sábado, noviembre 26, 2011

Esquizofrenia bancaria


Trabajé en un banco. Como no me gusta hacer publicidad, diremos que trabajé en el Banco del Refresco, por aquello de su característico color naranja corporativo y su última campaña publicitaria. Ocurrió durante mis años de estudiante. A través de una pequeña ETT entré a trabajar en su departamento de administración. No era extraño que el Banco del Refresco contratara gente a las empresas de trabajo temporal. De hecho, casi toda la plantilla que gestionaba las operaciones de los clientes trabajaba con contrato temporal, por obra y servicio. Había dos niveles. Por una parte los que trabajábamos por una ETT pequeña -filial de una más grande- que cobrábamos apenas 600€ por media jornada laboral. A un estudiante como yo aquello le parecía aceptable. Los inconvenientes venían del tipo de trabajo -automatizado- y de las condiciones no escritas. Cuando las cosas iban mal, es decir cuando había demasiado trabajo para los pocos que éramos, se nos prohibía hablar entre nosotros. Cuando la cosa iba bien, es decir cuando el nivel de trabajo acumulado era inferior, se despedía a unos cuantos de un día para otro. Sí, de un día para otro. Legalmente se estimaba que la obra y servicio había terminado, a pesar de que allí dentro hubiera gente que llevaba años trabajando para la misma obra y el mismo servicio. La cosa es que te ibas a tu casa a las tres de la tarde y sobre las cinco te llamaban para decirte que no volvieras al día siguiente, que ni una goma de borrar te dejaban coger. Por supuesto los del Banco del Refresco no daban la cara, era la ETT pequeña la que te llamaba.

La otra mitad de la plantilla, ya con trabajos de mayor responsabilidad y mayor cualificación que un estudiante como yo, también trabajaba a través de una ETT. Ésta era la madre de la que me tenía a mí contratado. Pagaban unos 1.000 euros raspados al mes por una jornada laboral de 40 horas. Cada persona incrustada en su cubículo, en su mayoría jóvenes de barrios buenos para los que comprarse un coche deportivo con esos 1.000 euros era todo un objetivo vital. Entrar a formar parte de la reducida plantilla de banco era casi misión imposible, aunque veías a muchos de ellos matarse por hacerse con un puesto para el que no sabían qué cualidades necesitaban ni qué condiciones les ofrecerían.

Este era el banco que, por aquellos días, ofrecía un 6% de interés a todos sus clientes. Como churros caían. A todo el mundo le interesaba tener sus ahorros en un banco que le diera tanto dinero por ello, sin preocuparse de si el banco trataba bien o no a sus empleados. Sin preocuparse de si sus operaciones -había gente que incluso enviaba cheques por correo- las gestionaba gente cualificada o estudiantes como yo que necesitaban el dinero para poder pagarse el postgrado. El cliente sólo veía, y sólo quería ver, el tanto por ciento de interés que habían prometido. La vida es dura, chaval, te decían. Al cliente qué le importa si tú no tienes derechos laborales si al final tiene el interés acordado.

Y dejé el sector bancario. En cuanto obtuve lo suficiente para pagarme mi postgrado salí de allí pitando. Sin embargo, casi al mismo tiempo, personas de mi entorno más cercano comenzaron a trabajar en otro banco, al que por su logotipo llamaremos el Banco del Mechero. Por entonces, año 2005, el sector bancario era un mercado laboral en alza. La zapatería de toda la vida del barrio se transformaba en una sucursal del Banco del Mechero. Videoclubs, inmobiliarias, Todo a cien y sucursales bancarias. Parecía que los barrios no necesitaban otra cosa. El trabajo en el Banco del Mechero era y es claro. Se trata de vender cualquier producto, de colocar lo incolocable, y a cambio los señores del banco dan buenos sueldos, créditos personales baratos y esa ficticia sensación de que eres aspirante a la clase alta de la sociedad. 

Sin embargo el pacto laboral no sólo incluye un esfuerzo sobrehumano por parte del empleado. También exige la disposición total y absoluta de tu tiempo y de tu espacio. Es habitual tener que quedarse hasta tarde en la oficina -como en muchos otros trabajos- o que, de una semana para otra, te trasladen de ciudad. 

Hola Francisco, ¿Qué tal estás en esa oficina de la Universidad de Murcia? ¿Bien? Genial, perfecto... Oye te llamo para decirte que el lunes te incorporas a una oficina de la Universidad de Zaragoza... Sí, ya sé, ya... Bueno, también puedes decidir no aceptarlo, lo que pasa es que el lunes entra en tu oficina una persona nueva para sustituirte que, mira qué casualidad, nació y se crió en Zaragoza. ¿Qué por qué no va él a Zaragoza? Bueno... eso es criterio del banco. En fin, ¿qué me dices?”.

Cuando has recibido y aceptado este tipo de acuerdos varias veces, al final te conviertes en un soldado del ejército del mechero. Es inevitable, has invertido demasiado personalmente como para aceptar que el camino no tiene salida. Tu misión viene definida por tus superiores más directos. Este mes tienes que colocar 40 tarjetas de crédito. Este trimestre tienes que hacer 20 hipotecas. Este año necesitas 300 cuentas nuevas. Sólo cumpliendo estos objetivos seguirás siendo un buen soldado. Si bajas en tu media, recibirás un fuerte rapapolvo público, todos aquellos compañeros tuyos que hasta hacía dos años ni te importaban lo más mínimo ahora pensarán que eres un vago, y eso no lo puedes tolerar. De manera que conviertes a cualquier persona que cruce la puerta de tu oficina en un señor hipotecable, o creditable, o en una cuenta con patas.

La facilidad con que la gente abría cuentas al 6% sin preguntarse de dónde salía su dinero -de los derechos laborales de los empleados del banco, ya se lo digo yo- sólo se corresponde con la facilidad con que los bancos ofrecían productos financieros a las economías más débiles de la sociedad. El mismo trabajador del Banco del Refresco que podía ser despedido de un día para otro era capaz de contratar una hipoteca a 30 años, con un 7% de interés, ofrecida por el trabajador del Banco del Mechero. Si luego no podía pagar, sería cosa del nuevo pardillo que pusieran los del mechero a dirigir la oficina desde la que se concedió la hipoteca.  

Pero el precio de la vivienda subía. Y si el trabajador del Banco del Refresco podía ahorrar pero no llegaba a poder pagarse una vivienda, desde el Banco del Mechero le ofrecían colocar sus ahorros en un fondo de inversiones que, vaya casualidad, se dedicaba a invertir en el mercado inmobiliario. Es decir, a evitar la caída del precio de la vivienda. Pero de nuevo lo que se miraba era el 10% de interés que habían prometido al pequeño inversor, anteriormente conocido como trabajador por obra y servicio del Banco del Refresco.

Ahora todo este sistema está estallando por los aires debido a la crisis económica. Como en muchas trincheras, para que la granada no alcance al capitán siempre hay un buen soldado que salta encima sobre ella, queda hecho mil pedazos y permite que la guerra continúe. 

El sector bancario es una industria de la especulación. Ya sea ofreciendo a sus trabajadores vender su vida a la idea de que ser clase media es de gente torpe y con moralina, ya sea ofreciendo a los clientes en general productos financieros que, vistos de una manera global, torpedean cualquier intento de mejorar un poco sus condiciones de vida. Es fácil convertirse en soldado de esta guerra, y también es fácil que seas tú el elegido para saltar sobre la granada que salve al Capitán  al Comandante en Jefe y permita seguir guerreando.

Con los bancos tenemos una relación un poco esquizofrénica: les damos nuestro dinero para que no se lo presten a gente como nosotros, de inestabilidad laboral y tendencia a pedir créditos de riesgo. Por eso siempre es mejor ganar el dinero con tu propio trabajo, sin necesidad de contratar inversiones o fondos. Por eso siempre es necesario preguntarse por la responsabilidad social y política de tu trabajo diario, aunque seas también un trabajador de la banca.  Por eso es necesario preguntarse si esta guerra era necesaria para nuestras vidas, naciones o patrias, o si en realidad era imprescindible para encontrar gente que salte sobre la granada que enriquece a otros.