miércoles, noviembre 26, 2008

Tú mira para otro lado

Cuando abrí el blog y me decidí a colocarlo en esos sitios donde se registran los blogs para no se sabe muy bien qué, me dispuse a rellenar varios interminables cuestionarios. En todos ellos había que compartimentar el blog en alguna categoría y, por deformación profesional, siempre terminaba señalando la casilla de política. La Situación del Espectáculo no es un blog exclusivamente político ni un referente en esta línea como lo pueden ser otros, pero sí busca dar una mirada diferente sobre las cosas de la política que nos encontramos por ahí. En concreto, hablar de la política como espectáculo, tal y como decía Guy Debord -y quien lea a Debord y le comprenda que levante la primera piedra.

El caso es que en todo este tiempo he tratado de evitar una palabra muy de moda: crisis. Pero este tema ha llegado a situaciones de extremismo espectacular. Así, en esta crisis-espectáculo, el Gobierno de España ha terminado por ofrecer dinero a los bancos y cajas para reactivar una economía supuestamente en moribundia. De todos es sabido que tenemos una relación esquizofrenica con los bancos, pues les damos nuestro dinero para que no se lo presten a gente como nosotros. Pero aún así, el Estado, es decir todos, les da un dinero al 3,37% de interés -una buena cantidad de dinero, no se crean- para que así las personas como Ud. y como yo podamos pedir prestado a esos bancos nuestro mismo dinero. Bueno, Ud podrá, yo sin embargo -y con él- como tengo un expediente en el Banco de España tan grande y predecible como una novela de Prada, me temo que tengo limitada mi capacidad de endeudamiento.

El caso es que estos préstamos que le concederán a gente como Ud. vendrán directamente de un cajón de la caja registradora del banco o caja. Este cajon habrá sido rellenado, al 3,37% de interés, por las arcas de un Estado al que Ud. y yo -y de esto ya hemos hablado- aportamos dinero contante y sonante con nuestra declaracion de hacienda o nuestro llenar de depósitos. Es, en definitiva, nuestro propio dinero el que estamos pidiendo prestado. Pero la diferencia consiste en que no nos lo dejan al 3,37% al que nosotros se lo hemos prestado, sino que el dinero, tras pasar por ese cajón donde el Estado lo ha depositado, ha aumentado de valor milagrosamente. Como alguien tiene que pagar las operaciones de los bancos y los gastos asociados, el dinero nos lo prestan a un tanto por ciento ciertamente un tanto elevado.

Así, nos cuentan, el sistema financiero no sufrirá un colapso. Colapso que, nos vuelven a contar, terminaría por arrastrar hasta los más asentados cimientos de la sociedad en que vivimos. Sería el caos y la Guerra Mundial, y eso no nos va. O nos va mal. Sin embargo, ¿es la manera lógica de actuar para atajar la quiebra de un sistema tan complejo como el sistema bancario?

Analicemos lo que es un sistema compleo. Un sistema complejo, de manera simple, es una máquina en donde se introducen in-puts, cientos de piececitas se mueven por culpa de ellos, toman decisiones interrelacionándose entre ellas y producen out-puts. En el caso del sistema bancario, los out-puts podrían ser los productos financieros con los que un país como España, vinculado al sector servicios, se mueve en su día a día. Pero en estas, llega la crisis-espectáculo. Más preocupada por salvar la cara ante los medios y que se tranquilicen los miedos de los inversores que por solucionar los problemas reales del sistema bancario. Dicho sistema, termina por ver dañada su confianza y solicita ayuda al Padre de todos los Padres: el Estado.

Podría venir esa ayuda en forma de regulación que modificara el sistema bancario haciéndolo más fuerte. Pero en esta manía esquizofrénica, lo que decide el Estado es aumentar la confianza en el sistema bancario invirtiendo directamente en él. Piensa que si los inversores ven que el Estado es capaz de gastarse un dinero que no tiene, y en tiempos de crisis, en una entidad, todos se lanzarán a perder sus miedos y a invertir de nuevo su dinero como si aquí no hubiera pasado nada. Sin embargo, lo que realmente está haciendo el Estado es mandar a la mierda a todo ese sistema complejo que es el bancario, organizando una línea directa desde la pestañita de los in-puts a los out-puts que no pasa por las líneas normales y que, aún así, produce los mismos caros out-puts que producía el sistema por sí mismo. No solucionando absolutamente nada, sino manteniendo los problemas como estaban.

Con todo, los señores directivos de los bancos deben de pensarse que somos imbéciles. Bueno, no deben de pensárselo, lo saben con seguridad. Tienen el miedo de que aceptar el dinero del Estado nos lleve a pensar que están en una situacion de quiebra y, por lo tanto, corramos a sacar nuestros ahorros de dicha entidad. Por mi parte, prefiero que quiebren los bancos. Bueno, no todos. Sólo aquéllos con los que tengo relación contractual. Si quebraran, que se queden con mi dinero, ya que mi saldo supera con mucho a mi deuda y, por lo tanto, podría decirles aquello de "ni pa'ti ni pa'mí". Y todos tan contentos. En su intento por disimular, Caja Navarra ha sacado en un video a dos de sus directivos simulando una operación bancaria que explicaría en lenguaje llano y no económico -vamos, de ese que utiliza la señora que va en chandal al mercado- el por qué de la operación. Aquí abajo les reproducimos el video, que no tiene desperdicio. En especial cuando el directivo nº2, que hace las veces de comercial de la Caja le pregunta textualmente al directivo nº1, que hace las veces de cliente "¿Cuánto me vas a cobrar por tu dinero?". Es decir, cuánto va a cobrarle el cliente al banco. Lo nunca visto oigan. Al final habrán de ponerse en la puerta de las Iglesias, los chavales no hacen más que pagar y pagar y no les llega para final de mes.




Como no quiero dejarles sin un análisis más complejo de la situación, aquí va otro video mucho más trabajado, que explica muy bien la coyuntua (sic) de la situación económica internacional y que merece muchísimo la pena. Se van a reir un muchismo.



lunes, noviembre 10, 2008

La confabulación

Tengo un coche. Un Renault Clio, de los modernitos, de color gris claro. El color venía de serie, vamos que no me lo dieron a elegir. Tiene 85cv y el fabuloso invento del regulador de velocidad –a San Cucufato pongo por testigo que no volveré a pisar el acelerador por carretera. Al Clio lo llaman el mata pijos, pero yo les juro a Uds. que ese niño rico ya tenía mala cara antes de que yo le atropellara.

Como todos los coches, tiene mote. No se lo he puesto yo, sino una compañera de trabajo y, por razones obvias para todos aquellos que lo han visto, al mío lo llaman “La Mosca”. No sé a cuento de qué se le ponen apodos a los coches. O, mejor dicho, por qué se le ponen motes a los coches y no a las tostadoras, por ejemplo. La tostadora que hay en mi casa la podríamos llamar la frígida, porque no se calienta ni arrimándola al fuego. Yo le voy a empezar a poner mote a todo aparato que utilice con asiduidad. Al mp3 le voy a llamar “El indescifrable” porque siempre que meto un disco nuevo [guiño, guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño, guiño], el tío no me reconoce los nombres de los artistas y al final termino escuchando lo que le da la gana. Y al móvil lo voy a llamar “Bismark” porque, sobre todo entre semana, da más guerra que en el 14. Que me van a borrar el nombre de tanto usarlo, carajo.

Bueno, pues con “la mosca” hago mis pinitos. Lo utilizo para trabajar y para ir de la ciudad donde vivía, al pueblucho en donde trabajo. Amén de otros menesteres más inconcretos, claro. En tres meses ya le he hecho 10.000 kilómetros y, he calculado, que para cuando acabe de pagarlo le habré dado la vuelta al velocímetro unas dos veces y media (sic). En todos esos kilómetros recorridos nunca he tenido problemas. Hasta el 15 de Octubre, fecha en que me pusieron una multa.

He de señalar en este punto de la entrada, que el_situacionista que esto firma tiene, en sus 10 años de carnet –hostia, que tengo que renovarlo ya- un inmaculado expediente. Ni una sola multa por mal aparcamiento si quiera. Ni un solo golpe mal dado por culpa suya –siempre me envisten cuando estoy en los semáforos o bien aparcado. Y tan solo le hice un raspón a mi primer coche cuando, acuciado por las prisas y animado por mi bisoñez al volante –debía llevar un mes conduciendo sin ese señor bajito con halitosis que me daba clase-, caí en la conspiración del constructor del parking de Tribunal, en Madrid. Una marca blanca en la puerta trasera izquierda dejó constancia del beso apasionado de una columna. Pero no se preocupen, el coche estaba tan hecho polvo que asumió sus penitencias y en un mes más el blanco raspón se convirtió en rojo cereza. Estuvimos pensando en amputar la puerta, pero preferimos esperar a que se gangrenara.

No fue la primera vez en que un parking me jugó una mala pasada. De nuevo las prisas y la indecisión me hicieron estar a punto de la catástrofe en el subterráneo de El Corte Inglés de Castellana. Ahí no pasó nada porque la providencia no quiso, pero podía haber pasado y gorda. Y para más inquina con un coche que no era mío, era prestado. Entre maniobra y maniobra, fruto de haber elegido mal el sitio para aparcar, terminé atascando el coche entre dos paredes, justo en la mitad de una bajada de una planta a otra, viendo con toda tranquilidad cómo podía haber sido arrollado sin rubor por cualquier pobre cliente que decidiera que el parking P2 era demasiado explícito para él. Angustiado, como sólo estas cosas angustian, hubo un momento en que decidí plantar el freno de mano y subir a buscar a cualquier operario del parking, a ser posible con grúa, para que se llevara el coche a donde le diera la gana, porque estaba claro que yo no sabía qué hacer con él. La vergüenza torera que acompaña a todo buen conductor –en especial este orgullo matritense que te dice para tus adentros “por los cojones”- me hizo desistir de solicitar ayuda y se terminó resolviendo la situación con un aparcamiento de libro, en la plaza elegida y sin ningún raspón para el coche prestado ni los adyacentes. Parking 1; situacionista 1.

Junto a esta habilidad para evitar golpes, me caracteriza la facultad de evitar el verde oliva y el azul mar de fondo que dirigen los tráficos. Jamás he tenido nada que ver con un municipal y la única vez que me crucé con un guardia civil por la carretera fue para que éste me hiciera un examen de alcoholemia a las 3 de la madrugada y en mitad de la M-40. Examen, por supuesto, que se saldó con una victoria apoteósica del situacionismo frente a los guardiacivilistas.

Hubo eso sí, no lo voy a negar, un conato de encuentro nada más comprarme yo el Clio. Caminaba distraídamente, comprobando la capacidad motora de mi vehículo cuando, al pasar por un carril de aceleración, salió un coche de la benemérita. El canguelo fue común entre todos los coches que pasábamos al mismo tiempo por allí, pues todos nos mirábamos por los espejos retrovisores pensando quién sería el afortunado cazado. Yo ya me imaginaba parado en la cuneta, como cualquier delincuente, con la sonrisa del solitario en el rostro y cagándome en el cuerpo. “Total –me dije- si me van a multar por lo menos me lo paso bien”. Pero debe ser que los dos agentes de la ley se dieron cuenta de lo bien que me lo iba a pasar con ellos y decidieron finalmente parar a otro conductor, sin duda mucho menos divertido. Guardia Civil 1; situacionista 1.

Pero las cosas cambian, y hace un par de semanas me llegó una carta certificada. Curioso sobre el que te envían los de tráfico. Pareciera uno normal, pero justo a la izquierda del nombre, en lugar de tener papel de sobre, tiene uno de esos papeles negros, como de rasca y gana. En principio lo hacen para que nadie pueda ver qué tipo de multa te llega. Ni si quiera al trasluz. Pero yo creo que lo hacen para animarte a abrir la carta. “¿Qué habré ganado? ¿Un apartamento en Torrevieja? ¿Un lote de productos cola-cao? Uf, espero que no sea la vajilla”. Pero no. 100€ de multa por haber rebasado los límites de velocidad. Sin retirada de puntos, porque al parecer has de ir muy deprisa para que te quiten puntos.

A partir de ahí pasé por todas las fases psicológicas del conductor multado. A saber.

1. La negación. ¿Yo? ¿Una multa? Será un error.

2. La aceptación. Mierda, pues es mi matrícula, sí.

3. La suspicacia. A ver, a ver si era yo el que conducía.

4. La nueva aceptación. Pues sí, ese es mi cabezo seguro.

5. El perfil de abogado. ¿Pero seguro que esto es legal? ¡La recurro!

6. El perfil del economista. Anda, pero si pago en menos de 30 días me cobran sólo 70€.

7. La frustración. Serán hijosdeputa que ponen los radares para pillar.

De manera que con el papelito en la mano, me dirigí a la sucursal más cercana dispuesto a claudicar ante la Administración. En la cola del pagar ya me leí más detenidamente el modo de empleo de la multa. Al parecer, ponía el kilómetro exacto en el que me la habían puesto. El 141 de la A2 dirección Madrid-Barcelona, provincia de Soria. La curiosidad se desató en mí y, en el siguiente trayecto que hice por el mismo recorrido, no dudé en estar pendiente del kilómetro 141. La verdad, ardía en deseos de saber cómo de bien habían escondido el radar que yo no lo había visto. “Hmm, pensé, más listos que yo no lo serán”. Iba a tener un dato de esos que compartir con los demás conductores. Ya saben. “Tened cuidado en el 141, que hay escondido un radar y los mamones no avisan”. La confabulación de Tráfico contra mi persona no iba a quedar impune. Serían 70€ pagados por mí, pero amortizados por todos aquellos conductores a los que mi advertencia les impediría caer en la trampa. De nuevo la balanza se inclinaba a mi favor. Tráfico no contaba con que yo tenía un blog, un arma estupenda para contraatacar su abuso de buena fe. Y, finalmente, hace dos viernes me crucé con el kilómetro 141. El fatídico kilómetro en donde Tráfico no es que tenga escondido un radar, es que tiene un radar bien grande, avisado por un cartel de proporciones desproporcionadas un par de kilómetros antes. Y lo único que queda es claudicar. Asumir que se es gilipollas por no haberlo visto cuando has pasado por ahí como unas veinte veces desde que te compraste el coche y esperar. Sí, esperar. Porque aunque esta vez hayan ganado ellos… ¡se van a enterar!

Guardia Civil 2; situacionista 1.