lunes, noviembre 10, 2008

La confabulación

Tengo un coche. Un Renault Clio, de los modernitos, de color gris claro. El color venía de serie, vamos que no me lo dieron a elegir. Tiene 85cv y el fabuloso invento del regulador de velocidad –a San Cucufato pongo por testigo que no volveré a pisar el acelerador por carretera. Al Clio lo llaman el mata pijos, pero yo les juro a Uds. que ese niño rico ya tenía mala cara antes de que yo le atropellara.

Como todos los coches, tiene mote. No se lo he puesto yo, sino una compañera de trabajo y, por razones obvias para todos aquellos que lo han visto, al mío lo llaman “La Mosca”. No sé a cuento de qué se le ponen apodos a los coches. O, mejor dicho, por qué se le ponen motes a los coches y no a las tostadoras, por ejemplo. La tostadora que hay en mi casa la podríamos llamar la frígida, porque no se calienta ni arrimándola al fuego. Yo le voy a empezar a poner mote a todo aparato que utilice con asiduidad. Al mp3 le voy a llamar “El indescifrable” porque siempre que meto un disco nuevo [guiño, guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño, guiño], el tío no me reconoce los nombres de los artistas y al final termino escuchando lo que le da la gana. Y al móvil lo voy a llamar “Bismark” porque, sobre todo entre semana, da más guerra que en el 14. Que me van a borrar el nombre de tanto usarlo, carajo.

Bueno, pues con “la mosca” hago mis pinitos. Lo utilizo para trabajar y para ir de la ciudad donde vivía, al pueblucho en donde trabajo. Amén de otros menesteres más inconcretos, claro. En tres meses ya le he hecho 10.000 kilómetros y, he calculado, que para cuando acabe de pagarlo le habré dado la vuelta al velocímetro unas dos veces y media (sic). En todos esos kilómetros recorridos nunca he tenido problemas. Hasta el 15 de Octubre, fecha en que me pusieron una multa.

He de señalar en este punto de la entrada, que el_situacionista que esto firma tiene, en sus 10 años de carnet –hostia, que tengo que renovarlo ya- un inmaculado expediente. Ni una sola multa por mal aparcamiento si quiera. Ni un solo golpe mal dado por culpa suya –siempre me envisten cuando estoy en los semáforos o bien aparcado. Y tan solo le hice un raspón a mi primer coche cuando, acuciado por las prisas y animado por mi bisoñez al volante –debía llevar un mes conduciendo sin ese señor bajito con halitosis que me daba clase-, caí en la conspiración del constructor del parking de Tribunal, en Madrid. Una marca blanca en la puerta trasera izquierda dejó constancia del beso apasionado de una columna. Pero no se preocupen, el coche estaba tan hecho polvo que asumió sus penitencias y en un mes más el blanco raspón se convirtió en rojo cereza. Estuvimos pensando en amputar la puerta, pero preferimos esperar a que se gangrenara.

No fue la primera vez en que un parking me jugó una mala pasada. De nuevo las prisas y la indecisión me hicieron estar a punto de la catástrofe en el subterráneo de El Corte Inglés de Castellana. Ahí no pasó nada porque la providencia no quiso, pero podía haber pasado y gorda. Y para más inquina con un coche que no era mío, era prestado. Entre maniobra y maniobra, fruto de haber elegido mal el sitio para aparcar, terminé atascando el coche entre dos paredes, justo en la mitad de una bajada de una planta a otra, viendo con toda tranquilidad cómo podía haber sido arrollado sin rubor por cualquier pobre cliente que decidiera que el parking P2 era demasiado explícito para él. Angustiado, como sólo estas cosas angustian, hubo un momento en que decidí plantar el freno de mano y subir a buscar a cualquier operario del parking, a ser posible con grúa, para que se llevara el coche a donde le diera la gana, porque estaba claro que yo no sabía qué hacer con él. La vergüenza torera que acompaña a todo buen conductor –en especial este orgullo matritense que te dice para tus adentros “por los cojones”- me hizo desistir de solicitar ayuda y se terminó resolviendo la situación con un aparcamiento de libro, en la plaza elegida y sin ningún raspón para el coche prestado ni los adyacentes. Parking 1; situacionista 1.

Junto a esta habilidad para evitar golpes, me caracteriza la facultad de evitar el verde oliva y el azul mar de fondo que dirigen los tráficos. Jamás he tenido nada que ver con un municipal y la única vez que me crucé con un guardia civil por la carretera fue para que éste me hiciera un examen de alcoholemia a las 3 de la madrugada y en mitad de la M-40. Examen, por supuesto, que se saldó con una victoria apoteósica del situacionismo frente a los guardiacivilistas.

Hubo eso sí, no lo voy a negar, un conato de encuentro nada más comprarme yo el Clio. Caminaba distraídamente, comprobando la capacidad motora de mi vehículo cuando, al pasar por un carril de aceleración, salió un coche de la benemérita. El canguelo fue común entre todos los coches que pasábamos al mismo tiempo por allí, pues todos nos mirábamos por los espejos retrovisores pensando quién sería el afortunado cazado. Yo ya me imaginaba parado en la cuneta, como cualquier delincuente, con la sonrisa del solitario en el rostro y cagándome en el cuerpo. “Total –me dije- si me van a multar por lo menos me lo paso bien”. Pero debe ser que los dos agentes de la ley se dieron cuenta de lo bien que me lo iba a pasar con ellos y decidieron finalmente parar a otro conductor, sin duda mucho menos divertido. Guardia Civil 1; situacionista 1.

Pero las cosas cambian, y hace un par de semanas me llegó una carta certificada. Curioso sobre el que te envían los de tráfico. Pareciera uno normal, pero justo a la izquierda del nombre, en lugar de tener papel de sobre, tiene uno de esos papeles negros, como de rasca y gana. En principio lo hacen para que nadie pueda ver qué tipo de multa te llega. Ni si quiera al trasluz. Pero yo creo que lo hacen para animarte a abrir la carta. “¿Qué habré ganado? ¿Un apartamento en Torrevieja? ¿Un lote de productos cola-cao? Uf, espero que no sea la vajilla”. Pero no. 100€ de multa por haber rebasado los límites de velocidad. Sin retirada de puntos, porque al parecer has de ir muy deprisa para que te quiten puntos.

A partir de ahí pasé por todas las fases psicológicas del conductor multado. A saber.

1. La negación. ¿Yo? ¿Una multa? Será un error.

2. La aceptación. Mierda, pues es mi matrícula, sí.

3. La suspicacia. A ver, a ver si era yo el que conducía.

4. La nueva aceptación. Pues sí, ese es mi cabezo seguro.

5. El perfil de abogado. ¿Pero seguro que esto es legal? ¡La recurro!

6. El perfil del economista. Anda, pero si pago en menos de 30 días me cobran sólo 70€.

7. La frustración. Serán hijosdeputa que ponen los radares para pillar.

De manera que con el papelito en la mano, me dirigí a la sucursal más cercana dispuesto a claudicar ante la Administración. En la cola del pagar ya me leí más detenidamente el modo de empleo de la multa. Al parecer, ponía el kilómetro exacto en el que me la habían puesto. El 141 de la A2 dirección Madrid-Barcelona, provincia de Soria. La curiosidad se desató en mí y, en el siguiente trayecto que hice por el mismo recorrido, no dudé en estar pendiente del kilómetro 141. La verdad, ardía en deseos de saber cómo de bien habían escondido el radar que yo no lo había visto. “Hmm, pensé, más listos que yo no lo serán”. Iba a tener un dato de esos que compartir con los demás conductores. Ya saben. “Tened cuidado en el 141, que hay escondido un radar y los mamones no avisan”. La confabulación de Tráfico contra mi persona no iba a quedar impune. Serían 70€ pagados por mí, pero amortizados por todos aquellos conductores a los que mi advertencia les impediría caer en la trampa. De nuevo la balanza se inclinaba a mi favor. Tráfico no contaba con que yo tenía un blog, un arma estupenda para contraatacar su abuso de buena fe. Y, finalmente, hace dos viernes me crucé con el kilómetro 141. El fatídico kilómetro en donde Tráfico no es que tenga escondido un radar, es que tiene un radar bien grande, avisado por un cartel de proporciones desproporcionadas un par de kilómetros antes. Y lo único que queda es claudicar. Asumir que se es gilipollas por no haberlo visto cuando has pasado por ahí como unas veinte veces desde que te compraste el coche y esperar. Sí, esperar. Porque aunque esta vez hayan ganado ellos… ¡se van a enterar!

Guardia Civil 2; situacionista 1.

6 comentarios:

eva dijo...

Yo que vacilaba a mis colegas de conocer a un situacionista con un expediente de tráfico impoluto. Pero es que 10.000km al año más los menesteres inconcretos dan para mucho, la improbabilidad jugaba en contra de la mosca.

Mira yo: casi 9 años conduciendo sin rayar un coche ni una moto y el día que cojo uno prestado voy y lo rayo.

Reverendo Pohr dijo...

Pues el coche que suelo utilizar (un Ford KA), a nombre de mi progenitora, lo llamamos "la cucaracha". Supongo que poner nombres a las cosas otorga cierta familiaridad, aunque la mayoría de las veces lo hacemos sin querer (ya se sabe: cacharro, trasto de mierda, maldito, puto, etc.). Pero un nombre elegido a propósito es como un bautizo.

Si te sirve de consuelo, yo también soy de aquellos que no ven letreros bien grandes por falta de atención y luego vivo todo el proceso de buscarle los pies al gato antes de reconocer que soy un poco lerdo. Como fallar un gol y buscar a quién ha movido la portería...

Greetings

el_situacionista dijo...

Eva, qué más quisiera que fueran 10.000kms al año... han sido 10.000 en 3 meses. Es un cálculo probabilístico. Por si acaso, me pido sacar la ambulancia del garaje.

Reverendo, una cosa es un mote y otra muy distinta un adjetivo calificativo.

De cualquier manera, manda huevos con los cabrones que nos mueven las porterías sin que nadie más se de cuenta.

¡¡Saludos!!

C.C.Buxter dijo...

Un amigo mío le llama a su Ford Escort de hace veinticinco años "la bala roja". Además lo hace sin ninguno tipo de pudor, con humildad...

Mi expediente automovilístico también está inmaculado, tras cinco años con licencia para conducir. Eso sí, juego con ventaja: sólo he cogido el coche dos veces.

Aloia dijo...

Pues nada, se ve que esto de los radares anda manchando expedientes a diestro y siniestro...lo mío fue hace dos meses, diez de carné sin toparme con nadie...y zás, dos puntos menos...pero el mío sí era un radar escondido, que digo era, es un radar ahora "escondido" al que todos apodamos el "recaudadator" a modo de saga interminable pero sin anuncio previo de estreno...un escándalo! que diría el niño de los ojos de la collares...si es que, no se puede, no se puede....

el_situacionista dijo...

c.c. buxter, eso es jugar con ventaja.

Aloia, si es que lo hacen con manía persecutoria y afán recaudatorio. Si algún día me paran en la carretera, al menos creo que me lo pasaré bien. Ya que me van a poner multa... ¡a disfrutar!

Saludos.