lunes, agosto 01, 2016

Podemos, entre el vivir o el grupo parlamentario

Resultó que no era posible. En el Congreso de Vistalegre, Iglesias demostró que tenía un plan: olvidarse de la esencia del movimiento político que les había llevado a dominar las encuestas electorales, y dedicar todos los esfuerzos de la organización naciente a la lucha electoral. El ciclo Andaluzas-Autonómicas -Catalanas-Estatales les mostraba un camino in crescendo para terminar conquistando el gobierno. Daba igual que en la cuneta se le amontonaran los cadáveres del 15M. Y Vistalegre dijo sí.





Para poder organizar este asalto a los cielos, Iglesias se hizo con el control absoluto de la dirección. O se lo daban todo, o se marchaba. El resultado de este año y medio se ha traducido en que el partido ha abandonado las calles, se ha enclaustrado en las pantallas de televisión, de la que ha comprado toda la agenda política, y ha pretendido captar el sentir de la gente a través de la demoscopia. Las conclusiones no han podido ser más dramáticas para las posibilidades reales de cambio.

Si Podemos ilusionaba y generaba expectativas de fractura del régimen era por lo que en él se percibía del 15M más progresista –admitamos que hubo una parte del 15M más reaccionario que progresista. Gracias a esta percepción, Podemos se comió casi todo el espacio político de Izquierda Unida y rápidamente avanzaba, no ya a por el del PSOE –que es lo máximo a lo que aspira ahora-, sino hacia a la posibilidad de una victoria a nivel estatal. Pero confundieron el premio final con el objetivo y han terminado por quedarse en tierra de nadie, moribundos en la orilla y ante una disyuntiva vital: nueva o vieja política, ruptura con el régimen del 78 o fusión con él.

Es en este contexto en el que, tanto las bases como los llamados movimientos críticos de Podemos, deben provocar el cambio interno en la organización. Es posible que el liderazgo de Iglesias y de su equipo no esté agotado electoral y políticamente. Pero la estructura vertical que él creó y la táctica política que, unilateralmente, aplicó no pueden volver a reproducirse. Podemos necesita cambios internos para ser el mecanismo que rompa definitivamente con el régimen del 78. Necesita abandonar los discursos centristas de marca blanca, forjar un verdadero movimiento político y social que le permita tener un discurso propio. Necesita generar relato y aunar luchas en los territorios, y no acampar en la isla madrileña pensándose que lo que pasa en el Congreso es la realidad política y social del país.

Para convencer a amplios sectores de la población de la necesidad de romper, definitivamente, con todas aquellas cosas que el 15M identificó como régimen, Podemos debe volver a las plazas. Ser una organización descentralizada y en la que los círculos mandan sobre las tesis doctorales de sus dirigentes. Aplicarse, internamente, aquella máxima zapatista de gobernar obedeciendo. Desprofesionalizar la política, admitir los liderazgos compartidos y asumir que, más pronto que tarde, sus cargos electos han de abandonar la institución para volver a ser pueblo.
Sólo desde el control de base Podemos afrontará el mayor reto que tiene delante de su futuro político: saber trabajar conjuntamente con las otras fuerzas políticas y sociales que también combaten al régimen del 78. Sean del color político que sean.

Xavier Domènech, el catalán que mejor discurso no independentista está sabiendo articular, decía, con razón, que existe un movimiento de las periferias hacia el centro para cambiar el Estado. Catalunya, Galicia, Valencia o Euskadi están planteando retos de articulación territorial y de combate a la esencia misma del Estado postfranquista como en ningún otro momento, desde la Transición, se han sabido plantear. Los movimientos independentistas actuales, especialmente en Catalunya, son movimientos populares que en su base comparten el análisis del 15M y que sólo son dominados por la derecha local debido a la falta de unidad en el espectro de las izquierdas.  Además, y en esto la experiencia vasca también aporta su peso histórico, cuando el independentismo se hace presente, las políticas sociales toman protagonismo. Los nuevos Estados, sean liderados por quienes sean, parecen tener que comprometerse a la mejora de las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas.

Cómo tejer alianzas con la periferia combativa será, en gran parte, lo que determine si Podemos tendrá capacidad para promover la ruptura y el cambio de régimen. Es una tarea que sólo puede hacer él. Ni un PSOE, completamente insertado en el 78, ni un Ciudadanos, de retórica cambista pero de práctica continuista. Decía Antonio Baños, antes de ser algo más que periodista,  que el triunfo de una independencia catalana basada en el movimiento popular sería un triunfo para la izquierda española. Significaría que la movilización social rompería con la única palabra que el ejército franquista impuso en la Constitución: indivisibilidad.


Quienes militan en Podemos tienen ante sí, con la articulación del Grupo Parlamentario de Unidos Podemos, el reto de la cuadratura del círculo. Deben lograr que la dirección, acostumbrada a que nadie le discuta sus posiciones, acepte ser mandada desde abajo al tiempo que admita tener fecha de caducidad parlamentaria. Deben ser capaces de generar alianzas sociales y políticas con las fuerzas periféricas combativas. Deben, en definitiva, abandonar el eje izquierda-derecha que tan buenos resultados le daba en sus inicios, para no perder de vista que el verdadero objetivo para el que se fundó Podemos fue la ruptura del régimen político y social del 78. De lo contrario, habrán creado una versión siglo XXI del PSOE. Habrán llegado a la vía muerta que todos sus enemigos les habían preparado.  


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