viernes, octubre 30, 2015

La necesaria participación de la CUP en las elecciones generales del 20D

Después del éxito en las elecciones del 27S, la tranquilidad no ha llegado a casa de la CUP. La presión del stablishment catalán para intentar que sus diez diputados invistan a Artur Mas, ha sido combatida –con acierto- con la tranquilidad mediática cupaire. Pero esta apariencia de tranquilidad en realidad se traduce en una actividad frenética en todos los ámbitos del partido. Ya sea en secretariados varios, como en asambleas locales. La CUP, las CUP, no están sólo preocupadas por una investidura y el Parlament catalán, sino que el incremento de representación derivado de las municipales hace que las fuerzas estén repartidas entre lo nacional y lo local. Un desgaste enorme para una organización no profesionalizada.

En este contexto, plantear el debate sobre si la CUP se debe presentar a las elecciones españolas del 20D parece difícil. Primero porque la CUP nunca se ha planteado este salto –no se siente interpelada-, segundo por el poco tiempo que queda para formalizar la candidatura –hasta el 6 de noviembre en formato coalición, hasta el 16 en solitario-, y tercero porque este ciclo electoral se está haciendo muy largo. Sin embargo, en mi opinión, parece más necesario que nunca.



El 20D no sólo se juega una partida en el ámbito estatal, sino que Catalunya tiene mucho que ganar y que perder. De esas partidas, existe una que interpela directamente a la CUP.  El 20D iba a ser la tumba del bipartidismo, la oportunidad de cambiar el régimen español del 78 y la victoria del 15M. Ahora ya sabemos que no será así, sino que, en el mejor de los casos, vivirán otro escenario de alternancia entre las fuerzas dominantes –del PP al PSOE-, apoyadas por un tercer o cuarto partido –C’s o P’s. Sin embargo habrá fuerzas políticas que sí que planteen este escenario como de ruptura, aunque sólo sea discursivamente. Debemos tener en cuenta que, desde 2011, conviven dos modelos de ruptura diferentes en Catalunya. Por un lado, el de la ruptura del bipartidismo estatal. Por el otro, el de la ruptura catalana con el Estado Español. Ambos son divergentes, tanto por la agenda política como por el posicionamiento de las fuerzas políticas que los defienden. Participar del 20D permite introducir un discurso importante que domina la CUP: que en estas elecciones no sólo valga con “echar a Rajoy” –igual que en las catalanas no sólo valía con “echar a Mas”-, sino que sean un paso adelante en la defensa del proceso rupturista de Catalunya con España, en la creación de un Estado independiente que esté al servicio de las clases populares.

¿Cómo se compatibiliza presentarse a las elecciones españolas con la defensa del proceso de ruptura, especialmente cuando hay sobre la mesa un proyecto de independencia en 18 meses? Con argumentos tácticos. La realidad es que a partir del 20D el peligro de que el pactismo vuelva a figurar en la agenda conservadora catalana está ahí. Hablamos de un proceso de 18 meses para configurar un Estado catalán, pero en política nunca nada es lineal. Hay fuerzas catalanas que pueden hacer que el Congreso de Diputados juegue un papel importante en este proceso, y que la CUP no esté presente les regala su voz. Más aún cuando se están forjando alianzas alrededor de BEC que mantienen una retórica similar a la CUP, haciéndose dueños de la “voz del pueblo” y la “unidad popular” del soberanismo, cuando en realidad no son más que coaliciones de partidos que no se han posicionado firmemente por el independentismo.

También está en juego el liderazgo del discurso municipalista, en el que la CUP no sólo tiene un protagonismo real en las instituciones, sino también en la construcción de este espacio ideológico. Por todo el Estado se están organizando coaliciones similares a BEC sobre la base del concepto de los ayuntamientos del cambio –entre los que sí se cuentan con Badalona, pero no Berga, por nombrar dos municipios gobernados por la CUP. Ahora que el conjunto de la población prestará atención a la necesidad de construir un municipalismo fuerte que vaya más allá de su ámbito territorial, la CUP no debería quedarse callada. Presentarse al 20D no sólo es una cuestión de estrategia política –estar en todas las trincheras donde se pueda defender la soberanía del pueblo catalán para decidir su futuro nacional y social- sino de aprovechar el altavoz de una campaña electoral para devolver el control del procés al pueblo y reivindicar un municipalismo diferente, basado en la democracia participativa y el estilo cupaire. No participar en el debate público que se realizará durante la campaña y dejar que el liderazgo del discurso lo ejerzan BEC –por el lado municipalista- y CDC/ERC –por el lado independentista- puede provocar la pérdida del espacio construido por la CUP y dificultar los siguientes pasos hacia la República Catalana.

Pero tan importante como presentarse es decidir qué hacer si, como apuntan las encuestas, finalmente la CUP entrara en el Congreso de Diputados. Hay una propuesta en el ambiente cupaire que plantea no recoger el acta de diputado, igual que hicieran en su día los diputados electos de HB. Esta postura asume que en el Congreso la CUP no tiene nada que hacer. Y se añade que los años de presencia de la izquierda abertzale en esa cámara no han servido para avanzar en la independencia de Euskal Herria. Para este sector, el único objetivo que puede tener la CUP para presentarse a las elecciones del 20D consiste en denunciar la incapacidad del Congreso para decidir por el pueblo de Catalunya, participar del debate electoral y evitar que los escaños que podría ganar la CUP vayan a favor de CDC, ERC y, especialmente, Ciudadanos.

No creo que quienes defiendan esta posición haya valorado el impulso que la presencia de un, dos o tres diputadas de la CUP puedan tener para el proceso soberanista. Denunciar las maniobras del Estado, de la izquierda reformista españolista, y de cualquier otro actor, para evitar que el pueblo de Catalunya ejerza su soberanía, y hacerlo desde el Congreso, tiene un impacto simbólico y una fuerza política sólo comparable a los discursos de Leopold Senghor, el poeta que fuera primer presidente del Senegal libre, en la Asamblea Nacional francesa, llamando racistas a todos unos señores diputados y a un sistema colonial francés que pretendía reformar levemente la estructura para evitar las independencias africanas.

La presencia de diputadas de la CUP en el Congreso permitiría, además, poder visibilizar la realidad de los Països Catalans. El Congreso sería el altavoz de esta realidad, ayudando a extender la necesidad de reconocimiento de este espacio político diferenciado entre el pueblo valencià y balear.
Tener diputadas en Madrid también tiene un sentido estratégico para la lucha internacionalista en la que está inmiscuida la CUP. Todas aquellas luchas de los pueblos oprimidos por el Estado Español –pienso en el SAT, en Izquierda Castellana y otros- que, por motivos electorales, no tienen capacidad para acceder al Congreso, podrían verse representadas por las diputadas cupaires. La CUP debería ceder su voz, ajustar en todo momento su discurso, en la defensa de los derechos de estos pueblos en el momento en que se tratara cualquier legislación que les afectara. No es tanto hablar por ellos, como llevar el trabajo internacionalista a un nuevo nivel, en el que ellos hablaran por medio de la diputada de la CUP.

Es evidente que en todo este debate se mezclan diversas estrategias y diversos posicionamientos sobre algo tan necesario en la política como imprescindible en la CUP: la coherencia. Antonio Baños, preguntado por un periodista, afirmó durante la campaña que la CUP no tenía nada que hacer en esa cámara española. La misma argumentación que se tenía antes de 2012, donde el Parlament era considerado una institución española, creada y controlada por la Constitución de un Estado que no es el propio. Y, sin embargo, ahí está la CUP. Siendo decisiva no sólo para la formación de un gobierno autonómico, sino para su transformación en el último gobierno autonómico.


También resulta evidente el riesgo de participar en una campaña sin capacidad económica suficiente, con una parte de la militancia desmotivada –la que puede no sentirse interpelada por estas elecciones- y agotada -es quien lleva el peso de las campañas por tratarse de una estructura política no profesionalizada-, en la que los resultados electorales serán, en todo caso, peores que en el pasado 27S. Pero también convendría aclarar que el motor es la gente, que el camino continúa siendo el mismo, y que conviene estar en todas partes para evitar que, en un momento decisivo como éste, alguien se pueda vender los recambios que le hace falta a la CUP para ir tan lejos como se han propuesto.

Foto: Facebook de CUP Nacional.


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