La esperanza es una disciplina, o breves notas sobre lo que está pasando en Francia


Hace 15 días las manifestaciones de los estudiantes franceses casi no eran noticia en los diarios españoles. Hace sólo 10 días los principales medios tenían analistas -me gustaría decir a sueldo, pero por experiencia sé que son colaboraciones que no se cobran- equiparando lo que se estaba viviendo en todo el país con Mayo del 68 e, incluso, con el 15M. Eran unas comparaciones dulces y hasta simpáticas que no pasaban de lo anecdótico pese a lo dramático de algunas situaciones vividas. Pero resulta que el tiempo va pasando, las protestas comienzan a ser seguidas de destrozos, y es entonces cuando ocupan todas las portadas de los medios y las comparaciones idílicas dejan espacio a la ejemplarización, a la proyección de los debates internos -elecciones de noviembre principalmente- sobre los sucesos y a la desinformación.

Hay cosas en todo esto que me han suscitado conexiones, y he preferido dejarlas aquí en forma de escrito a que se las lleve el viento en forma de BlueSky. Sólo así podré ver si aguantan el paso del tiempo.

La chispa adecuada

Al principio de todo, fue el estallido. Creo que fue al poco de comenzar todo esto que leí una noticia de refilón sobre que estudiantes franceses estaban en huelga y logrando fuertes movilizaciones. Lo primero que hice, fue escribir a un buen amigo que es profe de instituto en Perpinyà, y que me explicó de qué iba el tema.

Hacía una semana o así que, en zonas de la periferia de París habitualmente desatendidas por el sistema del bienestar, los estudiantes iniciaron protestas por las condiciones en las que estaban en el instituto. Chicos y chicas de 15 años protestaban porque convivían con ratas, se asaban como pollos cuando hacía calor y se helaban cuando hacía frío. Pero, sobre todo, por el nuevo sistema de elección universitaria que había creado Macron introduciendo un algoritmo en la selectividad -como todos los algoritmos, bastante oscuros- a partir del cual se concedía o no el acceso a la carrera. Y todo eso en un contexto de hartazgo por no tener esperanza en el futuro, ni vislumbrar una salida a las vidas precarias o en situación de misera que han experimentado hasta ahora.

Desde París, y rápidamente, las reivindicaciones se extendieron por toda Francia. Y ante ellas se decidió enviar a la policía con unas instrucciones de represión brutal de las protestas, lo que hace cosa de diez días comportó la amputación de la mano de un estudiante -ahora creo que ya son dos o tres los amputados- y las consiguientes declaraciones exculpatorias de los políticos, aderezadas con notas de racismo, pues alguno de los amputados no era 100% francés a sus ojos. 15 años, tenían los estudiantes movilizados. Unos niños de 15 años. Con manos y ojos amputados por las fuerzas policiales.

Grupos de docentes y profesionales del sector de la educación también se sumaron a la protesta y, poco a poco, ha ido sumando más y más sectores hasta consumar una alianza entre estudiantes y sindicatos, y revindicar tanto las condiciones de abandono de gran parte de la población en exclusión como la subida del coste de vida para toda la población en general. El odio y la rabia frente a un sistema que sólo permite avanzar a quienes parten de unas buenas condiciones materiales de base, pero también la esperanza en una Francia que sea capaz de proteger a los más débiles y construir un sistema más justo.

Ulrike Meinhof y las protestas francesas

Decía Meinhof en 1967 que algunas democracias son castillos de naipes: si quieres hacer uso de ellas, se derrumban. Aquella frase me ha retumbado en los oídos durante años. Porque la leí en mitad de una crisis española de la deuda, donde se cuadraron los números del sector bancario a base de toneladas de dinero público y de sufrimiento de millones de personas. Y me sigue retumbando hoy, cuando veo que las protestas francesas no están exigiendo ni el fin del capitalismo ni la decapitación de sus majestades, sino simplemente poder llegar a fin de mes.

El mensaje es alto y claro: no podemos seguir viviendo así, sin posibilidad de encontrar trabajo, sin posibilidad de huir de la miseria si se encuentra trabajo, viviendo para trabajar y pagar facturas, y sintiéndote un afortunado si encuentras un piso en alquiler al que tengas que entregar el 90% de tus ingresos mensuales.

Son reivindicaciones que, en cualquier momento de la historia de la república francesa actual, se podrían haber canalizado por las instituciones democráticas. Pero en lugar de eso el sistema contraatacó con una nueva extrema derecha que hizo parecer a la extrema derecha tradicional -aka los Le Pen- como un partido de gobierno y moderado, cerrando así el paso a organizaciones completamente domesticadas, como la Francia Insumisa, que podían haber recogido el malestar.

La situación social, además, golpea cuando el Estado francés se encuentra sumido en una crisis de deuda similar a las generadas contra Grecia, España, Irlanda o Portugal en la década pasada. Sin recursos económicos con los que contentar a los manifestantes, y con la necesidad de cubrir favores a los sectores internacionales -inversores y prestamistas privados- Macron ha optado por la vía de una represión sin precedentes en Francia, con hasta 7.000 detenidos, desmontando el castillo de naipes en que se ha transformado el Eliseo.

La apuesta de las elites económicas y políticas ha sido la de romper cualquier tipo de promesa y ofrecer sólo el camino de la desesperación social y el enfrentamiento entre pobres. No se puede dejar de ver aquí la influencia antidemócrata del dinero qatarí que tanto ha influido en la política francesa desde tiempos de Sarkozy, ni la ventana de oportunidad que sin duda aprovecha el globalismo neofascista de Rusia, los EEUU de Trump y las grandes tecnofortunas.

La extrema derecha Lepenista, además, ha visto -o provocado- en los disturbios la oportunidad para intentar sacar beneficio de la situación. En Abril de 2027 hay elecciones presidenciales, y hace tiempo que las encuestas auguran un enfrentamiento en segunda vuelta entre Le Pen y Melenchon. La muerte contra la vida. Y no le pidan a Macron que elija, porque se van a llevar un susto de muerte.

Así que los manifestantes están solos. Ni las élites económicas darán cobijo a sus demandas, porque han cerrado el grifo; ni las derechas tejerán una apariencia de contrato social, porque llegan a lomos del racismo y el odio. En este contexto, como citó mi amigo de Perpinyà, sólo queda pensar en aquello que decía Angela Davis de que la esperanza es una disciplina, algo que tiene que ser practicado a diario, de manera activa y colectivamente, mediante la cual poder luchar contra el horror que nos está rodeando.


Foto de Pierre Herman

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