta de que los pilotaban miembros de la aviación húngara, miembros de la OTAN desde pocos días antes de comenzar los ataques.


Dispuestas así las cosas, los políticos tuvieron que lidiar con las incompetencias militares varias. Surgió el llamado efecto colateral o, lo que es lo mismo, el bombardeo de camiones atestados de refugiados serbios o kosovares por error. Se bombardeó la embajada china, con todos sus trabajadores muertos y que, obviamente, introdujo el factor China dentro del conflicto diplomático cuando precisamente eran los asiáticos la única potencia que se limitaba a decir “hagan lo que les de la gana que no es problema mío”. Y, por último, se decidió bombardear el edificio de la televisión serbia en Belgrado y mandar un previo aviso para que nadie estuviera allí trabajando. En plan Guerra de Gila.

El bombardeo de la televisión produjo muchos efectos tanto en uno como en otro bando. La OTAN, como decía, avisó para que todo el mundo saliera de allí tratando de mejorar la visión causada con los efectos colaterales. Milosevic decidió forzar la maquina y asegurar a sus trabajadores que nada le ocurriría al edificio, que en todo caso las baterías antiaéreas les salvarían. La OTAN bombardeó, Milosevic no desalojó y el resultado fueron varios trabajadores muertos y el edificio de la televisión como símbolo de todo aquél que se oponía a la guerra.

La OTAN aprendió que, si en una guerra –como cabe suponer- no se cuenta con el respaldo unánime de las sociedades, matar periodistas del bando contrario contribuye a que los periodistas de tu bando se mosqueen bastante. Milosevic, por su parte, que utilizar escudos humanos contribuye a perder el mucho o poco apoyo de tu población. Más tarde, cuando la televisión serbia siguiera emitiendo a pesar de haber sido bombardeada, muchos preguntarían a la OTAN por la necesidad estratégica del ataque. La callada por respuesta.

El affaire televisivo contribuyó además a que los medios occidentales se hicieran eco de la tremenda oposición que los serbios hacían a Milosevic. El régimen de éste se vendía como una nación yugoslava tremendamente unida. Por entonces aún existía el ente llamado Yugoslavia y estaba formado por las Repúblicas de Serbia –incluida la región de Kosovo- y Montenegro. Sólo ésta última era capaz de inhibirse de la política de autodestrucción de Milosevic y, por lo tanto, se salvó de ser bombardeada. Los serbios y las serbias tenían entre ceja y ceja a un Milosevic endiosado, que se pensaba capaz de superar cualquier eventualidad que le saliera al paso en su política internacional y que tenía dominada la política nacional mediante un discurso enteramente nacionalista, alegando que Serbia había sido vilipendiada por todas las naciones europeas durante las Guerras en Bosnia y que ahora era privada de su capacidad de decisión sobre un asunto interno: la serbialidad de Kosovo.

Los serbios ajenos a la política, es decir la inmensa mayoría, sólo interpretaban una cosa. Milosevic les había llevado de ser el país más próspero del Este de Europa, con becas universitarias que cubrían desde los estudios hasta la vivienda, con transportes públicos eficaces, poder adquisitivo y unas cooperativas de trabajadores que realmente conseguían sacar beneficios espectaculares que se revertían en la propia ciudadanía a ser el agujero negro, el desagüe de Europa. Ellos querían quitárselo de encima, limpiarse de políticos como los que tenían que prestaban su apoyo incondicional a la política nacionalista y en lugar de recibir ayuda de los países occidentales, les bombardeaban en nombre de los Derechos Humanos.

Como era inevitable la resolución del conflicto no vino por la vía militar, sino por la diplomática. Rusia, durante todo el conflicto, se mantuvo alejada de mostrar intención de ayudar en la defensa de su hermano eslavo –paneslavismo, decían entonces- y sólo hacía declaraciones condenando las acciones de la OTAN. A su vez buscaba soluciones diplomáticas que le permitieran salvar el honor de Gran Potencia perdido. EEUU había bombardeado a pesar de su oposición y el final de la contienda debía incluir un papel de protagonista principal de Rusia.

Sin embargo, como en esas películas malas donde se da más papel del debido a actores que deberían estar ya jubilados, EEUU aceptó de buen grado que Rusia jugara al juego de Gran Potencia. Necesitados los americanos de una salida airosa, pensó que la UE podría hacerse cargo de una fuerza militar de interposición -la KFOR- y al tiempo de la organización de un gobierno civil autónomo de Kosovo –compuesto por representantes kosovares, representantes de la minoría serbia de Kosovo y consejeros de la UE.

Había que escenificarlo todo y para eso todos tenían que ganar, como en una noche electoral cualquiera. EEUU, y la OTAN, se declaró victoriosa del conflicto por haber conseguido el establecimiento de un cuerpo militar y de un gobierno autónomo en Kosovo. Rusia, por su parte, fue la encargada de intervenir por tierra, de ocupar la capital de Kosovo, Prístina, y representar una farsa de defensa del hermano eslavo. Milosevic seguía en el poder –ya veremos que no por mucho tiempo-, había conseguido aguantar los bombardeos, logrado que Rusia se movilizara en su ayuda y, en lugar de declarar a Kosovo como República Independiente, el conflicto había impuesto una fuerza europea de interposición y dejaba los aspectos constituyentes de la región como algo a negociar políticamente en el futuro. Además, como no había habido declaración de Guerra alguna, pues no había acuerdos de Paz ni restituciones y todo se dejaba al buen hacer del gobierno autónomo de Kosovo y sus peleas internas.

miércoles, junio 13, 2007

Anecdotario histórico

Corrían los años de la Dictadura. Ese gobierno desequilibrado donde unos mandaban mucho y otros menos. Y había televisión. Ese aparato puesto en cada casa era utilizado para entretener a la familia al completo, con unos horarios bien definidos, una programación suave donde las polémicas apenas existían –mención especial para la Moviola- y donde las películas de la Semana Santa habían de ser a la fuerza relacionadas con el martirio de Cristo para gozo de aquellos quienes mandaban. Y no podemos olvidar, por supuesto, a Don Juan.

Como todo –o casi todo- lo que venía desde el extranjero era sospechosamente sospechoso de ser insurrecto y de soliviantar a las masas, la producción propia de RTVE se dedicó a crear, eso que ahora todas las televisiones están obligadas –aunque protesten mientras lo hacen y aunque luego lo rentabilicen hasta en la sopa cuando se les nomina a algo.

Para rodar exteriores, un equipo tuvo que salir hacia la Casa de Campo de Madrid, por entonces bien aislada del resto de la capital. No como ahora, por supuesto. Preparado todo el set de grabación. Todos los focos. Todas las cámaras. Los camerinos. Los actores. Los tramoyistas, que los había. Todo, en fin. Y ahí surgió él, presto a curiosear las cosillas éstas de los artistas. A ver cómo se crea la magia de la televisión. Fue entonces cuando le surgió la duda y, acercándose al productor de todo el tinglao, habló:

“Y… dígame, ¿dónde está el enchufe para todo esto?”

Adolfo Suárez González

Director General de RTVE y Presidente de Gobierno de Libre Configuración

martes, junio 05, 2007

Las aventuras de Wesley Jackson, de William Saroyan

No cabe duda de que aquello de lo que yo mismo hablaba en otro lugar ocurrió aquella noche. En las efemérides, complicado era encontrar algo que gustara al agasajado, pero la troupe de siempre decidió arriesgar y acertaron antes de que nadie les hablara de la intención de llevar a cabo esta serie antibelicista. Por tanto, al abrir la clásica bolsa de plástico me topé con éste libro y decidí, sin lugar a dudas, que debía de dejar de relacionarme con esta gente. Que te conozcan las intenciones antes de que tú mismo te hayas decidido es realmente el punto en el que has de romper las relaciones, retirar a tu embajador y llamarlo a consultas. Afortunadamente ya de pequeño dejé de hacer lo que debía para hacer lo que me plazca. Por eso sigo ideando formas de compartir momentos y luchas con ellos y por eso les hablo hoy a Uds., lectores del [guiño, guiño], de Las Aventuras de Wesley Jackson, de William Saroyan.

Iniciada por encargo del Gobierno de los EEUU con la intención de reflejar la vida típica de un soldado cualquiera destacado en la Segunda Guerra Mundial, este nuevo ejemplo de literatura antibelicista fue rechazado a la hora de la entrega por motivos obvios. Lo que Saroyan no podía resistir cuando le ofrecieron de hablar de un soldado era expresar lo que de terrible tenía la guerra en general, incluso ésa misma que iba a salvar los cimientos de la civilización y que, hoy señalan algunos, había que ganar. [Leer completo]

Las aventuras de Wesley Jackson, de William Saroyan

No cabe duda de que aquello de lo que yo mismo hablaba en otro lugar ocurrió aquella noche. En las efemérides, complicado era encontrar algo que gustara al agasajado, pero la troupe de siempre decidió arriesgar y acertaron antes de que nadie les hablara de la intención de llevar a cabo esta serie antibelicista. Por tanto, al abrir la clásica bolsa de plástico me topé con éste libro y decidí, sin lugar a dudas, que debía de dejar de relacionarme con esta gente. Que te conozcan las intenciones antes de que tú mismo te hayas decidido es realmente el punto en el que has de romper las relaciones, retirar a tu embajador y llamarlo a consultas. Afortunadamente ya de pequeño dejé de hacer lo que debía para hacer lo que me plazca. Por eso sigo ideando formas de compartir momentos y luchas con ellos y por eso les hablo hoy a Uds., lectores del [guiño, guiño], de Las Aventuras de Wesley Jackson, de William Saroyan.

Iniciada por encargo del Gobierno de los EEUU con la intención de reflejar la vida típica de un soldado cualquiera destacado en la Segunda Guerra Mundial, este nuevo ejemplo de literatura antibelicista fue rechazado a la hora de la entrega por motivos obvios. Lo que Saroyan no podía resistir cuando le ofrecieron de hablar de un soldado era expresar lo que de terrible tenía la guerra en general, incluso ésa misma que iba a salvar los cimientos de la civilización y que, hoy señalan algunos, había que ganar.

De nuevo nos volvemos a encontrar con la figura de un soldado como protagonista, y serán sus ojos a través de los cuales podamos descifrar qué sentido tiene todo aquello que está viviendo en la contienda bélica. Jackson será nuestro infiltrado en el ejército estadounidense. Él cuenta sus vivencias en el ejército en tiempo pasado, luego por lo tanto no puede estar muerto. Para que la visión de todo fuera aún más catastrófica, Saroyan dotó a Jackson de dos elementos fundamentales: la extrema juventud para un soldado –apenas 19 años cuando ingresa- y la convicción de que él mismo es tonto, de que no vale nada. Con un personaje así, Saroyan nos asegura inocencia en cada pasaje y falta de autoestima. El ejército no le hará madurar ni le hará fortalecerse. Tampoco la guerra. Será precisamente la contraposición a estas dos cosas y la presencia de diferentes compañeros de litera lo que acompañará al soldado en el camino de la madurez, de la formación de una opinión ante los acontecimientos que parecen dominar su mundo y le dotará de la necesidad por poseer un proyecto de vida, fuera cual fuera, ante el proyecto de muerte que le han preparado otros a él.

Los paralelismos entre ésta y las novelas de Schweijk y Chonkin pueden parecer obvios. Sin embargo Saroyan se diferencia de los otros dos autores europeos en que trata de expresar el dramatismo inherente a cada instante del ejercicio militar. Ya sea en primera línea de batalla, en la retaguardia del frente o en el puesto más alejado e impensable de la defensa de la nación. Una cosa sí es común a las tres novelas: los oficiales –es decir, los que mandan, los que necesitan al ejército para mantenerse a sí mismos- son imbéciles, cobardes, ruines y todo lo demás que se supone que no es un militar. Ahí radica especialmente el antibelicismo de esta novela, en la humanidad que respiran los soldados rasos, incluso algunos sargentos, frente a la vileza de los oficiales.

Asegurados los bandos, de un lado las personas, del otro los militares, podremos disfrutar de esta novela si estamos preparados para lo peor. La tristeza abunda en ella, el humor dulce y tierno de los momentos difíciles no cubrirá el dramatismo de cada instante. Saroyan sabe que la guerra es triste, que es el más bajo momento de la vivencia humana, y de ahí que el libro esté lleno de surcos de tristeza y dolor por no poder alcanzar la vida feliz que todo hombre –y mujer- merece. La guerra afea todos los momentos, por muy dulces que éstos pudieran parecer, y termina por afectar a cada fibra del ser que es el soldado Jackson.

Tanto en terreno estadounidense como en el continente europeo, nuestro protagonista irá encontrando gente de amable carácter, implicados en una guerra que no es suya y que desean pasar por ella de la manera más digna. A todos les ha pillado la guerra por medio, sin que ellos lo pidieran. Los dirigentes han decidido que tiene que haber guerra y por tanto hay guerra. Y son todas estas personas las que pagan el pato.

Un detalle que no oculta Saroyan durante toda la novela es la falta de disciplina de los acuartelados. Desde siempre que se piensa en soldados, en guerra, en militares, le vienen a uno a la mente las obligaciones del fin del individualismo, de la integración en una masa uniforme de individuos que, gracias al pegamento de la disciplina, llegan a actuar como uno solo. Pues no, dice Saroyan. Aquí todo el mundo hace lo que le da la gana… si tiene dinero para ello.

He dicho antes que la novela destila un ambiente triste y tierno, pero también podríamos verlo por otro lado. La novela es alegre porque muestra que todo el mundo es bueno –al estilo de Camus, claro. Todas las personas tienen algo de bueno y la guerra es una situación como otra cualquiera para poder dar a conocer esa cara. Jackson, nuestro protagonista, sabe sacar lo humano de un conflicto militar y labrarse una vida cuando para él estaba programada la muerte. Resulta que al final no es tan tonto como parecía.

Una buena novela, independientemente del carácter antibélico que tenga –algunos dicen ya por ahí que si no es sobre soldados, el libro no me interesa. Sin duda una apuesta sobre seguro de aquellos que optaron por éste y no otro agasajo. Habrá que seguir leyendo a Saroyan a ver si aguanta nuestro ritmo. Por cierto que la edición de Acantilado, como siempre, más que un sobresaliente. Lástima de lo abusivo del precio, pero como esta vez no me tocó pagar a mí...