Soberanamente idiotas


¿Quiénes éramos nosotros con veinte años? No me refiero a si aquel día estaba Javi, o si vino Andrés, que era muy raro. Que viniera, no él. Me refiero a qué clase de personas éramos, a qué tipos nos estábamos juntando y en qué nos habíamos convertido. Me puedo ir a la parte oscura de la juventud, aquella que se libraba en el Bar Bilbao, que hoy es una vinoteca, o un herbolario, que para el caso es lo mismo. Y en aquella oscuridad no me reconozco, o más bien reconozco al chico que había allí dentro de mi cuerpo, pero no al que estaba allí fuera, intentando sostener unas relaciones sociales con las que no estaba de acuerdo pero a las que tenía que agarrarse porque no quedaba otra, no había más relaciones sociales que esas.

¿Y cómo eran? Pues desagradables y ridículas, las cosas son así. Hacíamos daño, al del costado y, sobre todo, a cualquier chica que pasara por allí. Recuerdo a Edu, Augusto (vaya nombre, también), Miguel Ángel o cualquier otro mierda que se juntara con nosotros, diciéndole cualquier imbecilidad a cualquier chica que se cruzara con ellos. Y como a alguna de las chicas les hacía gracia (supongo que por el síndrome de Estocolmo) acababan ligando. Quizás también era porque igual ellas era aún más imbéciles que ellos. Total, que los demás intentábamos imitarles.

A veces pienso en Inma. Pasó poco por el Bar Bilbao, porque llegó tarde, invitada por Miguel Ángel. Era bastante ridícula, celosa, montaba peleas a Javi con cualquier excusa mientras estaban saliendo, gritaba mucho en público. Pero no pienso en ella por eso, sino porque a los pocos años -dos o tres- se murió. Un cáncer muy cabrón. Lo hizo fuera del grupo, que para entonces ya no existía, así que Javi no se enteró de nada hasta que ya había muerto. Y pienso en ella porque, carajo, ella se quedó allí, siendo una imbécil de cuidado. No tuvo oportunidad para la redención. O quizás la enfermedad le hizo volver a sí misma. Lo que quiero decir es que no pudo redimirse para nuestros ojos.

El resto sí que tuvimos esa oportunidad. La vida nos dio una oportunidad de dejar de ser imbéciles, de encontrarnos con otras personas que también habían dejado de ser imbéciles y de huir de aquellas que no es que fueran imbéciles porque eran jóvenes, sino que eran jóvenes y, además, imbéciles. Como un colador de esos que usábamos de peques en el parque, con los que se hacía arena fina y que retenía los pedruscos. Esos pedruscos son los imbéciles. Demasiado grandes para que no los veas una vez que los has separado del resto.

Siempre me pregunté si había entre nosotros otro tercer grupo, además de los imbéciles por ser jóvenes y los jóvenes e imbéciles. Otro grupo en el que estaban los jóvenes a los que la imbecilidad les perseguía. Ahora lo tengo claro, al menos desde el día en el que cumplí 40 años. No es que tuviera una epifanía por mi paso oficial a la madurez -como si mujer, coche y tres niños no fuera epifanía de la adultez suficiente. Lo que me llegó el día que cumplía los 40 no fue una luz cegadora camino de Damasco -cómo me gusta este cliché-, sino un mísero mensaje, un WhatsApp, del que había sido mi mejor amigo hacía mucho tiempo, Oscar. Decía algo así como “Felices 40 años. Aprovecho para despedirme, porque hace mucho tiempo que no hablamos”.  

Berta y un evidentemente idiota Fernando, en Pau (2003)

Ese “mucho tiempo” fueron dos años. Pasamos juntos todos los días menos las vacaciones desde los 3 años hasta los 17, que me fui a hacer COU a otro lado. Seguimos viéndonos cada semana desde los 17 hasta los 23, en que se fue con Berta a vivir a Pau (todos estábamos enamorados de Berta, pero lo disimulábamos muy bien), durmió en mi habitación cuando su madre le dejó tirado en Madrid y sin llaves de casa. Fui el único que le dio un abrazo cuando suspendió selectividad en junio. Y de mayores, aún con la distancia, hablábamos todas las semanas. Por correo electrónico, por WhatsApp más tarde. Cuando se fue a Estados Unidos a estudiar, y yo ya tenía al primer niño, me ponía una canción diferente cada día en el móvil cuando le cambiaba el pañal y le preparaba para el cole. Y una vez que ya estábamos listo, zas, se la enviaba por WhatsApp. Pero es que hacía "mucho tiempo" que no hablábamos.

Así que me dejó oficialmente mi mejor amigo, por mensaje de móvil y al mismo tiempo en el que me felicitaba por mis 40 años. Creo que debe ser la mejor definición de tener la inteligencia emocional de un pepino, o de que la imbecilidad te persiga y tú no seas muy rápido de piernas. El gran pecado mortal que cometí fue perder las ganas de comunicarme habitualmente con él después de que apenas me compartiera nada del nacimiento de su segundo hijo -o era hija…- y el no querer emborracharme con él en la boda de uno del grupo, en la que me sentí como pez fuera del agua porque, chico, cómo me iban a avisar de que harían un regalo en común si yo vivía en Barcelona y además estaba metido en toda esa movida independentista.

Total, que en aquellos días de juventud quizás sí que había tres grupos. Y, en el fondo de todo esto, en aquella oscuridad del Bar Bilbao, estoy seguro de que dábamos pena y vergüenza ajena todos y cada uno de nosotros, indiferentemente del grupo al que perteneciéramos. Me gustaría poder pedirle disculpas a todas y cada una de las personas a las que pude haber molestado, especialmente a ellas -aunque no fueran muchas, porque mi timidez ganaba a mis ganas de imitar a los imbéciles-, especialmente a aquella chica que cometió el error de entrar en aquel bar disfrazada de bruja una noche de carnaval. Y también me gustaría darle las gracias a algunas de las personas que me supieron ver allí dentro -Raquel, creo que se llamaba, era amiga de Miguel Ángel- y fueron tiernas conmigo ayudándome a no ser quien no quería ser.

Viene a cuento todo esto porque el otro día me dio por buscar aquel cortometraje llamado Soberano. Recordaba que nos había impactado a todos bastante. De la manera en la que nos podía impactar una cosa que habíamos visto vez y media cada uno, claro. Porque entonces tenías que pillarlo de casualidad en Canal+ o así, cuando lo emitían. Y viendo el corto, que además lo dirigía un Miguel Bardem, el hermanísimo de Javier, familia de gente de izquierdas, lo único que sentía era vergüenza ajena de la cantidad de idioteces que nos creíamos que suponía la adultez y la masculinidad. En resumen: follar y pegar. Y no siempre había diferencia.

No me he pegado nunca con nadie. Bueno, con Oscar cuando tenía 12 años. Y follar, pues lo normal. Pero viendo aquel corto me preguntaba ¿Quién eras, Fer, a los 18 años? Porque si algo considero mi vida es coherente conmigo mismo, sin haber tenido luces cegadoras de esas que me gustan tanto. Supongo que la vida es eso, ir pasando los filtros de un colador a otro, madurando, hasta que te quedas en el colador que te dice que ya está, que hasta aquí has llegado, que no puedes dejar de ser menos imbécil. Y que te quedas así para siempre.


Foto de  은 하 

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