martes, agosto 24, 2010

Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer

De vez en cuando, y a trompicones, la literatura va cambiando. Muchas de esas veces, los nuevos autores que proponen formas diferentes de expresión literaria o novedosas maneras de estructura narrativa son incomprendidos y vilipendiados por sus coetáneos para, en el momento de triunfar, ser adulados por las mismas bocas. Eso no pasará con Jonathan Safran Foer.

Cuando escribió Todo está iluminado en 2002 apenas contaba con 25 años y le sobrevino el éxito de crítica –premios National Jewish Book Award y Guardian First Book Award- y público. Algo inusual para un libro en donde la manera de contar la historia no es tradicional, aunque sí que se rige por el continuo planteamiento-nudo-desenlace. Más tarde, en 2005, se rodó una película, que ya veremos si veremos. De manera que contamos con un joven prodigio de la literatura, estadounidense de origen judío –como si eso resumiera su única historia- y cuyo primer libro se extiende rápidamente por las estanterías de toda librería que se precie.

Todo está iluminado trata la persistente historia de la represión nazi del pueblo judío. Meterse con un tema tan manido tiene de malo que hay que saber enfocarlo para aportar algo verdaderamente diferente. Pero también tiene de bueno que el autor no necesita ser capaz de montar la escena perfectamente para que el lector sienta el terror, la desesperación o la esperanza en cualquier momento. Miles de películas y libros nos han tatuado a fuego los estereotipos de esta clase de historia y las imágenes de los buenos, los malos y los que pasaban por ahí.

Esta historia es una historia de buenos. Safran Foer nos lleva al corazón de Ucrania, se utiliza a sí mismo como uno de los personajes principales del libro y se sitúa como provocador de toda la historia que se irá desencadenando. Nieto de judíos que huyeron del nazismo llegando a Estados Unidos en uno de los convoyes de salvación, Safran Foer decide investigar la vida de su abuelo en Ucrania, los días en que se salvó de la persecución nazi y que nunca le pudo contar, pues murió cuando apenas había pisado suelo americano. Su abuela, que cuando perdió a su marido ya estaba embarazada de su madre, no ha hablado jamás de la historia del abuelo, y eso le provoca la curiosidad por encontrar a una persona, Agustine, una mujer de la que sólo tiene una fotografía de hace 50 años y un dato: fue quien salvó a su abuelo.

En Ucrania, Jonathan se encontrará con los otros dos personajes que dominan el libro. Como no sabe moverse por este país, contrata los servicios de una agencia de viajes que se encarga de buscar las pistas del pasado judío y ayudar a las personas a reconstruir su historia familiar. Como buen negocio del Este improvisado, todo es un desastre y, lejos de encontrar a los profesionales que cabría esperar, Jonathan se topa con Alex, un universitario ucraniano que habla inglés de una particular manera, y su abuelo Alex, un viejo malhumorado ucraniano, que dice que está ciego pero que hace las veces de conductor.

Esta será la historia principal, la de la búsqueda por parte de este trío de Agustine. En apenas un par de noches, el grupo de tres andará buscando sus pasos con la única pista que han podido encontrar: el nombre del shtetl en el que nació su padre es Trachimbrod.

Intercalada con esta historia, encontramos la del propio pueblo de Trachimbrod o, más concretamente, la de la comunidad judía del pueblo. Nos situarán en pleno siglo XVIII, pero no será una historia al uso. La manera de contárnosla, llena de personajes hilarantes y de curiosísimas situaciones que van modificando los usos y costumbres de la gente que allí vive vuelven loco al lector y, en ocasiones, le harán partirse de risa. Hombres que, por mucho que o intentan, no pueden perder cierta nota en la que está escrito su recuerdo más doloroso. Congregaciones judías separadas y escindidas por un simple problema de planos verticales y horizontales en donde creen que han de rezar. En definitiva, historias con interés y que merecen ser leídas y que avanzan irremediablemente hasta los tiempos del abuelo de Jonathan.

El entrecruzamiento de estas dos historias irá desgajando momentos de humor, como decimos, al tiempo que se entrevén las diferentes tragedias que Safran Foer nos quiere relatar. Es un juego un tanto elaborado que, en ocasiones, provoca el aburrimiento en el lector pero que no permite que éste pierda un ápice de interés por la historia.

Pero, como venimos señalando, el libro no se queda sólo en sus historias. La forma de contarnos éstas es una de las cosas que en ocasiones despista y en ocasiones asombra. La búsqueda de Trachimbrod está contada a través de las cartas que Alex, el nieto, escribe a Jonathan meses después de que haya ocurrido todo y de un relato de dichos acontecimientos que Alex está escribiendo. El inglés de Alex –y en la traducción que yo leí, el castellano- es particularmente extraño, utilizando palabras que no corresponden pero que, sin embargo, hacen que el lector sea capaz de entender lo que quiere decir. Este juego es muy divertido y hace de Alex un tipo con más interés del que cabría esperar.

Por el contrario, la historia de Trachimbrod está contada a través de un relato que el propio Jonathan –el personaje de la novela- comparte con Alex. Éste goza de una escritura más formal y habitual en cualquier relato aunque, cada cierto tiempo, la forma de narrar gira por unos derroteros que el lector no comprende y que denotan cierta pretensión por escribir diferente sólo por el mero hecho de hacerlo. Poco justificable, en definitiva.

Sin embargo, y a pesar del sabor agridulce que el libro nos deja –por su estructura y por su historia- , merece la pena que se le eche un vistazo y se le recomiende, como hacemos aquí. Dicen por ahí que su segundo libro Tan fuerte, tan cerca, aún teniendo todo este tipo de estructuras narrativas poco habituales, se hace mucho más intenso y conmueve más al lector. No nos cabe duda de que el segundo será mejor que el primero, y el tercero que el segundo, y así sucesivamente, pues Jonathan Safran Foer, al acabar la lectura de su libro, se muestra como un escritor interesante al que seguir hacia donde nos quiera llevar. Alguien con historias que contar y capacidad para hacerlo de manera interesante e inteligente.

3 comentarios:

eva dijo...

Foer escribió esta historia después de regresar de Ucrania, a dónde se fue sólo con una foto de una chica que supuestamente había salvado a su abuelo y el nombre del shtetl donde éste había vivido. Despues de cinco días no encontró nada y regresó a Estados Unidos..., y luego resultó que sí había encontrado algo... por lo menos había encontrado suficiente para escribir este libro.

el_situacionista dijo...

Gracias eva por el detalle.

Shion Kirkland dijo...

¿Dónde lo puedo descargar?