martes, junio 28, 2016

Cinco cosas que ha abandonado la izquierda rupturista estatal y que le han hecho perder dos elecciones seguidas

Se acabó el ciclo electoral victorioso de la izquierda. La aparente carrera ganadora de las candidaturas rupturistas, iniciada en las europeas de 2014, sólo tenía un objetivo: favorecer un gobierno sin bipartidismo. Los resultados del 20D y su reflejo en el espejo este 26J han acabado con la ilusión de llevar el cambio a España. Ni confluencias, ni mareas, ni Syrizas a la española.

A día de hoy hay más diputados de izquierda en el pero la realidad es que, en el camino, la izquierda se ha dejado importantes cuestiones que allá por 2011 parecían decisivas. También ha abandonado o rehuido debates fundamentales en la reconstrucción de estos Estados del Bienestar destrozados que hemos heredado de la Gran Crisis de 2007. La cuestión no es trivial. Por pura cuestión estratégica la izquierda ha dejado la carretera llena de cadáveres, muchos con el 15M tatuado en la piel. Es la izquierda zombi, que sonríe y que quiere un nuevo país, pero a la que le rompen la cara en cualquier portada de domingo.

No basta con repetir desde la tribuna que tal o cual candidatura es hija, heredera o prima hermana de la movilización del 15M. Lo cierto que es que la izquierda ha abandonado ese espíritu y esas reivindicaciones, y lo ha hecho en nombre de una demoscopia que jamás le ha servido, ni le servirá, para dar el vuelco a nada.




Primarias y listas abiertas

De todas las candidaturas de la nueva izquierda que se han presentado en las ciudades de Madrid o Barcelona –Las Mareas gallegas, Badalona en Comú  y otras se me escapan-, ya sea para las autonómicas, las municipales o las estatales, sólo Ahora Madrid ha confeccionado sus listas de manera abierta y a través de primarias.

Ni Podemos, ni Barcelona en Común, ni En Comú Podem, ni Catalunya Sí Que Es Pot han abierto a la ciudadanía la elección de sus listas. Todo ha sido un mero trámite entre partidos que formaban la coalición o entre lo que Sánchez Medero llamaba el factor corrector Iglesias, es decir, una metodología de confección de listas bien centralizada para que salgan sólo los amigos en los primeros puestos provinciales, a pesar de la ficción de la celebración de unas primarias abiertas.

El caso de Colau y su candidatura al Ayuntamiento de Barcelona parece el más grave ya que tuvieron tiempo de sobra para preparar el proceso, y sin embargo terminaron aprobando unas primarias a la Rubalcaba: con una sola lista. El consenso era entre los partidos que formaban la candidatura, que se repartieron números de lista.

Estas prácticas impiden ver el peso real de los partidos implicados en la candidatura. Algo parecido a lo que le ha pasado a Unió Democràtica de Catalunya, que siempre ostentaba gran poder político por ir de la mano de Convergència, y que cuando ha ido sola se ha visibilizado lo insignificante que era. Iniciativa per Catalunya ha sido la más beneficiada de esta técnica, también Esquerra Unida i Alternativa en Catalunya. Curiosamente, son aquellos partidos que tenían la llave de los bloques electorales en las elecciones municipales y autonómicas. Aún así, su inclusión en las listas no ha estado exenta de espectáculos ridículos y dantescos, como el que protagonizaron en el 20D. Y en las elecciones del 26J, la beneficiada ha sido Izquierda Unida, que ha pasado de 2 a 6 escaños gracias a la técnica de la coalición y las listas desde arriba.

Paradójicamente, esta última confluencia, entre Podemos e Izquierda Unida, también ha dejado en evidencia el problema de confeccionar las listas mediante acuerdos entre las élites partidistas. Si hubiera habido elección directa y libre de los militantes y simpatizantes, ¿hubiera ido Garzón de número 5 por Madrid o quizás habría disputado el primer puesto a Iglesias?

Limitación de mandatos

Otra cosa que parecía fundamental en 2011 para renovar la política, y que se ha abandonado en pos
del liderazgo, era la limitación de mandatos. Controlar cuánto tiempo se presentará o será cargo público una persona.

En nombre de la confluencia, o de los liderazgos, o del no podemos dejar pasar esta oportunidad, se ha aceptado que las personas cambien de un escenario a otro, que renueven sus cargos, que sigan en política. “No quieren vivir de esto, sólo es vocacional”, se argumenta. Mira, como Ciudadanos: gente normal haciendo política.

Tomemos como ejemplo a los cinco eurodiputados que lo cambiaron todo. De los cinco originales de Podemos en el Parlamento Europeo, sólo queda una. El resto, o han marchado a los Parlamentos autonómicos  o al Congreso de Diputados o se han retirado.

No parece un buen cambio de cromos, esto de mover un compromiso ético por un aparente liderazgo personalista imprescindible. Como si en Andalucía o Aragón no hubiera otras personas que pudieran liderar. No digamos ya a nivel estatal.

Del no-liderazgo al liderazgo personalista

Uno de los problemas que tuvieron los medios para poder dar voz al 15M era la persistente voluntad del movimiento en las plazas de no tener portavoces ni líderes. Acostumbrados a la declaración a golpe de alcachofa, que no hubiera nadie capaz de contestar una pregunta más allá del comunicado consensuado entre toda la Asamblea les descolocaba. Se decidía desde la individualidad de cada asistente en la asamblea. Recuerden el lema: no nos representan. Nadie.

Frente a esto, una estructura como Izquierda Unida ha sido fagocitada por la ola  de la “nueva política”. De los (poco) históricos y (muy) autocomplacientes 11 diputados de 2011, hasta los ridículos 2 diputados de 2015. La estructura electoral del Partido Comunista de España no supo adaptarse.

Paralelamente surgieron en España grupos de apoyo, círculos, que hacían de Podemos una estructura horizontal. Pusieron en cabeza para las europeas a Iglesias, pero fue sólo una estrategia para salir en los medios –decían. Sin embargo, y casi sin enterarse, la organización horizontal se convirtió en vertical gracias a las prisas por ganar las elecciones. Desde los círculos ya no se manda. Se manda desde una pequeña dirección partidista, capaz de presentar públicamente ofertas de pactos de gobierno de izquierdas al PSOE y que, parece, no rinde cuentas a nadie.

Lo mismo ha pasado en Barcelona, donde sólo cuando el pacto con el PSC –y la consiguiente incorporación de un imputado por corrupción como número 3 del Ayuntamiento- ha estado más que asumido públicamente, se lanza la votación a la militancia.

Es decir, las decisiones las toman las direcciones, no la militancia. Los líderes, en todo caso, pueden llegar a consultar a la militancia cuando así lo consideren. Parece que pensaran que, ahora, son ellos los legitimados para representar.

La batalla por Europa, o el tema que nadie quiere tratar

En esta nueva izquierda existen dos mitos, a saber: que España se puede cambiar por la exclusiva vía de las urnas; y que la Unión Europea se puede cambiar si democratizamos en mucho sus instituciones.

La primera, gracias a los resultados electorales 20D-26J ya hemos visto que no existe. Pero la segunda permanece como mito impoluto, y ahora aumentado tras el Brexit del día 23 de Junio.
La izquierda ha decidido rehuir el debate sobre la idoneidad de salir del Euro y de la Unión Europea. Para rehuirlo se escuda en el Plan B para Europa, una iniciativa liderada por Varoufakis –sobre liderazgos, leer el punto anterior, por favor- que pretende la confección de un Parlamento Europeo con capacidad para decidir el gobierno de Europa y el Eurogrupo. Como nadie puede estar en contra de establecer controles democráticos, asunto acabado.

Sin embargo, el debate sobre la democratización de Europa no habla de que el actual Parlamento Europeo está dominado por la derecha, y sin visos de giro político. No habla del auge de los partidos racistas y extremistas en la mayoría de los países de Europa. No habla, en definitiva, de la imposibilidad de cambiar Europa entre todas las fuerzas de izquierda juntas.

Sí, se podría democratizar la estructura. No, no se puede hacer que la UE gire hacia laizquierda. Ni siquiera democráticamente. Hace falta un debate sobre cómo salir de una UE definitivamente tomada por los neoliberales, cuando no por los neofascismos. Lo mismo sobre el Euro.

La calle, que sigue siendo de Fraga

Pero para tener debates complejos sin que desaten el miedo, término de moda en la política de hoy día, la izquierda necesita regresar a la calle.

No es casualidad que las movilizaciones sociales que vivimos desde 2008 se hayan paralizado con la irrupción de Podemos en las europeas de 2014. Mucha de la gente movilizada en su día, ha acabado formando parte de las listas que han ido naciendo a raíz del surgimiento de Podemos. Se vacían las calles, y se llenan las listas.

La última gran movilización fue en Enero de 2015… y para mostrar apoyo a Podemos, ¡sin ningún otro tipo de reivindicación!

A la falta física de movilizados, hay que unir que las listas rupturistas han ganado en algunos lugares. En pocos, pero han ganado. Y protestar o movilizarse contra quienes antes estaban a nuestro lado es complejo y difícil. Pero también muy necesario. Es imprescindible exigir a quienes, saliendo desde la izquierda, han conquistado la institución, y no perdonar grandes pecados –como el pacto Colau-PSC- escudándose en los fallos ajenos.

En la calle está la oportunidad definitiva de esta izquierda estatal surgida del largo ciclo electoral 2014-2016. Recuperar las plazas y olvidarse de la demoscopia. Recuperar las luchas fundamentales, permitir que las estructuras de base gobiernen a las direcciones –y no al revés. Reformar las formas políticas permitirá un cultivo de las ideas complejas y transformadoras –la salida de la UE, la Renta Básica Universal, la creación de una banca pública…- que puedan hacer girar a todo un país hacia la izquierda.


Conjugar formas y fondos políticos, abordar debates complejos desde la base –y sin miedo- y esperar a estar preparados para conquistar los cielos. No cuando haya un hueco demoscópico, sino cuando el poder popular reviente la demoscopia. De otra forma, es imposible. 





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