miércoles, enero 02, 2008

Hasta el Dos de Mayo no se quiten el sayo

Madrid está de fiesta. Madrí, Madrí, Madrí. Desde que se juntaron las agujas del reloj en la Nochevieja pasada, ya estamos de aniversario. Bicentenario, como aquél estadounidense para el que Asimov escribiera su famoso Hombre Bicentenario. Pero como en Madrid no tenemos a Asimov –lástima no poder resucitar a Quevedo-, y en verdad la esencia matritense no se deja encerrar en un tubo de cristal tecnológico, hoy nos cuenta la Historia un tal Pérez Reverte y su estudio de postproducción. Garci la adaptará para los cachondos de Telemadrid, pero el resultado de todo esto ya nos lo suponemos. Será algo parecido a los fastos televisivos –y no oficiales, claro- del 70 cumpleaños del tataranieto de Fernando VII. Ése que mandara fusilar a los liberales en un peñón de Cádiz, sin juzgar y por la espalda. Y eso que en aquellos tiempos los liberales eran los buenos.

Nosotros, que somos muy nuestros, hemos planteado la cosa para celebrarla unos cuantos años. Los que van desde 2008 a 2012, que coinciden con el levantamiento frente a los franceses y que duró desde 1808 hasta 1812, fecha en la que se promulgó La Pepa, la Constitución de Cádiz, que suponía el mayor avance constitucional hasta la fecha. Para uno que ha mamado aquella constitución desde pequeño –obsesión de padre socialista por La Pepa, que no hace falta que les diga cuál es su contraseña del correo- y que además siente Madrid igual que Unamuno sentía España –vamos, con dolor- ver lo que van a hacer con esta oportunidad alfabetizadora única es como hurgar con sal en un hueso abierto.

Las fuerzas políticas que rondan en esta ciudad, ya sean autonómicas, estatales o municipales, se enroscan en sus discursos y terminan por imponernos unas celebraciones que no son. Que terminan adoleciendo de caspa y que no rascan donde más duele, en el hecho de que fuera el pueblo de Madrid, y más tarde del resto de España, el que se levantara en armas, escobas y lapiceros frente a la autoridad. Fue la última sublevación pirata del Reino, acontecida en una ciudad de vitalidad anarquista y de ideología subversiva que no soportó ver cómo el último gobierno que les tocó en suerte intentara avasallarles y amedrentarles, que les tratara de bárbaros e incultos, incapaces de dejarse cegar por el sol de la Ilustración.

Muchas veces se han contrapuesto a los preceptos franceses que se trataban de imponer aquí con Pepe Botella la reposición de Fernando VII. Pero no. Efectivamente los ideales liberales de la época, básicamente franceses, eran abrazados por los muchos pensadores que en nuestras ciudades teníamos. Ir contra los franceses no significaba rechazar las ideas que desde allí podían venir. Se trataba simplemente de la revuelta de un pueblo que vio cómo los Borbones les abandonaban a su suerte y cómo los Bonaparte les masacraban por las calles, con látigo y pólvora. Y como la invasión francesa fue tan así, tan a traición y con la ayuda de la dinastía borbónica, el pueblo no tuvo tiempo de defenderse como es debido. Pero donde las dan las toman, y siempre habrá doses de Mayo.

Mañana les hablarán del nacimiento de una nación. De unidad española. De la vuelta de los Borbones. Pero no. La realidad es que las naciones las venden allá donde se va a comprarlas, que para eso son fruto del imaginario político. Y que Madrid se echó hacia los polvorines por quitarse de allá a todos aquellos que les molestaban. Frente a tanta equívoca celebración. Frente a la repulsa que van a tener los festejos en otras Comunidades Autónomas que, ensimismadas en sus propios mitos fundacionales quizás no vean más allá de sus narices y piensen que este Dos de Mayo tiene caspa y hasta apendicitis, levántense. Dispónganse a combatir como Daoiz y Velarde. Preparen sus fusiles y acudan a celebrarlos Uds. mismos, recorriendo las letras de los libros de Historia, para así recordar a quienes una vez dieron el grito de “¡Muerte a los franceses!”. Paseen por sus calles, por las mismas donde hubo batallas por la libertad y en nombre de los ciudadanos anónimos, no de los apellidos de las pesetas. Visiten las calles de las otras ciudades, para compartir con el resto de convecinos que hubo quienes no se dejaron pisar por los poderosos, quienes hartos ya de la política decidieron hacer suyo este mundo. Que se lo lleven, pero que aprendamos.

4 comentarios:

Øttinger dijo...

Te ha faltado un "hasta la victoria, siempre!".

Mycroft dijo...

Lastima que nos invadieran los franceses y no los ingleses.

el_situacionista dijo...

Ottinger, nuestro ¡Muerte a los franceses era y es mucho más romántico. Que es de lo que se trata hablando de estos asuntos.

mycroft, si hubieran sido los ingleses... a piratas también les ganábamos de sobra.

Øttinger dijo...

Eso es, ¡mueran los franceses!