lunes, octubre 15, 2007

Los libros y los amigos, de Peter Mayer

Lo leí el sábado, cerca del Ebro con el sol y la cervecita de compañeros. Y no puedo permitirme no reproducirlo. Es un poco largo, pero merece la pena sin duda.

[Babelia, suplemento del diario El País, Sábado 13 de Octubre de 2007]

La Feria del Libro de Francfort, que se celebra hasta el 14 de octubre, es la única feria internacional del libro a la que asisten prácticamente todos los editores del mundo. Sin despreciar otras ferias, como la BEA estadounidense, la Feria del Libro de Londres, la Feria del Libro de El Cairo, Liber, el Salon du Livre, Jerusalén, la Feria del Libro de Buenos Aires, las ferias del libro de Nueva Delhi, Varsovia y Calcuta -y probablemente una decena más-, Francfort, que se celebró por primera vez en 1454, es la abuela de todas ellas. (Hubo un interregno que comenzó en 1764 y en el que Leipzig sustituyó a Francfort, pero la sede volvió a cambiar tras la era nazi, en 1949, después de que Leipzig pasara a formar parte del bloque soviético).

Este año estaré en la Feria del Libro de Francfort por cuadragésimo cuarta vez. Como casi todo el mundo, tuve que alcanzar cierto grado de veteranía para que mis jefes me permitieran disfrutar de un billete de avión, una habitación de hotel y una semana sin ir al despacho. La primera vez que vine fue a instancias del conocido editor alemán Andreas Landshoff, amigo mío y ya entonces un veterano, que nunca dejó de asistir a la feria hasta hace poco. Su tarea como editor en Abrams incluía la coproducción de los libros visuales de Abrams, y Francfort era fundamental para su trabajo.

Al principio, yo iba como editor de libros de bolsillo, luego empecé a interesarme fundamentalmente por la compraventa de derechos, y luego, sobre todo, por las reimpresiones. Los derechos que vendía, primero en nombre de Avon Books y luego de Penguin, eran los de las ediciones en lenguas extranjeras de libros que nosotros ya teníamos. La venta de derechos era un aspecto comercial que, a veces, nos permitía cubrir los gastos de la feria, y a mis autores les gustaba que yo volviera a casa y les contara sobre los derechos que habíamos logrado vender. Sin embargo, nada, ni entonces ni ahora, me ha dado nunca tanta satisfacción como el hecho de encontrar un libro nuevo para publicar. La labor editorial se alimenta del entusiasmo ante un futuro impredecible, y creo que siempre será así. Los libros que adquirimos son la base sobre la que el público puede valorar las decisiones culturales y comerciales del editor: culturales en el caso de los libros de más calidad, y comerciales en el sentido de que la editorial necesita vender para poder seguir editando libros.

A lo largo de mi vida, el gran acontecimiento de octubre ha cambiado, pero merece la pena dedicar un instante a esbozar una historia resumida de la feria. En los primeros tiempos, desde el siglo XV hasta principios del XX, era una feria sobre todo alemana, desde luego, pero desde muy temprano tuvo una faceta internacional. Impresores de Italia, Suiza, los Países Bajos, Polonia, Francia y otros países, cargados con barriles llenos de libros, viajaban durante meses a pie, a caballo y en barco para asistir a la muestra. Si el libro empezó a internacionalizarse tan pronto fue gracias a Gutenberg y su invención del tipo móvil y la imprenta en 1450, que hizo posible la impresión de múltiples ediciones. Desde luego, su invento contribuyó más que ningún otro a la lectura de libros y la difusión del conocimiento, tanto en latín como en las lenguas vernáculas. El hecho de que una obra se leyera más en una lengua determinada hacía que los editores de otros países quisieran traducirla. Pero esa faceta internacional no adquirió verdadero impulso hasta el desarrollo de los viajes y las comunicaciones, que permitieron el aumento de los intercambios culturales. Se sabe que las primeras ferias alemanas ya tenían la vista puesta en el extranjero, como lo demuestra la existencia de un catálogo de la Feria de Francfort en inglés, que empezó a editar el librero John Norton en 1608- 1618; no obstante, la lengua franca de las obras y los participantes siguió siendo el latín.

Aunque, en gran parte, las ferias de Francfort y Leipzig siguieron constituyendo los lugares de encuentro de editores y libreros alemanes, al mismo tiempo contribuyeron a ese intercambio de ideas y a fomentar el debate sobre la labor editorial en general. En las ferias, los editores entraban en contacto con las nuevas tecnologías relacionadas con el papel, la tinta, la impresión y la encuadernación, e incluso diferentes métodos de diseño, ventas y distribución. Aunque el libro era un objeto cultural, la tecnología era y sigue siendo su accesorio indispensable.

La llamada Feria del Libro de Francfort ha ido incorporando todos esos aspectos auxiliares, y otros productos no auxiliares como mapas, carteles y calendarios, y en tiempos más recientes cintas de audio y CD, descargas digitales, juegos, etcétera. Internet y la digitalización auguran todavía más cambios para el futuro, del mismo modo que las ediciones de bolsillo -iniciadas por Tauchnitz en Leipzig, en 1841, y por Penguin en formatos más "de masas" en 1935, en Inglaterra- revolucionaron la producción, el precio y la venta del libro, los hábitos de lectura en todo el mundo y la forma de presentar y vender los libros, al ampliar los formatos de la información y el entretenimiento.

En cuanto a la feria en sí, que inicialmente era una feria profesional y comercial -a la que el público asistía más o menos dependiendo de las reglas cambiantes de la muestra-, con el tiempo se fue entretejiendo con la economía social. Por un lado, esa evolución se debió al desarrollo del comercio nacional e internacional. Pero, por otro, en los años setenta, pasaron a primer plano las distintas sensibilidades y las tendencias políticas. Empezaron a verse, en ocasiones, protestas llamativas e incluso violentas, como las manifestaciones de una izquierda cada vez más combativa contra las publicaciones de Axel Springer, la ocupación del pabellón griego por parte de disidentes en 1967 y la protesta de la Federación de Estudiantes Socialistas y el movimiento contra Leopold Senghor en 1968, año en el que se le concedió el Premio de la Paz de Francfort, el prestigioso galardón que concede la feria cada año en la iglesia de San Pablo. La dirección de la feria, como es comprensible, asumió una postura inflexible ante toda esa politización, pero acabó viendo que era imposible, con la presencia de los medios de comunicación, aislar por completo los acontecimientos mundiales de la cultura y el comercio del libro. Por ejemplo, la fatua dictada por el ayatolá Jomeini en 1989 contra Salman Rushdie y todos los que difundieran Los versos satánicos dejó claro que la seguridad física ya no estaba garantizada. La feria tuvo que añadir un número cada vez mayor de medidas de seguridad en las entradas, una situación que empeoró todavía más tras el 11-S.

En los años setenta, quizás hacia 1975, según cuenta Peter Weidhaas -durante muchos años responsable de la feria y recientemente jubilado- en su libro A History of the Frankfurt Book Fair, que se publicará este mismo año, también se produjeron otros cambios, relacionados con lo que se consideraba el marketing que nos llegaba de Estados Unidos. La promoción a bombo y platillo y la preocupación por crear best sellers se convirtieron en partes tan importantes del encuentro -en todos los aspectos, desde las vitrinas en los pabellones hasta los carteles callejeros que se veían en las proximidades de la feria- que los organizadores se preocuparon seriamente. Weidhaas y su consejo directivo tuvieron que preguntarse si los elementos culturales de la feria estaban viéndose eclipsados por la comercialización. La venta de derechos sobre libros de autores famosos, autores a punto de ser famosos y autores que pronto iban a quedar olvidados, que los agentes y editores solían llevar a cabo -en los tiempos previos al teléfono móvil- a base de subastas peripatéticas de libros todavía no escritos, a partir de unas propuestas de tres frases, coexistían incómodamente con un esfuerzo cada vez mayor de los editores de libros de arte para encontrar socios que coprodujeran los libros con ellos, unos socios que entonces eran todavía más necesarios que ahora para amortizar los costes de desarrollo de la impresión en color para una sola vez. También empezaron a ocupar tiempo y espacio las empresas dedicadas a la liquidación internacional de libros, así como las ventas -muchas veces no autorizadas- de libros promocionales por encima de fronteras nacionales con contratos exclusivos: todo tenía hueco en una Feria de Francfort que evolucionaba. En gran parte, se debía al enriquecimiento de la sociedad occidental, que tuvo como consecuencia el exceso de producción tanto de títulos como de ejemplares de cada libro. Podía decirse que la feria avanzaba cada vez más en paralelo con un mundo comercial independiente de los libros.

También hay que dejar constancia del crecimiento de la propia feria. En 1970 había aproximadamente 2.500 participantes, procedentes de 66 países. En 1990 estuvieron presentes 90 países y los expositores ascendían a más de 6.000. Y así sucesivamente. Como dice Peter Weidhaas en A History of the Frankfurt Book Fair: "En un periodo de 30 años, el espacio dedicado a los expositores había multiplicado casi por cinco la superficie original en metros cuadrados (de 39.000 a 198.558). Un visitante que pretendiera ver todas y cada una de las casi 7.000 casetas habría tenido que recorrer más de 30 kilómetros. Tal vez el Libro Guinness de los Récords estaría interesado en saber si alguien ha sido capaz de hacerlo. El número de visitantes aumentó en la misma proporción. Al empezar ese periodo, el público corriente representaba aproximadamente el 70% de los visitantes. Las mañanas estaban reservadas para los profesionales. Sin embargo, en el último decenio del siglo XX, el asombroso incremento del número de visitantes profesionales obligó a limitar el acceso del público. A partir de entonces, sólo se permitió los dos últimos días, que siempre eran un fin de semana".

En 1993 se produjo una transformación importante, que situó la feria en lo que, a partir de ese momento, pudo considerarse una plataforma de lanzamiento para el siglo XXI. Ese año, el mercado de la información electrónica, constituido por los fabricantes de software, empezó a ocupar un lugar especial en la feria y pasó a ser parte formal de ella. Evidentemente, en 1993 nadie podía predecir que, en 2007, la edición electrónica -paralelamente a la edición impresa tradicional- iba a tener una importancia tan grande para una nueva generación de lectores. En esa transformación y su trayectoria se encuentra la gran incógnita de los próximos 10 años.

Da la impresión -si se examina lo ocurrido en las industrias de la música y el cine- de que la complicada recompensa de la digitalización y la llegada de diversos aparatos lectores como el Sony Reader (con su reserva de 80 libros en la tarjeta de memoria) podrían suponer enormes cambios; pero lo que no se sabe es si la gente querrá utilizar ese método para leer por placer. Tal vez la tinta negra sobre papel blanco, basada en la fórmula de Gutenberg de hace más de 500 años, página a página, siga prevaleciendo sobre una nueva generación apoyada en una pantalla. Es posible que haya un lento cambio en el público, en relación con algunos libros, no con todos. Tal vez el factor decisivo sea el contenido, y no el contexto. Varios críticos y editores como André Schiffrin y Jason Epstein han hablado de los cambios políticos, culturales y tecnológicos que están produciendo la creación de conglomerados y la tecnología. Desde luego, la Feria del Libro de Francfort representará cualquier cosa que surja de esta y otras profecías.

Hay que decir que la introducción de temas en la feria se hizo, en parte, para contrarrestar el avance hacia la comercialización de la muestra; la primera feria temática fue la de 1976 (literatura latinoamericana), en la que se dedicó gran atención a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Desde entonces, en todas sus ediciones -salvo alguna excepción-, la feria ha destacado una región o un tema no regional, que centra la atención de todos y, fundamentalmente, de los medios alemanes especializados. Este año es Cataluña, una región de la geografía política de España. Los temas han contribuido a impulsar aún más el carácter internacional de la feria. En realidad, ésta sólo fue exclusivamente alemana un año, en 1949. Cinco años después ya había más participantes internacionales que alemanes (hoy es la feria de Leipzig la que permanece exclusivamente dedicada a lo alemán).

Desde mi punto de vista personal la feria, dado el mundo en el que vivimos, representa una mezcla razonable de comercio y cultura, que otorga cada vez menos importancia -por el desarrollo de las tecnologías de impresión- a las coproducciones de libros visuales. En los libros no visuales existe cada vez menos interés por las obras procedentes de Estados Unidos y más por compartir con otros países nuestras respectivas culturas. El papel de Estados Unidos es peculiar. Su enorme poder mediático hace que menos del 5% de los títulos publicados proceda de países de habla no inglesa. Esta vergonzosa paradoja se da en todo el mundo anglosajón: por ejemplo, el Reino Unido, cuyos medios tienen mucha menos influencia, no parece estar tampoco muy interesado por la literatura extranjera. A pesar de esa anomalía y otras semejantes, la Feria de Francfort, en la ciudad natal de Goethe -el alemán más universal-, sigue siendo una feria comercial que conmemora la diversidad de los componentes culturales de las distintas naciones y regiones del mundo. Ahora bien, algunos podrían criticarla alegando que la mano de los grandes conglomerados empresariales y la tendencia a publicar con la vista puesta en los beneficios (en vez de la diversidad que sería de esperar) han reducido esa variedad que parecía posible. Es verdad que cada vez se publican más libros en todo el mundo, pero cada libro vende menos, y los éxitos de ventas venden mucho más que antes. ¿Acaso el triunfo el hombre corriente presagia el fin de la diversidad?

En otras palabras, la feria es una representación auténtica de lo que ocurre en el mundo editorial en general, y tanto Sigfred Tauber como Peter Weidhaas, y hoy Juergen Boos, han introducido esos cambios con el crecimiento físico y la adaptación de las infraestructuras de la feria, en un intento de ofrecer antídotos contra los problemas que, decenio tras decenio, siguen apareciendo.

Una vez más, desde mi perspectiva personal, yo voy a la feria a trabajar, más a comprar libros para publicar que a vender derechos de libros para que los publiquen otros. Pero, además del trabajo, voy a ver a mis amigos. Tanto si es en la cena Peter Mayer, de nombre ligeramente inadecuado, sufragada por los que asisten a ella -ninguno de ellos invitado por mí-, como en las numerosas recepciones y cenas y los encuentros casuales con viejos y nuevos conocidos, siento que formo parte de una gran reunión de un club. Se bebe y se trasnocha mucho; se pierde la voz. Sonrío a gente cuyas caras conozco pero cuyo nombre he olvidado en los últimos 12 meses. Meentero de quién está casado con quién y quién se ha separado, cuántos hijos tiene cada uno, cómo se llevan esos hijos, dónde viven los amigos; a veces he tenido la suerte de poderles visitar en sus respectivos países o han venido a visitarme. Un año pude llevarme a mi hija y presentarla a diversas personas que llevaban 23 años viendo sus fotos. También he tenido la suerte de ver la feria a través del prisma de una gran editorial como Penguin, con un pabellón en la feria en el que podrían cultivarse cosas, y ahora desde otra más pequeña, la neoyorquina The Overlook Press, que ocupa la mitad de una caseta compartida con Duckworth, de Londres, y el diseñador y editor holandés Joost Elffers.

Los libros y los amigos son lo que verdaderamente me importa. Siempre me entristezco cuando alguien a quien he llegado a conocer mucho, después de verle todos los años en la feria, deja de ir porque se jubila o por motivos de salud. De pronto, cuando paso por una caseta en la que estaba acostumbrado a ver una cara amiga, él o ella ya no está ahí. ¿Cómo es posible?, me pregunto. Y lo mismo me pasará a mí algún día.

La labor editorial no sólo tiene que ver con hacer libros, aunque eso es lo que pensaba cuando era joven. Yo vivo en una comunidad de libros, una comunidad que me importa, y Francfort es un gran lugar de encuentro. La Feria del Libro de Londres ha crecido y ha ganado en importancia, y abundan las ferias en otros lugares. Con un buen capital, sería posible viajar constantemente por el mundo dedicándose a comprar libros y sin tener nunca tiempo de publicarlos.

Sin embargo, Francfort, que data de hace más de 600 años, que ha vivido tantos cambios en Alemania y el resto del mundo, y tantos cambios en la propia edición de libros, sigue siendo, para los que pertenecemos al gremio, algo más que una ciudad junto al río Main.

Peter Weidhaas. A History of the Frankfurt Book Fair. Traducción de C. M. Gossage y W. A. Wright. Dundurn Press, 2007. 218 páginas. Peter Mayer fue editor de Penguin. Actualmente es responsable de The Overlook Press. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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