jueves, marzo 12, 2009

Una playa rodeada

Vilassar de Mar es uno de esos lugares de costa extraños. Cinco metros de playa, los suficientes para que ésta desaparezca en cuanto viene una pequeña tormenta, que quedan divididos del resto del pueblo por un par de vías de tren –cercanías- y un par de carriles de la vetusta Nacional II. Este hecho que divide el pueblo de su salida natural y que convierte sus preciosas casas costeras en un submundo en el que lo irónico es que es peor vivir cara al mar que despaldas a él, no es óbice para que pasear por sus calles al frío sol del verano –todo lo frío que puede ser el Mediterráneo- se convierta en un auténtico gusto. La cara de invierno de estos pueblos eminentemente veraniegos resulta amable para quienes no gustamos de concentraciones bulliciosas sin fines políticos.

Aún así, el calor del sábado atrajo a varios cientos de personas a las calles de esta ciudad y provocaba que el momento de la comida, que bien se puede dejar en estos días para una hora más distraída, tuviera que ser tenido en cuenta si uno no quería quedarse compuesto y sin pitanza.

Para las dos de la tarde, hora propicia a las conversaciones de barra, la comitiva de este encuentro, formada por tres personas, se disponía a tomar su ración diaria. Aparcado el coche, que en estas ocasiones se coge sin saber muy bien por qué, justo frente a un establecimiento que parecía per-fec-to para el objetivo, nos dispusimos a sortear el menú expuesto en la entrada. Anunciaba terraza, y ya nos imaginábamos degustando una rica ensalada de tomate al sol y con una cerveza bien fría en la mano. Sin embargo, primer resbalón –y el primero ya nos indica que habrá más. Las tres únicas mesas que hay en el local están reservadas para otros que han sido más previsores que nosotros y la terraza no está abierta “a la espera de que haya muchos días buenos como hoy… pero de seguido”, nos aclara la dueña por si queremos volver. Saliendo del bar mientras deseamos que este verano sea lluvioso y así la señora se obligue a poner más mesas en el local, nos dirigimos hacia una calle adyacente –casi todas las calles son siempre adyacentes, como presuntos los homicidas o falsas esas afirmaciones sobre mi persona-, y lo hacemos recomendados por la señora del local: “hay muchos sitios para tomar algo allí”.

Una calle peatonal la mar de linda que conduce a la playa, perdón, a la Nacional II, a las vías del tren y a la playa. Por ese orden. Precioso descenso en el que sol nos calienta mientras bajamos despacito por la avenida. Pero, o bien el sol nos ha deslumbrado con su diente de oro, o bien la señora del bar y nosotros tenemos un concepto muy diferente de lo que es comer. Cierto que hay un restaurante nada más comenzar la calle, a 25€ el menú del fin de semana –pues cóbreme Ud. como si fuera lunes-, una heladería cubana, y un bar de conservas justo frente a la Nacional II. Sopesamos pedir algo en el sitio de las conservas, pero nuestras miradas nos delatan y a nuestro rescate viene el Bar Frankfurt. “Bien, cerveza y salchichas”. De manera que entramos por una puerta, salimos por otra y nos sentamos en su terraza. Allí los tres, esperando y mirando con esa mirada que sólo pueden poner tres clientes hambrientos ante el ir y venir de varios camareros que nos devuelven la mirada como extrañados de que les observemos y le hagamos gestitos. Al cabo de unos cinco minutos una de las camareras decide acercarse a nosotros para ver si es que queremos bronca. Nosotros, advertidos, ya hemos decidido qué clase de exquisiteces nos apetecen de la carta –por cierto, ni rastro del Frankfurt en ella a pesar del nombre del bar- y nos disponemos a pedirle las bebidas cuando nos advierte que no tiene la plancha puesta. Debe ser que esperan a que haya muchos días buenos como hoy… pero de seguido.

Con toda su buena voluntad, puesto que para entonces ya se había dado cuenta de que no íbamos buscando gresca –bueno, yo sí- nos señala que, además de “todos los bares que hay en esta calle que sube –por la que hemos bajado- hay otro más a la vuelta de la primera esquina”. Esa será nuestra esperanza antes de tenernos de meter en el restaurante del menú de fin de semana. Allá que vamos.

La entrada promete. Varias mesas junto al camino que lleva a la barra, la mayoría decoradas con un mantel de cuadros y sendos sobremanteles de papel –porque sólo hay dos aunque las mesas sean de cuatro comensales- y ninguna de ellas ocupada salvo la central, sin mantel, en donde dos chavales un poco más jóvenes que nosotros leen el periódico y toman algo. Antes de que podamos decir nada uno de ellos se nos queda mirando en silencio, entre sorprendido e intrigado por nuestra presencia. Preguntamos como en confianza si se podría comer y es justo cuando se levanta y deja ver que será él quien nos sirva. Nos sentamos en una mesa de mantel a cuadros y él, muy laboriosamente y predispuesto, nos trae el sobremantel que nos falta y los cubiertos. “¿Os digo el menú?” Y procede a recitar de memoria –aunque con chuleta- el menú. Las caras de los tres reflejan un duro debate interno buscando las opciones personales hasta que surge una voz que pregunta: “¿Y de bocadillos qué tenéis?”. Solucionado, tres clásicos: Frankfurt –esta vez sí-, lomo con queso y hamburguesa –ésta para el situacionista y con queso. Tres cañas para acompañar y botella grande de agua, que el viaje de vuelta será largo.

Nos surge entonces ese momento en el que uno se relaja esperando la llegada de la comanda. Previendo el primer sorbo de cerveza caer por una boca que ya empieza a degustarla. Pero antes de que todo eso ocurra llega el padre del camarero y dueño del local. Nos mira agachando la cabeza, medio respetuoso, pero firme en su decisión. Nos retira los cubiertos. Nos retira el sobremantel. Nos retira el mantel mismo y si no agarramos con ahínco las copas, nos haría beber el agua a morro. No le ha debido sentar muy bien que no pidiéramos su menú de fin de semana, pero es que un menú que empieza ofreciendo un plato de “piña con jamón”… mala idea. De manera que ahí quedamos, esperando el pedido en una mesa degradada de condición. De mesa de restaurante ha pasado a ser mesa de hamburguesería. O ni eso, porque lo que nos sirven es media barra de pan con una salchicha, un lomo con queso que aún llora de dolor porque no está muy hecho y una hamburguesa llena de pan.

Se come todo rápido, entre historias y risas, entre planes y planificaciones, entre juegos colectivos y anécdotas como de servicio militar. Se paga y se sale, pidiendo café en la heladería cubana, justo frente al patio de una iglesia, que nos hace recordar que si fuéramos creyentes al menos allí nos habrían dado algo decente de comer esa mañana.

6 comentarios:

brufus dijo...

jajajaja


me he reído mucho (de ahí el jajajaja con el que he empezado el comentario).

Aunque para ser justos... Estás omitiendo un pequeño detalle que creo crucial para acabar de entender la situación.

Seguramente debido al estado de inanición de uno (es decir, ni tu ni yo) de los comensalesables (pues cuando sucedió aún no habíamos adquirido la categoría de comensales) se dispuso a sorprender a lo otros dos mediante técnicas papirofléxicas. En el BarFrankfurt cogió un libreto de los que suelen anunciar los comercios del pueblo y, ya de paso, algún acto con motivo de alguna fiesta típica, y se dispuso a doblar hojas.

Ante nuestra atenta mirada, afirmó que de ahí saldría un ratón. Estuvo doblando un buen rato... Hasta que la camarera nos pregunto, indignada, qué que hacíamos queriendo comer un bocadillo en un bar frankfurt a las 14h y nos echo. Pero ella, cabezona, no cesó en su intento por ratocinar el libreto... Así pues, se lo llevo al que tenia que ser, ahora sí, el lugar donde comer alguna cosa. Allí continúo... Y cuando nos trajeron los bocadillos, por alguna razón que aún no he logrado entender, y que me inquieta, esperamos, antes de empezar a hincar el diente, a que acabará con lo que tenia que ser un ratón... Acabó! Lo desdobló... Y que decir que de ratón no había ni rastro... Si te ponias medio bizco y achinabas los ojos... Un erizo, era un erizo!
Bon profit. A comer el respectivo pan con un frankfurt, una hamburguesa y un lomo.

el_situacionista dijo...

Cierto brufus. Nuestras bocas desesperadas por la comida sufrieron una decepción porque en aquel restaurante no había rata alguna, sino erizo. ¡Cómo pude olvidar tan importante acontecimiento!

Abrazos.

e. dijo...

esto te pasa por no pedir ayuda a un aborígen conocido, como yo. así acabas en un bar lleno de humo, sin ni siquiera mantel a cuadros, pero comiendo olivillas por cortesía de la casa y unos buenos bocadillos...

claro que, vilassar es dificil. en tiempos peores (sin soporte de aborigen), también he acabado en un garito en la playa (perdón, en la NII) pagando 10€ por un plato combinado más bien rancio.

en fin, la próxima vez preguntarme por las picsas de badalona :)

el_situacionista dijo...

¿Olivillas? ¡JA! En mi hamburguesa había 1 hamburguesa de estas del Carapavo, mucho pan, algo de queso (porque la pedí con queso) y mucho aceite -que no debía estar ahí. Las olivillas brillaron por su ausencia.

Lo que hay que hacer, como bien dices, es provocar la orientación aborígen. Pero la orientación de calidad como la tuya, porque la que nos dieron resultó un fiasco. Ya me encargaré yo la próxima vez de la logística ;)

cobaltina dijo...

El Maresme es una de aquellas zonas en las que el turismo de calidad dudosa (no sé porqué se dice así, ya que sobre la calidad de este turismo no hay ninguna duda) ha propiciado la proliferación de chiringuitos de calidad también dudosa (tampoco sé porqué se dice así). SALUT!

eva dijo...

El Maresme es lo que tiene. Tiene playa que no es playa, bares que no son bares, ratones que no son ratones, en fin.

Ya se sabe, eso pasa por no preguntar a los autóctonos.