martes, junio 13, 2006

De cárceles y carceleros. Un nuevo experimento científico

Bueno, siguiendo con esta intención de reproducir todo aquello que oigo, leo y veo, vamos a por el segundo experimento sociopsicológico de la semana. Presten atención niños y niñas que si parpadean se lo pueden perder.

Nos situamos en la década de los 70. Timothy Leary lleva ya años experimentando con las drogas en búsqueda de una nueva dimensión para la mente. Sin embargo en la Universidad de Stanford uno de los más eminentes psicólogos consigue presupuesto suficiente para llevar a cabo su experimento científico, a saber:

Se publicaron anuncios solicitando estudiantes universitarios que, bien pagados y tras el pertinente reconocimiento psicológico que certificara su aversión a la violencia y a actuar despóticamente, estuvieran dispuestos a permanecer en un continuo juego de rol durante dos semanas. Muchos fueron los llamados, pero pocos los elegidos. Al final seleccionaron a un numeroso grupo de estudiantes a los que se les dividiría en dos grupos mediante el azar (ese gran elemento que no puede faltar en cualquier receta científica). El primer grupo se metería en el papel de presos y el segundo jugaría el rol de carcelero.

Una vez hecha la selección, el sótano de la Facultad de Psicología de la Universidad fue transformado en unos calabozos (bonita metáfora). En estos calabozos no podían faltar ni los camastros de mala calidad ni los barrotes en cada una de las puertas y ventanas. Cuando estuvo listo, el experimento comenzó de la manera más abrupta para la mitad de los participantes. Sin previo aviso, todos los que fueron asignados como presos eran detenidos en sus lugares de trabajo, residencia o estudio, y públicamente conducidos hacia los calabozos recién construidos.

Mientras que los presos sólo tenían que permanecer en sus calabozos durante las dos semanas del experimento, los carceleros podían continuar con su vida de estudiantes en el campus pero bajando a cuidar de sus reclusos de vez en cuando. El experimentador, esta vez, no intervendría dando ninguna instrucción, ni siquiera estaba presente, sino que recogía su información a través de las cámaras ocultas colocadas estratégicamente en el penal.

Desde un principio, la actitud de los carceleros no era la esperada. No se comportaban como lo hacían durante su vida lejos del sótano, sino que los cánones morales que arriba parecían ser inflexibles se desvanecían una vez abajo en favor de un principio de superioridad, de poder. Las actitudes de los carceleros se volvieron toscas y comenzaron a practicar juegos de humillación contra los presos, compañeros suyos en el campus universitario. Al tiempo, la actitud de los presos comenzó a ser autómata. Chicos que entraron llenos de vida y energía permanecían durante horas sentados en una silla sin emitir un sonido o provocar un mínimo movimiento. Y más grave aún. En su delirio, los estudiantes presos no solicitaban a gritos la finalización del experimento, sino la excarcelación por clemencia.

De tal manera se sucedieron los juegos y humillaciones, las abstracciones de los presos a su mundo interior que llegados al día 6º del experimento el tutor del mismo decidió suspenderlo. Con seis días había bastado para comprobar que la socialización que existe en las figuras de autoridad y subordinado comprometía las más fuertes convicciones morales, las más fuertes empatías. Como en el anterior experimento explicado en este blog, la relación existente entre la autoridad y la fragilidad de la moral puesta en cuestión provoca que acontecimientos como los de la Alemania Nazi, Abu-Graib, o cualesquiera otros que queramos comprender, se consideren por parte de los implicados en su materialización, como hechos inevitables y poseedores de una lógica interna extremadamente coherente con el momento histórico en que se han desarrollado.

Con esto no pretendo soliviantar a heridos o damnificados por estas y otras tragedias de similar índole, sino ayudar a comprender lo acontecido desde el punto de vista de la persona que lo lleva a cabo. Comprender por ejemplo que, sin formación en cuestiones tan básicas como los Derechos Humanos o el Derecho Internacional Humanitario, un soldado del Imperio nunca podrá pensar que las vejaciones a las que somete a su prisionero son fruto de una falta de respeto hacia la vida y la integridad del detenido. Y quien dice Abu-Graib dice otras tantas y tantas prisiones, no tan lejanas.

2 comentarios:

Øttinger dijo...

Francamente no creo que el conocimiento de los Derechos Humanos te haga mejor carcelero. La moral del carcelero no se fundamenta en el conocimiento jurídico que posea sino en las normas que se le da y la adecuación de éstas en la socialización recibida. Porque de poco habría servido a los marines de Abu-Graib las órdenes directas de dar un trato humano a los prisioneros (cosa que probablemente no se haya producido) si no se produce un encaje con su propio sistema moral, es decir, si por medio de la socialización previa los árabes detenidos no son personas no pueden recibir un trato humano. Hecho que se ha repetido en el otro ejemplo, ¿cómo iba un nazi a proporcionar a un judío un trato humano cuando gracias a la socialización del nacionalsocialismo no eran más que un despojo de la naturaleza que había que exterminar?

el_situacionista dijo...

Pues eso mismo digo yo, Ottinger. Que la socialización a través de normas conlleva al acomodo moral en situaciones como las descritas. La formación en Derecho Internacional Humanitario o los Derechos Humanos no es más que otro tipo de socialización que puede conducir a un mayor respeto hacia el otro. Si por contra, como dices, se te socializa para negar la humanidad del que tienes frente a tí, la cosa sale como sale.

De cualquier manera, cuando hablo de socialización no es necesario si quiera un proceso fuerte de adecuación de la moral individual a un nuevo contexto, sino que, como demostraban estos experimentos, la posición de autoridad llevaba en un caso a justificar los malos tratos a aquél que arbitrariamente podrías haber sido tú y, en el otro, a un sentimiento de superioridad donde el poder se vuelve el principal motor de las relaciones de unos con otros.