lunes, enero 26, 2009

Una canción para Jack

Con la aparición de Dean Moriarti comenzó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera. Así comienza Jack Kerouac su novela On the road –y perdónenme que utilice el nombre original de la novela, pero es que su traducción suena realmente mal.

En apenas 22 días, tecleando en su máquina de escribir un rollo continuo de papel, Kerouac escribió en la ciudad de Nueva York la que es por muchos considerada una de las mejores novelas norteamericanas del siglo XX. Icono de la Generación Beat –Generación Perdida-, On the road narra los viajes que entre 1947 y 1949 realizó su autor en compañía de sus amigos. En esencia éstos eran otros grandes escritores norteamericanos, pertenecientes a su misma generación, como Neal Cassady, Allen Ginsberg o William S. Burroughs. Sus viajes por Norteamérica, llenos de alcohol y mujeres, fueron publicados en 1957 y según parece, porque el que escribe esto aún no la ha leído, todo realizado bajo la máxima de Kerouac de la escritura espontánea.

La novela, eso es indudable, marcó a una generación más allá de los beatniks y popularizó la Ruta 66 que luego sería recorrida por innumerables hippies. Tanto es así que nos lleva hasta la canción que presentamos hoy, que es lunes. Y como todo el mundo sabe, los lunes son días de música.

Hit the road Jack
es una fabulosa canción escrita por Percy Mayfield, mismo autor de otros grandes mitos como Please send me someone to love, que en el año 1961 cantaron Ray Charles y sus Raylettes. Dos semanas estuvo en lo más alto de los éxitos y su prolongación en las emisoras de todo el mundo me hacen recordarla instintivamente de vez en cuando. Como la canción de los 5$, Hit the road Jack se quedó incrustada en mi cerebelo a una edad tan temprana que ya nunca más abandonaría su lugar.

La canción es ampliamente soportada por los coros de las Raylletes y, en concreto, por su principal voz, Marjorie Hendricks. Es un diálogo que se produce entre Marjorie y Ray. Ella le está echando a la carretera –“Vete Jack y no vuelvas más”- mientras él le anuncia sus intenciones de regresar y ella, definitivamente, le echa porque ya no tiene dinero.

Lo bueno de la canción son sus golpes rítmicos a base del diálogo. Como más tarde haría la gran Aretha Frankling en su Respect de 1965 –aunque Otis ya la había grabado antes- el ritmo de la discusión es llevado de una manera insoportable para nuestros pesados pies, que ven cómo se comienzan a mover en la silla del despacho. Algo inigualable. Disfruten con esto y comiencen la semana echando a alguien que se lo merezca a la carretera. Les sentará bien.





(Hit the road Jack and don't you come back no more, no more, no more, no more.)
(Hit the road Jack and don't you come back no more.)
What you say?
(Hit the road Jack and don't you come back no more, no more, no more, no more.)
(Hit the road Jack and don't you come back no more.)

Woah Woman, oh woman, don't treat me so mean,
You're the meanest old woman that I've ever seen.
I guess if you said so
I'd have to pack my things and go. (That's right)

(Hit the road Jack and don't you come back no more, no more, no more, no more.)
(Hit the road Jack and don't you come back no more.)
What you say?
(Hit the road Jack and don't you come back no more, no more, no more, no more.)
(Hit the road Jack and don't you come back no more.)

Now baby, listen baby, don't ya treat me this-a way
Cause I'll be back on my feet some day.
(Don't care if you do 'cause it's understood)
(you ain't got no money you just ain't no good.)
Well, I guess if you say so
I'd have to pack my things and go. (That's right)

(Hit the road Jack and don't you come back no more, no more, no more, no more.)
(Hit the road Jack and don't you come back no more.)
What you say?
(Hit the road Jack and don't you come back no more, no more, no more, no more.)
(Hit the road Jack and don't you come back no more.)

Well
(don't you come back no more.)
Uh, what you say?
(don't you come back no more.)
I didn't understand you
(don't you come back no more.)
You can't mean that
(don't you come back no more.)
Oh, now baby, please
(don't you come back no more.)
What you tryin' to do to me?
(don't you come back no more.)
Oh, don't treat me like that
(don't you come back no more.)


miércoles, enero 21, 2009

Los libros de Kurtz

Vidas desperdiciadas, de Zygmunt Bauman

Poco académico pero tremendamente provocador. Así podíamos resumir este libro de Bauman que, en el año 2005, apareció encima de mi mesa una noche de primavera. La verdad es que no iba buscándolo precisamente a él. A Bauman se le reconoce el mérito de haber sabido reconocer ciertas dinámicas de nuestro estado postmoderno y, al tiempo, haber desgranado la Modernidad hasta límites insospechados. Su tesis sobre el nazismo, que refleja en el muy recomendable Modernidad y holocausto –libro que buscaba cuando me topé con Vidas desperdiciadas- aporta una luz capaz de descifrar las dinámicas del terror de ayer y de hoy. No era cosa de ellos, sino de nosotros.

Sea como sea, el libro comienza con otro libro, cosa que me encanta. Bauman habla de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. Para quien no lo haya leído o no lo conozca, es ése un libro de poesía en prosa. Calvino se dedicó durante muchos años a redactar pequeños fragmentos, de dos, tres o cuatro párrafos, sobre ciudades que contenían sólo una cualidad paradójicamente especial. Todas ellas llevaban nombre de mujer y su cualidad se convertía invariablemente en su virtud y en su defecto. La ciudad invisible que inspira a Bauman consiste en una que se muestra tremendamente limpia, pura. Sus calles son inmaculadas y jamás existe el menor desorden. Esto es posible porque encuentra, a sus espaldas, el terreno necesario para deshacerse de su basura y de sus cosas inservibles. Cientos de desperdicios se acumulaban tras de sí impidiéndola crecer y ahogándola en su modo de vida. [Leer completo]

Mozambique, de Roberto M. Della Rocca.

El libro de Della Rocca es un relato de los acontecimientos en el proceso que llevó a pacificar Mozambique. De dicho relato se pueden extraer varios elementos de análisis de las situaciones conflictivas y de cómo una estructura flexible puede ayudar a poner punto y final a dicho conflicto. Desde un principio ya advierte el autor que los acontecimientos que llevaron a poner fin a la lucha armada entre el FRELIMO y la RENAMO son sólo válidos para la situación de Mozambique. No se pueden extrapolar a otro conflicto ni son susceptibles de ser sintetizados en un modelo.

Aunque desde aquí se está de acuerdo en esta afirmación, así como en aquellas visiones que afirman que los modelos de resolución de conflictos estructurados fuertemente no funcionan, se disiente con el autor en distintos aspectos. Los acontecimientos de Mozambique tienen una serie de características que provoca que haya que tenerlos en cuenta en cualquier estudio de resolución de conflictos en un continente como el africano. El conflicto mozambiqueño surge del proceso de descolonización tardío emprendido por Portugal tras la Revolución de los claveles. La metrópoli europea fija un día en el calendario tras el cual la soberanía le pertenecerá al pueblo mozambiqueño. Durante los anteriores, Mozambique había sufrido una guerra de independencia elaborada por el Frente de Liberación de Mozambique, el FRELIMO. De inspiración marxista, el FRELIMO quedó como único responsable mozambiqueño tras la marcha de toda la estructura colonial portuguesa. [Leer completo]

lunes, enero 12, 2009

Dios viaja en AVE, pero en turista

He vuelto a viajar en tren. Tras muchos trayectos en coche porque así es el_situacionista, patriota, y decide consumir lo que no tiene, comprarse un coche, y ayudar de esta manera a las empresas extranjeras de automoción. La tortura de RENFE y su artefacto del demonio llamado AVE siguen funcionando igual de mal. Todo esto, en el viaje de ida, me hizo pensar qué habrá sido de aquella reclamación que puse el 17 de Enero del año pasado y sobre la que aún no he obtenido respuesta alguna. La pobre debe de estar en el limbo de las cosas olvidadas, junto a mi blog sobre África y Hernández Mancha.

La ida del viaje no fue un prodigio. No comenzó bien pues la decisión de ir en tren se vio motivada por la copiosa nevada que hacía más fácil el paso por las minas de Moria que por la carretera A2 a la altura de Guadalajara. La nevada, por tanto, se convirtió en protagonista del trayecto, dejando un paisaje blanco mikolor en donde seguramente el tren se confundiría con una avalancha pluscuamperfecta y dejando también estampas de ventanilla tan bonitas que todos mis compañeros de vagón se afanaban inútilmente por obtener la instantánea más bonita. Y digo inútilmente porque, a pesar de no contar con más cámara que la del móvil, la mía fue sin duda superior a las suyas. Resumen de la ida: todo nevado, comida a las 16:40 horas en el latrocínico vagón de cafetería, 30 minutos de retraso no acumulable para la devolución del billete, niño dando patadas contra el asiento de atrás –que uno se pregunta por qué no se las dará al padre en la boca-, y de peli, la última de Indiana Jones, que como había empezado dos paradas más allá de mi origen sólo conseguí llegar a ver cómo casan a Indy con la chica de la primera película –había que asesinar a los padres de la criatura.

¿Y la vuelta? Para la vuelta uno se planifica y llega con adelanto sobre el horario previsto a la estación de salida, lo que viene a ser como si uno esperara solo en el salón de casa, con el tablero del Risk abierto, a que llegaran amigos con quienes jugar. Así que para hacer tiempo uno se acerca a la cafetería y pide una aguja de atún para llevar. La camarera le pone lo que le da la gana, que en este caso es una empanada de atún –uno de dos, no está mal- y se dispone a enfrentarse a la rubia borde que siempre controla los billetes del AVE dirección Barcelona desde la estación de Atocha.

Mentalizado o no, se sube al vagón con tiempo suficiente de comerse la empanada de atún antes de salir de la estación cuando, de pronto, al lado de uno mismo se sienta dios. En persona oigan. Y no estamos hablando de un dios terrenal y vulgar como podría ser Thomas Pynchon, sino de un dios de los buenos, con libro e iglesia, santa y madre, y todos los demás extras concebibles.

Le miro de reojo, yo estoy en el asiento 9A y él en el 9B, lo que indica su modestia, pues a mí me tocó ventanilla. Se da cuenta de que lo miro y no tarda en decirme un correcto “Buenos días”. Atónico, observo que se ha materializado en una religiosa, una monja de hábito gris y ojos azules, de unos inconfundibles 60 años y a la que le cuelgan varias medallas del cuello.

Aún no me atrevo a formular las presentaciones cuando observo que a dios le suena su teléfono móvil. Uno sencillito, con la pantalla a color, es cierto, pero sin extras como el GPS que, por otra parte, a él de poco le podrían servir pues para eso, dicen, esta es su creación. De politono suena el clásico de la compañía finesa de móviles, lo que nos confirma la teoría de que Samsung es el demonio y sus menús son el infierno en vida. La comunicación es breve. Le llaman de su compañía telefónica para ofrecerle un cambio de plan, pues al parecer llama a otras compañías y en diversos horarios sin prejuicio de la salud de la cuenta corriente. Y es que de las tarifas del móvil no se entera ni dios. El cambio es rechazado con vehemencia.

Finalmente dios se acomoda y se decide a sacar un libro con el que amenizar el viaje: Trenes nocturnos de Barbara Wood. Y es que ¡a dios le gusta la romántica! Y no tiene vergüenza de sacar el libro en público. Ahora sí, ahora ya, interpreto el hecho del libro como una señal divina –dios es mucho de señales- que me anima a entrar en conversación. “¿Novela romántica?”, le pregunto con tono burlón y quijotesco. “¿Qué quieres que te diga? Alterno desde hace años una romántica con otro de César Vidal… es lo único que me relaja, chico”. Como no me dice que lea a Prada o a Savater, yo no le confieso mi ateísmo, pues todo el mundo sabe que es de mala educación decirle a tu compañero de butaca que no existe.

La conversación serpentea hasta el motivo de su viaje. ¿Es de ida a Barcelona o de vuelta? Al parecer, de vuelta. Ha tenido que acudir a un funeral este fin de semana en la capital y regresa a trabajar en Barcelona donde aún tiene un cristo enorme evitando que se le caiga la Sagrada Familia a medio construir. Un sin vivir esto de ser ingeniero celestial. ¿Y el funeral… qué… entretenido? “En absoluto”, me dice. Dios se queja, y con razón, de que en el fallecimiento de cualquier interfecto –o interfecta- siempre haya algún plañidero que suelta que es el señor quien lo ha querido así. “¡Y una mierda!”, brama, pues ¿qué tenía que ver su santísima voluntad en que al fallecido, como era el caso, le diera por demostrar a sus sobrinos su alta capacidad y disciplina para comer 35 kilos de mejillones de una sentada? “Nada”. Pues como le decía yo.

El tren llega a mi destino, y es momento de partir. Así que nos despedimos, ya tuteándonos, sin que le diera tiempo a explicarme por qué la estación del AVE de Guadalajara-Yébenes está fuera de la ciudad habiendo tanto espacio en la capital provincial misma. Nos cambiamos sendas tarjetas de visita y en la suya, toda en blanco, sólo dos palabras. Por el reverso: “Dios”, por el anverso “No se hacen milagros antes de las 12 am”.

miércoles, enero 07, 2009

Un escritor calado hasta los huesos

En estos inviernos fríos como el que acompaña a la apertura del nuevo año siempre acuden a mi mente las imágenes de las películas de espías. Viejos sabuesos del arte del escuchar aunque no se diga nada, parapetados bajo sus gabardinas oscuras y cobijados en sus adustos sombreros. Son muchas las historias de espías que, en un momento u otro de estos últimos días, han salido a colación con quienes me visitan en este cuartel general. Incluso habíamos comenzado una entrada sobre ciertos mitos de la industria del espionaje, pero Ottinger se nos adelantó con maestría y ya no sirve de nada explicar lo bien explicado. Es por eso por lo que hoy hablamos de Josep Pla.

El considerado como genio de las letras catalanas fue una figura controvertida e incómoda para los izquierdistas por su pensamiento primordialmente conservador en su tiempo presente, pero que en nuestro tiempo pasado termina por resultar sencillamente costumbrista y hasta un tanto tradicionalista. Sus crónicas periodísticas sobre la II República, en concreto sobre los debates habidos en el Congreso de los Diputados, son uno de los mejores documentos que he encontrado –y eso que no he leído más que unas cuantas.

Pla había sido enviado a Madrid justo al comenzar la República por el periódico La Veu de Catalunya, dirigido por Francesc Cambó. Allí conoció los entresijos de los políticos del nuevo Estado y, si bien había alabado los parabienes del mismo, terminó por abandonar a toda prisa Madrid justo antes del golpe rebelde de Julio. Seguramente el conocer de primera mano las noticias le había hecho sospechar la eventualidad de un levantamiento y terminó por marchar de vuelta a Cataluña. Sin embargo, las calles y rostros conocidos tampoco le inspiraron la suficiente confianza y puso pies en polvorosa para marchar camino de Marsella junto con su pareja, Adi Enberg.

Ella, de ascendencia noruega pero catalana de nacimiento, había sido su compañera durante muchos años. Al llegar a Marsella Adi termina por enrolarse en las filas del Servicio de Información de la Frontera Noreste o SIFNE. Fundado en 1936, este servicio de espionaje era privado, es decir, no militar aún a pesar de que su ideólogo fuera el general golpista Emilio Mola. Su manera de actuar durante la Guerra Civil era tan sencilla como eficaz. Aprovechándose de las relaciones personales de sus miembros, se creó una red de información, especialmente en Cataluña, que nutría de rumores y comentarios sobre el estado de ánimo general al gobierno de Burgos. Piezas clave del SIFNE eran las figuras de Juan March y de Francesc Cambó. Las simpatías de Pla hacia el ejército sublevado y el fácil acceso al colaboracionismo que tenía a través de su entorno personal más directo, le condujo a participar del SIFNE y a enviar información al gobierno franquista en Burgos tal y como otros personajes ilustres de la vida catalana, como Eugeni d’Ors, ya estaban haciendo.

Su misión consistía en recabar el estado de ánimo de los exiliados en Marsella así como cualquier tipo de información relacionada con envío de armas o militarmente relevante. La habilidad de Pla para conversar con gentes de muy diverso orden social y político, sumado al hervidero de intrigas políticas que en aquellos días se convirtió la ciudad de Marsella, convertían al informador ampurdanés en una excelente figura del SIFNE.

Sin embargo, la vida no era fácil en la ciudad francesa. Los recursos económicos escaseaban y el servicio de espionaje no era bien pagado debido a su carácter privado y no militar. Pla, que sin duda no pasó calamidades económicas, tampoco andaba con el bolsillo muy sobrado y fue esto lo que le condujo a enviar un mensaje a Burgos reclamando algo poco corriente.

Para sus labores informativas, Pla había de deambular mucho por el puerto de Marsella. Allí conocía a varios exiliados de los que obtenía información. Corría la época de lluvias y Josep no tenía un buen impermeable que le protegiera de las inclemencias. Tan calado llegaba a casa y tan harto estaba que envió este escueto mensaje: “Llueve mucho. Necesito un impermeable”. La petición, que sería incomprensible para un buen funcionario del Marco Lógico de hoy día, fue rápidamente interpretada por los servicios de inteligencia del gobierno franquista en Burgos: algo pasaba en Marsella, algo gordo e importante, que ponía en peligro a Pla y que le hacía pedir protección. Sin duda, un cargamento de armas estaba apostado en aquel puerto.

El militar sublevado que recogió el mensaje de un calado Pla no pudo darle otro significado más que ése y rápidamente todo el mecanismo de espionaje y contraespionaje que se había tejido en torno a Marsella comenzó a rodar. El mensaje pasó de mando en mando hasta que su veracidad fue puesta en duda y, mientras, Pla vio cómo llegaban las lluvias fuertes sin haberle sido entregado su impermeable por un buen servicio al gobierno de Burgos.

Tiempo después Pla abandonaría Marsella y el SIFNE y, por encargo de Cambó, terminaría escribiendo desde Roma su Historia de la Segunda República Española, obra de la que luego no quiso saber nada. Allí, en la soleada Italia de Mussolini, ya no lo haría falta nada para resguardarse de la lluvia.