jueves, octubre 05, 2006

Alma de pollo

Pues de vuelta ya. Hará unos días que se entregó la tesina, pero no había encontrado momento oportuno para sentarme ya a en mi sillón y volver a ilustrar al mundo con mi desconocimiento crónico. Pero, en fin, si el Sr. Camps puede no asistir a su propia moción de censura… ¡qué no podré hacer yo!

Durante estos días ha habido muchas cosas de las que me hubiera gustado escribir. Supongo que pasará lo mismo a otros bloggers, que cuando no tienen la oportunidad cerca sienten que los motivos para escribir son aún mayores que cuando están frente al teclado. El caso es que pensé que esta primera entrada quizá debiera dar un poco de continuación al análisis que ya realicé sobre América Latina, en especial tras la salida de un Ministro del gobierno de Evo Morales por ser considerado demasiado antibrasileiro o las mismas elecciones presidenciales en Brasil con Lula teniendo que ir a la segunda vuelta.

Pero no. Este análisis tendrá que esperar en otro momento, para disgusto de nuestra alumna empollona –recuerden, Leticia- quien gusta de sesudos análisis y poderosas críticas –que no digo yo que este blog las ofrezca. De manera que hoy nos iremos más hacia el gusto del gamberro de Rafita, más hacia lo banal y escatológico, hacia aquello más cotidiano que me ha ido sucediendo en estos días de fechas de entrega e hipótesis deprimidas.

Existe un hecho –otros lo llamarían Ley de Murphy- que me ha acompañado a lo largo y ancho de mi vida universitaria. Siempre que se acerca una fecha de entrega de trabajo o de examen, siempre he dicho, en mi casa ocurre algo. Cierto es que el hecho de que yo apure siempre hasta última hora y de que, a excepción del último cuatrimestre de mi Licenciatura, nunca haya ido a un examen habiendo mirado todo el temario, ayuda a que la carga dramática de los acontecimientos sea mucho mayor. Me ha sucedido de todo. Desde despidos del trabajo el día anterior a un examen, recados obligatorios como tener que llevar un coche al desguace urgentemente –he dicho desguace, sí… y también urgentemente- o que el mismo día que uno había planeado como suficiente para estudiarse la Teoría Política de toda la Santa Madre Historia –esto es desde Aristóteles hasta más allá de Marx- sea el mismo que han escogido los albañiles que trabajan en tu casa para cambiar todas las ventanas. A martillazo limpio, aclaro.

Creo que esto viene derivado de una maldición ocurrida cuando, en mi primer Septiembre universitario, habiéndome preparado no muy mal los exámenes y con bastante antelación en mi casa, amueblada tan solo por un sofá desvencijado y mi antiguo walkman enchufado a un par de altavoces debido a unas obras, me rompí el tobillo izquierdo bailando el “Should I Stay or Should I Go” de los maravillosos The Clash. Y la rotura fue tan fuerte que el médico de prácticas que me lo miró, tras exclamar un “¡VirgenSantaDiosmíoperoquéesesto!”, me obligó a estar 15 días con el píe en alto y sin pensar en salir de casa con amenaza de amputármelo si no le obedecía. Me perdí todos los exámenes salvo uno, que evidentemente suspendí.

De manera que esto viene de lejos, así que cuando la noche del domingo antes de entrar en la última semana del plazo de entrega de la tesis escuché vomitar a mi padre como si de un niño con todas las chuches del Makro en el estómago se tratara, advertí que la tragedia se avecinaba. No me puse nervioso, no. Más bien al contrario. La sensación de tragedia era reconocible, lo que a pesar de todo es reconfortante. Cuando uno ha vivido un año entero en tierras de mujeres de barbillas afiladas, pelos con cortes imposibles y muchachos de nariz socarrona, el reconocer antiguas sensaciones, por mucha incertidumbre y vómitos que traigan, resulta agradable. Claro que mi padre no opinaba igual.

Para aquellos que piensen que el tener a un padre en casa durante épocas de estudio tampoco es tan dramático la entrada termina aquí. Es evidente que, o bien no lo han sufrido o bien no han estudiado nunca a última hora. Tener a un padre enfermo en casa equivale a tener un león enjaulado. No para de dar vueltas aún por mucho reposo que le hayan recomendado. Da igual que el padre sea casero y que los domingos no salga ni a por el periódico, mandándote a ti para la tarea y alardeando que ese domingo lo va a pasar en Su Casa. Un domingo no es un día entre semana. El lunes la programación de la televisión deja de emitir deporte por alguna extraña razón y los padres piensan “¿La 2? ¡¡¡No te reconozco!!!”. Así que cuando se termina la relectura del periódico del domingo, no hay otra cosa que hacer que familiarizarse con el hogar o arriesgarse a verse sumido en el programa de Ana Rosa con todas las consecuencias que ello implica –la principal, que ya no se podría criticar a la mujer cuando ve el Tomate. Y entre tanta vuelta y revuelta es natural que tú aparezcas por su lado. O más bien él entre en tu cuarto y te pregunte qué estás haciendo… unas trece o catorce veces a la hora.

Pero para un profesional del “Last Minute Panic” como yo, esta serie de minucias no afectan a la calidad y cantidad de los estudios que se deban realizar. Las superé con éxito y, tocando el timbre de la campana, supe enviar correctamente el trabajo, del cual me juzgarán la semana que viene. De mi semana en casa con mi señor padre no me cabe relatar sino buenos momentos. ¿Cómo calificar sino las carcajadas de un hombre de 58 años al que le sigue ilusionando encontrarse en la televisión El Show de la Pantera Rosa? El Inspector Clouseau, la Pantera Rosa, el narrador de voz en off, la Hormiga y el Oso Hormiguero –azul- han ayudado a mi padre a superar su gastroenteritis de mejor humor. Y mientras una termita puteaba a la Pantera destrozándole el hogar en el que vivía, mi padre reía y yo acababa la tesis dispuesto a partir de nuevo hacia Bilbao. Viaje en el que la Confabulación contra mi persona se ha vuelto a constatar para regocijo de los que disfrutamos de teorías de la conspiración y que, me temo, os contaré en otra ocasión.



4 comentarios:

Øttinger dijo...

Compañero del último minuto, siempre disfrutando de esos momentos en los que ¡elcielosenosvieneencima! y el caos se hace silencio. El ritmo del latido se reduce y empieza, como por arte de magia, la creación.

Harry Reddish dijo...

A mi padre le pasa lo mismo desde que está en el paro. Eso sí, la TDT y Arguiñano han obrado milagros sedatorios. En cuanto a la propensión al último minuto, Ottinger lo ha expresado a la perfección. Puro arte.
Salud

el_situacionista dijo...

Harry, las cosas se terminan solucionando. Para los leones enjaulados, la jaula no es su lugar natural y es la misma naturaleza la que termina administrando los tiempos y abriendo la jaula para que el león vuelva a cazar. Por nuestra parte sólo tenemos que procurar de que el león no se olvide de que es salvaje y no pierda el instinto cazador. Parte sencilla pero que es dura.

Ottinger, cada vez me acuerdo más de aquello que decía Baroja sobre que hay que escribir lo que a uno se le viene a la mente sin pararse a pensarlo. Es la excusa perfecta para aquellos quienes, sin ser Baroja, aún adoptamos su filosofía.

Aloia dijo...

Y el caso es que, sin saber aún ni como ni por qué, he caído aquí. Qué curioso el azar...Suponiendo que tengan razón aquellos que dicen que nada es aleatorio y que todo destino tiene una razón de ser; haber encontrado hoy estas palabras justificaría la teoría("...hay que escribir lo que a uno...").Así que gracias por esta sonrisa que hoy tardaba en despertar.

Se intentará volver a caer.

Felicidades por lo escrito.