martes, marzo 30, 2010

Gran bola de papel de plata

Desde siempre, los edificios han servido como pretensión de los poderosos para modificar la actitud de las masas. Las iglesias fueron pensadas arquitectónicamente como un símbolo que, al tiempo que sirve de lugar de reuniones, termina por incrustar al individuo en una sociedad identitaria. Así, la mayoria de ellas están orientadas hacia Jerusalén y su forma clásica es la de Cristo en la cruz. Es una experiencia individual que termina por convertirse en grupal a través del espacio.

Lo que ya no tiene tanta historia es la necesidad del hombre económicamente poderoso de asegurarse un estatus social a través de la arquitectura. El siglo XX fue el siglo de las construcciones megalomaníacas encaminadas a encumbrar a hombres de éxito político, económico o social. Fue el siglo del espectáculo tal y como hoy lo conocemos y por tanto creó una nueva especie de líder social al que reverenciar: el arquitecto.

En todas las sociedades, en cada década del siglo XX, encontramos la figura del hombre imbuído de poder a través de su capacidad de crear arte con formas constructivas. La arquitectura al servicio de fines espectaculares. Y si alguno de los arquitectos modernos entendió esta relación fue, sin duda, Frank Gehry. Nacido con el nombre de Ephraim Goldberg, este candiense supo establecer sus edificaciones no sólo como artefactos que creaban categoría social y que permitían el reconocimiento del dueño, sino que relacionó edificios con desarrollo local. Y aquí fue cuando se abrió la caja de los truenos.

Bilbao era una ciudad post-industrial. Estaba sumida en la depresión del cambio de modelo de industria, cansada de la fama de fea que siempre había tenido en su entorno, con un aeropuerto al que apenas llegaban dos vuelos internacionales al día y con el estigma de territorio terrorista que cierta prensa le había impuesto. En semejantes circunstancias surgió una idea, un proyecto, al otro lado del charco que cambiaría para siempre la fisionomía de la ciudad.

En Nueva York, el director de Guggenheim, Thomas Krens, había ideado un modelo de negocio artístico con el que pensaba conquistar el mundo de las finanzas. Tomando como ejemplo el modelo franquicias de McDonald's, Krens se dedicó a instalar museos con su marca en diversas partes del globo. Dichos museos, gestionados localmente, permitirían una distribución más fácil y barata de las exposiciones que tenían lugar en Nueva York, reduciendo costes al tiempo que generaban ingresos para la central. Además, permitirían la ampliación de los fondos propios al aumentar los contactos para la recaudación de dólares con los que comprar las obras. ¡La panacea, la panacea! Lo importante para Krens era que estos museos tuvieran una seña de identidad, algo que los haría característicos e inconfundibles, y para esto escogió la arquitectura y los edificios de Frank Gehry.

Tras instalar museos por Las Vegas, medio Estados Unidos e incluso planificar una construcción medio inundable en Río de Janeiro, llegó un grupo desde España que se instaló en su oficina y le pusieron sobre la mesa 20 millones de dólares del dinero público para construir uno en una ciudad industrial. El Ayuntamiento bilbaíno había decidido vender su ciudad al exterior para quitarse sanbenitos de encima. El Gobierno Vasco, del mismo color político, le siguió y puso el dinero a cambio de que la municipalidad pusiera el plan urbanístico.

Junto a la recién recuperada ría, se instaló el museo con forma de papel de aluminio tras acabar con el bocadillo de chorizo que envolvía y se coronó con un adorno floral en forma de mascota, diseñado por Jeff Koons, confirmando al conjunto como la caseta de perro más grande y cara de la Historia. Para acompañar, el proyecto Ría 2000 del Ayuntamiento de Bilbao incluía un puente de Calatrava, o el rediseño realizado por Daniel Buren para incorporar el cercano puente de La Salve al edificio de Gehry.

La transformación que sufrió la ciudad provocó que innumerables compañías de la industria del turismo y el ocio se interesaran por ella. Sheraton instaló un hotel de cinco estrellas a la orilla de la ría, justo al lado del Palacio Euskalduna, otra obra pública de diseño dedicada a los congresos. British Airways estableció una ruta directa entre Londres y Bilbao para catapultar a los cientos de miles de visitantes que se esperaban. Bilbao había pasado de ser una ciudad abatida por la industria a un lugar donde cualquier matrimonio norteamericano de paseo por Europa quisiera parar un fin de semana.

Pero poco a poco las perspectivas se fueron desinflando. Como en todos los museos deslocalizados y franquiciados de Krens, el tirón de la ciudad resultó mínimo y la frecuencia de turistas a la capital vizcaina cayó hasta el punto de que British Airways retiró su vuelo directo y el mismo Sheraton está pensando en vender el hotel ante las pérdidas del proyecto. Krens fue despedido por los benefactores de la fundación. El Museo recibe exposiciones de la marca Guggenheim, pero se ancló como un producto local que no justifica un desplazamiento por sí solo y el Ayuntamiento, lejos de pensar que el camino tomado no fue del todo bueno, sigue planificando proyectos con grandes arquitectos del mundo del espectáculo y pocas perspectivas de éxito.

Bilbao, el modelo Bilbao que todo el mundo había pretendido imitar y a través del que se justifican Juegos Olímpicos, ora de verano ora de invierno, Exposiciones Internacionales o Florales, capitalidades europeas de la cultura, Forums y todos los reconocimientos vacuos del mundo, fracasa en su intención de hacer de la ciudad la casa y el hogar de sus ciudadanos. Creciendo hacia el turista, y no hacia quien la habita, instalando franquicias arquitectónicas sobre las que gira el transporte urbano, consigue ser el equivalente en términos de complejo turístico a esas avenidas comerciales, llenas de Zara, Bershka, Mango, Prada; a esos centros comerciales donde poder cenar lo mismo que millones de personas están cenando a miles de kilómetros al mismo tiempo. Convirtiendo cada vez más la vida de los ciudadanos en un espectáculo de zoo donde nadie quiere ser quien es, sino ser el de la ciudad de enfrente, más atractiva, más guapa y más lista.

viernes, marzo 12, 2010

En el pueblo donde Cristo perdió el mechero

Pocas aficiones hay más simpáticas que salir en comandita en busca de algún restaurante. Hubo veces, cuando la comitiva era de menor número y además sin miembros femeninos, en que la búsqueda quedó suspendida por alguna reserva a hoteles de nombre sueco en donde la comida no era, en absoluto, tipo IKEA. En ese caso, la gracia de andar buscando lugar fue sustituida por el placer de gritar el nombre de cierta población madrileña con la voz suficientemente alta como para que se escuchara por el comensal de dos mesas más allá.

El caso es que aquel día de comienzos del invierno, la comandita de nueva formación, echando de menos al miserable que se expatrió, decidió hacer uso de los vehículos y salir a dar una vuelta por la Sierra Pobre de Madrid. Tras una breve pero intensa parada en Miraflores de la Sierra, allá donde las calles suenan a bodas familiares y las señoras con tienda de comestibles miran mal al que hace uso de todas las muestras gratuitas pero se va sin comprar nada, el comando para la reconstitución de los derechos legítimos de algún conde decidió emprender camino de Patones de Arriba.

Es éste un pueblo sin duda singular, como todos aquellos dignos de nuestras críticas gastronómicas. Para llegar a él se ha meter el coche por una carretera que sale de Torrelaguna, pasar por el pueblo de Patones, o propiamente dicho Patones de Abajo, y continuar por lo que parecería otra carretera pero que en realidad, en fines de semana, es un parquing turístico con velocidad controlada por radar. Dejado el coche en la cuneta, la comitiva se dispone a continuar el camino restante a pie. El pueblo está situado, como dice su apellido, arriba de la montaña. Las cuestas son constantes, lo que hizo que el grupo se autoorganizara para que, en caso de que el tres infartos decidiera progresar a número par en tan singular localización, la arribada al hospital fuera pronta y fructífera para los intereses de la Nación.

Cuenta la leyenda que, durante la invasión francesa de la península, Patones fue el único pueblo no invadido. Se dice que la población asustó al invasor, también que el milenario Rey de Patones -monarquía proviniente de los cristianos escondidos en el pueblo durante la presencia árabe- había logrado un armisticio. Sin embargo la realidad es que ni a árabes ni a franceses se les había ni pasado por la mente tener que ir hasta allá arriba a perder o ganar tal o cual batalla. Ya bajarán, se habían dicho. Y una vez llegados sanos y salvos entendemos por qué. Hoy no hay pueblo. Lo que hay es un puñado de casas de piedra, históricamente reconocidas con valor, que se predisponen a asaltar al individuo turístico, pues todas ellas son fondas, hoteles, restaurantes o tiendas de artesanía típca, de esas que te venden desde la miel del pueblo de al lado hasta la parca peruana. Un Park Aventura especializado en despistados capitalinos que sirve para que las familias con perro de tamaño caballo puedan pasear sin miedo alguno al qué dirán. Nuevamente nos hacimos enemigos por probar ingentes cantidades de muestras gratuitas, aunque esta vez compramos algo.

Pero no vayan a creerse Uds. que nuestra capacidad para enemistarnos había acabado aquí. Nuestra especialidad, ya se lo advertimos ahora, son los restaurantes o locales donde se sirvan viandas. Nos dispusimos a buscar local donde nos alimentaran y hete aquí que allá donde los árabes o franceses no habían llegado lo hicieron los argentinos. Camuflados, eso sí, de restaurante típico madrileño.

En el Restaurante El Abuelo Manolo de Patones, donde los niños y niñas de las mesas de al lado se comportan como animales y los camareros te regañan si quieres ir al servicio, ocurrió todo. Asumido ya que no íbamos a comer los típicos callos, sino que la carta nos ofrecía carne argentina nos dispusimos a darle al canino. Dos de nuestros comensales se decantaron por compartir una pieza de carne a la piedra, de esa que te tienes que freir tú mismo en la mesa. Debe ser la costumbre de no hacerse la cena ellos mismos ni una sola noche. Cuando todos comenzábamos a hincarle el diente a cada plato, unos calientes y otros ya fríos por la extrema diferencia de tiempos en que los habían servido, nuestros compañeros notaron un sabor raro en la carne que se estaban haciendo.

Reclamando la presencia del jefe de sala, con cordial discrección, pues estos asuntos son de delicadeza extrema, uno de los comensales le sugirió que la carne quizás estaba mala. El jefe, sin mediar palabra, directamente del plato del cliente y con toda la mano, agarró un trozo ya cocinado de la carne y lo mordió al aire. Alegando poco después y con la boca llena que la carne, estaba buena y que además venía envasada al vacío desde la Argentina, se percató de nuestra cara de estupefacción y asco, pero no reculó ni un milímetro de su posición inicial. Con templanza, sin armar jaleo, cosa poco común en hombres de gatillo fácil como nosotros, reconducimos la situación hacia un poco amistoso plano de tensión, en donde los camareros nos traían la comida y nosotros nos limitábamos a pagar la factura. Incómodo, muy incómodo.

Pagada la factura ahora somos nosotros quienes pedimos cuentas. Por la gran sutileza del pringue del Sr. Jefe de Sala. Por el camuflaje matritense de la carne argentina. Porque si para algo quedó Patones es para tomar café los días que no hay setas y se salió a por ellas.

miércoles, marzo 10, 2010

Váyase Ud. a hacer puñetas, Señorita

En ocasiones la realidad supera a la ficción. No es que suene a tópico, es que es la realidad la que llama a la puerta, te deja un paquete, y se marcha con una sonrisilla de soslayo sabedora de que te acaba de dejar un marrón como la copa de un pino.

Marchaba uno tan tranquilamente por la calle cuando le llaman del domicilio paterno (y materno, que la hipoteca la pagan entre ellos dos aunque sea yo el único heredero) para decirle habían dejado un paquete a mi nombre. De inmediato me surgió la duda, ¿habría encargado yo libros por correo? ¿Sería alguna revista de Ciencia Política de esas que me mandan de vez en cuando? Las fechas no cuadraban y la verdad era que no recordaba haber hecho ninguna gestión telefónica o en línea de ningún producto ultimamente.

El paquete no era ningún libro, sino que consistía en tres móviles con sus respectivas tarjetas prepago, enviados por cierta compañía telefónica que en su día solía frecuentar. Pensé que, quizás muerta de celos por haberme cambiado de amistades, la susodicha compañía telefónica se empeñaba en agasajarme con regalos y móviles de última generación esperando que así volviera a su redil y abandonara a mi ruborizada nueva compañera. Caray, qué tiempos de crisis nos aguardan en el que las empresas se pelean por un cliente de 15€ al mes. Nada más lejos de la lúgubre realidad: los tres teléfonos eran portabilidades desde otra afrutada compañía de telecomunicaciones.

Por supuesto, teléfonos que no había visto en mi vida, lo que me apresuré a hacerle entender a la Señorita operadora. ¡Ah, las operadoras! Admitámoslo, antes nos jodía tener que llamarlas, encontrarnos telefónicamente frente a ellas. Era un horror, recuerdo, incluso comprar el partido del PPV del domingo -yo nunca compré porno. "¿Y qué le digo?", pensaba. "¿La llamo de Ud. o de tú?". Ahora, por el contrario, topar con la Señorita es un oasis de fantasía y alborozo tras haber deambulado 4 minutos -exactos- por diferentes programas informáticos que le solicitan al supuesto cliente pulsar el 1, el 2 o el 3 en función de las diversas preguntas u opciones que le proponen. Más aún si, como era mi caso, trataba de hacerle comprender a la máquina que no era cliente, que había habido un error.

Cuando por fin llegaba a la anhelada Señorita, ésta me pasaba con otra compañera, y luego ésta con otra hasta que por fin me enviaban a un último lugar en el que volvía la grabación pero con una diferencia: ahora tenía que teclear el teléfono sobre el que hacía la consulta. ¿Cómo ponerlo, si no lo sabía? Colgando y volviendo a empezar.

Para la noche de aquel viernes ya había conseguido explicar siete veces siete mi problema. Supongo que todo el callcenter debía conocer ya quien era yo y en la hora del café sería tema de conversación. Pero el caso es que 3 horas y media después de haber comenzado a llamar a diferentes teléfonos, por fin di con alguien que comprendió y decidió quedarse con la patata caliente en que me estaba convirtiendo.

Esta Señorita me explicó correctamente que un tal Señor X, que para no desvelar su identidad le diremos sencillamente hijodeputa -todo junto y en cursiva- había utilizado mis datos personales para dar de alta estas tres portabilidades, contratar tarifas distintas y solicitar los tres terminales nuevos, de esos de pantalla táctil que son la envidia de cualquier filibustero. Pero me tranquilizó: ella dejaba constancia del error, me dió el número de reclamación y, por tanto, todo quedaba anulado. O eso creía yo...

Espera que te espera a que vinieran a por los móviles, diez días después se me ocurrió volver a llamar a estos señores de la compañía telefónica. Para entonces, ni qué decir tiene, ya había pasado por comisaría para explicarle al amable y perplejo funcionario lo que estaba sucediéndome. No daba crédito, el pobre. Cuando volví a llamar descubrí que para evitar tener que estar tecleando 1, 2, 3, todo el tiempo, lo mejor es que, a la menor oportunidad que ofrezca el programa informático, se grite "denuncia hecha en comisaría". Así te atienden antes, garantizado. Implementando este truco logré contactar, en tan sólo tres grados de separación, con una Señorita que se encargaba de estos asuntos.

Cuando parecía que ya me iba a dar la enhorabuena se hizo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Uno intentaba mantener la compostura y, con la oreja roja de tanto móvil, sonreir para sí mismo y finalmente preguntar con la mejor de las predisposiciones ¿Ocurre algo, Señorita? El silencio seguía comiéndose el invisible hilo telefónico hasta que un "Uf" susurrado por ella -supongo que acompañándolo con un gesto hacia algún compañero imaginario- lo rompió. "Es que Ud. tenía que haber llamado antes... antes... vamos, ayer, por ejemplo... ahora la línea está dada de alta y ya no se puede hacer nada".

Intente Ud. explicarle a una persona que cobra 1.000€ netos en doce pagas por tirarse casi doce horas cada día, fines de semana incluidos, delante del ordenador y colgado del teléfono que ya ha llamado antes, que, de hecho, tiene hasta el número de reclamación donde todo quedaba anulado y que si el proceso de alta no ha sido detenido es culpa exclusiva de la compañía telefónica. Si antes de esto uno ya era una patata caliente, ahora es un puñetero meteorito abriéndose paso por la atmósfera y la Señorita se ha transformado en un dinosaurio que se ha hecho consciente de que el fin ya está aquí y que lo único que queda es cerrar los ojos o mandarlo todo a la mierda.

No sé quién comenzó a chillar antes a quién. Pero tampoco me importa, pues no estoy orgulloso. Sí sé quién no hizo su trabajo como es debido y también sé quién me ha sacado las castañas del fuego, evitándome tener que pagar un dineral por la incompetencia de un servicio de atención al cliente. El caso es que si no fuera por la casualidad de que un familiar mío conoce a alguien de dentro de la empresa, el_situacionista estaría pagando facturas telefónicas de unas cuentas dadas de alta con un DNI falso sin que le quedara más remedio que aguantar hasta que se pudieran dar de baja -18 meses- y con la única opción para reclamar que la de sentarme en la puerta de la sede de la compañía telefónica a espera que pasase algún tipo encorbatado o estarme otras nueve horas al teléfono para hablar con gente que no asume responsabilidades y que, por lo que le pagan, tampoco las merecen.

Ya me dirán Uds. si hemos ganado o no con la privatización de esta compañía.