miércoles, mayo 28, 2008

Provos

Son los periodos electorales aquéllos momentos en los que la ciudadanía se empeña en concentrarse y ser capaz de atisbar una idea, un momento político supremo, en el que elige uno de tantos candidatos para que sea su cara representativa. Para confiarle el poder de hacer de su sociedad aquello que deseen. Para, en definitiva, elegir con fortuna quién sale beneficiado y quién perjudicado en cada situación.

La maravilla de la democracia, de la residencia del poder en la casa del pueblo, permite hacernos partícipes a todos de la misma. Hoy, como ayer, la democracia es entendida como un proceso burocrático de dos órdenes. Por una parte, el pueblo se comunica con sus representantes a través de la Administración. Es la Burocracia de primer orden, aquellos individuos pagados por el Estado en función de su valía para ejercer la dominación, el control sobre los ciudadanos. Son la cara más visible y humana del sufrimiento estructural. Aquéllos que no pueden cambiar las hechuras de su trabajo, pues éstas vienen determinadas por la estructura impositiva de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Una frustración que, abundantemente, se termina traduciendo en una frase por todos escuchada: “eso no está entre mis competencias”.

En el orden inmediatamente inferior reside la burocracia partidista. El régimen político en el que Occidente se ha instaurado y que ha exportado por todo el mundo –sin pagar aranceles pero cobrando la patente- como una fórmula mágica incapaz, conlleva la participación de una estructura política –de masas, por lo general- que llegue a aunar voluntades en la ciudadanía versión 2.0, es decir, en el electorado. La burocracia de segundo orden en que se convirtieron los partidos limita las posibilidades políticas de cambio y coarta las expresiones de la voluntad popular. En su misma definición partidaria, los partidos políticos no buscan más que la conversión de sus burócratas de segundo orden en burócratas del primero. Esto es, no buscan más que llegar a la línea de meta los primeros y con cuantos más de los suyos, mejor.

No queda espacio, pues, ni para la discrepancia ni para el humor –algo que tan ligado está al sentido mismo de la vida que parece inexplicable que se encuentre fuera del ámbito de la política. Pero no todo está perdido. Siempre ha habido momentos, y siempre los habrá, en que las sociedades empiezan a ofuscarse, a pensar que no están acercándose a unos objetivos deseables. Son los llamados periodos revolucionarios, cuando cambian los principios de un grupo suficientemente fuerte como para romper el techo de esas dos burguesías y atravesarlas con sus nuevas ideas.

En fechas de aniversario, esta Situación no puede por menos que obviarlo al tiempo que celebrarlo. Celebrar la inminente salida de libros en torno al cuarenta aniversario del año 1968 -que sólo nos dice lo viejos y caduco que estamos-, y obviar los fastos de celebración, de encaprichosamiento con uno mismo, de suplementos dominicales o cultural, de pensarse que hoy es ayer y que cualquier lucha caduca fue mejor que la nuestra. Desengañémonos, el día que llegue otro Mayo –si no ha llegado ya- no lo reconoceremos como tal. No. Hoy el escepticismo se instala en nuestras vidas, y ha venido para quedarse. Hoy, a cada impulso social, a cada posible creencia, surgen los miedos y los escepticismos. Esto es. Surge la nueva ideología de las clases medias, el miedo a perder lo conquistado por otros. Sin preocuparse de que nos lo quiten.

Mientras que hace cuarenta años sí había un marco de ideas políticas en el que involucrarse, hoy las ideas se quedan arrinconadas por la prontitud de la satisfacción instantánea. No significa esto que la lucha pasada fue mejor. Significa que la lucha de hoy no se nos sostiene entre las manos, queda enrollada en su humanismo y en sus buenas intenciones y termina por convertirse en la nada y en la defensa del sistema al que ya no queremos sobrepasar.

No cumplen cuarenta años. Cumplen unos menos, en concreto 37. Porque fue en 1971 cuando se celebraron elecciones municipales en un Amsterdam acompasado, miembro de ese milagro europeo de la reconstrucción y del ensimismamiento occidental. En ellas, un grupo de jóvenes que habían leído a Guy Debord lograron atraer la atención de la población de Amsterdam –¡mi reino por un gentilicio!- con un programa político digno del mejor grupo rebelde del gueto universitario.

Los provos, que así se les llamaba, tenían la intención de hacer de la ciudad un lugar habitable para sus ciudadanos. Así dicho, podemos asegurar que el 100% de los políticos municipales de entonces también lo suscribían. Sin embargo, el análisis que hacía este grupo de jóvenes holandeses difería del tradicional. Su propuesta era blanca, blanca.

La vivienda era uno de los problemas clave en ese Amsterdam. Con unos pisos exageradamente caros, de alquiler desalmado y cuyos propietarios preferían tenerlos vacíos antes de alquilarlos por menos de lo que consideraban justo, los provos propusieron su política de puertas blancas: toda casa vacía en la ciudad, vería cómo el Ayuntamiento le pintaba su puerta de blanco. Ese gesto significaba que todo ciudadano que lo deseara podría ocupar legalmente tal edificio y utilizarlo como vivienda.

Si la vivienda era mejorable, la red de transporte de Amsterdam no podía ser menos. Por eso los provos propusieron su política de: bicicletas blancas. El Ayuntamiento pondría a disposición, de manera gratuita, un sinfín de bicicletas, de color blanco todas, para que los ciudadanos de a pié pudieran moverse tranquilamente por los canales de la ciudad y compartir así la propiedad de las bicicletas.

Por último, otra de las importantes propuestas de estos jóvenes trataba, como gente seria que era, de la seguridad de la ciudad. A su juicio, Amsterdam no era una ciudad segura. Infinidad de maleantes corrían por sus calles. Era una situación insostenible, y para eso proponían la creación de los llamados: policías blancos. Estos policías sustituirían a los que por entonces creaban la inseguridad en la ciudad amenazando a los ciudadanos con ejercer su autoridad –o qué se pensaban. Los policías blancos no reprimirían nunca más la voluntad de los ciudadanos, sino que se encargarían de proporcionarles cosas prácticas tales como condones, esparadrapo, tijeras o información sobre calles y plazas.

Puede parecer un programa político bastante cachondo y nada serio. Pero no se lo pareció entonces al electorado de Amsterdam, quien les concedió la amable cifra ce tres concejales. Tras la presencia de Pierre-Joseph Proudhon jamás se había visto a ningún anarquista en las instituciones políticas de Europa. El número no permitía la realización del programa. Y puede que a Uds. hoy les parezca una soberana tontería, sin embargo ¿y si les dijera que se cumplió con poco menos de 20 años de diferencia?

Cuando la ciudad de Amsterdam contaba, a mediados de los 90, con una tasa de paro insufrible y los subsidios por desempleo lastraban el ánimo de los parados, el Ayuntamiento de Amsterdam creó la figura del ayudante del ciudadano, un cuerpo no represor que se encargaba de proporcionar ayuda práctica a quien se lo solicitara. No iban de blanco, pero se les parecía. Hoy la política de bicicletas municipales está más que extendida por todo el mundo. Aunque lo que se lleve ahora es el proporcionar un servicio de alquiler, ciudades como Vitoria ofrecen bicicletas –naranjas- por la mera presentación del DNI o Pasaporte. Y, por último, aunque la ocupación de casas aún no es legal en ninguna parte, se reivindica, se concede y se promueve el Derecho a la Vivienda como algo exigible. El futuro estaba allí.

Una generación de anarquistas, procedentes del situacionismo tardío de los 70, primos hermanos de aquellos guerrilleros del 68, que hicieron del arte de provocar el arte de proponer política a las personas. Fueron tres los escaños que lograron, que se repartieron entre todos ellos a razón de una semana cada uno hasta que acabó la legislatura cuatro años después y desaparecieron de la tarta municipal. Pero dejaron huella. En la toma de posesión del Ilustrísimo Sr. Alcalde, uno de los provos se empezó a liar un porro. Cuando lo encendió, ante el asombro de todo el respetable, no tuvo más que una frase que decir: “Tranquilos, que ahora lo paso”.

sábado, mayo 10, 2008

La Mano de la Buena Fortuna, de Goran Petrovic

¡Sois las cinco personas que conoceré en el infierno! Esta broma, incluida en el capitulo-película de Los Simpson provoca en quien se ría una doble sensación. Por un lado, entenderla es un acto de carcajada segura. Por otra, tras comprobar que nadie en la sala –o casi nadie- se ha reído con ella o ni siquiera la recuerda, la broma se convierte en la constatación de que uno ha leído más de lo que socialmente debería. De que los libros, esos fajos de páginas escritos por alguien, impiden muchas veces relacionarse con las personas, esos fajos de historias que no tienen por qué tener un sentido. Bueno, generalmente no lo tienen.

El acto mismo de la lectura aísla al lector del resto del mundo e impide la comprensión de sus experiencias por parte de los demás. Es un acto tremendamente individualista que provoca la necesidad de compartir con los demás aquellos pensamientos que la lectura nos suscita. Generalmente, la necesidad de transmitir las sensaciones que acuñamos con una lectura se traducen en el impulso de regalar un libro. Provocar o incitar a sentir lo mismo que nosotros sentimos por un libro que leímos, o esperar que la persona reciba las mismas sensaciones que pensamos que nosotros tendríamos de haberlo leído. Por eso mismo existe este blog y tantos otros, por eso mismo existe la serie de Literatura antibelicista, por eso existe esta entrada o la serie que inaugura la misma, la de Autores Balcánicos. Y aunque sigamos pensando que debimos haber hecho justicia histórica y lanzar la serie con Un puente sobre el Drina de Ivo Andric, La Mano de la Buena Fortuna se disfruta tanto que nunca nos sentiremos avergonzados por que sea ella la que abra el camino. [leer completo]

La Mano de la Buena Fortuna, de Goran Petrovic

¡Sois las cinco personas que conoceré en el infierno! Esta broma, incluida en el capitulo-película de Los Simpson provoca en quien se ría una doble sensación. Por un lado, entenderla es un acto de carcajada segura. Por otra, tras comprobar que nadie en la sala –o casi nadie- se ha reído con ella o ni siquiera la recuerda, la broma se convierte en la constatación de que uno ha leído más de lo que socialmente debería. De que los libros, esos fajos de páginas escritos por alguien, impiden muchas veces relacionarse con las personas, esos fajos de historias que no tienen por qué tener un sentido. Bueno, generalmente no lo tienen.

El acto mismo de la lectura aísla al lector del resto del mundo e impide la comprensión de sus experiencias por parte de los demás. Es un acto tremendamente individualista que provoca la necesidad de compartir con los demás aquellos pensamientos que la lectura nos suscita. Generalmente, la necesidad de transmitir las sensaciones que acuñamos con una lectura se traducen en el impulso de regalar un libro. Provocar o incitar a sentir lo mismo que nosotros sentimos por un libro que leímos, o esperar que la persona reciba las mismas sensaciones que pensamos que nosotros tendríamos de haberlo leído. Por eso mismo existe este blog y tantos otros, por eso mismo existe la serie de Literatura antibelicista, por eso existe esta entrada o la serie que inaugura la misma, la de Autores Balcánicos. Y aunque sigamos pensando que debimos haber hecho justicia histórica y lanzar la serie con Un puente sobre el Drina de Ivo Andric, La Mano de la Buena Fortuna se disfruta tanto que nunca nos sentiremos avergonzados por que sea ella la que abra el camino.

Goran Petrovic es un bibliotecario serbio de 41 años. Su biblioteca no es una biblioteca cualquiera sino que él custodia los libros almacenados en el monasterio de Zica situado en el corazón de Serbia, en la ciudad de Kraljevo. Allí, en ese Monasterio, la Iglesia Ortodoxa serbia estableció su sede principal tras la ruptura de las Iglesias en 1210. Comenzó a construir el lugar Stefan Prvovencani, hijo de Stefan Nemanja, y fue finalizado por su hermano, San Sava. Pero Goran no sólo se dedica a custodiar sus centenarias obras. Acompañado de los rituales ortodoxos, de los lamentos de los ministros de Dios en la tierra, él además ha decidido compartir sus secretos con nosotros. Goran, no se lo cuenten a nadie, es escritor y oculta en su novela un mensaje muy importante que ha de ser transmitido, un gran secreto que quizás pueda destruir el mundo tal y como lo conocemos.

Así visto, Goran podría ser el mejor de los protagonistas. Un guardián de libros con un secreto demoledor que revelar. Sin embargo, el rol de Goran es otro. Goran Petrovic es el autor de este precioso libro titulado La Mano de la Buena Fortuna, por el que ganó el Premio NIN de las letras serbias, la Champions League de todos los premios literarios serbios ya ganado por autores como Milorad Pavic, Aleksandar Tisma o el gran Danilo Kis.

Goran decidió situar como protagonista principal de su libro al propio hecho de leer. La lectura forma parte de la gran aventura de esta novela y en ella reside el secreto de toda la estructura. Hacer de un verbo el protagonista principal y sin igual de una historia conlleva varias decisiones, algunas tan delicadas como la de alcanzar el reto de la metaliteratura llegando a proponer un libro al cargo de actor principal.

La tesis de la novela, que no es una novela de tesis, permite comprobar que leer es un gusto sólo permitido a los más avezados. Se puede leer de corrido, casi sin detenerse en aquellos matices que se escapan porque el escritor los situó justo al lado, para que no nos diéramos cuenta. Y se puede leer como propone Goran Petrovic y prepararse –literalmente- para el viaje que propone la lectura, siendo cuidadosos de dónde ponemos el pié y en qué lugar torcemos la esquina. Previendo el fin del capítulo en la página siguiente o asombrándonos por la interminable secuencia que acabamos de presenciar.

Ese actor principal es un libro titulado Mi legado y escrito por Anastas Branica. Fue un libro escrito con sumo cuidado, con la recolección de todas las palabras adecuadas para cada momento, con la intensidad justa en las importantes decisiones y conocedor de todo cuanto puede emocionar. Goran Petrovic nos cuenta la ardua tarea de la escritura del mismo y la peculiar forma de finiquitarlo poco después del fin de la Gran Guerra. Al tiempo nos traslada a los días más actuales, donde el libro toma otra significación y nos permite conocer a otro tipo de gente. Un libro como este, nos dice Goran, no es el mismo libro siempre, sino que cambia según sean sus lectores unos u otros. Puede unir a las personas, puede separarlas, puede desaparecerlas, enamorarlas. Puede hacerlas creer que ellas son las dueñas del libro, puede emitir un sentimiento de colectividad frente a la propiedad de sí mismo. Un libro, en concreto este Mi legado, escrito por un escritor novel que se ahogó en el Danubio poco después de leer su primera y última crítica literaria, puede tener tantas vidas como lectores. Un libro, es una biblioteca entera. Como esa que sin duda debe custodiar Goran Petrovic en su Kraljevo natal pero que ahora nos deja ver a todos. Jamás un libro cambió tanto los significados de los siguientes.

Este libro que hoy destripamos no sólo es capaz de emocionar. Es, como Mi legado, un libro capaz de unir a las personas unas con otras. Capaz de transmitir esa necesidad de comunicar las emociones que el hecho de la lectura te ha provocado y que, casi puerilmente, el lector lo coloque allá en donde quiera transmitir algo que lleva dentro. Es, en definitiva un legado que una de tantas personas con las que te cruzas me pasó una mañana. Y es, por conclusión, todo eso que te empeñas en transmitir a las personas que gustan por leer.

La Mano de la Buena Fortuna –brillante título, por cierto- es además un libro de tal complicidad literaria con el lector que una mala edición podría haber quebrado ese sentimiento. Sin embargo el editor ha logrado saber transmitir la magia del realismo literario de Petrovic y provocar momentos de ternura entre el libro en sí mismo y el lector. Debemos agradecer, entonces, a la editorial Sexto Piso su tremenda labor. Una editorial, por cierto, digna de ser ojeada de vez en cuando por la peculiaridad de sus títulos. Confieso que muchas de sus propuestas no son de mi agrado, al menos desde el inicio, pero su presentación es tan sugerente que anima a acercarse a la librería a comprobar in situ las cualidades de la novedad del mes. Sólo un reproche que hacer a la parte española de esta editorial hispanomexicana. Publiquen de una vez la otra novela de Petrovic traducida al castellano, Atlas descrito por el cielo, porque no todos podemos hacernos un viajecito a México cada vez que queramos hacernos con un ejemplar. Sin duda en esta obra de Petrovic se esconden lectores muy interesantes de conocer.