martes, marzo 24, 2009

Fantasmas Balcánicos (VII)

Las causas de hoy son los olvidos del mañana. Y eso para las causas que hoy pueden llamarse causas, las que entran en la agenda social de manifestaciones, expresiones de solidaridad y, ahora que estamos organizados en blogs, las que nos entran en nuestras entradas.

Hoy, día 24 de Marzo de 2009 se cumplen diez años desde que la OTAN decidió bombardear un país llamado Yugoslavia. Y quien dice la OTAN dice Estados Unidos. Y quien dice Estados Unidos dice, como no, la Administración Clinton. Una administración demócrata que no dudó en provocar un bombardeo fuera del sistema multilateral de Naciones Unidas, que no dudó en hacer que todas las soluciones pactadas por las partes fueran papel mojado.

Desde ese 24 de Marzo hasta el 11 de Junio de 1999 aviones de la OTAN bombardearon población civil, puentes, depósitos de petróleo, edificios públicos, camiones de refugiados, la embajada China y otro sin fin de objetivos militares. La campaña de bombardeo fue tremendamente mal programada. El alto mando se quedó pronto sin muchos objetivos militares que bombardear mientras el dictador de Milosevic –haciendo gala de su sentido psicópata de la responsabilidad- resistía y se negaba a claudicar sabedor de que la OTAN jamás incurriría en un ataque terrestre. Así pues, para seguir bombardeando, y no hacer una guerra sin combate –cosa más ridícula- se inventaron objetivos militares tales como el edificio de la televisión pública. El empecinamiento de unos y la psicopatología del otro, provocó que en ese bombardeo murieran varios trabajadores.

En Septiembre de 2001, cuando dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas de Nueva York, cientos de miles de chinos salían a las calles de Pekín a celebrarlo. La causa, según constatan varios testimonios y crónicas, no fue otra que el sentimiento de que se hacía justicia por el bombardeo de la embajada china en Belgrado en Mayo de 1999. En aquél bombardeo murieron tres periodistas chinos. ¿Cómo comparar entonces la muerte de tantos ciudadanos estadounidenses con la muerte de sólo tres chinos? La razón está en cómo se produjo el bombardeo. La OTAN se disculpó tras el ataque, aduciendo que unos planos desfasados proveídos por la CIA habían sido la causa de un terrible error. Sin embargo, en el ambiente se quedó la sensación de que Estados Unidos podía hacer y deshacer a su antojo, y la revancha mundial provocada por dos aviones contra sendas torres supuso un grito de alivio para distintas poblaciones. Años después de los dos incidentes, en 2005, se confirmó la voluntariedad del ataque contra la embajada china. Al parecer los servicios de inteligencia de la OTAN habían anunciado que Milosevic se encontraría en dicha embajada recabando apoyos políticos. La posibilidad de acabar con la vida del líder político en un momento de la contienda de auténtico desgaste para la alianza –mes de Mayo- hizo que no se confirmase la información y directamente se actuase a la desesperada.

Pero sea como sea, los muertos de Yugoslavia no importan hoy como no importaron nunca. Esta cloaca de Europa ha sido testigo de toda clase de experimentos políticos modernos para tratar de dominar el espíritu de su población, para hacer de la política yugoslava algo que el resto del continente pueda manejar. Víctimas de su situación de frontera, de su vinculación cultural con la potencia europea menos europeísta, Rusia, y testigos del enfrentamiento de su Iglesia con el resto de comunidades ortodoxas. Así vive hoy la población de la que es heredera de Yugoslavia.

Y hoy sólo nos acordamos de ella para salir de allí. Estados Unidos y la Unión Europea, empeñadas en seguir una política de debilitar cuanto más a Serbia, dieron alas a Kosovo para proclamar su independencia contra cualquier norma de Derecho Internacional. Un año y poco después de su independencia, el nuevo país no ha sido reconocido por la comunidad internacional -¡y eso con sus padrinos de la mano!- no es capaz de gobernarse y depende de la ayuda internacional hasta para cuidar sus calles. Así pues, si un Estado se define por los elementos clásicos de población, territorio y gobierno, Kosovo hoy tiene una población mayoritariamente enfrentada entre los que sienten a Albania, los que sienten a Kosovo y los que sienten a Serbia; un territorio incapaz de ser controlado sin ayuda militar extranjera; y un gobierno pelele de Estados Unidos. Sí, esta figura de protectorado aparentemente independiente de Kosovo no es nueva en el mundo de lo internacional, pero no por vieja deja de ser denunciable.

Hasta allí se marchó en visita sorpresa la Ministra de Defensa de España –y dicen que próxima candidata del PSOE al Gobierno en 2012-, para anunciar que las tropas españolas se retiran del territorio de un Kosovo que no reconocen aún –se sigue la doctrina de los 100 que indica que no se reconocerá al nuevo estado hasta que no haya 100 estados que lo reconozcan, ahí queda eso. Y parece una postura lógica. ¿No decís que sois independientes y autónomos? Pues a ver cómo os apañáis. No es una postura muy responsable políticamente hablando, cierto, pero lo que es cierto es que la coherencia sí se asoma por ella. Lástima no haberlo hecho bien y haber plantado cara a Estados Unidos y su decisión de independizar Kosovo en su momento –hace un año. Lástima de no haber sido valientes y afrontar el hecho de que se quería salir de allí en un foro de diálogo, y no con la política de hechos consumados. Lástima que la Ministra, embobalicada consigo misma, no haya sido capaz de coordinarse con sus compañeros de gobierno –a los que habría que recordarla que aún no dirige- y advertir a tiempo al Ministerio de Asuntos Exteriores. Lástima de todo esto, pues se habría logrado una postura mucho más coherente y razonada. Habría parecido -¡vive dios!- que teníamos en España una política exterior planificada más allá de la ideología del buenismo que nos conduce a una Alianza de civilizaciones aún sin identificar.

Se cumple hoy, por tanto, este siniestro aniversario de una lucha que nunca consiguió unir a ningún colectivo en Europa Occidental. De unos bombardeos ilegales por los que nunca serán procesados sus responsables. Y lo hace en un momento de espera ante la dirección que toma el nuevo gobierno Obama-Clinton en materia exterior. A ver si entre ellos y la Unión Europea se dan cuenta de que una cosa es justicia internacional y otra dar puñetazos al estómago de un pueblo. Si no se dan cuenta pronto tendremos problemas. Como ya nos lo advertía E. H. Carr en otros tiempos. Mala combinación la de la justicia y el reproche.


[Las fotos son todas del blog Belgrade Daily Photo que por supuesto se recomienda visitar]


jueves, marzo 12, 2009

Una playa rodeada

Vilassar de Mar es uno de esos lugares de costa extraños. Cinco metros de playa, los suficientes para que ésta desaparezca en cuanto viene una pequeña tormenta, que quedan divididos del resto del pueblo por un par de vías de tren –cercanías- y un par de carriles de la vetusta Nacional II. Este hecho que divide el pueblo de su salida natural y que convierte sus preciosas casas costeras en un submundo en el que lo irónico es que es peor vivir cara al mar que despaldas a él, no es óbice para que pasear por sus calles al frío sol del verano –todo lo frío que puede ser el Mediterráneo- se convierta en un auténtico gusto. La cara de invierno de estos pueblos eminentemente veraniegos resulta amable para quienes no gustamos de concentraciones bulliciosas sin fines políticos.

Aún así, el calor del sábado atrajo a varios cientos de personas a las calles de esta ciudad y provocaba que el momento de la comida, que bien se puede dejar en estos días para una hora más distraída, tuviera que ser tenido en cuenta si uno no quería quedarse compuesto y sin pitanza.

Para las dos de la tarde, hora propicia a las conversaciones de barra, la comitiva de este encuentro, formada por tres personas, se disponía a tomar su ración diaria. Aparcado el coche, que en estas ocasiones se coge sin saber muy bien por qué, justo frente a un establecimiento que parecía per-fec-to para el objetivo, nos dispusimos a sortear el menú expuesto en la entrada. Anunciaba terraza, y ya nos imaginábamos degustando una rica ensalada de tomate al sol y con una cerveza bien fría en la mano. Sin embargo, primer resbalón –y el primero ya nos indica que habrá más. Las tres únicas mesas que hay en el local están reservadas para otros que han sido más previsores que nosotros y la terraza no está abierta “a la espera de que haya muchos días buenos como hoy… pero de seguido”, nos aclara la dueña por si queremos volver. Saliendo del bar mientras deseamos que este verano sea lluvioso y así la señora se obligue a poner más mesas en el local, nos dirigimos hacia una calle adyacente –casi todas las calles son siempre adyacentes, como presuntos los homicidas o falsas esas afirmaciones sobre mi persona-, y lo hacemos recomendados por la señora del local: “hay muchos sitios para tomar algo allí”.

Una calle peatonal la mar de linda que conduce a la playa, perdón, a la Nacional II, a las vías del tren y a la playa. Por ese orden. Precioso descenso en el que sol nos calienta mientras bajamos despacito por la avenida. Pero, o bien el sol nos ha deslumbrado con su diente de oro, o bien la señora del bar y nosotros tenemos un concepto muy diferente de lo que es comer. Cierto que hay un restaurante nada más comenzar la calle, a 25€ el menú del fin de semana –pues cóbreme Ud. como si fuera lunes-, una heladería cubana, y un bar de conservas justo frente a la Nacional II. Sopesamos pedir algo en el sitio de las conservas, pero nuestras miradas nos delatan y a nuestro rescate viene el Bar Frankfurt. “Bien, cerveza y salchichas”. De manera que entramos por una puerta, salimos por otra y nos sentamos en su terraza. Allí los tres, esperando y mirando con esa mirada que sólo pueden poner tres clientes hambrientos ante el ir y venir de varios camareros que nos devuelven la mirada como extrañados de que les observemos y le hagamos gestitos. Al cabo de unos cinco minutos una de las camareras decide acercarse a nosotros para ver si es que queremos bronca. Nosotros, advertidos, ya hemos decidido qué clase de exquisiteces nos apetecen de la carta –por cierto, ni rastro del Frankfurt en ella a pesar del nombre del bar- y nos disponemos a pedirle las bebidas cuando nos advierte que no tiene la plancha puesta. Debe ser que esperan a que haya muchos días buenos como hoy… pero de seguido.

Con toda su buena voluntad, puesto que para entonces ya se había dado cuenta de que no íbamos buscando gresca –bueno, yo sí- nos señala que, además de “todos los bares que hay en esta calle que sube –por la que hemos bajado- hay otro más a la vuelta de la primera esquina”. Esa será nuestra esperanza antes de tenernos de meter en el restaurante del menú de fin de semana. Allá que vamos.

La entrada promete. Varias mesas junto al camino que lleva a la barra, la mayoría decoradas con un mantel de cuadros y sendos sobremanteles de papel –porque sólo hay dos aunque las mesas sean de cuatro comensales- y ninguna de ellas ocupada salvo la central, sin mantel, en donde dos chavales un poco más jóvenes que nosotros leen el periódico y toman algo. Antes de que podamos decir nada uno de ellos se nos queda mirando en silencio, entre sorprendido e intrigado por nuestra presencia. Preguntamos como en confianza si se podría comer y es justo cuando se levanta y deja ver que será él quien nos sirva. Nos sentamos en una mesa de mantel a cuadros y él, muy laboriosamente y predispuesto, nos trae el sobremantel que nos falta y los cubiertos. “¿Os digo el menú?” Y procede a recitar de memoria –aunque con chuleta- el menú. Las caras de los tres reflejan un duro debate interno buscando las opciones personales hasta que surge una voz que pregunta: “¿Y de bocadillos qué tenéis?”. Solucionado, tres clásicos: Frankfurt –esta vez sí-, lomo con queso y hamburguesa –ésta para el situacionista y con queso. Tres cañas para acompañar y botella grande de agua, que el viaje de vuelta será largo.

Nos surge entonces ese momento en el que uno se relaja esperando la llegada de la comanda. Previendo el primer sorbo de cerveza caer por una boca que ya empieza a degustarla. Pero antes de que todo eso ocurra llega el padre del camarero y dueño del local. Nos mira agachando la cabeza, medio respetuoso, pero firme en su decisión. Nos retira los cubiertos. Nos retira el sobremantel. Nos retira el mantel mismo y si no agarramos con ahínco las copas, nos haría beber el agua a morro. No le ha debido sentar muy bien que no pidiéramos su menú de fin de semana, pero es que un menú que empieza ofreciendo un plato de “piña con jamón”… mala idea. De manera que ahí quedamos, esperando el pedido en una mesa degradada de condición. De mesa de restaurante ha pasado a ser mesa de hamburguesería. O ni eso, porque lo que nos sirven es media barra de pan con una salchicha, un lomo con queso que aún llora de dolor porque no está muy hecho y una hamburguesa llena de pan.

Se come todo rápido, entre historias y risas, entre planes y planificaciones, entre juegos colectivos y anécdotas como de servicio militar. Se paga y se sale, pidiendo café en la heladería cubana, justo frente al patio de una iglesia, que nos hace recordar que si fuéramos creyentes al menos allí nos habrían dado algo decente de comer esa mañana.