sábado, diciembre 08, 2018

Del país del 15M al país de Vox


La izquierda no ha profundizado en la democracia, no ha creado estructuras fuera de la institución, la han domesticado. E incluso se ha centrado tanto en la política de arriba que ha reforzado a los medios de comunicación como la herramienta de doctrina del régimen. Y por eso ahora no tiene medios para marcar el paso del debate, porque hoy son los Ferreras y las Griso quienes marcan la agenda y dan voz a unas ideas u a otras, cuando en 2015 Podemos era capaz de utilizarlos para marcar línea.



¿Qué queda del país del 15M, cuando en Andalucía hay 12 diputados de una fuerza de ultraderecha? Quedan varias cosas. La primera, una dispersión del voto hacia la derecha que tiene su origen en uno de los principios del 15M: “no hay pan para tanto chorizo”. La corrupción ha pasado factura al partido con más imputados, y ha permitido una disgregación del voto de derechas como nunca antes había ocurrido desde el fin de UCD.
Hay quien dice que también queda aquella idea de los de arriba contra los de abajo, y que ese es uno de los motivos del ascenso del nuevo franquismo. Pero aquí hay que elegir. O el ascenso de Vox es una consecuencia de la fragmentación del voto de derechas, o lo es del surgimiento de un nuevo fenómeno. Ambas explicaciones son incompatibles y, desde aquí, se ve más veracidad a la idea de la fragmentación.

Democracia Real Ya

Junto a las ideas de lucha contra la corrupción o de los de arriba contra los de abajo, el 15M trajo un lema que, en realidad, trascendía a los otros: democracia real ya. En estas tres palabras se aglutinaba el sentir de un movimiento que fue ampliamente simpatizado por la sociedad, y que, durante meses, trajo de cabeza a los tecnócratas de PP, PSOE e IU, preguntándose cómo podían capitalizar el movimiento en votos.

La historia es bien conocida. Ninguno de los tres viejos partidos logró convertir ese malestar colectivo en votos. En cambio, lo que empezó siendo una OPA a IU de la Comunidad de Madrid -¡Tania presidenta!-, terminó por constituirse en una nueva fuerza política que repescaba la simpatía quincemayista y la transformaba en cinco diputados en el Parlamento Europeo.

Podemos se situó en una posición inmejorable para construir una democracia diferente. El impulso de las plazas acabó transformándose en círculos y debates online en los cuales se tenía el mismo problema que en Mayo de 2011: los viejos discursos se imponían por su constancia, y no por su convencimiento. Quienes llevaban décadas manejando el arte de la discusión –sin rédito político ni posibilidad ni voluntad de cambiar la praxis- hacían oír su voz por encima de la media. Frente a este escenario, los dos caminos a seguir eran bien claros: construir partido, o construir democracia. La historia del primer Vistalegre y su macho alfa es ya conocida.

Es por esto que resulta al menos curioso ver cómo son capaces de sorprenderse desde ese espectro político cuando se demuestra que sus discursos ya no generan tracción democrática. Vendido todo el pescado a cambio de construir una maquinaria electoral que se hiciera con el poder rápidamente, se terminó construyendo primero partido político –cabezas de lista provinciales elegidas por la sede nacional-, y después grupo parlamentario –con las ruedas de prensa de los lunes como gran arma política, por no decir la única. Y pasó que, cuando a alguien ahí dentro se le ocurría una idea, nada ni nadie había allí para convertirla en agenda política salvo la cámara de televisión. Y ésta enfoca sólo cuando quiere.

Porque otra hipótesis que hemos visto fracasar es la mediática. Ésta decía que había que ocupar tantos espacios en medios de comunicación de masas como fueran posibles. Pensando que se les estaba utilizando para construir una nueva hegemonía (sic), en realidad se les estaba rescatando. Los medios también sufrieron de una legitimidad en declive y aquí el 15M tuvo algo que ver. En mitad de esa crisis, los medios descubrieron que si exhibían a los nuevos líderes políticos, las audiencias subían. Y al calor de esta subida, fueron constituyéndose en referentes de la opinión pública y el nuevo sentido común –que nada tenía que ver con el sentido común del 15M. Hoy, los Ferreras y Grisos son los que ya no necesitan a Podemos para subsistir, y por eso se han podido permitir el año que llevan, dando voz a la Fundación Francisco Franco, o situando a Vox en escena. Legitimando la salida a la crisis desde las posiciones de derechas. Releer los sesudos artículos de unos incipientes académicos, hoy señores diputados, sobre la construcción de poder contrahegemónico o sobre la centralidad del tablero daría para reír durante un rato, si en realidad la cosa no fuera para llorar.

Instituciones democráticas de poder popular

Así que se afronta un escenario en el que, después de 7 años y medio del 15M y tras 5 años de la revolución morada, no se ha construido ninguna institución política, social o económica que profundice en la democracia inclusiva y radical. Ni siquiera se ha canalizado la movilización política hacia otros sectores de construcción democrática, como el laboral. Y, durante todo este tiempo, el mensaje ha sido el de la ilusión en su doble sentido utópico y delirante. Porque se ha hecho creer que el cambio ya llegaba, con niveles altos de política naïf, pensando que la democracia real estaría aquí cuando ellos –y sólo ellos- ganaran. Y porque, en realidad, la democracia real no se ha construido en ningún espacio, estando en las mismas o en peores condiciones que en 2011.

Con esta perspectiva, no es de extrañar que quienes un día creyeron hoy se hayan quedado en casa en las elecciones andaluzas. La abstención de 2018 ha sido sólo cuatro puntos mayor que la de 2012, en mitad de la crisis del sistema. La diferencia es que quienes se han quedado hoy en casa son aquellos que llevan años esperando que pasase algo, que su ilusión se transformara en nuevas instituciones. Son quienes llevan tiempo haciendo renuncias. Renuncias al control democrático de las estructuras. Al debate de ideas. A la elección real de los candidatos. En definitiva, a su poder popular. Todo, a cambio de la promesa de que era el camino para lograr un cambio que no ha llegado –porque, en realidad, el camino no era más que una hipótesis de laboratorio. 

Y así ha pasado, que cuando era el turno de la solidaridad y la democracia, cuando se necesitaba tener un poder popular transformado en instituciones de fuerte raíz democrática, quienes han aparecido han sido el autoritarismo y la vieja guardia franquista, y se han merendado al partido vertical de la campaña relámpago. Y la ilusión en su casa, cansada de ser invocada para que nunca pase nada. 



Foto de Anokarina / Flickr

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