lunes, abril 28, 2008

Brooklyn Follies, de Paul Auster

Una y mil veces repetido, Brooklin Follies prometía ser el encuentro del auténtico Auster con los lectores que tanto le reprochaban sus anteriores novelas. Así me lo compré yo, así se lo di a la gente y así me ha ido:

La verdad es que Auster siempre me ha perecido un autor para desengrasar. Después de ciertos libros te sientes agotado. El esfuerzo por lograr acabar y entender ese libro que uno tiene entre manos agota al más pintado, que termina necesitando la asistencia del Sr. Auster para recorrer un camino por el que ya se ha pasado. Porque no hay nada más parecido a un libro de Auster que otro libro de Auster. [leer completo]

martes, abril 22, 2008

Ciudades imaginadas

Llega un año más a nuestras librerías la masa encolerizada de seres ávidos de la novedad literaria más cercana. Deseosos de saber qué se siente al comprar un libro (o dos, o tres) a eso de las doce de la noche y con un diez por ciento de descuento. Vamos, a hacer el tolili.

Alrededor de los eventos consumistas y literarios, las editoriales empiezan a saber moverse dentro del mundo de los medios. En Navidades fue Ken Follet el que presentó su segunda parte desde la catedral de Vitoria. Ahí, subido a una plataforma y mirando a las cámaras, Follet habló de las virtudes de su libro y al día siguiente abría todos los noticieros de España. El día 16 de Abril fue Ruiz-Zafón el que pidió turno y salió a escena. Desde el Liceu de Barcelona anuncia una novela, en entrevistas breves de 5 minutos cual Harrison Ford, en la que un joven escritor descubre secretos por la ciudad condal.

Interesante, otra vez, que Barcelona sea una de las protagonistas de la novela. Y peligrosa tendencia esa la de hacer de las ciudades en sí las protagonistas de las novelas. Me siento y me planteo qué pasaría si esa moda que se ha instalado ahora de hablar de una Barcelona imaginaria pasase con el Madrid que tanto quiero. Y la respuesta es que quemaría más libros que Adolfo en una noche de borrachera.

No me malinterpreten. Está claro que la literatura moldea a las ciudades. O cuanto menos a quienes leen los libros que hablan de ellas se les despliega en la mente un mapa, con unas callejuelas escondidas e intermitentes por las que se puede pasear a cualquier hora del día. Pero que es recomendable frecuentar por la noche.

En esos viajes nocturnos de alevosía imperante he buscado a los cisnes del famoso parque en Invierno. Cuando me he cansado de esperar a que se los llevaran o ellos mismos migraran, me he atrevido a pasear de noche por las verdes y negras espesuras, buscando al poeta mexicano. No haberlo encontrado me permitió fundamentar mi consuelo en una cárcel de Madrid, allí donde un viejo escritor –yo diría que moribundo- charla de política con el obrero. Menos mal que una revuelta me permitió escapar y salirme con la mía, robarle el capote al escritor y terminar en un bar del distrito centro invitando a tomar algo a la revolucionaria de pelo rojo y labios carnosos.

No, no se piensen que ella me embaucó. Es muy fácil dejarse llevar por esas piernas largas imbuidas por un blanquísimo manto de piel. Pero desde el primer vino yo ya estaba prevenido de que era una fulana que se iba con cualquiera sólo para traicionarlo después y desnudarlo, sólo para comprobar que ella no estaba equivocada. Afortunadamente nadie me impidió sacudirme el polvo de la chaqueta y contemplar, como un pequeño espía, las vidas de un Berlín ignorante de lo que aún le iba a suceder. Siguiendo la pista a ese ladrón berlinés, terminé contemplando el cadáver desnudo de una mujer flotando en un lago. Una imagen horrorosa, pero cargada de sensibilidad al mismo tiempo. Algo tan frágil y tan pavoroso sólo lo pude superar acompañado del perfecto sarcasmo de un caballero inglés que conocí en el vagón restaurante de un tren. Él me habló de la necesidad de conocer los más bajos seres de la sociedad que, irónicamente, se suelen encontrar en las más altas enjundias. Quien más y quien menos ha podido ver cómo esos aires de superioridad permitían a los burgueses creerse capaces de dominar el mundo e incluso el tiempo. Y aunque le cuenten que quien inventó Dublín se quiere hacer jesuita, no se lo crean. No hay nada más falso que la realidad literaria.

Y mientras todo eso sucedía, un grupo de escritores de editorial, de esos que escriben best-seller por encargo, se proponían hacer de Barcelona la ciudad que la mercadotecnia quería. Y poco a poco, la gente se fue acercando a esas novelas para, un poco más rápido, acercarse a la ciudad y preguntarse, no ya por la historia de la ciudad, sino por la historia de la historia novelada. La distorsión que provoca el llegar a un lugar de inmensa sobriedad histórica y que la gente sólo se ocupe por aquello que leyó en el libro catedralicio, es desoladora.

Para mí existe un peligro en esta ambición por hacer de una ciudad el personaje de las novelas del momento. Las ciudades son personajes novelados que han resistido el paso del tiempo, pero lo que ahora se hace es convertirlas en mitologías con cierto grado de verosimilitud creando un género que ni el mismísimo Cervantes podría parodiar acertadamente. El lanzamiento de un libro termina incubando la duda en los lectores. ¿Será realidad aquello que cuenta la novela? No, no lo es. El autor ha seleccionado dos hechos, tergiversado el resto, y convertido en verdad para el gran público los mitos frutos de su literaria mente. Dan Brown lanza El Código Da Vinci y su editorial empieza a pagar expertos que siembran la duda sobre la posibilidad de que los que se narra sea una trama real. ¿Podría haber sucedido? ¿Existe una familia descendiente de Jesús por ahí, jugando al mus los domingos en lugar de ir a misa como dios manda? ¿Es legítimo pasearse por el Louvre y que la gente no pare de preguntarse excitada si tal cuadro representa tal conspiración histórica?

Y mientras Barcelona asustada. Irreconocible ante tal avalancha de la Historia ficticia de la propia ciudad. Y mientras Nueva York tan elegante. Sin preocuparse por el qué dirán sus contadores de historias, porque su misma Historia las fagocita a todas. Y mientras Madrid mirando para otro lado. No vaya a ser que le toque a ella en la próxima moda. Y envidiando esos paseos llenos de rosas y de libros. ¡Socialismo o lectura! Parecen querer decir las calles barcelonesas. Un insulto que hoy se tenga que ir a trabajar.