jueves, junio 08, 2006

Los ratones y la autoridad


A mediados del siglo XX, en la facultad de psicología de una universidad norteamericana, se les ocurrió la genial idea de realizar un experimento que sin duda, además de polémico, sería esclarecedor.
El mismo consistía en publicar un anuncio en el que se solicitaban voluntarios (remunerados, por supuesto) para un experimento sobre la memoria. No hay experimento sin conejillos de india que se precien. De manera que, el voluntario-remunerado que acudía a la cita científica, era recibido por un científico de uniforme, esto es, de bata blanca y carpeta de apuntes. El científico le pedía que esperara en una sala en donde se encontraba el otro "voluntario". Éste no tenía nada de voluntario (de ahí las comillas) sino que era un gancho del experimento. El "voluntario" le comentaba al voluntario-remunerado cómo era su vida, interaccionaban, y le hacía referencias a un supuesto problema en el corazón. Era el típico pesado de la sala de espera, vamos.
Al poco, el científico aparecía en la sala y les proponía el experimento. Uno de ellos, por sorteo, sería atribuído al rol de profesor que debía de hacer trabajar la memoria del otro, que sería el alumno. El sorteo, por supuesto, estaba siempre amañado para que el voluntario-remunerado se quedase siempre el rol de profesor. El voluntario-remunerado era introducido en una sala donde había una mesa, una silla y una panel con palancas que señalaban distintas medidas en watios, desde 5 watios hasta 450. Detrás de él siempre permanecería el científico de bata blanca, de pié y con su carpeta de apuntes. Siempre le explicaba al voluntario-remunerado en qué consistía la experiencia: El profesor preguntaría un cuestionario al alumno, que se encontraba en otra habitación contigua, a través de un interfono. Según el alumno fuera fallando preguntas, el profesor debía accionar una palanca de watios que le produciría una descarga eléctrica. Se suponía que según fuera recibiendo descargas, el alumno forzaría su memoria más y más.
Preguntado a priori un grupo de expertos sobre el experimento, éstos afirmaron que tan sólo el grupo de población que fuera considerado psicópata llegaría a producir descargas de 450 watios a la persona con la que había intimado unos minutos antes. Es decir, sólo 1 de cada 1.000 llegarían al final de la secuencia.
Sin embargo, los expertos no tuvieron en cuenta en su predicción que detrás de los voluntarios-remunerados se encontraría la autoridad científica competente, quién cuando los candidatos titubeasen en proporcionar las descargas siempre diría lo mismo: "La expeciencia requiere que continúe". Así hasta el cuarto titubeo que era el momento en que el científico daba por terminada la actividad.
De ese pronóstico de 1 por 1.000, resultó que cerca del 70% de los voluntarios-remunerados llegaron a aplicar la descarga de 450 watios a su nuevo amigo, aún sabiendo que padecía del corazon, aún escuchando sus lastimosos gritos y plegarias de clemencia, aún pensando que, sólo por azar, él se encontraba en la posición del profesor y que bien podía haber acabado de alumno. El experimento, además de éticamente cuestionable, fue por tanto un éxito, pues desde el principio se proponía demostrar que, estando presente una relación de autoridad y aún sabiendo que era libre de marcharse en cualquier momento, el individuo objeto de análisis era capaz de realizar acciones que jamás en su vida diaria hubiera realizado y además hacerlo sin ningún tipo de cuestionamiento ni problema ético severo. La Socialización de la Autoridad, la socialicación del contexto en el que uno se encuentra.
Suena a Alemania en la Segunda Guerra Mundial ¿o me lo parece sólo a mí?

2 comentarios:

Harry Reddish dijo...

Sr. Situacionista, otra vez logra ilustrarnos con sus vastos conocimientos . Coincido con usted en la inmoralidad del hecho y en que dichas actividades tienen una evidente similitud con las prácticas que llevaba a cabo la Alemania nazi. Por desgracia, así ha evolucionado la sociología y otras ciencias sociales... a través de prácticas inmorales y poco éticas. Se me ocurre que esa socialización de la autoridad también se presenta fuera del laboratorio. Sólo hay que darle una pequeña cuota de autoridad a una persona para que ésta se convierta en un pequeño tirano. Supongo que será un problema de educación o tal vez de socialización (creo que ambas cosas son dos dimensiones que abarcan una misma realidad) y supongo también que una educación más profunda, en libertad y en el respeto hacia los valores de la misma, evitaría toda esta clase de atropellos. Claro está, que nos movemos en el mundo de las ideas, y que muchas veces, por no decir la mayoría, éstas no se corresponden con la realidad.
Felicidades por la entrada y por tu reflexión

Øttinger dijo...

Más aficionado a los síndromes, eso que Harry describe acertadamente, es el conocido como síndrome de Juan Cuesta. El presidente de esta nuestra comunidad como el perfecto modelo de pequeño dictador iluminado que conduce a los vecinos hacia la cegadora luz de la libertad, el progreso y la justicia social.