viernes, noviembre 24, 2006

¡Los lobos nos comen por los tobillos!

Italo Calvino ya hablaba, en su libro Las Ciudades Invisibles, de una Ciudad con nombre de Mujer –como todas- donde las calles y fachadas eran esplendorosas. Donde la población vivía feliz en sus casas impolutas y, cada noche, depositaba en un cubo todos sus desperdicios –que eran muchos, pues todo estaba hecho para usar y tirar. Marco Polo –que así se llamaba el personaje principal de la obra- le narraba a su Emperador, Gengis Khan, que en esa misma ciudad aconteció un día que los desperdicios, de tan acumulados que estaban, se terminaron por apilar detrás de los muros de la ciudad. Y poco a poco, la basura acumulada fue más grande que los muros y ésta terminó sepultando aquella esplendorosa ciudad.

Es frecuente que, como en el relato de Calvino, todos los asuntos relacionados con el Medio Ambiente se comenten en la palestra pública desde posiciones negativas, destacando lo poco que nos queda de vida en este planeta –cosa que ninguno veremos- o lo dañino que es para nuestra misma subsistencia nuestro modo de vida occidental y moderno. Nunca jamás se hacen proposiciones o sugerencias concretas salvo las ya clásicas de ahorro doméstico. Como si la política no tuviera nada que ver con estos desastres que se nos avecinan. Y así, cuando se anuncian planes o políticas que afectan claramente al Medio Ambiente pero que no lo tienen como eje principal, desde los medios y desde la política no se vinculan ambos problemas. “¡No relacionan, Uds. no relacionan!”, que decía mi profesora de física de 1º de BUP, harta de que lo aprendido en el primer semestre no fuera recordado en el segundo.

Con los problemas de la energía en España tampoco relacionamos. El año pasado, José Luis Rodríguez Zapatero presentó un plan de su gobierno para la conexión por carretera de diferentes ciudades del Estado. Era, y es, un plan ambicioso de comunicación viaria que ninguno de los anteriores gobiernos se atrevieron a presentar, quizás considerando que la rentabilidad política del mismo no era aún lo suficientemente grande como para meterse en él. Para quienes no conozcan las carreteras españolas les diremos que las autopistas principales, en su mayoría, conectan todas las ciudades a través de Madrid y de otros puntos centrales de la Península, haciendo que desplazarse de una localidad pequeña a otra se haga enormemente complicado, en carreteras de un solo carril por dirección y peligrosamente monótonas. El plan presentado por el Ministerio de Fomento consistía en la construcción de diferentes Autovías –dos carriles por sentido- que conectaran de manera directa muchas de esas localidades secundarias –y que me perdonen los allí residentes.

Al mismo tiempo, el Ministerio de Medio Ambiente –que comienza a ser parte integral de este blog en su nuevo formato- anunciaba la puesta en marcha de un plan de reducción de la contaminación pensando en el cumplimiento de los Protocolos de Kyoto por España firmados. Dentro del plan se instaura la concesión de subvenciones para la ayuda a los empresarios que contaminen mucho en pos de que logren reducir sus emisiones de CO2 y se anunciaba la subida de las facturas que los hogares pagaban por su consumo energético –como bien apuntaba Ottinger en los comentarios de la anterior entrada- y que personalmente me merecen la misma opinión que la subida de la factura del agua.

Ambos planes son dramáticamente incompatibles a la vez que catastróficos. Primeramente, desde el Gobierno se pretende recortar las emisiones de CO2 pero se invita a la población a utilizar el transporte privado por medio de sus nuevas carreteras. En toda Europa Occidental, donde por decirlo de paso las carreteras son mejores en términos generales que las españolas, se está apostando por la construcción de una red más eficiente y eficaz de ferrocarriles, de conexiones aeroportuarias nacionales más rápidas y baratas, en definitiva, por el transporte público. Al tiempo nosotros seguimos viendo la tradicional imagen del coche veraniego familiar con los niños, los padres, los bultos y la suegra. Con el Toro de nuestras carreteras. Despeñaperros para arriba, Despeñaperros para abajo. Sólo la aparición del Aire Acondicionado y del DVD –mayor consumo energético- para entretener a la prole ha cambiado la decoración de las carreteras. Mientras, los precios de los trenes de alta velocidad son subvencionados para los residentes de una comunidad y no de otra. Inaccesibles en todo caso para una familia española numerosa –esto es, dos hijos y una suegra-, pensados para la comunicación de los negocios, para el turismo de alto gasto y no para el desplazamiento de personas –sin contar cuanto dinero vayan a dejar en la ciudad de destino.

Y por otro lado subvencionamos a los empresarios que contaminan, que han ganado más dinero con sus negocios al no tener en cuenta el coste ambiental que cada empresa genera y que, por tanto, han actuado de forma irresponsable. En lugar de sancionar al empresario por contaminar le pagamos para que deje de hacerlo. Y todo ello sin cuestionarnos la norma internacional, Kyoto, que hemos firmado, su lógica y su finalidad –que por cuestión de espacio trataré de explicar en otra entrada.

Los muros de nuestra Ciudad empiezan a resquebrajarse, y en lugar de apuntalarlos pensamos en el dinero que van a perder quienes los construyeron.

4 comentarios:

Øttinger dijo...

No te falta razón, pero es que debemos tener en cuenta que en esto del coste medioambiental no se incluye el gasto social a corto plazo (que sí a largo). Es decir y me explico, cuando la presa aquella se derrumbó contaminando las marismas de Doñana, el Gobierno insistió en llevar el caso a Europa (debe ser que eso acojona más) para que la empresa, creo que sueca, pagase las indemnizaciones y reparaciones correspondientes. La respuesta de la multinacional fue que sí, de acuerdo, vayan ustedes que es lo que tienen que hacer, pero que sepan que cuando vuelvan ya no estaremos aquí, habremos demontado la fábrica y todos los puestos de trabajo directos e indirectos destruidos. Y en la balanza coste de los puestos de trabajo (coste social inmediato) vs coste de limpieza y reparación del desastre ecológico (coste medioambiental - coste social largo plazo), ganó una vez más el primero. Por eso creo que la reclamación de

eva dijo...

Hombre, no nos dejes así!

Harry Reddish dijo...

más que en el dinero que van a perder los que construyeron los muros, pensamos en el futuro negocio que puede surgir de una recalificación. En este país en desarrollo aún no hay una conciencia sobre el desarrollo sostenible, ni sobre la ecología (ni natural, ni humana). el otro día leía que gracias a la ley del suelo, era más fácil recalificar como terreno urbanizable un campo de golf que un campo de labranza. Al parecer la estrategia de los especuladores es construir campos de golf, pues la recalificación es mucho más sencilla desde el terreno destinado a labranza. Una vez construido el campo de golf y recalificado como tal, obtener la recalificación como suelo urbanizable es mucho más fácil que hacerlo directamente de un campo de labranza. Esta es la fórmula que ha llenado de campos de golf un país que sólo juega a ese deporte uno que nosotros conocemos y que lo hace para no aguantar a su hija y a la mujer (???). Y de todos es sabido los efectos perniciosos que tiene un campo de golf sobre el medio ambiente y sobre el agua, amén de los efectos sobre los acuíferos bajo aquellos. Hablamos de las medidas ineficaces del gobierno, pero deberíamos hablar de una negligencia generalizada por parte de los españoles en cuanto a los temas medioambientales. Prueba de ello es el tema de los campos de golf, que sin lugar a dudas es pan para hoy y hambre para mañana.

Salud y felicidades por tu entrada

Øttinger dijo...

[...]
- ¿Cómo se llama el alemán que me esconde las cosas?
- Alzheimer, abuela, Alzheimer.
[...]

Pues no me acuerdo que era lo que contaba. Tendría que leer más sobre la regeneración de las neuronas. Que parece me hará falta antes de lo que creía.

Un saludo y mis excusas por el comentario interruptus.-