martes, abril 22, 2008

Ciudades imaginadas

Llega un año más a nuestras librerías la masa encolerizada de seres ávidos de la novedad literaria más cercana. Deseosos de saber qué se siente al comprar un libro (o dos, o tres) a eso de las doce de la noche y con un diez por ciento de descuento. Vamos, a hacer el tolili.

Alrededor de los eventos consumistas y literarios, las editoriales empiezan a saber moverse dentro del mundo de los medios. En Navidades fue Ken Follet el que presentó su segunda parte desde la catedral de Vitoria. Ahí, subido a una plataforma y mirando a las cámaras, Follet habló de las virtudes de su libro y al día siguiente abría todos los noticieros de España. El día 16 de Abril fue Ruiz-Zafón el que pidió turno y salió a escena. Desde el Liceu de Barcelona anuncia una novela, en entrevistas breves de 5 minutos cual Harrison Ford, en la que un joven escritor descubre secretos por la ciudad condal.

Interesante, otra vez, que Barcelona sea una de las protagonistas de la novela. Y peligrosa tendencia esa la de hacer de las ciudades en sí las protagonistas de las novelas. Me siento y me planteo qué pasaría si esa moda que se ha instalado ahora de hablar de una Barcelona imaginaria pasase con el Madrid que tanto quiero. Y la respuesta es que quemaría más libros que Adolfo en una noche de borrachera.

No me malinterpreten. Está claro que la literatura moldea a las ciudades. O cuanto menos a quienes leen los libros que hablan de ellas se les despliega en la mente un mapa, con unas callejuelas escondidas e intermitentes por las que se puede pasear a cualquier hora del día. Pero que es recomendable frecuentar por la noche.

En esos viajes nocturnos de alevosía imperante he buscado a los cisnes del famoso parque en Invierno. Cuando me he cansado de esperar a que se los llevaran o ellos mismos migraran, me he atrevido a pasear de noche por las verdes y negras espesuras, buscando al poeta mexicano. No haberlo encontrado me permitió fundamentar mi consuelo en una cárcel de Madrid, allí donde un viejo escritor –yo diría que moribundo- charla de política con el obrero. Menos mal que una revuelta me permitió escapar y salirme con la mía, robarle el capote al escritor y terminar en un bar del distrito centro invitando a tomar algo a la revolucionaria de pelo rojo y labios carnosos.

No, no se piensen que ella me embaucó. Es muy fácil dejarse llevar por esas piernas largas imbuidas por un blanquísimo manto de piel. Pero desde el primer vino yo ya estaba prevenido de que era una fulana que se iba con cualquiera sólo para traicionarlo después y desnudarlo, sólo para comprobar que ella no estaba equivocada. Afortunadamente nadie me impidió sacudirme el polvo de la chaqueta y contemplar, como un pequeño espía, las vidas de un Berlín ignorante de lo que aún le iba a suceder. Siguiendo la pista a ese ladrón berlinés, terminé contemplando el cadáver desnudo de una mujer flotando en un lago. Una imagen horrorosa, pero cargada de sensibilidad al mismo tiempo. Algo tan frágil y tan pavoroso sólo lo pude superar acompañado del perfecto sarcasmo de un caballero inglés que conocí en el vagón restaurante de un tren. Él me habló de la necesidad de conocer los más bajos seres de la sociedad que, irónicamente, se suelen encontrar en las más altas enjundias. Quien más y quien menos ha podido ver cómo esos aires de superioridad permitían a los burgueses creerse capaces de dominar el mundo e incluso el tiempo. Y aunque le cuenten que quien inventó Dublín se quiere hacer jesuita, no se lo crean. No hay nada más falso que la realidad literaria.

Y mientras todo eso sucedía, un grupo de escritores de editorial, de esos que escriben best-seller por encargo, se proponían hacer de Barcelona la ciudad que la mercadotecnia quería. Y poco a poco, la gente se fue acercando a esas novelas para, un poco más rápido, acercarse a la ciudad y preguntarse, no ya por la historia de la ciudad, sino por la historia de la historia novelada. La distorsión que provoca el llegar a un lugar de inmensa sobriedad histórica y que la gente sólo se ocupe por aquello que leyó en el libro catedralicio, es desoladora.

Para mí existe un peligro en esta ambición por hacer de una ciudad el personaje de las novelas del momento. Las ciudades son personajes novelados que han resistido el paso del tiempo, pero lo que ahora se hace es convertirlas en mitologías con cierto grado de verosimilitud creando un género que ni el mismísimo Cervantes podría parodiar acertadamente. El lanzamiento de un libro termina incubando la duda en los lectores. ¿Será realidad aquello que cuenta la novela? No, no lo es. El autor ha seleccionado dos hechos, tergiversado el resto, y convertido en verdad para el gran público los mitos frutos de su literaria mente. Dan Brown lanza El Código Da Vinci y su editorial empieza a pagar expertos que siembran la duda sobre la posibilidad de que los que se narra sea una trama real. ¿Podría haber sucedido? ¿Existe una familia descendiente de Jesús por ahí, jugando al mus los domingos en lugar de ir a misa como dios manda? ¿Es legítimo pasearse por el Louvre y que la gente no pare de preguntarse excitada si tal cuadro representa tal conspiración histórica?

Y mientras Barcelona asustada. Irreconocible ante tal avalancha de la Historia ficticia de la propia ciudad. Y mientras Nueva York tan elegante. Sin preocuparse por el qué dirán sus contadores de historias, porque su misma Historia las fagocita a todas. Y mientras Madrid mirando para otro lado. No vaya a ser que le toque a ella en la próxima moda. Y envidiando esos paseos llenos de rosas y de libros. ¡Socialismo o lectura! Parecen querer decir las calles barcelonesas. Un insulto que hoy se tenga que ir a trabajar.

12 comentarios:

eva dijo...

Si hasta los barceloneses te citan en "la Catedral del Mar" en lugar de en Santa Maria del Mar. Estamos apañados.

Justamente estoy en una lectura sobre Madrid, como bien sabes.

Bonito recorrido por tus lecturas, yo esta tarde me iré a recorrer las calles llenas de rosas y libros. Un insulto que hoy se tenga que trabajar, no podría estar más de acuerdo.

Eugenio Sánchez Bravo dijo...

En mi caso también son los libros los que hacen las ciudades. A veces prefiero no visitarlas para que la grosera realidad no enturbie lo que yo ya he imaginado.

Para mí Turín es la calle donde Nietzsche se volvió loco abrazado a un caballo maltrecho y Atenas es un lugar habitado por el fantasma de Sócrates y sus bellísimos amados.

Comparto tu gusto por Salinger, Joyce y Valle-Inclán. Aprovecho la recomendación de Döblin.

Un post estupendo.

el_situacionista dijo...

Eva, tú tráete la libreta llena de sitios madrileños que visitar. Me consta que ese libro está bastante bien anclado en el Madrid herido tras la guerra.

Eugenio, viniendo de un lector tan generoso y certero, no puedo dejar de sonrojarme por el halago. Pienso igual que tú. A veces, es mejor no visitar las ciudades que uno ya conoce por los libros. Otras, como en el caso de Praga (gracias a Ripellino) son de visita obligada. Me alegro, por cierto, en que coincidamos en (aún más) gustos. Sin embargo, aunque Joyce se encuentra entre los favoritos, yo me refería al inigualable Flann O´Brian. Fue uno de los mejores autores en lengua inglesa del S. XX y ando como loco terminando lecturas atrasadas para poder empezar ese ejemplar que ahora reposa en mi estantería de La boca pobre. Esa escritura irónica te va a encantar.

Øttinger dijo...

¿Has escrito esta entrada para justificar ante el juez tu agresión a, por ejemplo, Pérez Reverte? Un tipo que no sólo tuvo la habilidad de moldear Madrid, sino que además la vendió como un documento histórico muestra del S.XVI.

Cuenta con mi testimonio en el juicio.

el_situacionista dijo...

No sólo Pérez-Reverte.

Aloia dijo...

Tolili...jajajajaja, empiezas sembrado como siempre, me gusta el término, me lo anoto.

Y luego , como siempre también, tu pasión por las letras es tanta y tan contagiosa, que haces que todo se antoje maravilloso, hasta la crítica mordaz. No puedo estar más de acuerdo contigo en todo, en lo buscado, en lo imaginado, en la decepción...y en los nombres, de los cuales, me has hecho recordar que tengo una cuenta pendiente, y es con Flann precisamente con quien la tengo...así que en cuanto las obligaciones me permitan un respiro saldré a pasear entre las letras y me haré con un ejemplar.
Biquiños!

el_situacionista dijo...

Aloia, con O´Brian pasa con los exámenes. En cuanto lo estás leyendo te preguntas por qué no empezaste antes. Los disfrutarás sin duda.

Un beso muy fuerte.

Eugenio Sánchez Bravo dijo...

No conocía a O'Brian. Pero por lo que he leído en un post que le dedicas tiene muy buena pinta.

Kilgore Trout dijo...

Un post muy chulo, situacionista. Además la mención a O'Brien te libra del chorreo que te iba a caer por tu (nueva) ausencia en un partido de fútbol en la cumbre.

Por cierto, "La Boca Pobre" es otra obra maestra del amigo Flann, quizá la de sarcasmo más hiriente, lo cual ya es mucho decir...

Saludos!!!

C.C.Buxter dijo...

Creo que, en el fondo, se trata de lo de siempre: de la calidad de quien escriba. Quizá la Barcelona de Ruiz Zafón sea prescindible, pero no la Barcelona de Eduardo Mendoza en "La ciudad de los prodigios" (el título no podría ser más significativo respecto del protagonista del libro). O el Madrid de la "Trilogía" de Umbral. O el París de "Los miserables". O el etcétera.

canichu dijo...

Anda toma otra referencia de libro que reinventa una ciudad, Barcelona, aunque esta novela está escrita por un Historiador de profesión:

http://fraternidaduniversal.blogspot.com/2008/04/el-da-de-barcelona.html

Los libros reinventan las ciudades, sí, hoy día sí (y Pérez Reverte aunque tenga algún mérito, que los tiene, también tiene bastantes deméritos no muy bien informados en Historia, aunque aparenta bien, muy bien, y crea verosimilitud, que no certeza histórica). Pero yo me quedo con los libros que van dotando a las ciudades de algo especial, de cierto romanticismo, por una historia, por una anécdota de la historia, por un algo, como los espejos del bar al que iba Max Estrella, los cuales hoy en día descansan en una trastienda de ese mismo bar, mientras les sustituye unos falsos a prueba de gamberros que se dedicaban a romperlos.


Los que reinventan pueden engañar, y lo hacen bien, pero no logran traspasar las puertas que pretenden traspasar, el infame Código Da Vinci tiene gran aceptación, y hasta película, pero lo cierto es que está lleno de anacronismos tan brutales como de una orquilla de 1000 años, literalmente.

En fin, en fin, en cuanto a lo de los best seller por el best seller, cierto que gente que escribe X número de hojas para X fecha y tantos X número de libros al año, pues en general no generan grandes obras, aunque sí alimentan los subgéneros de la literatura, que a veces también tienen su encanto (los de caballerías eran un subgénero). No hay que menospreciarlos más que en su justa medida, que ya es bastante, no sólo porque entretienen y hacen leer a gran número de gente, sino porque a veces hay joyas. Recordemos que una de las razones por las que las brillantes obras de Dostoievski eran tan voluminosas se basa en que su editor le pagaba por hoja escrita, no por libro ni por ventas, sino por hoja escrita. Poco más o menos como a, salvando mucho las distancias, Stephen King.

Un saludo y que la cerveza te acompañe, mister Situacionista.

el_situacionista dijo...

Kilgore, se te echaba de menos. Supongo (y espero) que no te tocara trabajar este año hasta las tantas. Digo yo que nadie se va a comprar un libro sobre bolsa a eso de las 23 de la noche ¿verdad? La boca pobre... lo tengo ya, sólo me falta el tiempo... se me acumula el trabajo... el próximo partido del siglo ahí estaré. Caiga quien caiga. Y para el de vuelta, siempre nos quedará el irlandés y su pantalla gigante.

c.c. buxter, lo tuyo es provocarme ¿no? ¿Umbral? Pufff... De cualquier manera te doy la razón. Por fortuna aún existen ciudades que se puede recorrer con los libros. Y por fortuna esos libros están tan bien escrito que uno sabe positivamente que lo que te cuentan no es verdad. ¡Y menos mal!

canichu, además de por aquél viaje a Barcelona en el que compartimos cartel, la entrada también surge de la reflexión que tuve en el Louvre de París, cuando sólo escuchaba a gente preguntarse entre ellos por detalles del maldito libro de Dan Brown. Con todo lo interesante del lugar, con la cantidad de cosas por ver, y todo el mundo preocupado por si era en tal o cual pirámide donde se supone que está enterrado no se qué.

Un saludo.