La bala de plata de la vivienda


Echaron a Mari Carmen de su casa. La echaron sólo y exclusivamente para hacer negocio, para especular. No importaron los derechos adquiridos, ni la vulnerabilidad asociada a la soledad o a la edad. Y éste, que iba a ser un desahucio como tantos otros que acontecen en la España de los fondos de inversión, fue diferente porque Mari Carmen había accedido a ser la imagen de un movimiento que hace más de 20 años que empuja desde la calle porque no tiene casa.

Poco importa si esta movilización, que ha vuelto a trufar la Puerta del Sol de tiendas de campaña llenas de rabia e indignación, ha sido espontánea o ha sido programada por las organizaciones. Lo que importa es que el problema de la vivienda ha vuelto a pasar de las lamentaciones y la resignación social a las esperanzas y las expectativas populares, forzando una ventana de oportunidad para que Sumar pueda ejercer toda su presión dentro del Consejo de Ministros, para que Junts y otras fuerzas propietaristas como ERC se vean obligadas a cambiar su posición pública sobre el tema y, sobre todo, para que el PSOE se vea obligado a presentar un nuevo Decreto Ley sobre vivienda y a pensar que, ahora sí, no puede perder la votación en el Congreso.

En el PSOE la de la vivienda puede ser vista como la bala de plata que le haga girar la tortilla en un año electoral que se prevé negramente fascista. Frente a este escenario, se abren dos posibilidades. O que el PSOE intente psoeizar el movimiento de la vivienda, o que el PSOE acabe siendo víctima de la desilusión social que puede provocar una política de vivienda de orden.

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Desde el 2 de junio de 2018 gobierna el PSOE en España. Son más de 8 años los que llevamos esperando un paso adelante y valiente del gobierno de Pedro Sánchez en materia de vivienda.

Quienes hemos trabajado en algún momento en temas de vivienda, más si lo hemos hecho desde el punto de vista social, sabemos que no podemos pasar, de la noche a la mañana, de ser la España de las hipotecas basura y los desahucios, a la Viena del parque público de vivienda para todas. La política de vivienda requiere tiempo, dicen. No es tan fácil romper inercias históricas y hacer que la VPO sea siempre vivienda pública. O que todo lo que públicamente se construya sea accesible al alquiler para los salarios medios y bajos. O adaptar el urbanismo a la urgencia habitacional de quienes constituyen la urbe. O aunar los intereses de quienes invirtieron dinero en el ladrillo con los intereses de quienes sólo están interesados en tener cuatro paredes donde caerse muertos después del trabajo y, quizás, poder tener una familia o una vida plenamente adulta, autónoma e independiente.

Es en este escenario de orden donde el PSOE puede tener la tentación de establecer un Decreto Ley de mínimos, como el control del precio de los alquileres -evidentemente, con un complejo sistema que otorgue apariencia de objetivación e independencia administrativa a una decisión plenamente política-, la prorrogación de los alquileres de manera obligatoria, la limitación de los desahucios -de aquella manera-, la prohibición de la compra especulativa de vivienda o la regulación de los alquileres de temporada. Medidas fantásticas… si las hubiera aprobado en 2018.

Porque si esas medidas se hubieran aprobado nada más llegar al gobierno, el PSOE ahora afrontaría unas elecciones generales de 2027 con una olla exprés de la vivienda menos presionada, con más personas protegidas frente a la ola de dinero privado que ha decidido precarizar la vivienda globalmente, y con un marco político que les haría creíbles tanto a los ojos del mercado inmobiliario como a los ojos de quienes sufren a este mercado.

Porque no son malas medidas en sí mismas. De hecho, si las aprueban hoy y se mantienen durante varios años, veremos una mejora en las condiciones de vida populares. Pero el problema es que no se puede atajar un problema de largo plazo y uno urgente a la vez si quieres, además, contentar a dos sectores tan absolutamente confrontados. Nuevamente, el problema es con quién quieres tomarte un café.

Pero nada de esto pasó en 2018, sino que está pasando ahora. Estas medidas, que son las que se prevé que se aprueben en el Decreto Ley de hoy, son similares a las propuestas por el Sindicado de Inquilinas, principal motor de la movilización de Sol. Así que, si el PSOE logra sacar adelante todo esto, quizás el movimiento de la vivienda pueda ser psoeizado, como tantos otros durante este tiempo, y Pedro Sánchez logre enarbolar la bandera de la vivienda en las próximas generales, aunque se haya pasado ocho años sin provocar el cambio imprescindible y necesario en esta urgencia social. Quizás así se logre capear el temporal fascista durante las generales de 2027.

El guardián del orden

El otro escenario, sin embargo, no es tan indulgente para el PSOE. Aquí entran en juego las expectativas de quienes hoy duermen en Sol -o lo hacen en cuchitriles de a 1.000 euros el mes. Si la sensación de victoria no se ve recompensada con un acceso a la vivienda inmediato -que no lo va a hacer- o con una mejora en las condiciones -que tampoco- la vivienda puede pasar a ser el eje de que desmovilice el voto con el que el PSOE tiene que poder contar frente al fascismo electoral.

Porque si has dormido en Sol, si has ido a las manifestaciones, si has conseguido que el PSOE te apruebe el decreto que querías, y aún así no tienes un acceso a un piso ahora, y todo se fía a una mejora en un futuro indeterminado, si es que no viene otro gobierno y lo cambia todo, muy probablemente no veas salida a todo esto, y acabes pensando para qué apoyar a este gobierno.

La crisis de vivienda lleva tanto, tanto tiempo, y tan absolutamente profunda, que cualquier política de orden no podrá sino contentar a quienes confían que en el futuro todo se solucione. Las expectativas en aquello que se puede hacer en vivienda han bajado, han topado con la legalidad vigente. Y quien tenga dudas puede leer o escuchar a gente como Javier Burón, exresponsable de vivienda del gobierno municipal de Ada Colau. ¿Se pueden hacer cosas en vivienda? Sí. ¿Se puede dar la vuelta a la tortilla rápidamente sin desatar la ira de los grandes actores económicos? No. Las recetas de la legalidad vigente ya están agotadas si de lo que se trata es de garantizar el acceso, hoy, a la vivienda. Pueden ser útiles si se aplican con determinación y constancia. Pero ni aún así darán respuesta aquí y ahora.

Cargar el cartucho de muchas balas de plata

Barcelona está llena de tiendas de campaña desde hace años, y no son fruto de la indignación y de la rabia, sino de la pobreza y la desesperación. Cualquiera que entre a la ciudad condal por el Llobregat o por el Besós, cualquiera que cruce la Avinguda de la Marina, podrá ver cientos de tiendas desplegadas de personas que duermen allí porque no tienen dónde hacerlo. El sinhogarismo no es sólo acceso a la vivienda, pero su incremento exponencial en cualquier municipio del Área Metropolitana de Barcelona está muy relacionado con las dificultades de acceso a la vivienda. El problema es que ahora se asocia a la inmigración, porque la mayoría de las personas que duermen en esas tiendas son de origen extranjero, cuando en realidad hace 30 años dormían en una vivienda hacinada.

En Barcelona hace más de una década que hay familias que se ven obligadas a alquilar un piso, pagar un par de meses, y dejar de pagar esperando el desahucio ahorrando dinero para el siguiente piso en donde volverán a pagar una fianza y un alquiler completamente abusivo.

En el Área Metropolitana de Barcelona hay familias durmiendo con sus hijos en la calle y sin recurrir a los servicios sociales porque estos les amenazan con retirarles la custodia de sus hijos o promover la separación de la familia si es migrante.

Hay muchos estudiantes que no pueden venir a las universidades de Barcelona porque no encuentran una habitación que puedan pagar. Muchos trabajadores jóvenes que sólo pueden visualizar el futuro compartiendo vivienda fuera de la ciudad barcelonesa, yendo a ciudades dormitorio del Besós o del Baix Llobregat. Muchas personas de mediana edad que, atravesadas sus vidas por un divorcio, una separación o cualquier otra circunstancia, ven cómo deben volver a compartir piso, incluso con sus hijos o hijas dentro.

Y en todas estas situaciones se ha buscado al culpable equivocado. La inmigración -como con las tiendas de campaña-, el feminismo -que ha provocado el divorcio-, la generación más mayor -que tiene una o dos viviendas en propiedad-, cuando son los grandes fondos quienes han eliminado cualquier posibilidad de hacer una política de vivienda pública expansiva durante estos 10 años. Cuando es el mercado completamente desregulado el que ha permitido a algunos pequeños propietarios invertir hasta convertirse en rentistas. Cuando es el heredero de una vivienda el que puede decidir libremente el precio de un piso que no habitará nunca.

El control del mercado, la expropiación forzosa del usufructo de pisos vacíos -algo que la ley catalana de 2007 ya preveía-, la rebaja obligatoria del precio actual de los alquileres -¿de qué sirve congelarlo si ya está a más de 1.000€?-, la regularización extraordinaria de ocupantes sociales -estableciendo el precio justo del alquiler del piso y otorgando derechos y obligaciones a ambas partes-,…

Hay medidas que están fuera de la mesa política actual porque harían daño no a quienes habitan las viviendas, sino a quienes habitan las rentas del alquiler. Medidas que no son de orden, que no son la legalidad vigente. Y es en este terreno donde deberían vivir nuestras expectativas, a donde el PSOE debería ser arrastrado por un movimiento que no se debería parar jamás, hasta conseguirlo todo.


Foto de portada: Rafael de Nadai 

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