jueves, junio 30, 2011

La última noche en Twisted River, de John Irving

La cantidad de grandes autores con una extensa bibliografía sobre la cual aún no nos hemos adentrado ha hecho que uno se busque excusas para entrar en una librería un día determinado -pongamos, por ejemplo,Sant Jordi- decidido a llevarse consigo una pieza de dicha colección. El Sant Jordi de este año pilló lejos de casa, muy lejos de casa, pero sin embargo uno ya tenía hecho los deberes. Meses atrás, con la excusa del cumpleaños, alguien me regaló La última noche en Twisted River, mi primera novela de John Irving. La tarea estaba completada y sólo quedaba ponerle fecha al comienzo de la lectura.



jueves, junio 16, 2011

La estrategia del debate

¿Qué, ya has cogido bando? Hazlo rápido ¿eh? No te despistes. Has de escoger entre los indignados violentos o los políticos pacíficos. El caos frente al orden constitucional -o democrático, le dicen- que tanto nos ha costado alcanzar tras 40 años de dictadura. Esta gente no se entera de lo que nos costó echar a Franco. Hubo que esperar a que se muriera, sí, y aún así tuvimos que aceptar sus reglas del cambio. Pero nosotros lo logramos, parece que se le olvida a esa gente. ¡Qué falta de respeto por los derechos de todos! Tendremos que hacer una ley que te obligue a condenar la violencia de los indignados para acceder a lo que dejemos del Estado de Bienestar. “Señora López, lo lamento pero se ha suspendido su operación, la que se programó hace 7 meses, porque Ud. no condenó a los indignados en su momento. Lo dice el informe de la Fiscalía del Estado”. A esa gente o les obligas a reconocer que llevas razón o persisten en su error. Son como los de la ETA.

El Sistema estaba ahí, esperando cualquier oportunidad para arrancar la capa de legitimidad que parecía haber perdido en favor de un grupo de campistas urbanos. Nadie sabía muy bien qué hacían esos campistas -según los medios de masas- pero contaban con el apoyo de la mayoría de la población. Y los políticos, el Sistema, se quedaban en su casa carcomiéndose por dentro. ¿Dónde quedó su legitimidad arrebatada? No se enteraron de que la legitimidad la habían perdido ellos solos, por mérito propio. Y que si la gente sigue participando en el sistema político -a través de las elecciones- es sencillamente porque la gente aún cree en la política. Aún creen que vendrá un partido, un gobierno, un líder capaz de enterarse qué está pasando en la calle y en las casas de las personas en lugar de preocuparse por sus datos macroeconómicos y el crédito bancario que tiene pedido su partido para hacer la campaña.

El intento de desalojo de la Plaza Catalunya, tan desastrosamente realizado, dejó con el culo al aire a la Consejería de Interior, empezando por su titular Felip Puig, y terminando por un cuerpo policial, los Mossos d'Esquadra, que quedó como un cuerpo represivo propio de otra época, capaz de repartir porrazos a lo que antes se consideraba gente de bien. Desconcertados porque no había habido violencia la última vez que se enfrentó a los indignados, los Mossos también estaban esperando su oportunidad de redimirse y de mejorar su imagen pública a través de lo único que saben hacer: violencia.

Y esta oportunidad esperada por los políticos y por los Mossos llegó cuando con días de antelación los indignados convocaron una concentración/acampada frente al Parlament de Catalunya. Impedir que un parlamentario acceda a su escaño en cualquier cámara es un delito tipificado en el código penal con hasta 3 años de cárcel. Algo que parece más que correcto en el contexto que sea, por razones obvias. Los Mossos aprovecharon su oportunidad, se vistieron de manifestantes y provocaron las cargas de sus compañeros antidisturbios infiltrados en las filas de los indignados. Y los políticos, esos paladines de la responsabilidad, se pusieron ante las cámaras del Parlament, como niños chicos, a enseñar la gabardina pintada y a poner cara compungida.

La ciudadanía espera de una policía que les proteja y les sirva, no que provoque altercados en manifestaciones pacíficas. La ciudadanía espera de los políticos que, incluso en los momentos de tensión, mantenga la calma y el sentido de la responsabilidad. Y ninguno de los dos estamentos lo hicieron, contribuyendo a su nivel de desligitimidad y aumentando la indignación de la ciudadanía.

La concentración en el Parlament ha sido, desde el punto de vista estratégico y mediático, un error. Mientras que al Palament ayer no se podía entrar, a las multinacionales o a los bancos se entraba con tranquilidad. En tu trabajo no había problemas para entrar, salvo para quienes han sido despedidos en busca de más beneficios empresariales. Telefónica, con su ERE reluciente e injustificable, tenía las puertas abiertas de par en par. Y aquellos que tienen el poder de paralizar los ERE, los parlamentarios, veían cómo se les increpaba y se les amenazaba.

En un mes de acampadas aún no se ha podido establecer un programa de objetivos políticos y, de momento, el único objetivo es seguir hablando, descentralizar la protesta llevándola a los barrios. Y las multinacionales siguen abriendo ERE's. Las instituciones internacionales siguen exigiendo el fin del Estado del Bienestar en Grecia y Portugal -si no lo han pedido aquí es porque ya hemos hecho las reformas antes de que nos den el dinero. En definitiva, el Sistema sigue ejerciendo su violencia estructural habitual.

Aumentar la participación política, en asambleas urbanas, barriales o vecinales, es una gran noticia. Pero de no seguir extendiendo el cuestionamiento de los modelos actuales al ámbito del trabajo ésto lleva camino de tener poco o nulo impacto estructural. Me dirán que los griegos llevan 10 huelgas generales en un año y aún siguen con los mismos problemas de legitimidad política e institucional. Y yo les contestaré que también llevan un año de reforma neoliberal brutal, de estallido del Estado de Bienestar, y sin embargo el mercado y los políticos aún piden más. O llevamos esto hacia una nuevo mecanismo de participación en el trabajo, o la reforma se nos quedará incompleta y sólo nos contentaremos con hacer lo que Arcadi Olvieres ha prometido seguir haciendo: pedagogía de la política.