miércoles, octubre 26, 2011

Hora de comprometerse


O carta a un amigo nicaragüense y otro que se quedó en Madrid, pero que también sirve para todo el mundo.

Ilustración de Ellen Monahan Holly
Tantas discusiones y tantas charlas alrededor de infinitos temas que es normal que ahora que estamos separados y twitter entra en funcionamiento la dinámica sea la misma. Y también es normal que, siendo como somos gente política, las discusiones giren siempre en torno a la crisis de legitimidad que actualmente vivimos.

Los problemas sociales a los que nos enfrentamos ya no son los mismos. Se pueden parecer a los que teníamos allá por inicios de 2008, pero la crisis económica tan profunda que se ha sucedido desde entonces ha terminado por socavar la legitimidad institucional de administraciones, partidos políticos, organizaciones sindicales y medios de comunicación. 9,3 millones de pobres en España –según los últimos datos del INE- son muchos pobres como para que todo siga igual, sin resentirse. Los grandes partidos continuarán con sus 10 millones de votos –puede que esta vez el PSOE obtenga algo menos- pero el sentimiento de ilegitimidad aumenta y se expresa de muy diversas maneras. Con desidia política la mayor de las veces, con indignación de un círculo reducido de personas en otros casos.

Y nosotros, desde nuestra aquiescencia política de ver las cosas desde fuera, sin mojarnos y tras la pantalla del análisis politológico, hemos presupuesto que no hay nadie digno de compartir nuestra lucha silenciosa. Y nos quedamos en casa con nuestro proyecto personal totalizador. Totalizador no porque pretendamos que la sociedad comulgue con nuestras ideas por las buenas o por las malas, sino porque pretendemos que cualquier grupo político al que nos adscribamos participe de la totalidad de nuestras ideas y vea las cosas tal y como nosotros las vemos. En caso contrario nos escondemos en términos como la ceguera política de los demás o la incapacidad del sistema para asumir las soluciones más técnicas que nosotros proponemos. Miramos a Francia, Inglaterra, Estados Unidos y observamos en sus regímenes políticos, en sus sociedades o en sus principios constitucionales, elementos que nos gustaría que asumieran como nuestros la propia sociedad a la que pertenecemos. Y sin embargo no somos capaces de entender que es en la participación social y política en donde se juega el futuro de nuestras ideas.

Participar o comprometerse con un grupo consiste en llegar a ese grupo con tu propia visión de cómo se han de hacer las cosas, pero también con la predisposición de escuchar a los demás y la voluntad de renunciar a algunas ideas propias a cambio de que otras se conviertan en ideas comunes. Consiste en renunciar al proyecto personal totalizador a cambio de unir fuerzas con otros que podrán tener también conocimientos técnicos o no, pero que se muestran dispuestos a generar un cambio en la sociedad a favor de unos principios políticos similares a los tuyos.

Es de esta forma como se cambian las sociedades, como las realidades políticas se modifican. Es de esta forma que los grupos en los que no participamos y no participaríamos jamás están implementando sus proyectos políticos, trabajando en contra de los nuestros, generándonos más indignación silenciosa, más desidia política y, sobretodo, más aislacionismo personal.

Considero, por tanto, que es necesario que participemos, que cada uno de nosotros escoja un grupo político en el que, por tradición personal, visión política o simplemente cercanía, pueda sentirse cómodo al participar. Quizás no coincidamos en la elección del grupo político en el que participar, pero siendo sólo uno, dos o tres no podríamos jamás constituirnos en un grupo capaz de cambiar la sociedad. Los tiempos de la vanguardia universitaria, donde un rotulador y un megáfono movilizaban al 90% de la comunidad han quedado muy atrás para nosotros. Y sólo existen dos caminos. Buscarnos un hueco en la sociedad que nos permita participar políticamente, ser actores y protagonistas de la acción política, o ser consumidos por nuestra indignación, desidia y absentismo social. Ya sabemos que participar tiene el precio de varias de nuestras ideas, pero el camino contrario nos lleva a quedarnos solos en casa, vestidos con nuestros harapos de escepticismo político, compartiendo quejas y refunfuños escépticos con otros como nosotros, y viendo cómo todo esto que se llama Estado y que tanto apreciábamos se pierde por el sumidero.

4 comentarios:

Harry Reddish dijo...

Hermano, te leo y no puedo estar más de acuerdo contigo. Cuando uno se adhiere a un grupo, tiene que renunciar a una parte de si mismo para no desentonar. El truco consiste en juntarte con gente que piense como tú, supongo. Claro, ahí está lo difícil, porque cada quién es de su padre y de su madre. El caso es que existen otros medios para alcanzar los mismos fines y no todos pasan por la partitocracia o movimientos 2.0. Tú dices que me la paso lamentándome en mi casa, y yo te digo que me levanto todos los días a las 6:00 am para ir a trabajar. Mi trabajo es mi campo de batalla personal y "totalizador" donde desarrollo mi compromiso social. Y no te digo que no pueda simpatizar con unos o con otros movimientos, de hecho colaboro en algunas cuestiones comunitarias por acá. Supongo que cuando encuentre lo que me llame, a eso me uniré. De momento, déjame con mi trabajo, que aunque sepa a ciencia cierta que es mentira, ahí es donde por ahora puedo dar más guerra.

Y a ti, felicidades por el sitio en el que te hayas metido. Felicidades no a ti, sino al colectivo en el que estés porque han hecho un grandísimo fichaje.

BTW: desde cuándo aprecias tú al Estado???

To Kai dijo...

El voto útil se puede canalizar a través de los llamados partidos de voto en blanco que prometen abandonar el escaño nada más tomar posesión de él y presentar una propuesta de reforma de la ley electoral.

Si consiguiesen un número de votos en blanco superior al 3% (vamos si se superase el "cortafuegos" de la maldita Ley d'Hondt) se verían con algún escaño vacio, algo que a primera vista puede parecer algo sin importancia, pero que la tiene cuando se trata de aprobar leyes en que el voto de 1 diputado puede suponer la aprobación o no dicha ley.

Aunque la abstención sea aplastante eso no va a impedir que se repartan los escaños (les sobra cara dura). De hecho llevan varias legislaturas gobernando con el apoyo de poco más del 50% de los votantes.

Y por ahí corre un video con referencias situacionistas sobre el tema:
http://www.youtube.com/user/41calibre?feature=mhsn

Y excelente blog por cierto,

Felicidades

el_situacionista dijo...

To Kai, no estoy muy de acuerdo con lo que dices. Un escaño sin ocupar es un voto que no pelea por una política más social y democrática. Un voto, como afirmas, puede ser determinante para que salga una ley, y una ley no es en sí misma algo malo. Con leyes se hacen cosas buenas, y un escaño menos puede significar que no salga adelante.

Además, partidos que tienen un único punto de actuación -reforma electoral, leyes protección de animales, etc- se olvidan de que mientras tanto la gente sigue necesitando de la política para mejorar sus condiciones sociales.

Dudo incluso del carácter situacionista de estas propuestas. Los Provos, situacionistas holandeses, se encontraron con representación en el ayuntamiento de Amsterdam durante los 70 y lejos de no presentarse en su escaño lo ocuparon e hicieron una política distinta, diferente.

Un saludo y espero seguir viéndote por aquí a pesar de las discrepancias.

Anónimo dijo...

el_situacionista me has interpretado mal, no afirmo que estas propuestas tengan carácter situacionista, sinó que el video del enlace tiene referencias a Guy Debord y compañía.

Y nos guste o no hay un cierto número de votantes a los que no convence ninguna fuerza política y votan en blanco. Si por el motivo que sea alcanzasen más del 3%, creo que el estado del escaño que les pertenece debería de ser el de "escaño vacío"

Y seguiré pasando por aquí de vez en cuando, me gusta el blog.

To kai