viernes, abril 30, 2010

Si Tony Soprano fuera español, sería taxista

Cuando te despertaste esta mañana
todo el amor se había ido,
tu papá nunca te dijo nada
sobre el bien y el mal.

Del tema principal de Los Soprano

Viajar en avión tiene sus problemas. Muchos problemas. Kurt Vonnegut decía que el día que a un terrorista se le ocurriera crear unos pantalones explosivos, los viajeros aéreos estaríamos jodidos. Pero este situacionista ha descubierto que lo peor de volar no se acaba cuando has aterrizado. Ni siquiera cuando te dicen que han perdido la maleta. Lo peor de viajar en avión es el tener que salir del aeropuerto.

- Pero… -dice la niña de la primera fila, con su delantal blanco impoluto y el pelo tan rubio que da rabia- ¿salir de un aeropuerto no es lo mismo que entrar?

Pues no, listilla, no. Entrar en un aeropuerto es una tarea fascinantemente sencilla para quien se organiza bien el tiempo, que es la mayoría de la gente. Para los que vivimos sin reloj ya es otro cantar, y uno se encuentra casi siempre en la parada de metro correspondiente echando cálculos sobre cuánto dinero lleva en el bolsillo y cuánto le puede costar el taxi.

Quienes se organizan mínimamente bien consiguen llegar al aeropuerto en transporte público. Esto es, tren autobús o metro: el transporte público de verdad. La planificación lleva a pensar que, saliendo con tiempo suficiente, uno puede llegar al mostrador de facturación con relativa facilidad. Además, como el viaje aún no se ha iniciado, las fuerzas y la energía suelen estar completas y las ganas y la paciencia intactas. De ahí el atrevimiento de llegar a esos contenedores de tiendas de diseño y fantasía con ejércitos privados en que se han convertido hoy los aeropuertos.

Pero a la vuelta estamos cabreados. Se ha acabado el viaje, toca retornar a la rutina del día a día y, además, o nos han perdido la maleta o aún peor, nos toca cargar con el maldito regalo del primo del tercero al que le caemos tan bien –aunque no sabemos por qué- y que siempre nos trae aquellos ceniceros tan horrorosos de sus viajes por la ruta de la cerámica. El caso es que lo que queremos es llegar a nuestra casa y punto. Y hacer ese trance lo menos doloroso posible. Es en este momento cuando cometemos el error de decidir que nos volvemos en taxi a casa.

Pillar un taxi en un aeropuerto es realmente lamentable. Digo, si es un aeropuerto español. Porque aquí los taxistas actúan como gremio, no tienen personalidad individual, sino responsabilidad corporativa. Por eso les importa un pimiento cómo te traten, lo que les interesa es ver si pueden hacer la carrera lo más rápidamente posible para enganchar a algún otro bobo de vuelta vacacional.

- ¿No está siendo Ud. algo desproporcionado en su crítica hacia un colectivo con bastante mala fama y desagradecimiento social? – vuelve a la carga la niña de ricitos dorados.

No, y además me importa un pimiento. En mi último viaje he estado en Berlín. Para coger el avión de regreso sólo tenía la opción de ir al aeropuerto de Tegel en taxi. Es un aeropuerto viejo y mal comunicado con la ciudad, aunque no está lejos. Solicité a la recepción de mi hotel un taxi que no tardó más de 5 minutos en venir. El taxista, con una dulce voz y simpática sonrisa, me dijo en un perfecto inglés que esperaba no haber tardado mucho. Salió raudo a buscarme los bultos, los guardó en el maletero. Durante el trayecto, el cual hizo sin prisa, sin dar bandazos, hablando suavemente y haciendo un par de veces la intención de dar conversación, preguntó varias veces si el hábitat del vehículo estaba en orden. En definitiva, fue amable hasta la extenuación. Media hora de dar vueltas por Berlín me salió a 18€, sin recargo alguno por las maletas.

Al bajarme del avión, en Barcelona, también me decidí por el taxi. En Barcelona, además, no hay metro con lo que las opciones si llegas a la nueva Terminal son o bien el taxi, o bien autobuses infinitos o bien autobús hasta la Terminal antigua y después tren hasta la ciudad. Como verán, no se puede elegir mucho si uno llega con algo de prisa y además de noche.

El juego de los taxistas está controlado por dos señores vestidos de chaleco reflectante con pinta de no cobrar más de 500€ al mes, lo pobres. Pero seguro que es un trabajo de jóvenes lleno de posibilidades de ascenso y de alta probabilidad de atropello. Dando voces y tocando un silbato colocan a los pasajeros como ganado, chillando a los taxistas, peleándose con ellos y buscando gresca. Los taxistas no defraudan y les dan toda la gresca del mundo. Esto ya hace que te sientes en el taxi más acelerado que si llevases un cohete en el culo. Y además, tenso, tensísimo, porque el taxista no te quería llevar a ti –según has oído en sus gritos- sino que llevaba una hora esperando en el aeropuerto para ver si podía llevar a un grupo extranjero, que son más y van más cargados. El viaje se suele hacer a toda prisa, con giros en los que uno comprende para qué está esa asidera de plástico encima de la ventana. El taxi huele mal y además, al menos en Barcelona, el taxista no sabe y no entiende más que el castellano. Lo que viviendo en una ciudad con dos lenguas tiene delito. ¿El coste total de este “delicioso” trayecto? 28€. ¡Diez más que en Berlín!

¿Cómo es posible que en una ciudad donde el nivel de vida es más bajo, el servicio prestado de peor calidad y las autopistas grandes y vacías salga mucho más caro montar en taxi? Pues porque aquí en España hemos consentido que los taxistas actúen como grupo de presión sin controlar. Cobran por las maletas, por el tiempo transcurrido entre que les llamas por teléfono y el que llegan a tu casa, por nocturnidad, por alevosía, por cualquier cosa inimaginable. Además, en Barcelona la norma permite al taxi que sale del aeropuerto cobrar 20€ como mínimo por el trayecto, sea el que sea. Si uno vive cerca del aeropuerto: 20€. Si quiere cambiar de terminal urgentemente: 20€. Si desea que le acerquen a la ciudad: 20€. La razón de que se implantara esta norma fue que al parecer los taxistas se quejaban del tiempo de espera en el aeropuerto. Era mucho el tiempo que pasaban esperando recoger a algún primo -por no decir imbécil- para que luego el que les tocara quisiera ir a la otra terminal o, maldito sea, a un pueblo cercano al aeropuerto. Alguien debía compensarles, y ese alguien somos los usuarios. Por tanto, a cada taxista que le de por perder una hora o dos en el aeropuerto, sin trabajar y con el coche parado, le corresponde un peaje de 20€ como mínimo.

Actuando como una mafia, encarcelando a los usuarios en sus coches, de mal genio y pensando en el céntimo a rapiñar y no en el servicio prestado, este colectivo de autónomos y trabajadores se ha constituido en toda una mafia legal en este país. Cuando no se cumplen sus exigencias, colapsan el centro de la ciudad con sus coches. Cuando quieren cobrar más, imponen al resto las condiciones de un servicio que, como todos, al ser público debería llevar una cota de calidad más alta de la ofrecida.

A ver si ponen el metro hasta la nueva terminal de una puñetera vez y no vuelvo a ver a un taxista de cerca en mucho tiempo.





viernes, abril 23, 2010

Una visita del fantasma del futuro

Imaginen un Sant Jordi del futuro. Cientos y cientos de personas se amontonan en las ramblas, rosa y lector digital en las manos, para, a través del bluetooth o alguna otra gilipollez moderna, descargarse libros unos a otros.

Como antes, la literatura de masas se impone. Ruiz Ramplón para los conformistas. Truño Fuentes para los intelectuales. María Javieres para los elitistas con frenillo que de pequeños no salían a jugar a la calle. Cazamagos para los progres. Saltos-de-Matas para los mataliteratos. Ratón-Reverte para los que leen por sus cojones o son murcianos, como él. Y Juan Manuel de Prada para los estreñidos. A Lucía Etxebarría nadie la hace caso y se ha marchado con Pilar Rahola a buscar a alguien que las aguante a las dos juntas.

En esencia, la fiesta no habría cambiado. Sin embargo habría algo que echaríamos de menos ¿verdad?

Feliz Día del Libro 2010.