miércoles, diciembre 31, 2008

Los libros de 2008


Lo quiso así el destino y nos sentó en la misma mesa –o deberíamos decir barra- a mi librero, a J. D. Salinger y a mí mismo. Los tres sentados y discutiendo justo el día en que Salinger cumple 90 años. Números redondos. Y justo el día en que un editor anónimo nos deja un comentario en la magnífica entrada sobre un cuento de Salinger que en verano nos regaló Ottinger en este mismo blog. Quiso la casualidad también que el amable editor comentarista y anónimo nos preguntara la manera de contactar con el genial escritor norteamericano para materializar una futura edición en castellano de sus libros. Un gran reto este, sin duda, pues es bien sabido que Salinger no concede entrevistas desde 1980 y que su última publicación data de 1965. Eso sí. Que no publique no significa que no tenga blog. Incluso cabe la posibilidad de que escriba a diario sin, además, necesitar blog ni comentarios agudos de nicks raros o evidentes. Sea como sea, y esto lo sabemos porque Salinger mismo lo dijo en su día, la obra del autor norteamericano sigue creciendo a diario pues no ha parado de escribir. Su trabajo está profundamente bien editado y delimitado. Sobre la mesa de trabajo descansan dos pilas de cuadernos, unos azules y otros rojos. La clasificación por colores corresponde a aquellos textos que habrán ser quemados el día de su muerte y aquéllos que podrán ser publicados cuando él ya no esté entre nosotros.

Como es de mala educación desearle la muerte a alguien, y más cuando nos ha regalado grandes momentos con su trabajo –aunque lo consideremos escaso-, habrá que conformarse con lo que sí se puede leer y editar. Así se ha hecho esta entrada, buscando los libros editados en 2008 –año que se nos va para siempre-, que quisimos haber leído nada más salir al mercado pero que, por unas cosas o por otras, no se han podido leer. He buscado y rebuscado en la biblia un número mágico que me sirviera para hacer un Top X, pero al final me he quedado con la originalidad de proponerles un libro para cada mes del año 2009 –el que viene, apúrense. [leer completo]

Los libros de 2008

Lo quiso así el destino y nos sentó en la misma mesa –o deberíamos decir barra- a mi librero, a J. D. Salinger y a mí mismo. Los tres sentados y discutiendo justo el día en que Salinger cumple 90 años. Números redondos. Y justo el día en que un editor anónimo nos deja un comentario en la magnífica entrada sobre un cuento de Salinger que en verano nos regaló Ottinger en este mismo blog. Quiso la casualidad también que el amable editor comentarista y anónimo nos preguntara la manera de contactar con el genial escritor norteamericano para materializar una futura edición en castellano de sus libros. Un gran reto este, sin duda, pues es bien sabido que Salinger no concede entrevistas desde 1980 y que su última publicación data de 1965. Eso sí. Que no publique no significa que no tenga blog. Incluso cabe la posibilidad de que escriba a diario sin, además, necesitar blog ni comentarios agudos de nicks raros o evidentes. Sea como sea, y esto lo sabemos porque Salinger mismo lo dijo en su día, la obra del autor norteamericano sigue creciendo a diario pues no ha parado de escribir. Su trabajo está profundamente bien editado y delimitado. Sobre la mesa de trabajo descansan dos pilas de cuadernos, unos azules y otros rojos. La clasificación por colores corresponde a aquellos textos que habrán ser quemados el día de su muerte y aquéllos que podrán ser publicados cuando él ya no esté entre nosotros.

Como es de mala educación desearle la muerte a alguien, y más cuando nos ha regalado grandes momentos con su trabajo –aunque lo consideremos escaso-, habrá que conformarse con lo que sí se puede leer y editar. Así se ha hecho esta entrada, buscando los libros editados en 2008 –año que se nos va para siempre-, que quisimos haber leído nada más salir al mercado pero que, por unas cosas o por otras, no se han podido leer. He buscado y rebuscado en la biblia un número mágico que me sirviera para hacer un Top X, pero al final me he quedado con la originalidad de proponerles un libro para cada mes del año 2009 –el que viene, apúrense.

Enero. Entre Mareas de Joseph Conrad.

Este libro fue editado justo en Enero de 2008 por una editorial de muy buen gusto, El Olivo Azul. En este libro se incluyen cuatro relatos o novelas cortas –nunca he sabido bien distinguirlo- en el que podemos disfrutar del genial autor. No merece la pena gastar mucha tinta en alabanzas a quien fue capaz de escribir El corazón de las tinieblas, pero por si acaso nunca han leído algo de él, abaláncense sobre este precioso libro del que otros hablan maravillas.

Febrero. Misa Negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía de John Gray.

Este libro llevaba todo el año dando que hablar por los países de lengua inglesa y justo a finales de 2008 ha sido editado por Paidos. Tras haber leído Las dos caras del liberalismo y Al-Qaeda y lo que significa ser moderno puedo decir que Gray es un tipo al que uno gusta de llevar la contraria pero que bien podría estar en nuestro bando. Sus argumentos son siempre demoledores para nuestra conciencia humana moderna y, salvando que muchas veces no nos convenza de sus pensamientos, se discute muy amigablemente con él de cualquier cosa. En esta ocasión Gray mete sus zarpas en la línea de flotación de los científicos laicos o ateos por encontrar sospechosas similitudes entre sus argumentos y las estructuras de razonamiento religioso que ellos mismos han defenestrado. He buscado blogs en castellano que reseñaran la obra, pero parece ser que ninguno de quienes lo critican han abierto una página. Promete.

Marzo. Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones de Raoul Vaneigem.

Paseando en unas vacaciones por la orilla del Sena contraria a Notre Dame en París, rebusqué entre varios libros antiguos en el único puesto al que me había acercado. Allí, esperándome con infinita paciencia, estaba el único ejemplar de la segunda obra del situacionismo: Traité de savoir-vivre à l’usage des jeunes générations, escrito en 1967 por este autor belga. Ha sido reeditado en castellano por la celebración del aniversario de Mayo del 68 –y alguien me lo regaló ya, con lo que lo tengo obsesivamente repetido. El documento resultará imprescindible para conocernos a nosotros mismos como individuos y como sociedad. Ahí es nada.

Abril. El eco de los pasos, de Joan García Oliver.

Cuando el gran Alberto García-Alix se decidió a investigar la figura del anarquista madrileño Felipe Sandoval animado por la descripción que de él hacía Oliver en su obra, alguien debió de ser muy listo en la editorial Planeta y propuso recuperarla. Esta obra actúa a modo de memoria del gran líder del anarquismo barcelonés, miembro del gobierno de la República en mitad de la Guerra Civil y compañero de Durruti. No tiene que tener ningún desperdicio aunque, como en todas las memorias políticas, toda coincidencia entre los hechos narrados y la realidad pueda ser fruto de la casualidad. Por cierto, no dejen de ver el documental de García Alix sobre Felipe Sandoval si tienen oportunidad. Imprescindible.

Mayo. En el café de la juventud perdida, de Patrick Modiano.

¿Una novela con personajes que pertenecen a la Internacional Situacionista? ¿Qué habla de los sucesos del Mayo del 68 tergiversándolos al tiempo que dice unas cuantas verdades? ¿Necesitan algo más para empezar a leer?

Junio. Fiebre en las gradas de Nick Hornby.

Bueno, exactamente esta novela sí la he leído. Y exactamente novedad, tampoco es, pues lo que ocurre es que estaba descatalogada y ahora está siendo, como toda la obra de Hornby, recuperada por Anagrama. Para los amantes del fútbol, que verán en Junio cómo se acaban los partidos y cómo no hay Eurocopa ni Mundial, será un gran descubrimiento y un divertimento con el que llegar a la nueva temporada sin haber perdido la forma. Para quien no les guste el fútbol… siempre quedará Julio.

Julio. Sobre lo nuevo. Ensayo de una economía cultural, de Boris Groys.

Esta ha sido la primera de las dos novedades que en 2008 ha publicado la editorial Pre-Textos del autor Boris Groys. La segunda tiene el sugerente título de Obra de arte total. Stalin. Un profundo análisis de la realidad dominante hoy día que no nos va a dejar de una pieza. Ideal para esos días en que la mitad de los compañeros de oficina se han ido de vacaciones. Y de aperitivo pueden leer una entrevista reciente.

Agosto. Andanzas de Joe Speedboat contadas por el luchador de un solo brazo, de Tommy Wieringa.

Con este título ya nos dan ganas de abrir el libro. Cuando además leemos que se trata de una historia contada por un chaval de 15 años que sólo puede mover el brazo izquierdo y con un tétrico sentido el humor, no queda más remedio que rendirse.

Septiembre. Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard.

¿Se puede tener algo más pretencioso que el título de este libro? Sí, se puede escribir una entrada como esta. Pues lo dicho. Para aprender a hacer reseñas en sus blogs, no se lo pueden perder.

Octubre. Los relatos del Padre Brown, de G. K. Chesterton.

El genial autor inglés que nos vuelve locos con sus crímenes y sus criminales tuvo el acierto de crear al personaje del Padre Brown. Por fin todos los relatos los han unido en un solo libro que, si bien tiene un precio elevado, hay que fijarse lo que nos ahorraríamos si nos compráramos toda la serie del Padre Brown una a una. Y les aseguro que lo comprarían con que sólo leyeran uno de los relatos. Obra maestra.

Noviembre. La enciclopedia de los muertos, de Danilo Kis.

Ya que estamos tratando de evitar cualquier referencia a libros antibelicistas este año, déjenme expresarles otra de mis obsesiones: la literatura balcánica. Aquí, Danilo Kis fue uno de los más grandes que quizás no recogió toda la gloria internacional que merecía por su temprana muerte. La nueva edición de esta obra nos permitirá conocer mejor cómo se ve la vida desde una península situada en Europa.

Diciembre. Mil cretinos, de Quim Monzó.

Libro de cuentos de Monzó. Uno más, diría el que no sabe de lo que habla. Sin embargo la genialidad del autor de El mejor de los mundos o El porqué de las cosas nos permite apostar a ganador con este libro editado originalmente en catalán pero publicado en castellano durante el extinto 2008.

jueves, diciembre 18, 2008

¿Por qué haces esto?, de Jason

Lo negro está de moda. No, no nos referimos a la victoria de Obama –que está por ver que vaya a hacer algo- sino a la novela policíaca. La novela negra. Una muerte es un hecho sobre el que puede girar la mejor y la peor de las historias. Da la posibilidad al autor de reflexionar sobre la vida de sus personajes, sobre las diferentes maneras de vivir y sobre el hecho mismo de la muerte. Un espejo frágil que separa ambos estados facilita la reflexión. Sin embargo, el hecho mismo de quitar la vida a alguien, de eliminar con un solo y terrible acto todas las esperanzas, ilusiones, planes y problemas de una persona, eliminar los planes de tantas y tantas personas para con esa víctima, permite reflexionar también sobre la capacidad del ser humano para crear y destruir el mundo en el que vive.

Un asesinato es, por tanto, un buen motivo para una novela. Sobre él giran tantas y tantas cuestiones que posibilita casi cualquier reflexión y mensaje. Grandes autores de la literatura occidental dejaron una huella imborrable con novelas negras. Los asesinatos y terribles crímenes fueron la excusa para la crítica social y moral de su tiempo. Raymond Chandler, con su detective duro y malhablado, G. K. Chesterton, son sus personajes al margen de la sociedad victoriana, Edgar Allan Poe, con sus relatos llenos de misterio. Nombres que todo el mundo conoce o debería conocer pues, en su ámbito, nos llenaron los cerebelos de balas traicioneras, jeroglíficos imposibles de resolver y deducciones lógicas que jamás parecerían racionales a ojos del sheriff del condado. [Leer completo]

¿Por qué haces esto?, de Jason

Lo negro está de moda. No, no nos referimos a la victoria de Obama –que está por ver que vaya a hacer algo- sino a la novela policíaca. La novela negra. Una muerte es un hecho sobre el que puede girar la mejor y la peor de las historias. Da la posibilidad al autor de reflexionar sobre la vida de sus personajes, sobre las diferentes maneras de vivir y sobre el hecho mismo de la muerte. Un espejo frágil que separa ambos estados facilita la reflexión. Sin embargo, el hecho mismo de quitar la vida a alguien, de eliminar con un solo y terrible acto todas las esperanzas, ilusiones, planes y problemas de una persona, eliminar los planes de tantas y tantas personas para con esa víctima, permite reflexionar también sobre la capacidad del ser humano para crear y destruir el mundo en el que vive.

Un asesinato es, por tanto, un buen motivo para una novela. Sobre él giran tantas y tantas cuestiones que posibilita casi cualquier reflexión y mensaje. Grandes autores de la literatura occidental dejaron una huella imborrable con novelas negras. Los asesinatos y terribles crímenes fueron la excusa para la crítica social y moral de su tiempo. Raymond Chandler, con su detective duro y malhablado, G. K. Chesterton, son sus personajes al margen de la sociedad victoriana, Edgar Allan Poe, con sus relatos llenos de misterio. Nombres que todo el mundo conoce o debería conocer pues, en su ámbito, nos llenaron los cerebelos de balas traicioneras, jeroglíficos imposibles de resolver y deducciones lógicas que jamás parecerían racionales a ojos del sheriff del condado.

Como buen plagiador de estilos, el cine tomó las ideas de la novela y las transformó en un lenguaje propio lleno de imágenes sugerentes y de silencios interpretativos. El cómic, mezcla de ambas artes, pero independiente a todas luces, no podía faltar en la división del género negro. Aquí se instala con fuerza ¿Por qué haces esto?, del noruego Jason (Astiberri).

La historia del asesinato de Claude a manos de un extraño desconocido hace que, sin apenas esperarlo y sin dar tregua al lector, la acción pase de cero a cien en apenas un par de viñetas. Jason nos cuenta una historia que apenas daría para un capítulo de cualquier serie televisiva. Sin embargo es el cómo lo cuenta lo que hace que se disfrute tanto y que den ganas de precipitarse otra vez en ella nada más terminar la última página. Hay que estar atento a cada cuadrado, a cada bocadillo que sale de los personajes, a cada mirada, si no queremos perdernos un momento determinante del relato.

Delicado. Ese podría ser el calificativo del estilo de Jason. Sus personajes, antropomórficos, apenas expresan emociones con el rostro y son dibujados de manera férrea. Casi cuesta distinguir a los personajes de una misma raza, apenas distinguibles por sus ropas o por una perilla o “corte de pelo” particular. Tal escueto estilo invita a contemplar el resto de la viñeta. Los fondos, de líneas claras y definidas. Austeridad ante todo, no abundan los personajes en segundas acciones y, por lo tanto, cada objeto o persona dibujada adquiere una importancia y llama la atención del lector.

El estilo narrativo de Jason no se basa por tanto en la expresividad de los personajes. Tampoco en los diálogos, certeros y reales, sino en los silencios. Jason domina muy bien los silencios de cada viñeta y el lector puede ser capaz de interpretar cada emoción sentida por los personajes, cada tensión labrada. Nos demuestra que no es necesario hacer un alarde de fantasía y sofisticación para hacernos vibrar en la silla con una simple persecución callejera y que, muchas veces, basta con una simple onomatopeya para hacernos partícipes de tanta tragedia.

Es en definitiva un gran cómic, una gran novela de género negro –con una fascinante portada-, que podría ocupar un gran lugar entre todas esas novelas de disparos que solemos acumular en nuestras estanterías. Estos son los principios de Jason. Y si no le gustan, lo lamentamos, no estaban en venta.

miércoles, diciembre 17, 2008

Mucho look y pocas nueces

A unos escasos meses de comenzar su tercer año, la situación del espectáculo -ahora con minúsculas- se lava la cara un poco. Es la quinta plantilla en todo este tiempo. Las dos primeras proporcionadas por blogger y las tres siguientes obtenidas por el mundo de internet y previamente modificadas por este que suscribe. Poco a poco todo viste un pelín mejor de lo que parecía. La casa necesitaba un cambio, y decidí no esperar al nuevo catálogo de la tienda sueca. La nueva plantilla tiene de base la utilizada para el proyecto hermano de El Señor Kurtz así que no debería causar problemas a todos aquellos que visitais el blog -aunque se agradecerán las advertencias. Para los que lo leen mediante el reader o diversas aplicaciones de suscripción, los cambios no afectarán en nada. Pero corran y tecleen la dirección completa en sus flamantes buscadores, así verán de qué novedades les hablo.

Las ovejitas ahora corren hacia otro lado. Han estado a punto de ser sacrificadas para la cena de Navidad del blog, pero me miraban con ojos tan tiernos que no he podido cometer tal crimen. Quizás en unos días, con algo más de tiempo, me de por añadir algún detalle más, pero la base definitiva es esta. Todo lo definitivo que puede ser un blog que cambia de aspecto más que entradas publica.

El subtítulo del blog sigue siendo el mismo. La compostura metodológica del situacionismo que, aunque no lo parezca, abraza este blog, no ha cambiado. El menú es básicamente el mismo de siempre y la mayor novedad que existe es que se ha desterrado el color granate -¿a dónde habrá ido?-, dejando predominar al negro y al blanco junto con algún gris.

En definitiva, cambiarlo todo para que todo siga siendo igual. Pasen y vean.

- Actualización a 25 de Febrero de 2009-

Por lo visto, ya sabemos a dónde se fue el color granate. Esperamos que le vaya bien dando lustre a esos zapatos.

martes, diciembre 09, 2008

Bocata di cardinale

Es una afición muy española el criticar hacia todas partes sin saber si quiera de lo que se habla. Muchos dicen que la función de la crítica consiste en saber discernir lo que es arte de lo que no lo es, lo que es buena literatura de lo que es un folletín ingobernable, o lo que es una tortilla de patata de un plato con patata cruda y huevo con plumas que se la come.

Sin embargo en este ámbito, como en tantos otros, los escritores de blog –esos aficionados- terminan por copar la red de sus reseñas y opiniones, obligando al curioso que busca información sobre cualquier cosa, a llegar a un crítico de verdad tras haber pasado por varios blogs de mierda. Esto exaspera a los críticos de profesión, con una formación de base y de clase alta y a los que se le supone unas grandes dotes artístico culinarias que no han podido demostrar nunca. Sea como fuere, los blogs existen y desde ellos se hace la crítica y la opinión de todo cuanto acontece en este florido mundo. Y a quien no le guste, que no mire.

Llegados a este punto, por qué no decirlo, la idea de esta nueva serie de entradas dedicada a la crítica gastronómica o a algo que se le parece, viene asentada quizás en aquella otra idea propuesta por un situacionista que aún no decía serlo en la joven redacción de una revista que jamás vería la luz. El fancine, si es que se podría llamar así a la publicación que, según sus perpetradores, iba a dominar el mundo de la comunicación para los próximos once años y medio –más no, porque éramos realistas-, iba a contar con una sección de crítica de botellones en donde se evaluara la categoría de los parques matritenses para acoger tal costumbre juvenil. La metodología era bien clara. Había que escoger ciertos criterios objetivos como la cercanía de una tienda de chinos donde poder proveerse, la presencia o no de contenedores de reciclaje adecuados y un largo etcétera junto con otros mucho más subjetivos tales como el ambiente de diversión –ahora lo llamarían de tolerancia- que había en el susodicho parque o el nivel de calidad de los baños callejeros improvisados –generalmente una pared para ellos y los contenedores de reciclaje antes mencionados para ellas.

Pero en esta nueva sección del blog –a ver lo que dura- mandamos a hacer puñetas las metodologías y los criterios objetivos y subjetivos. Si por algo nos caracterizamos es por la inconstancia y la no perseverancia –hubiera encontrado un antónimo pero ya saben…- así que no nos da vergüenza decirlo: las críticas gastronómicas serán sólo responsabilidad del criterio y de la mala leche que uno lleve cuando come allí o cuando escribe. Arremanguémonos y pongámonos entonces, y nunca mejor dicho, manos a la masa.

Anclado en mitad del valle del Cinca, río aragonés, y por lo tanto en la provincia de Huesca, el pueblo seleccionado para la ocasión fue Monzón, o también conocido como lluvia que sube en vez de bajar. El proceso de selección fue duro, arduo y peligroso, pues conduciendo por la N-240 uno se encuentra infinidad de pueblos antes de llegar a Monzón. Tantos que aquello ya parece un juego entre uno mismo y la DGT, porque desde que se coge el desvío aparece la palabra “Monzón” avisando al viajero de que se acerca a él y sin embargo, cada pocos kilómetros, se añaden más y más nombres de pueblos de los que uno nunca ha oído hablar –y que conste que no hemos sido nunca duchos en geografía aragonesa. Un añadir y añadir ad infinitum que lo único que hace es demostrar la teoría de que para ir a algún sitio, hay que tener un buen motivo que lo justifique o saber contar historias por el camino.

Cuando se llega al pueblo lo primero que se percibe es el castillo. Una gran mole de piedra que tuvo que resultar impresionante en algún momento y que hoy parece asediada por sus propios ciudadanos rurales. Allí, recogiendo sus faldas cual señorita atosigada por ratones, el castillo pasa sus días sin pena ni gloria. Si se intenta subir a él, es probable que se encuentre con un señor con un hacha. Aunque esto, no cabe duda, es una exageración y desde aquí se asegura que no se puso nunca un énfasis especial en ascender tras descartar desde lejos la existencia en el castillo de un restaurante, de esos que giran.

Como la hora apretaba y el hambre apremiaba, la búsqueda de alimento se convirtió en la principal causa del deambular por las calles monzoneras. Un día 8 de Diciembre, y celebrando la Inmaculada Concepción de María, buscar ambiente de rastrillo por las calles del casco histórico era pedir peras al olmo, pero tanto como ser los únicos paseantes del pueblo fantasma, clamaba un poco al cielo. Monzón debe ser la ciudad más desierta a las tres de la tarde después de Lugo.

El olor a churrasco inundaba las fosas nasales y animaba los jugos gástricos y se topó con el primer local de comidas: El rincón encantado. Decorado en su entrada con un cartel con duendes que hacían el honor del nombre, pronto uno se dio cuenta que el encantamiento iba a ser más del pensado. Entrando directamente, sin recibidor, en una sala ni pequeña ni mediana en donde varias familias comían a gusto el segundo plato y todos los ojos se quedaban mirando al nuevo cliente con la expresión bien definida: “llegas demasiado tarde para que te sirvan para comer”. Con vacilación pero tratando de mostrar una seguridad en uno mismo como cuando tras caerte por las escaleras te levantas fingiendo que lo has hecho apropósito, que tú bajas así, nos acercamos al mostrador. Tras unos minutos jugando al escondite con la camarera y el cocinero –que a juzgar por los platos sin recoger en mesas cercanas a la barra hacían un rato que no salían a atender a los clientes- se opta por salir del restaurante con cara de indignación, que siempre es un buen escudo para soportar los bochornos. Dignidad, ante todo dignidad.

Siguiente objetivo, ya más real pues nadie te va a dar de comer a las tres y pico, un bar de bocatas. Y allí ante los ojos se mostraba el Bar Alaska. Ya el nombre echa un poco de incertidumbre, pero los ánimos se han visto reforzados ante la devaluación de los objetivos. Ya no le pedimos peras, sino simples sámaras alimenticias. Cargado de humo, el ambiente no es familiar precisamente. Dos hombres acodados en la barra parecen discutir de algo que es interrumpido con el crujir de puerta. Otro, volcado sobre su café como si fuera la frase de Cristo que lo fuera a levantar tras los ocho o diez cubatas mañaneros, observa con cara de pocos amigos a los nuevos habitantes. Finalmente, armados nuevamente con el valor que sólo da el hambre, uno de nosotros se acerca a la latina camarera y le pregunta directamente:

“¿Cómo va la cosecha de mijo este año?... digo… ¿tenéis bocadillos?”

“Este bar no es lo suficientemente grande como para tener bocadillos para todos, forasteros.” Es decir, que no, que no tienen.

Saliendo por la puerta que aún sigue dando bandazos giratorios, nos dirigimos por las desiertas calles del centro a una taberna con pinta de bar de copas. El hecho de que esté abierto ya de por sí invita a un desmesurado optimismo, y cuando se ve por fin una máquina de café, se piensa que quizás jamón y queso puedan tener. El olor a carajillo se impregna en la ropa de quienes lo visitan y las miradas de curiosidad desafiante vuelven a la nuca y a los ojos de los visitantes. Como ya se tienen unas tablas, se pregunta directamente y sin intermediarios al camarero jefe, identificado por llevar un paño de cocina al hombro con el que seca lentamente uno de los vasos de café. Tampoco tienen bocadillos, pero da las señas de un lugar donde, nos aseguran, tienen unos excelentes y, además, si nos empeñamos nos hacen un plato combinado y todo. “Está en la segunda calle a la izquierda y luego a la derecha y se llama El Trébol.” ¿El Trébol? ¿Tendremos suerte?

No ha sido difícil llegar. En realidad está casi frente por frente al Rincón encantado y no entendemos cómo no lo habíamos visto antes. Desde fuera, se puede ver un enorme trébol verde de cuatro hojas decorando la fachada. Todo apunta a un buen bocadillo, pero al entrar, y tras haber escarmentado, las ilusiones se tornan dudas. Un paisano lee el MARCA del día anterior sobre una de las dos mesas que se ven desde la puerta. El jefe habla con él a grito pelado desde la barra cuando entramos nosotros y le preguntamos con voz de niños recomendados “¿Tienen bocadillos?”. Sí. Nos dice. Un solo y seco sí ante el cual esperamos unos segundos en silencio para dar la posibilidad de que nos ofrezca una carta. Visto que no tiene intención de eso preguntamos qué clase de bocadillo podríamos pedir, aunque a las alturas a las que estamos podríamos habernos comido hasta uno de chapas de cerveza.

Sorprendido por la pregunta, el jefe se lleva las manos a la nuca. “Bufff”, suspira. Hay de muchos tipos, nos asegura. Y mirando por encima la única mampara de cristal que hay sobre la barra nos recita aquello que va viendo. Butifarra, jamón, chorizo, tortilla de patatas. Y mirando hacia el cielo, siempre con la nuca rascada por su mano, continua haciendo memoria. Lomo, bacon,… “Lomo estará bien”, le decimos. “¿Con queso?”. Por supuesto que lo pedimos con queso, y satisfechos nos acercamos a la mesa junto a la del lector del caduco MARCA. Mientras nos preguntamos por qué no tendrá una lista impresa de los bocadillos que hace la casa para facilitar la labor de elección, nos topamos con un cartel más grande que el mapa de España que comienza con el alegórico título de “Bocadillos” y continua con una lista más bien grande de sutilezas culinarias que bien nos podrían haber ayudado a elegir. Pero más vale bocata de lomo en la mano que hamburguesa volando.

Apenas nos hemos sentado y el jefe, que se ha vuelto cumplidor, nos pregunta si queremos tomate en el pan. Las papilas gustativas dicen sí y nosotros también. No han pasado 5 minutos y ya tenemos en nuestro poder sendos bocadillos de lomo a la plancha de media barra de pan bueno con queso fundido y tomate restregao. Lo regamos todo con un refresco y un tercio de cerveza. Sólo echamos en falta quizás alguna que otra servilleta de más. Pero el pedirlo no ocupa lugar y si no lo hacemos es más por no perder de vista el plato que por pulcra dejadez. El bocadillo tiene sabor y, mientras se mantiene frío, uno lo come con gusto. Ya a temperatura ambiente es el hambre el que se deja llevar y quien acaba de una vez por todas con la media barra de pan y de rico queso fundido. Un cortado corona la etapa reina del día y nos hace ser partícipes de la discusión sobre la última asamblea del Real Madrid y la visita del Atlético a Marsella. Total: 11€ y la sensación de que en todos sitios cuecen habas y que donde estén los bares de barrio que se quiten los restaurantes de Michelin.

Acabados los manjares, atasco en la Nacional, y vuelta a los hogares.

lunes, diciembre 01, 2008

La canción de los 5$

Hace tiempo de Jazz, no me lo negarán Uds. La crisis es el momento alto de las grandes revelaciones artísticas. Pero como ahora el arte sólo se estima en cuanto a su valor, y las casas de subastas quiebran y no encuentran con qué financiar obras absurdas o no tan absurdas, pues habremos de recurrir al viejo arte de las canciones populares.

La canción de los cinco dólares no es otra que When the Saints go marching in. Asociada en mi infancia a varias películas de esas en blanco y negro, fue una melodía que siempre tarareé hasta que perdí la irracionalidad. Esta es una de esas canciones míticas del mundo del Jazz que sin embargo no nacieron en este ámbito. Fue en el hermano Gospel donde la melodía se hizo apreciada como himno de funerales. Sí, han leído bien, When the Saints go marching in es una marcha fúnebre con tremendas referencias en su letra original hacia el Apocalipsis.

En un vistazo a la letra vemos cómo quien la canta afirma que quiere ir con los santos el día que estos marchen. Hay referencias al eclipse de Sol y de Luna que habrá de llegar justo antes del juicio y, por supuesto, la trompeta del Arcángel Gabriel también es protagonista. Para tener una estructura repetitiva, dice muchas cosas ¿no creen?

La pieza fue arreglada por Louis Armstrong –todos en pie, por favor- en clave de Jazz, algo que, al parecer, enfureció y escandalizó a su hermana por tratarse de un himno religioso. Durante los años 30 del pasado siglo, el gran Louis se hartó de cantarla y cantarla con su divertida trompeta y pasó lo inevitable en la época. Todos se sumaron a la canción y contribuyeron a su difusión. Existen infinitas versiones de la canción. Tantas como veces se ha tocado, pues no es una pieza complicada de hacer propia. Tanto se popularizó que se cuenta que los músicos populares de Nueva Orleans que tocaban en los locales de la ciudad pedían un dólar por tocar una canción calificada de habitual, dos dólares por peticiones extraordinarias y cinco por tocar When the Saints go marching in por ser tantas las veces que se la pedían. Aquí mismo les ponemos la versión más formal de Louis Armstrong.




Pero además de Louis y además del Jazz, otros se han atrevido a arreglarla para el mundo del Rock n’ Roll. En un paseo por la web de videos podemos encontrar al mismísimo Boss cantando en grupo, a Jerry Lee Lewis con su piano durante una entrevista con la BBC, a JJ Johnson, a Pete Fountain –muy divertido juego con su batería-, o al propio Bill Haley quien, al frente de sus Comets, realizó una versión exenta de toda referencia religiosa para adaptarla definitivamente al Rock de la época.

Como ocurre con las canciones populares, se adopta como himno para cosas que no fue pensada. Cuando en 1966 se funda en Nueva Orleans, cuna del Jazz, el equipo de fútbol americano que competirá a nivel nacional, se le pone como apodo el sobrenombre de Saints, por lo que adoptan la canción como santo y seña del equipo. También el ejército del racista estado de Rhodesia, en el territorio de lo que ahora es Zimbabue, abrazó sus acordes como seña de identidad, pues eran conocidos como los santos.

En definitiva, aquí les dejo con otra versión del gran Louis Armstrong, poco ortodoxa pero bien divertida, que grabó para la película The Five Pennies junto con el gran humorista Danny Kaye. Digna de disfrutar en buena compañía y rica cerveza. ¿Quién se apunta? Pasen y pídanse lo que gusten.




miércoles, noviembre 26, 2008

Tú mira para otro lado

Cuando abrí el blog y me decidí a colocarlo en esos sitios donde se registran los blogs para no se sabe muy bien qué, me dispuse a rellenar varios interminables cuestionarios. En todos ellos había que compartimentar el blog en alguna categoría y, por deformación profesional, siempre terminaba señalando la casilla de política. La Situación del Espectáculo no es un blog exclusivamente político ni un referente en esta línea como lo pueden ser otros, pero sí busca dar una mirada diferente sobre las cosas de la política que nos encontramos por ahí. En concreto, hablar de la política como espectáculo, tal y como decía Guy Debord -y quien lea a Debord y le comprenda que levante la primera piedra.

El caso es que en todo este tiempo he tratado de evitar una palabra muy de moda: crisis. Pero este tema ha llegado a situaciones de extremismo espectacular. Así, en esta crisis-espectáculo, el Gobierno de España ha terminado por ofrecer dinero a los bancos y cajas para reactivar una economía supuestamente en moribundia. De todos es sabido que tenemos una relación esquizofrenica con los bancos, pues les damos nuestro dinero para que no se lo presten a gente como nosotros. Pero aún así, el Estado, es decir todos, les da un dinero al 3,37% de interés -una buena cantidad de dinero, no se crean- para que así las personas como Ud. y como yo podamos pedir prestado a esos bancos nuestro mismo dinero. Bueno, Ud podrá, yo sin embargo -y con él- como tengo un expediente en el Banco de España tan grande y predecible como una novela de Prada, me temo que tengo limitada mi capacidad de endeudamiento.

El caso es que estos préstamos que le concederán a gente como Ud. vendrán directamente de un cajón de la caja registradora del banco o caja. Este cajon habrá sido rellenado, al 3,37% de interés, por las arcas de un Estado al que Ud. y yo -y de esto ya hemos hablado- aportamos dinero contante y sonante con nuestra declaracion de hacienda o nuestro llenar de depósitos. Es, en definitiva, nuestro propio dinero el que estamos pidiendo prestado. Pero la diferencia consiste en que no nos lo dejan al 3,37% al que nosotros se lo hemos prestado, sino que el dinero, tras pasar por ese cajón donde el Estado lo ha depositado, ha aumentado de valor milagrosamente. Como alguien tiene que pagar las operaciones de los bancos y los gastos asociados, el dinero nos lo prestan a un tanto por ciento ciertamente un tanto elevado.

Así, nos cuentan, el sistema financiero no sufrirá un colapso. Colapso que, nos vuelven a contar, terminaría por arrastrar hasta los más asentados cimientos de la sociedad en que vivimos. Sería el caos y la Guerra Mundial, y eso no nos va. O nos va mal. Sin embargo, ¿es la manera lógica de actuar para atajar la quiebra de un sistema tan complejo como el sistema bancario?

Analicemos lo que es un sistema compleo. Un sistema complejo, de manera simple, es una máquina en donde se introducen in-puts, cientos de piececitas se mueven por culpa de ellos, toman decisiones interrelacionándose entre ellas y producen out-puts. En el caso del sistema bancario, los out-puts podrían ser los productos financieros con los que un país como España, vinculado al sector servicios, se mueve en su día a día. Pero en estas, llega la crisis-espectáculo. Más preocupada por salvar la cara ante los medios y que se tranquilicen los miedos de los inversores que por solucionar los problemas reales del sistema bancario. Dicho sistema, termina por ver dañada su confianza y solicita ayuda al Padre de todos los Padres: el Estado.

Podría venir esa ayuda en forma de regulación que modificara el sistema bancario haciéndolo más fuerte. Pero en esta manía esquizofrénica, lo que decide el Estado es aumentar la confianza en el sistema bancario invirtiendo directamente en él. Piensa que si los inversores ven que el Estado es capaz de gastarse un dinero que no tiene, y en tiempos de crisis, en una entidad, todos se lanzarán a perder sus miedos y a invertir de nuevo su dinero como si aquí no hubiera pasado nada. Sin embargo, lo que realmente está haciendo el Estado es mandar a la mierda a todo ese sistema complejo que es el bancario, organizando una línea directa desde la pestañita de los in-puts a los out-puts que no pasa por las líneas normales y que, aún así, produce los mismos caros out-puts que producía el sistema por sí mismo. No solucionando absolutamente nada, sino manteniendo los problemas como estaban.

Con todo, los señores directivos de los bancos deben de pensarse que somos imbéciles. Bueno, no deben de pensárselo, lo saben con seguridad. Tienen el miedo de que aceptar el dinero del Estado nos lleve a pensar que están en una situacion de quiebra y, por lo tanto, corramos a sacar nuestros ahorros de dicha entidad. Por mi parte, prefiero que quiebren los bancos. Bueno, no todos. Sólo aquéllos con los que tengo relación contractual. Si quebraran, que se queden con mi dinero, ya que mi saldo supera con mucho a mi deuda y, por lo tanto, podría decirles aquello de "ni pa'ti ni pa'mí". Y todos tan contentos. En su intento por disimular, Caja Navarra ha sacado en un video a dos de sus directivos simulando una operación bancaria que explicaría en lenguaje llano y no económico -vamos, de ese que utiliza la señora que va en chandal al mercado- el por qué de la operación. Aquí abajo les reproducimos el video, que no tiene desperdicio. En especial cuando el directivo nº2, que hace las veces de comercial de la Caja le pregunta textualmente al directivo nº1, que hace las veces de cliente "¿Cuánto me vas a cobrar por tu dinero?". Es decir, cuánto va a cobrarle el cliente al banco. Lo nunca visto oigan. Al final habrán de ponerse en la puerta de las Iglesias, los chavales no hacen más que pagar y pagar y no les llega para final de mes.




Como no quiero dejarles sin un análisis más complejo de la situación, aquí va otro video mucho más trabajado, que explica muy bien la coyuntua (sic) de la situación económica internacional y que merece muchísimo la pena. Se van a reir un muchismo.



lunes, noviembre 10, 2008

La confabulación

Tengo un coche. Un Renault Clio, de los modernitos, de color gris claro. El color venía de serie, vamos que no me lo dieron a elegir. Tiene 85cv y el fabuloso invento del regulador de velocidad –a San Cucufato pongo por testigo que no volveré a pisar el acelerador por carretera. Al Clio lo llaman el mata pijos, pero yo les juro a Uds. que ese niño rico ya tenía mala cara antes de que yo le atropellara.

Como todos los coches, tiene mote. No se lo he puesto yo, sino una compañera de trabajo y, por razones obvias para todos aquellos que lo han visto, al mío lo llaman “La Mosca”. No sé a cuento de qué se le ponen apodos a los coches. O, mejor dicho, por qué se le ponen motes a los coches y no a las tostadoras, por ejemplo. La tostadora que hay en mi casa la podríamos llamar la frígida, porque no se calienta ni arrimándola al fuego. Yo le voy a empezar a poner mote a todo aparato que utilice con asiduidad. Al mp3 le voy a llamar “El indescifrable” porque siempre que meto un disco nuevo [guiño, guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño, guiño], el tío no me reconoce los nombres de los artistas y al final termino escuchando lo que le da la gana. Y al móvil lo voy a llamar “Bismark” porque, sobre todo entre semana, da más guerra que en el 14. Que me van a borrar el nombre de tanto usarlo, carajo.

Bueno, pues con “la mosca” hago mis pinitos. Lo utilizo para trabajar y para ir de la ciudad donde vivía, al pueblucho en donde trabajo. Amén de otros menesteres más inconcretos, claro. En tres meses ya le he hecho 10.000 kilómetros y, he calculado, que para cuando acabe de pagarlo le habré dado la vuelta al velocímetro unas dos veces y media (sic). En todos esos kilómetros recorridos nunca he tenido problemas. Hasta el 15 de Octubre, fecha en que me pusieron una multa.

He de señalar en este punto de la entrada, que el_situacionista que esto firma tiene, en sus 10 años de carnet –hostia, que tengo que renovarlo ya- un inmaculado expediente. Ni una sola multa por mal aparcamiento si quiera. Ni un solo golpe mal dado por culpa suya –siempre me envisten cuando estoy en los semáforos o bien aparcado. Y tan solo le hice un raspón a mi primer coche cuando, acuciado por las prisas y animado por mi bisoñez al volante –debía llevar un mes conduciendo sin ese señor bajito con halitosis que me daba clase-, caí en la conspiración del constructor del parking de Tribunal, en Madrid. Una marca blanca en la puerta trasera izquierda dejó constancia del beso apasionado de una columna. Pero no se preocupen, el coche estaba tan hecho polvo que asumió sus penitencias y en un mes más el blanco raspón se convirtió en rojo cereza. Estuvimos pensando en amputar la puerta, pero preferimos esperar a que se gangrenara.

No fue la primera vez en que un parking me jugó una mala pasada. De nuevo las prisas y la indecisión me hicieron estar a punto de la catástrofe en el subterráneo de El Corte Inglés de Castellana. Ahí no pasó nada porque la providencia no quiso, pero podía haber pasado y gorda. Y para más inquina con un coche que no era mío, era prestado. Entre maniobra y maniobra, fruto de haber elegido mal el sitio para aparcar, terminé atascando el coche entre dos paredes, justo en la mitad de una bajada de una planta a otra, viendo con toda tranquilidad cómo podía haber sido arrollado sin rubor por cualquier pobre cliente que decidiera que el parking P2 era demasiado explícito para él. Angustiado, como sólo estas cosas angustian, hubo un momento en que decidí plantar el freno de mano y subir a buscar a cualquier operario del parking, a ser posible con grúa, para que se llevara el coche a donde le diera la gana, porque estaba claro que yo no sabía qué hacer con él. La vergüenza torera que acompaña a todo buen conductor –en especial este orgullo matritense que te dice para tus adentros “por los cojones”- me hizo desistir de solicitar ayuda y se terminó resolviendo la situación con un aparcamiento de libro, en la plaza elegida y sin ningún raspón para el coche prestado ni los adyacentes. Parking 1; situacionista 1.

Junto a esta habilidad para evitar golpes, me caracteriza la facultad de evitar el verde oliva y el azul mar de fondo que dirigen los tráficos. Jamás he tenido nada que ver con un municipal y la única vez que me crucé con un guardia civil por la carretera fue para que éste me hiciera un examen de alcoholemia a las 3 de la madrugada y en mitad de la M-40. Examen, por supuesto, que se saldó con una victoria apoteósica del situacionismo frente a los guardiacivilistas.

Hubo eso sí, no lo voy a negar, un conato de encuentro nada más comprarme yo el Clio. Caminaba distraídamente, comprobando la capacidad motora de mi vehículo cuando, al pasar por un carril de aceleración, salió un coche de la benemérita. El canguelo fue común entre todos los coches que pasábamos al mismo tiempo por allí, pues todos nos mirábamos por los espejos retrovisores pensando quién sería el afortunado cazado. Yo ya me imaginaba parado en la cuneta, como cualquier delincuente, con la sonrisa del solitario en el rostro y cagándome en el cuerpo. “Total –me dije- si me van a multar por lo menos me lo paso bien”. Pero debe ser que los dos agentes de la ley se dieron cuenta de lo bien que me lo iba a pasar con ellos y decidieron finalmente parar a otro conductor, sin duda mucho menos divertido. Guardia Civil 1; situacionista 1.

Pero las cosas cambian, y hace un par de semanas me llegó una carta certificada. Curioso sobre el que te envían los de tráfico. Pareciera uno normal, pero justo a la izquierda del nombre, en lugar de tener papel de sobre, tiene uno de esos papeles negros, como de rasca y gana. En principio lo hacen para que nadie pueda ver qué tipo de multa te llega. Ni si quiera al trasluz. Pero yo creo que lo hacen para animarte a abrir la carta. “¿Qué habré ganado? ¿Un apartamento en Torrevieja? ¿Un lote de productos cola-cao? Uf, espero que no sea la vajilla”. Pero no. 100€ de multa por haber rebasado los límites de velocidad. Sin retirada de puntos, porque al parecer has de ir muy deprisa para que te quiten puntos.

A partir de ahí pasé por todas las fases psicológicas del conductor multado. A saber.

1. La negación. ¿Yo? ¿Una multa? Será un error.

2. La aceptación. Mierda, pues es mi matrícula, sí.

3. La suspicacia. A ver, a ver si era yo el que conducía.

4. La nueva aceptación. Pues sí, ese es mi cabezo seguro.

5. El perfil de abogado. ¿Pero seguro que esto es legal? ¡La recurro!

6. El perfil del economista. Anda, pero si pago en menos de 30 días me cobran sólo 70€.

7. La frustración. Serán hijosdeputa que ponen los radares para pillar.

De manera que con el papelito en la mano, me dirigí a la sucursal más cercana dispuesto a claudicar ante la Administración. En la cola del pagar ya me leí más detenidamente el modo de empleo de la multa. Al parecer, ponía el kilómetro exacto en el que me la habían puesto. El 141 de la A2 dirección Madrid-Barcelona, provincia de Soria. La curiosidad se desató en mí y, en el siguiente trayecto que hice por el mismo recorrido, no dudé en estar pendiente del kilómetro 141. La verdad, ardía en deseos de saber cómo de bien habían escondido el radar que yo no lo había visto. “Hmm, pensé, más listos que yo no lo serán”. Iba a tener un dato de esos que compartir con los demás conductores. Ya saben. “Tened cuidado en el 141, que hay escondido un radar y los mamones no avisan”. La confabulación de Tráfico contra mi persona no iba a quedar impune. Serían 70€ pagados por mí, pero amortizados por todos aquellos conductores a los que mi advertencia les impediría caer en la trampa. De nuevo la balanza se inclinaba a mi favor. Tráfico no contaba con que yo tenía un blog, un arma estupenda para contraatacar su abuso de buena fe. Y, finalmente, hace dos viernes me crucé con el kilómetro 141. El fatídico kilómetro en donde Tráfico no es que tenga escondido un radar, es que tiene un radar bien grande, avisado por un cartel de proporciones desproporcionadas un par de kilómetros antes. Y lo único que queda es claudicar. Asumir que se es gilipollas por no haberlo visto cuando has pasado por ahí como unas veinte veces desde que te compraste el coche y esperar. Sí, esperar. Porque aunque esta vez hayan ganado ellos… ¡se van a enterar!

Guardia Civil 2; situacionista 1.

jueves, octubre 30, 2008

La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells

Hoy, 30 de Octubre de 2008, cuando se cumplen 70 años desde que la grave voz de Orson Welles radiara en vivo y en directo esta genial novela del autor inglés Herbert George Wells, es el mejor día para reseñarla.

Publicada en 1898, hace ahora 110 años, la novela La Guerra de los Mundos es una terrorífica narración en clave de ciencia ficción. Llevada al cine, directa o indirectamente, cientos de veces y con muy dispar resultado, la historia ha variado tanto de una interpretación a otra que el resultado final e inesperado del relato es casi de sobra conocido por todo el mundo. Sin embargo no seremos nosotros quienes contribuyamos a que alguien desheche esta obra sólo por conocer su final y les aseguramos que durante esta destripación, no se revelarán contenidos del fabuloso final.

Los personajes en cuyas manos estamos son dos. El narrador, quien nos cuenta una historia vivida en primera persona, de supervivencia y horror en un pueblecito de Inglaterra asediado por esta guerra; y un familiar suyo residente en Londres, quien también logró sobrevivir y contar su relato a nuestro narrador. Esto nos da dos planos de una manera un tanto artificial en la novela, pero que sin duda se agradecen. La historia principal, enclavada en el mundo rural, es una trepidante historia de asedio y persecución a su protagonista y los compañeros que encuentra por el camino. La historia de Londres, es el principio de la decadencia humana. Así de crudo, así de horroroso.

En la novela, ya se lo imaginarán por la preciosa primera portada de la novela que ilustra este post, trata de la invasion del planeta Tierra por parte de extraterrestes con ambiciones territoriales. Wells describe la llegada de estos seres mediante un personaje tremendamente educado, racional e ilustrado, incapaz de comprender tal barbarie de destrucción. Los extraterrestres se le presentan como un grupo perfectamente organizado, con admirable tecnología y un raciocinio excepcional. Pero no logra descifrar los códigos morales que manejan para destruir sus pueblos, eminentemente pacíficos.

H. G. Wells era un escritor con un tremendo sentido crítico de la sociedad en que vivía. Junto con C.K. Chesterton -uno de los más grandes de todos los tiempos- formaba un grupo literario crítico con la sociedad victoriana e imperialista. Si Chesterton decidió enfocar su rabia por las injusticias y sus críticas al sistema desde el humor brillante, Wells logro hacer lo mismo pero desde el mundo de la ciencia ficción, primero, y desde el mundo de la literatura social después.

En su fabuloso libro La Máquina del Tiempo -corran a leerla-, Wells critica el sistema capitalista, contra el cual luchaba desde la sociedad Fabiana. El mundo del futuro que creó en esa novela simbolizaba a unos capitalistas dominados por las bestias, por el proletariado y las máquinas que ellos mismos habían ideado.

Aquí, en La Guerra de los Mundos, H.G. Wells habla del imperialismo, de la barbarie de aquellas sociedades que, como la suya, dominaron la técnica para asaltar sin motivo, sin razón y sin perdón a las sociedades pacíficas que jamás habían hecho nada contra ellos. El hecho de que los extraterrestres siempre sean caracterizados dentro de sus infernales máquinas de acero, les convierte en otros no humanos y dramatiza la fe que, en el momento de publicar la novela, se les tenía a las máquinas como capaces de aliviar las dificultades de toda la humanidad.

Un buen motivo el de leer la novela ahora que se cumplen 70 años de que Orson Welles alterara el sueño americano una semana antes de las elecciones presidenciales. Cuando se cumplen 110 años de la invasión de Londres, o 70 de la invasión de Estados Unidos. Siempre es un buen momento para leer a H.G. Wells.

Science Fiction

Algo ocurrió. A mi casa llegó el hijo de los vecinos, asustado y nervioso. Su padre había salido de casa corriendo tras escuchar en la radio una extraña noticia. Su madre no paraba de llorar desde que intentó evitar que su marido marchase. Decidí ir a su casa, al otro lado de la alberca, y cuando entré un fuerte olor a miedo me invadía el estómago. Le pregunté a la Sra. Watson, que así se llama, a dónde había ido su marido y qué le había hecho salir tan apresuradamente. Pero sólo encontré sollozos.

Cuando salía al porche en busca del aire que me faltaba dentro vi a Thompson, el mecánico de la granja de los Watson. Thompson era negro de nacimiento, tan negro como las profundidaes de un pozo. Pero en aquel momento parecía haber visto un fantasma y su rostro, lo suficientemente pálido como para sentarse en la parte delantera de un autobus, delataba que algo inquietante estaba sucediendo en el pueblo. No me quiso decir nada, sólo se ofreció a acompañarme a donde estaban yendo todos los hombres, a la pradera Picock. Dudé, poniendo como excusa al niño asustado de los Watson, pero finalmente me vi obligado a no rechazar la invitación de Thompson.

La pradera Picock estaba cruzando el río. Por el puente, un fuerte olor a ácido subía desde el río. "Thompson, ¿no lo huele?", le pregunté. "Sí... ha sido eso lo que lo ha hecho, ha sido eso", me contestó. Junto al olor ácido, un fuerte calor se desprendía de la ribera. Y el miedo no hacía sino incrementar.

Según nos acercábamos a la multitud, ya vista desde una cierta lejanía, nos encontrábamos con hombres de todas las poblaciones cercanas con cara de horror y desconcierto que caminaban en dirección contraria a la nuestra. Cuando llegamos al lugar del suceso, Thompson me dijo que ya no me acompañaba más. "Aquí me quedo, Señor... yo no vuelvo a pasar". Decididamente solo, no podía obligarle a acompañarme más allá de sus miedos. Los pies clavados en la hierba de la pradera y la inquietud y la curiosidad rompiéndome en mil pedazos desde el interior.

Pero el hombre siempre ha sido más curioso que miedoso. Avanzando con dificultad entre una muchedumbre de personas quietas y fijas, tensas en cada uno de sus músculos, logré acercarme a las primeras posiciones de lo que parecía ser un patio de butacas improvisado. Todo el mundo en círculo, al rededor del agujero abierto por algo, por eso, en el terreno. La oscuridad de la noche me impedía ver bien. Me extrañé, pensaba que era luna llena.

Alcancé a pedirle la linterna a uno de los jóvenes que habían allí concentrados. De entre todos los que estábamos allí, yo debía de ser el mayor. Sin duda la curiosidad innata en el ser humano se acrecienta en la juventud al juntarse con la imprevisibilidad de la muerte y la conciencia de que se tiene toda una vida para ser cobarde. Miré extrañado al agujero, y sólo pude distinguir, a una distancia de cientos de pies, una figura ovalada que desprendía ese fuerte olor a ácido y un calor asfixiante. De color oscuro, y con apariencia de rugosidad singularmente atractiva, el artefacto parecía por lo demás estar descansando.

Todos los allí concentrados nos mirábamos a los ojos e, inmediatamente después, mirábamos a la cosa humeante. Nadie se atrevía a decir nada. Hasta que uno de nosotros, no el más joven pero sí el más atrevido, decidió tirarle una piedra. El sonido del impacto delató que el artefacto estaba hecho de metal. Pero seguia sin responder.

Inmediatamente después de escuchar el sonido del golpe, tuve la seguridad de que éste era un tema que habría de interesar al periódico de mi primo, allá en la capital. Devolví la pequeña linterna a su legítimo dueño y me volví a pelear con la masa hipnótica para salir del círculo apreasador.

Cuando llevaba caminados un par de pasos desde la salida de la muchedumbre me volví a encontrar a Thompson. Aún más pálido que la primera vez, Thompson no acertaba a decir palabra y sólo miraba fíjamente a donde se intuía que podía estar el agujero. Tanto insistía, tanto ademán me hacía con el dedo según me iba acercando a él que terminé por girarme justo cuando un horrible ruido de metales, como si dos trenes hubieran descarrilado juntos, a la vez y de manera coordinada, me advirtió de lo que iba a presenciar.

Del agujero emergieron dos brazos metálicos que apartaron a la mitad de los hombres con los que había formado círculo de curiosos. Para cuando uno de los brazos se pudo apoyar en el terreno, el artefacto hizo palanca y logró elevar todo su peso. Dejando ver tres brazos metálicos más, y sosteniéndose ahora por lo que parecían ser dos enormes piernas también metálicas, eso abrió sus ojos y miró a la gente que, aún atenazada por el miedo y sin haber corrido la histeria por sus pasos, sólo podían desearse invisibles. De uno de sus brazos metálicos el artefacto arrojó una lengua de fuego que calcinó a varios cientos de hombres de un plumazo. Ante mí vi cómo se desperdiciaban esas vidas en el viento cálido y terroríficamente ácido. No pude sino caerme al suelo, sentado y apoyando el peso sobre mis piernas. Fue así como escuchar al monstruo soltar un alarido eterno, agudo, infinito. Y fue así también cómo reconocí el mismo chillido más allá de las colinas. Eran más, y estábamos perdidos.

jueves, septiembre 18, 2008

Política de desierto

La Ley del Viejo Oeste, el Old West americano, ha llegado. ¡Bienvenida la anarquía! En las estepas madrileñas se halla el refugio de aquellos quienes una vez pensaron que un nuevo mundo era posible. Al frente de todos ellos, la Marquesa de los NeoCon, de ilustre familia. Ella lidera la pérfida cruzada por salvaguardar el Estado de Bienestar con el curioso método del desmembramiento. Desgajando el sector de servicios públicos y haciendo de ellos modelo de gestión por sus amigos privados, la Marquesa consigue, de una vez, liberar a los servicios públicos de una posible gestión por parte de otros agentes políticos que no sean ella misma y dar refugio a todo ese capital inversionista que en la crisis de hoy no sabe a dónde agarrarse. “La Sanidad para ti, amigo Félix”; “La Educación para Ud., Señora Ana”; “¿Quién quiere el Metro?”; “Quédate tú con el agua, querido Ricardo”.

Eso, el agua, es el nuevo oro de este Oeste sin Ley. 158 años de gestión pública por parte del Canal de Isabel II no han sido suficientes a la hora de demostrar una eficiente y eficaz gestión. Da igual que el agua de Madrid sea la envidia de las otras 16 Comunidades Autónomas y las dos ciudades africanas. Nada está hecho, todo se permite mejorar. Claro, se privatiza para que el agua de Madrid sea aún mejor ¿verdad?

El Estado opresor, en su particular cruzada antiliberal, ha hecho leyes que impiden a la Marquesa privatizar toda el agua. La gestión de las cuencas, eso que determina cuánto agua va para cada región, ha de ser gobernada siempre por las Confederaciones, lugares de encuentro entre los poderes públicos implicados en esa cuenca y los sectores sociales y privado –que por mucho que quiera la Fundación AGBAR, se diferencian en mucho. Es la Ley estatal, eso que aún hoy no puede cambiar la Marquesa. Aunque algún día ella será quien se haga con el asalto a la diligencia y repartirá el pan entre los niños ricos.

Sí puede cambiar la ley en su jurisdicción. Como el sheriff corrupto del viejo Oeste, la Marquesa puede arrimar a sus amigos y compinches hacia donde ella quiera, y es el negocio del suministro de agua potable el que más jugo tiene. Pero hasta el sheriff corrupto tenía su moral, y la Marquesa no podía ser menos. Hoy, el agua no es de los madrileños ni de las madrileñas. Hoy, el agua es de lo público, es decir, no está en manos de nadie. Y ya se sabe, lo que es de todos, no es de ninguno. Hoy, además, hay que hacer reforma. Es obligado por la Directiva Marco de la Unión Europea, es decir, el Gobernador. Y son obras tan caras, tan inasumibles en medio de esta crisis que ese todos y ninguno que es lo público no puede asumir. La Marquesa se ve obligada, por su convencimiento y su contextualización, a convertir la empresa pública del Canal de Isabel II en un ente accionarial cuyo 49% del capital sea privado. Ahí pasó rozando el sombrero la bala del malvado, muchacho, porque el 51% seguiría siendo de la Comunidad que ella dirige. ¿De qué se pueden quejar los asustadizos ciudadanos entonces? Habrán de encontrarse un agua mejor en sus grifos, pudiendo además, todos y cada uno de ellos, ser titulares individuales de su agua. Lo que es mío, es mío, y no de todo el mundo. Haciendo partícipe a todos de la gestión del agua. Hacia el ahorro por el control accionarial. ¡Bien pensado!

Pero siempre hay pistoleros en todas partes. Gentes que no comprenden la bondad de estas intenciones, a quienes hay que dejarles claro a dónde se pueden ir. “Quien manda en Madrid es Esperanza Aguirre”, la Marquesa de los NeoCon, la más rápida y protegida pistolera a este lado del Manzanares. Y quien ose dudarlo, se encontrará un balazo mediático entre pecho y espalda. Nadie va a interponerse entre la Ley sin Ley y Esperanza. Empezando por esos esbirros del socialismo internacionalista que son los Ayuntamientos del PSM o ese vil traidor del Alcalde de Madrid. Ellos amenazan con romper el convenio que a cada uno ata sus suministros de agua con el servicio del Canal de Isabel II. La nueva empresa, parece, se quedaría sin clientes en la Comunidad de Madrid. Los madrileños y las madrileñas sin agua. Y los ayuntamientos habrían de devolver todos los euros adelantados por el Canal antes de romper cualquier contrato. Los ciudadanos, asustados, ni abren la boca ni dicen ni mu. Mientras, al Sol del mediodía, el duelo en la calle principal, frente al Saloon atestado de mirones, entre La Marquesa mascando chicle y el Alcalde de España. Que esas balas alcancen sus dos objetivos a la vez, porque me temo que si no, a los Madrileños y a las Madrileñas sólo nos va a caber pedir la Independencia y hacer limpieza étnica dividiendo entre los NeoCon y los seres humanos.

domingo, agosto 31, 2008

El Derecho Humano al Agua (I)


Una extrañeza en este blog, el hablar de novedades editoriales. En Septiembre llegará a sus librerías un libro que tratará sobre un tema necesario: el derecho humano al agua.

Como hoy no llevo tiempo en los bolsillos, les reto a que se hagan con su ejemplar, se lo lean y, otro día, nos lo discutimos. Sin duda vamos a polemizar. Pero es que si no la vida carece de sentido.

Sobre los editores.

Sobre los que apoyan.

Sobre los que editan/venden el libro.

Sobre su presentación.

Sobre su otra presentación.

Y ya basta por hoy.

miércoles, julio 30, 2008

Fantasmas Balcánicos (VI)

Si uno pasea por el centro de Belgrado, antes o después se encontrará divisando la antigua ciudadela turca de Kalemegdan. Este parque, con sus murallas y sus fortificaciones, destaca dentro de Belgrado por poseer una concepción de la vida y de la libertad exclusiva. Allí, los belgradeses acuden para encontrarse cogidos de la mano, para bailar al son de músicos tradicionales, para reflexionar sobre sí mismos o para ganarse la vida. En el otoño de 2003 el parque tenía además una luz especial que invitaba a conocerlo. Entre aquéllos que se ganaban la vida, un viejo militar de la Yugoslavia de Tito, sentado en una silla plegable y con una mesa de jardín a sus pies. Como pasa en otros parques públicos, sin ir más lejos en El Retiro, jubilados como este señor montan sus tenderetes de venta o intercambio de cachivaches. En este caso, el jubilado militar vendía camisetas a muy pocos dinares. De una calidad más que discutible, el principal motivo de decoración no era otro que la imagen de un Radovan Karadzic presto y dispuesto para la consecución de la Gran Serbia. El Milenarismo, parecía decir, había llegado ya.

Hace una semana que apresaron a este ideólogo de la Gran Serbia. La historia de su captura, en el barrio de Nuevo Belgrado, disfrazado o más bien camuflado bajo una identidad robada a un jubilado de la Vojvodina, ganándose la vida con la medicina natural, visitando bares nacionalistas que rendían culto al Karadzic original. De primeras, todo demasiado raro. ¿Por qué iba Karadzic a salir de Pale, ciudad de la República Sprska de Bosnia en donde vivía refugiado –bien acomodado- en las montañas? Allí aún disponía de su capital monetario, de la admiración de muchos y de la ayuda de unos pocos quienes, cuando veían llegar a la policía en su busca, daban la voz de alarma hacia lo alto de las montañas evitando así cualquier captura por sorpresa.

Mi escepticismo respecto a las condiciones de su captura se acrecienta cuando veo que ha sido Tadic –el europeísta- el responsable político de anunciarlo, y que nada se sabía en un principio de Kostunica. Este último se ha refugiado políticamente entre las filas de los nacionalistas serbios cada vez más nostálgicos de los días de la Gran Serbia, que no fueron otros más que aquellos en donde Yugoslavia estaba fuertemente anclada a la población serbia a pesar de contener otras 5 ó 6 repúblicas más. Curiosa manera de acabar políticamente con el que fuera la gran esperanza en los días de la caída de Milosevic en el año 2000. Es muy cierto que el entusiasmo del pueblo serbio con Kostunica se debía más a las ganas de sacarse de encima a Milosevic que al apoyo a un proyecto que, por otra parte, se ha demostrado hueco en el espacio y el tiempo.

En cualquier caso, Tadic anunció la captura y la entrega sin dilación del criminal de guerra al Tribunal de La Haya en donde se juzgan las causas de las guerras balcánicas. Si no hubiera habido tal rocambolesca historia con el Karadzic disfrazado y desconocido incluso para quienes convivían con él a diario, difícil se haría al gobierno de serbia explicar por qué no le habían entregado antes. Si confesaran que Karadzic ha estado todo este tiempo en Pale, disfrutando de la vida del poeta que dice ser –escribe poesía para los niños, como Gloria Fuertes- no se entendería el por qué de la entrega salvo como pago para iniciar las conversaciones de inclusión en la UE.

¡Ah! Que lo mismo es eso. Tadic, el europeísta, se saca de la manga a Karadzic, lo manda para La Haya y espera acontecimientos. Quizás le falte Mladic en el paquete, pero mejor mandar al ideólogo sólo protegido por los nostálgicos que mandar al que estaba en segunda fila que aún puede tener conexiones con los militares. Es un bonito cheque al portador pidiendo el ingreso en el club de Europa. El Consejo de Ministros de la Unión Europea, tras la detención y el anuncio de la entrega, sabe entender el por qué de estos movimientos serbios y se decide a hacer una declaración conjunta en la que se le felicita al estado serbio por sus esfuerzos y se le anima a seguir acercándose a la UE. Pero finalmente la declaración no es aprobada porque Holanda la paraliza. Para el gobierno holandés, que se vio inmerso en la matanza de Srebrenica por la que se va a juzgar también a Karadzic, no quiere hacer concesiones en esa torre de oro en la que se ha instalado cuando se habla de Bosnia, Serbia y todo lo que se les pueda relacionar. Para los holandeses, felicitar a Serbia por haber entregado a Karadzic es dar un paso atrás en su posición moral. Se han convertido en los guardeses de la moralidad balcánica asumiendo que, toda la moral que les faltó a sus cascos azules, la pueden recuperar ahora enrocándose más si cabe y haciendo política justiciera del espectáculo. Más les valdría superar sus traumas solitos y dedicarse a proveer las cárceles de La Haya de un sistema más seguro que evitara muertes tan sospechosas como la de Milosevic.

En este contexto, el Partido Radical serbio, nacionalista y admirador de la obra de Karadzic, ha vuelto a enarbolar la bandera del victimismo. Como dando la razón a aquel Kaplan profundamente etnocentrista que escribiera Fantasmas Balcánicos –y cuyo título domina esta serie sobre los Balcanes pretendiendo ser más irónico que fiel a la idea de Kaplan-, se justifican los crímenes de Karadzic aduciendo que “los croatas mataron más”, se manifiestan en Belgrado causando más destrozos que movilizaciones y amenazan de muerte a los dirigentes políticos que han tenido que ver en la entrega de Karadzic –lo que no es moco de pavo, ya lograron acabar con la vida de un Primer Ministro en 2003. No me extraña que la mayoría de la población serbia esté más harta que ilusionada o escéptica ante sus políticos. Seguro que si la población serbia viera cuánto pueden hacer juntándose un poco, sus políticos temblarían al ver cómo se les caen los mitos fundacionales de sus ideologías –y esto vale para los nacionalistas y para los europeístas.

Pero, pese a quien pese, Karadzic ya ha viajado a La Haya. En la misma noche de la manifestación, sin la palmadita de apoyo en la espalda de Tadic de la Unión Europea, guardando las formas en cuanto a su captura y encerando la sala del Tribunal en el que habrá de ser juzgado. Porque sí, asómbrense, todo esto se hace por y para la justicia. ¿Qué dónde se había quedado ésta? Eso mismo nos preguntábamos muchos desde hace tiempo. La tan famosa Carla del Ponte, fiscal que acusaba a Slobodan Milosevic hasta la muerte de éste, abandonó el Tribunal con la intención de denunciar lo que ha denunciado en un libro: que la Justicia de La Haya ni es justicia ni es nada. Que lo importante en ese Tribunal es guardar las formas de cara a la galería. Que los presos, supuestamente enfrentado por odios ancestrales –gracias, Kaplan- son íntimos y comparten cigarrillos y risas, que los procesos allí instruidos sirven más para limpiar las conciencias occidentales –Holanda, de nuevo- que para restituir a las víctimas.

¿A quién extraña todo esto? Que una Guerra Civil se transforme en un ridículo mundial al pretender juzgar los hechos en una base supuestamente imparcial, pero ajusticiando sólo a quienes perdieron la guerra –los dirigentes occidentales que tanto mal hicieron disfrutan de sus premios, conferencias y nominaciones-, es algo que no creo que sorprenda mucho. En Ruanda, otro lugar en el que se cubrió de gloria la Comunidad Internacional –signifique lo que signifique esto-, la lección ha sido más bien otra. Sus crímenes están siendo juzgados con ayuda de la antropología social, reinstaurando sistemas tradicionales de justicia tales como las Gacacas (pronúnciese Gachacas) y sin olvidar que cada sociedad tiene su propia manera de pasar páginas en sus hechos traumáticos. Si hacemos caso del fantasmagórico y equivocado Kaplan, la manera de ajusticiar en los Balcanes no es otra que dejándolo estar, asumiendo las pérdidas cada uno, victimizándose y vanagloriándose de cada derrota o victoria, y siguiendo con una vida llena de sentido. Quizás sea mejor manera que la de la justicia-espectáculo y las detenciones-mensajes que hoy vivimos y sufrimos. Pero seguro que sería menos ridículo.

miércoles, julio 09, 2008

Contrato con Dios, de Will Eisner

Kilgore Trout es un hombre. Pero también, y a la vez, es sólo un nombre. Es alguien mitad ficción, mitad real. Colmo de multitud de vicios. Es aquél a quien todo el mundo va a buscar cuando se siente aburrido de lo que lee. Y a veces se deja caer por este blog. Muy buenas veces. Desde su observación militante nos incita y nos invita a bucear obras que él ya ha conocido. Se piensa que es demasiado vago para comenzar un blog cuando, verdaderamente, lo complicado es mantenerlo. Cree que no tiene blog, pero en realidad él ya forma parte de este blog en tanto en cuanto introduce variables que modifican el comportamiento de los que aquí escribimos algo más que comentarios. Así, un día del mes de enero, Kilgore me dijo: “Yo terminé hace poco un gran cómic (o novela gráfica). A ti, situacionista, te gustaría mucho. El único pero es que es un poco caro”.

Las hormigas de fuego son unos bichos un tanto siniestros. Se diferencian de otro tipo de hormigas en que son muy agresivas y atacan en masa todo lo que se encuentran a su paso. Su gran número provoca que sea casi imposible acabar con el hormiguero. Pero tienen un gran enemigo mortal. Existe una mosca en su hábitat que ha evolucionado para atacar a estas hormigas. No se las come, pero las utiliza para otra cosa más importante que la alimentación: continuar la vida de su especie. La mosca, ataca a las hormigas insertándolas una larva en su interior. Esa diminuta larva va creciendo dentro de la hormiga hasta que logra hacerla morir y, finalmente, sale de su cuerpo convertida en una nueva mosca enemiga de las hormigas de fuego. Bien, Kilgore Trout es esa mosca. Y todos los bloggeros que nos cruzamos con él mirándonos los zapatos, las hormigas de fuego. [Leer completo]

Contrato con Dios, de Will Eisner

Kilgore Trout es un hombre. Pero también, y a la vez, es sólo un nombre. Es alguien mitad ficción, mitad real. Colmo de multitud de vicios. Es aquél a quien todo el mundo va a buscar cuando se siente aburrido de lo que lee. Y a veces se deja caer por este blog. Muy buenas veces. Desde su observación militante nos incita y nos invita a bucear obras que él ya ha conocido. Se piensa que es demasiado vago para comenzar un blog cuando, verdaderamente, lo complicado es mantenerlo. Cree que no tiene blog, pero en realidad él ya forma parte de este blog en tanto en cuanto introduce variables que modifican el comportamiento de los que aquí escribimos algo más que comentarios. Así, un día del mes de enero, Kilgore me dijo aquí: “Yo terminé hace poco un gran cómic (o novela gráfica). A ti, situacionista, te gustaría mucho. El único pero es que es un poco caro”.


Las hormigas de fuego son unos bichos un tanto siniestros. Se diferencian de otro tipo de hormigas en que son muy agresivas y atacan en masa todo lo que se encuentran a su paso. Su gran número provoca que sea casi imposible acabar con el hormiguero. Pero tienen un gran enemigo mortal. Existe una mosca en su hábitat que ha evolucionado para atacar a estas hormigas. No se las come, pero las utiliza para otra cosa más importante que la alimentación: continuar la vida de su especie. La mosca, ataca a las hormigas insertándolas una larva en su interior. Esa diminuta larva va creciendo dentro de la hormiga hasta que logra hacerla morir y, finalmente, sale de su cuerpo convertida en una nueva mosca enemiga de las hormigas de fuego. Bien, Kilgore Trout es esa mosca. Y todos los bloggeros que nos cruzamos con él mirándonos los zapatos, las hormigas de fuego.

Ese cómic que Kilgore había mencionado no era otro que Contrato con Dios. La vida en la Avenida Dropsie. Ciertamente, como la hormiga con una larva dentro, la recomendación había sido olvidada por mí. La sola mención al alto costo del cómic me hizo descartarla. Por entonces uno ya se había gastado todo lo posible en autoregalos navideños –es realmente dañino pasar por una librería en busca de un libro para regalar… todos serían perfectos para mí, supongo. El caso es que meses después, bastantes meses después de que ese comentario se me hubiera olvidado, aparecí en una librería de barrio frente por frente a la última novedad de la estantería de cómic: Nueva York, la vida en la gran ciudad. Atraído por lo que parecía un interesante cómic sobre la ciudad de los rascacielos abrí el libro por una página cualquiera. La escena, de dos chicos tratando de rescatar una moneda dentro de una alcantarilla, con un vagabundo al lado que bien parecía estar muerto, me dejó sin habla. No era el hecho en sí de narrar una historia aparentemente banal, aún a pesar del muerto. Era la combinación entre el trazo del dibujo en blanco y negro, la expresividad de los rostros que dejaban ver la alegría, la ilusión del dólar cazado y la incertidumbre, el miedo a la muerte que el hombre que será ese niño acaba de contraer al ver al vagabundo en estado catatónico.

El libro era de un tal Will Eisner que, para un analfabeto del cómic como yo, no significaba nada. Sin embargo, la pequeña larva comenzó a escavar para salir a la superficie. Will Eisner era el de Contrato con Dios. Y como si hubiera estado esperándome durante tanto tiempo en la estantería de la librería, allí estaba un único ejemplar, bien conservado a pesar de los meses. Se vendría conmigo y veríamos qué cosas teníamos en común Kilgore, Will y yo.

El libro es en sí mismo una trilogía. Contrato con Dios, que sería la primera parte y la que da nombre al libro completo; Ansia de vivir y La Avenida Dropsie. Es llamada la primera novela gráfica de la historia, publicada en 1978 tras varios rechazos editoriales y, sin lugar a dudas, la obra cumbre de Will Eisner.

Este dibujante criado en Brooklyn en una familia judía, decidió componer una obra donde se reflejara el Nueva York de su vida. Eisner nos enseña en cada una de las partes la extrema dureza vital de esa ciudad y sus gentes así como la inamovible felicidad que acompaña a esa dureza. La vida allí era un drama que a cada paso vislumbraba alegría, desesperación, optimismo y crueldad a partes iguales. El libro trata de ser una autobiografía del propio Eisner sin que él aparezca por ningún lado. Todos somos parte de aquellos con los que nos cruzamos. El lugar donde vivimos nos forja el carácter, nos ayuda a ser prevenidos y confiados según las situaciones y nos hunde o nos ensalza según la suerte con la que nos hayamos cruzado. Eisner lo sabía, y da muestras de ello.

La historia que se nos cuenta no es la historia de Nueva York, sino de una de sus pequeñas venas, la Avenida Dropsie. Situada en un barrio como Brooklyn, el microcosmos de Dropsie hace inteligibles los acontecimientos de la historia norteamericana por todos nosotros conocidos. Y también muchos de la historia mundial. Dropsie está poblado por gentes de diferentes etnias –judíos, negros, hispanos, italianos, irlandeses, etc.- aunque Eisner, como es lógico, nos muestra más historias de familias judías.

Hay libros que empiezan flojos para ir, poco a poco, creciendo en el sentimiento del lector. Sin embargo Eisner no disimula y capta al lector con todo su talento desde la primera historia, la que da nombre al libro, la del Contrato con Dios. Puede ser muy buena prueba para que sepa Ud. si le va a gustar el libro. Cójalo en una librería, abra la primera historia, la del rabino Frimme Hersh. Si no se estremece al contemplar el rostro de dolor del rabino mientras le chilla a dios por haberle abandonado, si la sutil manera de Eisner de llevarnos por el dolor de este hombre de buen corazón, ahora desgarrado, no le conmueve, cierre el libro y olvídese de emocionarse alguna vez en su vida. Eisner nos pone ante situaciones de extremo dolor dejándonos atrapados en la guillotina, salvándonos la vida por los pelos o asumiendo nuestra muerte como lectores al final de cada historia.

La historia del rabino centra la atención en el primer libro de tal manera que el resto, aun a pesar de su calidad y emotividad, nos deja fríos. Sin embargo, los otros dos libros que componen la trilogía levantan el vuelo por no verse herederos de dolor de Hersh. Ansia de vivir nos enseña una Nueva York en mitad de la crisis del 29. Desesperación, ese es el tema de este segundo libro. Los personajes que por aquí desfilan urden todo tipo de tramas para escapar de su destino apocado. Poco a poco, las historias individuales de cada uno de ellos se van entremezclando, con el discurrir del barrio. Unos conocen a otros y entre todos ellos componen la historia de un barrio que, como todos los barrios, sufre la Historia como un peso que le arrastra al fondo del río.

Mención aparte merece La Avenida Dropsie, el tercer libro de este volumen. En esta brillante obra, Eisner nos enseña la Historia genérica del barrio Dropsie, de Brooklyn. El llevar de los años provoca cambios poblacionales, étnicos, urbanísticos, sociales. Cada nueva variable introducida por Eisner modifica a los personajes, al barrio, a la globalidad del libro. Sin embargo, como bien nos enseña Eisner en esta visión de su vida, todo en realidad permanece inalterable. Los holandeses no quieren vivir al lado de los ingleses. Los ingleses quieren echar a los nuevos vecinos irlandeses, quienes terminan por reclamar la expulsión de los inmigrantes italianos, enfrentados por la llegada de judíos al barrio. Estos, curiosamente, son los únicos que no se enfrentan a nadie en toda la novela. Al menos como grupo social. Sí que se levantan todos frente a la llegada de la población negra. Aunque toda esta serie de quejas sociales termina siendo siempre sofocada por un atisbo de inteligencia, por una pérdida de miedo ocasionada por una crisis social –puede ser el crack del 29, pero también la guerra de Vietnam- que termina uniendo a todos los grupos sociales presentes en cada momento definiendo y redefiniendo la identidad del barrio una y otra vez.

Quizás sea esa la moraleja de este libro. Quizás, Eisner nos enseñe que es el miedo lo que provoca los males de ese pobre barrio. Cuando Eisner publica Contrato con Dios, Nueva York es una ciudad sin ley, dominada por los grupos mafiosos. Son los miedos individuales los que, según nos enseña Eisner, permiten a los malos recolocar al barrio, hacer de él lo que quieran y manipular a las personas a su gusto propio. Eisner señala sobre todo a los mafiosos, a los delincuentes, pero no me cabe duda de que en la ciudad de hoy, quienes señalan el destino del barrio no son sólo los criminales. Son los políticos y las ideas empresariales las que modifican nuestro entorno. Y Eisner tiene toda la razón a la hora de mostrarnos en el libro que, desde la voluntad de diálogo y la unidad de los vecinos, nadie puede acabar con lo que todos hemos construido.