viernes, febrero 06, 2015

En defensa de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense

Cartel que colgamos en la Facultad y que
hacía referencia al PP, al PSOE, IU  y Los
Verdes en las municipales 
y autonómicas de 2003.
Ahora que están de moda, que los chicos y chicas de Podemos salen en todas las cadenas de televisión y de radio, aparecen muchos relatos de coetáneos míos que también circularon por la casa. Así la llamaba la Decana Rosario Otegui, cuando llegué a la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense en el verano del 98.

El relato que se está generalizando de aquella Facultad es el de un centro tomado por el boliviarismo más personalista. Ahora resulta que todos los que por allí pasamos o fuimos bolivarianos o unos reprimidos liberales que buscábamos gestos de complicidad liberal entre nuestros contemporáneos. Una realidad harta diferente de la que viví yo.

No es nuevo este tipo de ataques a la Facultad. Por entonces había una tradición que se cumplía un fin de semana de Noviembre de cada año: el ABC, El Mundo y El País publicaban reportajes simultáneos sobre la Facultad. El mismo día, sin falta, cada año. Era como la “Generación Encontrada” de estos días, pero sin acaparar la portada. Cada periódico giraba el artículo hacia su propia ideología –aún quedaba ideología en los periódicos. Famosa se hizo la expresión del ABC sobre estudiantes con el pelo verde. Siempre la estética.  

Porque muchos de los relatos que ahora se publican destacan la primera mala impresión de la Facultad provocada por las pintadas anarcosindicalistas o proetarras. Recuerdo que la primera impresión que tuve yo fue más positiva. La Facultad tenía pintadas antisistema, e incluso a favor del terrorismo, pero también tenía murales a favor de la libertad sexual, en solidaridad con pueblos como el palestino o infinidad de carteles de diversas actividades colgados sobre las paredes. Para mí era símbolo, y después realidad, de una Facultad viva. Podías estar o no de acuerdo con la pintada, pero lo que quedaba claro es que el ambiente semicontrolado del Instituto ya se había acabado. Hay quienes lo llevaron mejor, y quienes lo llevaron peor. Por ejemplo, había muchos compañeros y compañeras mías que se iban a tomar el sol en lugar de ir a clase. Decidían gestionar su libertad de aquella manera. Y no por preferir una clase a unas cervezas bajo el sol me consideraba ni mejor estudiante ni mejor persona. Los complejos se quedaron en el Instituto, y la gestión de su libertad que hacían los demás no era asunto mío. Yo, por ejemplo, prefería no ir a clase y dedicar esa hora y media a colgar carteles sobre una nueva actividad en la Facultad.




Pero las peores críticas a la Facultad se las llevan tanto las clases como el ambiente estudiantil, cosa esta última que me enerva. Se define a ambos como opresivo. En concreto, en referencia a las clases se utiliza la expresión adoctronamiento, acogido a la libertad de cátedra que tiene el profesor universitario. Permitidme que os diga que esto es rotundamente falso. Cada profesor o profesora daba su visión de la asignatura, que en ciencias sociales suele estar condicionada por sus posicionamientos teóricos. Siempre hay profesores que suelen mantener su ideología fuera del aula, y hay quienes se salen con la suya mejor que otros, pero es una tarea realmente difícil si, como allí ocurría, los estudiantes lo discuten todo.

Durante el segundo ciclo de la Licenciatura coincidí con un compañero que venía de la carrera de periodismo. Estaba entusiasmado porque, decía, comparaba las clases de una y otra Facultad y el nivel y capacidad de debate que había en Políticas le parecía genial. Por el contrario, en sus clases sobre periodismo nadie discutía nada, decía. Aquí podíamos perder una clase de hora y media comentando el ascenso del Front National de Le Pen padre y relacionándolo con los diferentes modelos migratorios aplicados por Francia, Alemania o Inglaterra. Allí se tomaban apuntes.

En el debate de las aulas se utilizaban los conocimientos adquiridos y se aprendía del compañero. Se acusa al profesorado de la Facultad de aprobar o suspender en función de la ideología del estudiante. Jamás viví un caso parecido. Ni lo conocí. De hecho, aun siendo fácilmente identificable como un estudiante cuanto menos no liberal, una de las profesoras que más buscó mi participación en clase tenía una explícita posición conservadora, tanto política como formativamente hablando. Y muchos con los que tuve encarnizadas batallas dialécticas eran militantes de izquierdas. Algunos, incluso, fueron después senadores y venían de ser secretarios personales de Carrillo.

Ni todos sus profesores son de izquierda bolivariana, ni los profesores de derechas están reprimidos. Imaginad, es una Facultad capaz de dar a Pablo Iglesias y a Fernando Valdés Dal-Re, magistrado del Tribunal Constitucional desde 2012 que, según se dice, redactó la reforma laboral de ZP. Es capaz de tener a tertulianos como Monedero, y a otros como Amando de Miguel, el cual, por cierto, salía en todas las tertulias de aquellos días, ya que vivíamos en la mayoría absoluta de Aznar.

Sí, porque aunque se tache al ambiente estudiantil de la Facultad como opresor, había cientos de votantes de un PP en auge, tanto entre el profesorado como entre los estudiantes. Gente que leía el ABC y mucha más gente que leíamos El Mundo o El País porque lo regalaban en la entrada.
Que digan que el ambiente estudiantil era opresivo y poco crítico, decía antes, me enerva. Y lo hace porque dediqué cuatro años de trabajo a una asociación estudiantil que formé junto con otros dos aspirantes a politólogos, Rubén y Enrique. Entre los tres nos dedicamos a organizar conferencias, recogidas de firmas y dinamizar cada día la Facultad. Y entre los tres nos peleábamos mucho por intentar abordar la realidad desde una perspectiva crítica. Hicimos conferencias con miembros de CiU o BNG. Invitamos a parlamentarios del PNV y de ERC. Trajimos a los embajadores sirio, iraquí y palestino. Buscamos respuestas antimilitaristas. Pedimos el punto de vista de los reporteros de guerra. Sacamos del juzgado a un embajador español denunciado por el Gobierno de Aznar por oponerse a la guerra para que nos diera su visión de los hechos. Y discutimos. Discutimos y discutimos con todos los que querían venir a las charlas, los cine-fórum o las presentaciones que organizábamos, o pasarse por nuestro despacho. Y no era fácil hacerlo. Porque aquellos días eran los de máxima represión de la aznaridad. Y allí sin embargo organizamos un análisis de las elecciones vascas, con ponentes con guardaespaldas.

Y claro que había consensos invisibles contra los que un estudiante solo no podía luchar. A mí, por ejemplo, se me acusaba de asesino por no querer salir a compartir el minuto de silencio que cada día que había un atentado se debía dedicar.

Siempre respeté las huelgas estudiantiles, pero jamás dejé de ir a la Facultad en día de huelga. Poca gente en los pasillos significaba un día tranquilo a la hora de colgar carteles para la conferencia siguiente. Y nunca nadie me impidió el acceso.

Claro que tengo quejas sobre la Facultad. Especialmente a la vista de los años pasados, y de la madurez adquirida. Ya en su día me quejaba de la falta de dedicación a la investigación que tenían, en general, los profesores de ese centro. Y aún más del poco impacto de esa investigación en las clases que daban. Ahora con el tiempo veo una desconexión importante entre la práctica de la Ciencia Política en diferentes ámbitos y el enfoque de la formación que me ofrecían. Siempre hubo honrosas excepciones, pero por lo general el profesorado no estaba presente en la realidad social y, por tanto, se le hacía difícil presentar la practicidad de lo allí explicado.

También existía una carencia de aproximarse a otros temas. Los movimientos políticos de finales del siglo XX eran omitidos en todas las clases. Y para mí fue impactante descubrir, justo el mes que me acababa de licenciar, que había dos señores, llamados Chabal y Daloz, que habían escrito un libro donde explicaban que todo lo que había aprendido no servía de nada si quería entender África Subsahariana.

No defenderé a Podemos ni al equipo salido de la Facultad de Ciencias Políticas. No lo hago porque no es mi opción política y porque sólo hay dos cosas que las personas no queremos saber cómo se hacen: las salchichas y el populismo. Pero atacar una Facultad heterogénea, en ocasiones maravillosa, en ocasiones insoportable, porque de allí vengan unos líderes políticos que, nos guste o no, están a punto de cambiar la historia de este país, es tirarnos piedras contra nosotros mismos.

El pasado es un mundo al que podemos volver para crear un relato diferente que nos justifique el día de hoy. Que nos ayude a sobrellevar aquello que no nos gusta. Pero debemos saber que ese relato es sólo eso, nuestra justificación, porque la realidad que vivimos en la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense fue mucho más compleja que la que hoy muchos gustan de recordar. 

1 comentario:

Rubén Sánchez Medero dijo...

Decía Oscar Wilde, solo superado por Churchill a la hora de parir frases, que solo escriben memorias aquellas personas que la han perdido totalmente.

No recuerdo, y eso que gran parte la vivimos codo con codo (a codazos también), la Facultad que describes, aunque en lo esencial, como siempre, estamos de acuerdo. Ya sabes que los buenos politólogos discuten sobre algo en lo que están de acuerdo... tienes más fotos de nuestros carteles? Tengo una entrada a medio terminar sobre la Facultad e igual me animo a terminarla.