martes, noviembre 06, 2012

La privatización de la política, o sobre no institucionalizarse


Foto de José Carlos Cortizo Pérez
El fin de la política está cerca. No lo digo yo, lo dice todo el mundo. Sólo hace falta poner un oído un poco fino y escuchar esas voces en el trabajo, en el bar... En la calle, en definitiva, se reproducen las consignas extendidas por los medios de comunicación: la política está podrida. No sirve para nada. Privaticémosla.

Hace unos meses, en Abril, Televisión Española difundió el rumor, dándole carácter de noticia, de que en España había 445.000 políticos. Y las alarmas de las señoras con rulos y de las mentes biempensantes saltaron por los aires. Cierto, el rumor fue difundido por la presidencia del Gobierno, en lo que se suponía que era un ataque directo a su casta y situaba al Presidente en el bando de los ciudadanos. La noticia era tan absurda que rápidamente cualquiera con una calculadora y dos dedos de frente la desmontó. Aun así TVE jamás se retractó. Interpelada por un amigo mío la defensora del espectador de RTVE llegó a afirmar que si bien la noticia era falsa, había servido para generar debate. Rigor informativo, lo llaman.

En realidad la noticia sirvió para allanar el terreno al Gobierno y meses después lo pudimos comprobar. Rajoy anunció en Julio que reducirían un 30% los concejales de los Ayuntamientos de España como medida de ahorro de las arcas públicas. Lástima que no pensara que la mayoría de los concejales no cobran por ser representantes. En realidad esta medida encarecerá en número de votos la elección de un representante público, con lo que facilitará a los partidos hegemónicos su mantenimiento en las instituciones municipales en un momento en que deberían acusar fuertes golpes electorales. Un Golpe de Estado hegemónico en toda regla, oigan. Y aquí paz y después gloria. El fin de la política municipal.

Otro golpe más a la política formal ha sido la decisión de María Dolores de Cospedal, apoyada por el grupo parlamentario del PP en el Parlamento de Castilla La Mancha, de dejar sin sueldo a los representantes políticos en dicho departamento. Sus diputados están protegidos porque todos, excepto dos, son alcaldes o representantes en una diputación o miembros del equipo de gobierno. Pero los de la oposición no. Y así, con esos ecos indiferenciables entre la caverna y muchas modernas plazas de reunión, nos quedamos en la política del Siglo XIX, cuando los trabajadores no podían presentarse a las elecciones por no ser propietarios, cuando la política era el reino de los rentistas. Cuando era una actividad privada.

En realidad el problema que trasciende a todo este desprestigio de la política es mucho más grave, si cabe, que las medidas anti-representantes que lo que en realidad hacen es penalizar a los representantes de los partidos no hegemónicos y debilitar la libre elección de la ciudadanía. El problema real es que el reino de la política sigue manteniendo el control y el poder frente al reino de la economía, y quienes tratan de desprestigiar la política lo saben.

Los ataques hacia la política no vienen de ahora. Durante años, y aún hoy, hemos vivido en el mundo del tecnicismo. Cuando algo no entra en la agenda del discurso político oficial, entregado la mayoría de las veces en divagar sobre identidades, principios o cualquier chorrada que diga el Ministro de turno, es porque era un tema técnico. Con ese escudo de tecnificación se quiere decir que no admite discusión posible. Podemos opinar de todo, pero no de algo que sea técnico. El ciudadano se queda desnudo ante ese debate. ¿Sabe Ud. cuántos funcionarios tenemos? ¿Sabe Ud. cuántas medicinas gastamos? Son cosas que hay solucionar rápida y eficazmente. Se trata de un problema de gestión, no de un problema político. No admite discusión. Y por tanto se queda en el ámbito privado de esta política que estamos privatizando.

El manto del tecnicismo es en realidad un edredón que protege el programa político de las fuerzas hegemónicas. Allá donde la legitimidad no llega, o les obliga a consultar a la ciudadanía, siempre llega el edredón del tecnicismo para calentarle los pies al hegemón. Ahora bien, ocurre que a veces el edredón se mueve y les destapa. Algo así está pasando con este movimiento 15M, que apareció resultando simpático para los hegemones, pensando en cómo podría beneficiarse de él, y que a día de hoy les molesta sobremanera.

La importancia de este movimiento radica en el redescubrimiento de la política. Frente a aquellos que la quieren privatizar, el movimiento social se vuelca en el debate de cada proceso técnico. La política vuelve a cubrirlo todo, sin embalajes, y por tanto la capacidad del ciudadano de recuperar su vida política se convierte en realidad. Frente al tecnicismo, el conocimiento.

Es en este conflicto donde nos encontramos dos puntos clave a ser atacados por el hegemón.

El primero, la Universidad. Durante años, lustros o décadas, las Facultades universitarias de este país han producido carne de primera para la maquinaria de las ETTs al mismo ritmo que producían expertos investigadores en ciencias sociales con el ego completamente relleno de resquemor hacia una sociedad que les ninguneaba frente a los conocimientos prácticos de los ingenieros y las ciencias exactas de otros compañeros de profesión. Ahora estos expertos son redescubiertos por gran parte de la ciudadanía, que quieren que le vuelvan a explicar cómo funcionaba exactamente esto de la política, la economía, la sociología, el derecho. Lo quieren entender para volver a discutir el asunto, una y otra vez, en asambleas de barrio, de distrito postal, de ciudad o de zona metropolitana. De estos vientos, las tempestades de revancha contra la Universidad pública que tenemos hoy día. El hegemón puede consentir ser atacado, pero no le da la gana que lo hagan desde su universidad.

Y como todo es discutible ahora, pues se decide que todo ha de cambiar. Los pactos de la Transición han saltado del Informe Semanal de noviembre de cada año a las calles de cada barrio. Y no han aguantado su nueva condición de sinhogar. Rotos por los aires los pactos, los consensos y las políticas públicas, ahora el movimiento pretende refundar los cimientos de la democracia española, al hilo de lo que pasó en Islandia y nos lo quieren ocultar (sic). Y aquí es donde llegamos al segundo punto de ataque que realiza el hegemón.
Poco a poco, sutilmente y con la ayuda del mismo movimiento social, hemos pasado de nombrar al 15M a nombrar al 25S. El movimiento 15 de mayo nos traía imágenes de asambleas de primavera, ciudadanos y ciudadanas de todas las edades sentados en una plaza, a la hora del café, debatiendo y construyendo juntos. Nos traían imágenes de resistencia pacífica. Por el contrario el nombre del 25S nos trae violencia contra los representantes del pueblo –a pesar de que no ha habido ninguna agresión, más allá de las agresiones policiacas. El 25S se asocia con un movimiento contrademocrático, en donde no se debate nada en absoluto, que queda en las calles por las noches frente a las alambradas que defienden la casa del pueblo, el Congreso.

Desde este espacio se ha propuesto siempre la institucionalización del movimiento social, más que nada porque no ha habido en la Historia ningún movimiento social que, sin transformarse en fuerza política competitiva, consiguiera el poder. Sin embargo ahora corrijo y cambio de tercio: no os institucionalicéis.
Y lo pido así, en segunda persona del plural, porque efectivamente de institucionalizarse el movimiento social pasaría a competir directamente con las fuerzas hegemónicas, las cuales están esperando el momento en que el movimiento dé este paso para poder decir, en voz alta, que en realidad no era un movimiento social, sino un movimiento partidista e interesado que quería competir con ellos –como si con eso justificara su represión.

Pero para que esto sea posible, para que los objetivos del movimiento social –cargados de motivaciones ideológicas y de programas políticos concretos- puedan ser realizables o, cuanto menos, entren a formar parte de la agenda política nacional, es necesario que se produzca el encuentro formal entre aquellos que creemos en la política institucionalizada y aquellos del movimiento social. Sólo a partir de este encuentro se pueden producir nuevas líneas de legitimación del ámbito de la política, tanto formal como informal.

Del encuentro entre ambos lados deberían surgir unos partidos políticos como Izquierda Unida, Equo u otras formaciones de similar calado, que se beneficiarían de la movilización de grandes masas de votos. También debería surgir una sociedad civil reforzada por el movimiento en las calles, que no cejara en su empeño de presionar a los partidos políticos para que cumplan con sus compromisos con la ciudadanía, y no sólo con sus nóminas a fin de mes. Sólo si unos se vigilan a otros, si todos mantienen la tensión del debate y la capacidad de diálogo, se podrá parar este proyecto privatizador de la política.