martes, mayo 01, 2018

Mandar el trabajo a hacer puñetas


Todas y todos hemos fantaseado con eso alguna vez. Levantarte de la mesa, ir al despacho de tu jefe, y decirle que no vuelves más. Pero no tantas personas han continuado con la fantasía. Más allá del portazo, ¿qué hay? Lo habitual, sería una vuelta a la improductiva tarea de la búsqueda de empleo. Las facturas aprietan, y el trabajo es la única manera de mantenernos a salvo de esa marea que crece sin parar y que se llama pobreza. No money, no lfe, y no work, no money. Eso parece ser, en última instancia, lo que nos mantiene atados a nuestras sillas día tras día. El sociólogo David Frayne se empeñó en buscar a aquellas personas que no sólo habían se habían levantado para ir al despacho del jefe, sino que se habían marchado dando un portazo y habían decidido que no volverían a trabajar nunca más. Nunca más.

Una ética para dominarlas a todas

El rechazo al trabajo tiene la evidente connotación de rechazar la entrada de una cantidad de dinero, más o menos constante, con la que sobrevivir y mantenerse a sí mismo y a la familia. La primera consecuencia de este rechazo, entonces, parece ser material. Pero nada más lejos de la realidad.
Cuando Frayne se entrevistaba con todas aquellas personas que, de una forma u otra, lograban rehuir del trabajo, encontró que un rasgo común a todas ellas era su necesidad de justificación delante de la persona con quien estaba hablando, y no tanto su necesidad material. En cierto sentido, se sentían proscritos, necesitados de una justificación social y moral que acogiera su nuevo estilo de vida. Incluso, había quienes mentían en determinados contextos para no enfrentarse a la pregunta de por qué no trabajaba. Y, sin embargo, todas las personas estaban absolutamente contentas y convencidas de su decisión de no trabajar.