lunes, junio 15, 2015

Bienvenidas, Ada y Manuela

Primera reunión del nuevo equipo de gobierno de Manuela
Pensaba escribir un pequeño texto sobre las ilusiones que los dos nuevos Ayuntamientos de Madrid y Barcelona, entre otros, han generado. Pensaba escribir sobre la oportunidad. Sobre los resultados tan extraños que se han producido en un electorado, el español, que tiende hacia el conservadurismo más atroz. Y pensaba escribir esto con más tiempo. Porque pensaba que lo teníamos. Pero Zapata nos ha demostrado que no.

No le ha durado ni 48 horas su nuevo Concejal de Cultura a Manuela. En 48 horas ha sido capaz de ceder ante las estúpidas presiones de la derecha, organizada en forma de oposición biempensante. Ahora podrán decir, desde Ahora Madrid, que ellos sí dimiten. Y no como en la derecha biempensante. Sacar pecho y lucir orgullo de coherencia. Pero en realidad sabrán que han perdido la primera batalla de esta larga guerra que será la legislatura.




Esto es lo que hay. Podemos pensar que la ilusión todo lo puede, y que ya es hora de dejar de ser ellos y nosotros, pero la realidad es que la derecha siempre sabe imponer sus lógicas mediáticas. Porque los medios de opinión son –exclusivamente- suyos. Y porque, al fin y al cabo, estamos horadando su sistema. Porque, por muchos hashtags que nos inventemos, jamás seremos el 99% y porque, como decía Antonio Baños, tendremos que seguir conviviendo con ese vecino votante acérrimo del PP, pero que sin embargo tanto te ayuda en las reuniones de propietarios y tanto barrio hace como tú.

Que no digan ahora que Zapata está siendo devorado por su exigencia contra los políticos del régimen. Que, igual que él solicitaba dimisiones cuando había escándalos públicos, él debe dimitir cuando ha estallado el suyo. Una cosa es el humor negro en las redes sociales –explicado, contextualizado y arrepentido, como el de Zapata- y otra cosa es decir en sede parlamentaria “que se jodan” durante la aprobación de la reforma laboral que facilita el despido. Una cosa es reproducir chistes malos –y además dentro de una conversación, en un contexto- otra destruir pruebas antes de que pase a por ellas la policía judicial. Y tantas otras cosas.

No. Zapata no es víctima de la autoexigencia de la izquierda. Zapata es víctima de la rabia de la derecha. Es víctima de esta guerra que no ha hecho más que continuar. Y es víctima, en especial, de la debilidad del proyecto de la nueva izquierda gobernante.

Pl. de Sant Jaume el día en que Colau fue nombrada alcaldesa
Tanto Ahora Madrid como Barcelona en Comú (Ilma. Ada Colau, váyase preparando porque también
le tocará a Ud.) han logrado en unos pocos meses construir un equipo que gane elecciones. Pero lo que no han construido es una alternativa real, un proyecto con piernas propias que camine sobre estas aguas capitalistas. Conquistar los cielos tiene estas cosas.

Si la estrategia inicial era aplicar medidas reformistas una detrás de otra al comienzo del mandato, a imagen de Rajoy, vayan olvidándose de su efectividad. Esta derecha no entra en shock, como sí lo hizo la izquierda institucional hace tres años. Ni tiene pánico, ni tiene miedo –al menos, todavía no. Esta derecha controla hasta los electrodos, y es capaz de inventarse un Ciudadanos para compensar un Podemos en menos de lo que Manuela tarda en decir el apellido del director de Bankia.

Si a los madrileños y madrileñas les ha sorprendido la virulencia y la rapidez de esta estrategia derechista, podrían venir a Barcelona a hablar con quienes aún dicen por la calle que pertenecieron al gobierno del Tripartit –si es que queda alguien.

Durante los siete años de gobierno catalán dirigido por el PSC, ERC e ICV, La Vanguardia y todo el grupo mediático del Conde Godó –dominantes de la opinión pública catalana- golpearon una y otra vez cualquier atisbo de cambio de los 30 años de pujolismo. Poco o nada se pudo salvar entre la ineptitud propia del Tripartit -¡Ay Montilla! ¡Ay Saura! ¡Ay ERC!- y la operación reconquista de Artur Mas. Y lo que se les escapó de entre los dedos, lo retiraron en 2011 con la ley Òmnibus aprobada entre CiU y PP. Cuando mueran Maragall y Montilla, el Tripartit dejará de salir en los libros de Historia.

El contexto del pleno del Ayuntamiento es diferente en Madrid y Barcelona, y es lo que puede determinar el éxito o el fracaso de ambos proyectos. Primero, porque el sustento del PSOE al gobierno de Manuela –único punto de apoyo en este intento de levantar el mundo- sólo vendrá de la mano del biempensamiento como ideología. “Destituya a Zapata”, “Recalifíqueme este plan”, “Sácame adelante esta ordenanza”. Y segundo, porque Madrid no tiene lo que sí tiene Barcelona: un partido pequeño a la izquierda de quien gobierna, y sin nada que perder. En Barcelona, los radicales son la CUP. Tres concejales que dependen de sus asambleas y que tienen un mandato claro: ser el contrapunto de Barcelona En Comú cuando ésta decida refugiarse en el centro político como ha decidido hacer hoy Manuela.

Madrid debe aprender de Barcelona. Barcelona debe aprender de su pasado político más inmediato. Los ataques vendrán desde el sistema, sin motivo ni razón, y cuanto menos se ceda, más importante será explicarlo en la calle. Si no se establece un tipo de estrategias frente a estos ataques, que implique la creación de un sector crítico fuera del gobierno, Ahora Madrid se irá al centro sin posibilidad de que nadie actúe de contrapeso, pasto de las carcajadas de la Marquesa. Si la CUP no está junto a Barcelona en Comú cuando haya ataques, el proyecto de ruptura también se hará añicos. A cambio, tanto Ahora Madrid como Barcelona en Comú han de saber sentirse criticados, vigilados y juzgados permanentemente –sin acusar de traidores a la causa- por todo el sector de la izquierda crítica que no ha entrado en los gobiernos.


Este es el juego, y si no te gusta, no haberte presentado a las elecciones.

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