miércoles, diciembre 31, 2008

Los libros de 2008


Lo quiso así el destino y nos sentó en la misma mesa –o deberíamos decir barra- a mi librero, a J. D. Salinger y a mí mismo. Los tres sentados y discutiendo justo el día en que Salinger cumple 90 años. Números redondos. Y justo el día en que un editor anónimo nos deja un comentario en la magnífica entrada sobre un cuento de Salinger que en verano nos regaló Ottinger en este mismo blog. Quiso la casualidad también que el amable editor comentarista y anónimo nos preguntara la manera de contactar con el genial escritor norteamericano para materializar una futura edición en castellano de sus libros. Un gran reto este, sin duda, pues es bien sabido que Salinger no concede entrevistas desde 1980 y que su última publicación data de 1965. Eso sí. Que no publique no significa que no tenga blog. Incluso cabe la posibilidad de que escriba a diario sin, además, necesitar blog ni comentarios agudos de nicks raros o evidentes. Sea como sea, y esto lo sabemos porque Salinger mismo lo dijo en su día, la obra del autor norteamericano sigue creciendo a diario pues no ha parado de escribir. Su trabajo está profundamente bien editado y delimitado. Sobre la mesa de trabajo descansan dos pilas de cuadernos, unos azules y otros rojos. La clasificación por colores corresponde a aquellos textos que habrán ser quemados el día de su muerte y aquéllos que podrán ser publicados cuando él ya no esté entre nosotros.

Como es de mala educación desearle la muerte a alguien, y más cuando nos ha regalado grandes momentos con su trabajo –aunque lo consideremos escaso-, habrá que conformarse con lo que sí se puede leer y editar. Así se ha hecho esta entrada, buscando los libros editados en 2008 –año que se nos va para siempre-, que quisimos haber leído nada más salir al mercado pero que, por unas cosas o por otras, no se han podido leer. He buscado y rebuscado en la biblia un número mágico que me sirviera para hacer un Top X, pero al final me he quedado con la originalidad de proponerles un libro para cada mes del año 2009 –el que viene, apúrense. [leer completo]

jueves, diciembre 18, 2008

¿Por qué haces esto?, de Jason

Lo negro está de moda. No, no nos referimos a la victoria de Obama –que está por ver que vaya a hacer algo- sino a la novela policíaca. La novela negra. Una muerte es un hecho sobre el que puede girar la mejor y la peor de las historias. Da la posibilidad al autor de reflexionar sobre la vida de sus personajes, sobre las diferentes maneras de vivir y sobre el hecho mismo de la muerte. Un espejo frágil que separa ambos estados facilita la reflexión. Sin embargo, el hecho mismo de quitar la vida a alguien, de eliminar con un solo y terrible acto todas las esperanzas, ilusiones, planes y problemas de una persona, eliminar los planes de tantas y tantas personas para con esa víctima, permite reflexionar también sobre la capacidad del ser humano para crear y destruir el mundo en el que vive.

Un asesinato es, por tanto, un buen motivo para una novela. Sobre él giran tantas y tantas cuestiones que posibilita casi cualquier reflexión y mensaje. Grandes autores de la literatura occidental dejaron una huella imborrable con novelas negras. Los asesinatos y terribles crímenes fueron la excusa para la crítica social y moral de su tiempo. Raymond Chandler, con su detective duro y malhablado, G. K. Chesterton, son sus personajes al margen de la sociedad victoriana, Edgar Allan Poe, con sus relatos llenos de misterio. Nombres que todo el mundo conoce o debería conocer pues, en su ámbito, nos llenaron los cerebelos de balas traicioneras, jeroglíficos imposibles de resolver y deducciones lógicas que jamás parecerían racionales a ojos del sheriff del condado. [Leer completo]

miércoles, diciembre 17, 2008

Mucho look y pocas nueces

A unos escasos meses de comenzar su tercer año, la situación del espectáculo -ahora con minúsculas- se lava la cara un poco. Es la quinta plantilla en todo este tiempo. Las dos primeras proporcionadas por blogger y las tres siguientes obtenidas por el mundo de internet y previamente modificadas por este que suscribe. Poco a poco todo viste un pelín mejor de lo que parecía. La casa necesitaba un cambio, y decidí no esperar al nuevo catálogo de la tienda sueca. La nueva plantilla tiene de base la utilizada para el proyecto hermano de El Señor Kurtz así que no debería causar problemas a todos aquellos que visitais el blog -aunque se agradecerán las advertencias. Para los que lo leen mediante el reader o diversas aplicaciones de suscripción, los cambios no afectarán en nada. Pero corran y tecleen la dirección completa en sus flamantes buscadores, así verán de qué novedades les hablo.

Las ovejitas ahora corren hacia otro lado. Han estado a punto de ser sacrificadas para la cena de Navidad del blog, pero me miraban con ojos tan tiernos que no he podido cometer tal crimen. Quizás en unos días, con algo más de tiempo, me de por añadir algún detalle más, pero la base definitiva es esta. Todo lo definitivo que puede ser un blog que cambia de aspecto más que entradas publica.

El subtítulo del blog sigue siendo el mismo. La compostura metodológica del situacionismo que, aunque no lo parezca, abraza este blog, no ha cambiado. El menú es básicamente el mismo de siempre y la mayor novedad que existe es que se ha desterrado el color granate -¿a dónde habrá ido?-, dejando predominar al negro y al blanco junto con algún gris.

En definitiva, cambiarlo todo para que todo siga siendo igual. Pasen y vean.

- Actualización a 25 de Febrero de 2009-

Por lo visto, ya sabemos a dónde se fue el color granate. Esperamos que le vaya bien dando lustre a esos zapatos.

martes, diciembre 09, 2008

Bocata di cardinale

Es una afición muy española el criticar hacia todas partes sin saber si quiera de lo que se habla. Muchos dicen que la función de la crítica consiste en saber discernir lo que es arte de lo que no lo es, lo que es buena literatura de lo que es un folletín ingobernable, o lo que es una tortilla de patata de un plato con patata cruda y huevo con plumas que se la come.

Sin embargo en este ámbito, como en tantos otros, los escritores de blog –esos aficionados- terminan por copar la red de sus reseñas y opiniones, obligando al curioso que busca información sobre cualquier cosa, a llegar a un crítico de verdad tras haber pasado por varios blogs de mierda. Esto exaspera a los críticos de profesión, con una formación de base y de clase alta y a los que se le supone unas grandes dotes artístico culinarias que no han podido demostrar nunca. Sea como fuere, los blogs existen y desde ellos se hace la crítica y la opinión de todo cuanto acontece en este florido mundo. Y a quien no le guste, que no mire.

Llegados a este punto, por qué no decirlo, la idea de esta nueva serie de entradas dedicada a la crítica gastronómica o a algo que se le parece, viene asentada quizás en aquella otra idea propuesta por un situacionista que aún no decía serlo en la joven redacción de una revista que jamás vería la luz. El fancine, si es que se podría llamar así a la publicación que, según sus perpetradores, iba a dominar el mundo de la comunicación para los próximos once años y medio –más no, porque éramos realistas-, iba a contar con una sección de crítica de botellones en donde se evaluara la categoría de los parques matritenses para acoger tal costumbre juvenil. La metodología era bien clara. Había que escoger ciertos criterios objetivos como la cercanía de una tienda de chinos donde poder proveerse, la presencia o no de contenedores de reciclaje adecuados y un largo etcétera junto con otros mucho más subjetivos tales como el ambiente de diversión –ahora lo llamarían de tolerancia- que había en el susodicho parque o el nivel de calidad de los baños callejeros improvisados –generalmente una pared para ellos y los contenedores de reciclaje antes mencionados para ellas.

Pero en esta nueva sección del blog –a ver lo que dura- mandamos a hacer puñetas las metodologías y los criterios objetivos y subjetivos. Si por algo nos caracterizamos es por la inconstancia y la no perseverancia –hubiera encontrado un antónimo pero ya saben…- así que no nos da vergüenza decirlo: las críticas gastronómicas serán sólo responsabilidad del criterio y de la mala leche que uno lleve cuando come allí o cuando escribe. Arremanguémonos y pongámonos entonces, y nunca mejor dicho, manos a la masa.

Anclado en mitad del valle del Cinca, río aragonés, y por lo tanto en la provincia de Huesca, el pueblo seleccionado para la ocasión fue Monzón, o también conocido como lluvia que sube en vez de bajar. El proceso de selección fue duro, arduo y peligroso, pues conduciendo por la N-240 uno se encuentra infinidad de pueblos antes de llegar a Monzón. Tantos que aquello ya parece un juego entre uno mismo y la DGT, porque desde que se coge el desvío aparece la palabra “Monzón” avisando al viajero de que se acerca a él y sin embargo, cada pocos kilómetros, se añaden más y más nombres de pueblos de los que uno nunca ha oído hablar –y que conste que no hemos sido nunca duchos en geografía aragonesa. Un añadir y añadir ad infinitum que lo único que hace es demostrar la teoría de que para ir a algún sitio, hay que tener un buen motivo que lo justifique o saber contar historias por el camino.

Cuando se llega al pueblo lo primero que se percibe es el castillo. Una gran mole de piedra que tuvo que resultar impresionante en algún momento y que hoy parece asediada por sus propios ciudadanos rurales. Allí, recogiendo sus faldas cual señorita atosigada por ratones, el castillo pasa sus días sin pena ni gloria. Si se intenta subir a él, es probable que se encuentre con un señor con un hacha. Aunque esto, no cabe duda, es una exageración y desde aquí se asegura que no se puso nunca un énfasis especial en ascender tras descartar desde lejos la existencia en el castillo de un restaurante, de esos que giran.

Como la hora apretaba y el hambre apremiaba, la búsqueda de alimento se convirtió en la principal causa del deambular por las calles monzoneras. Un día 8 de Diciembre, y celebrando la Inmaculada Concepción de María, buscar ambiente de rastrillo por las calles del casco histórico era pedir peras al olmo, pero tanto como ser los únicos paseantes del pueblo fantasma, clamaba un poco al cielo. Monzón debe ser la ciudad más desierta a las tres de la tarde después de Lugo.

El olor a churrasco inundaba las fosas nasales y animaba los jugos gástricos y se topó con el primer local de comidas: El rincón encantado. Decorado en su entrada con un cartel con duendes que hacían el honor del nombre, pronto uno se dio cuenta que el encantamiento iba a ser más del pensado. Entrando directamente, sin recibidor, en una sala ni pequeña ni mediana en donde varias familias comían a gusto el segundo plato y todos los ojos se quedaban mirando al nuevo cliente con la expresión bien definida: “llegas demasiado tarde para que te sirvan para comer”. Con vacilación pero tratando de mostrar una seguridad en uno mismo como cuando tras caerte por las escaleras te levantas fingiendo que lo has hecho apropósito, que tú bajas así, nos acercamos al mostrador. Tras unos minutos jugando al escondite con la camarera y el cocinero –que a juzgar por los platos sin recoger en mesas cercanas a la barra hacían un rato que no salían a atender a los clientes- se opta por salir del restaurante con cara de indignación, que siempre es un buen escudo para soportar los bochornos. Dignidad, ante todo dignidad.

Siguiente objetivo, ya más real pues nadie te va a dar de comer a las tres y pico, un bar de bocatas. Y allí ante los ojos se mostraba el Bar Alaska. Ya el nombre echa un poco de incertidumbre, pero los ánimos se han visto reforzados ante la devaluación de los objetivos. Ya no le pedimos peras, sino simples sámaras alimenticias. Cargado de humo, el ambiente no es familiar precisamente. Dos hombres acodados en la barra parecen discutir de algo que es interrumpido con el crujir de puerta. Otro, volcado sobre su café como si fuera la frase de Cristo que lo fuera a levantar tras los ocho o diez cubatas mañaneros, observa con cara de pocos amigos a los nuevos habitantes. Finalmente, armados nuevamente con el valor que sólo da el hambre, uno de nosotros se acerca a la latina camarera y le pregunta directamente:

“¿Cómo va la cosecha de mijo este año?... digo… ¿tenéis bocadillos?”

“Este bar no es lo suficientemente grande como para tener bocadillos para todos, forasteros.” Es decir, que no, que no tienen.

Saliendo por la puerta que aún sigue dando bandazos giratorios, nos dirigimos por las desiertas calles del centro a una taberna con pinta de bar de copas. El hecho de que esté abierto ya de por sí invita a un desmesurado optimismo, y cuando se ve por fin una máquina de café, se piensa que quizás jamón y queso puedan tener. El olor a carajillo se impregna en la ropa de quienes lo visitan y las miradas de curiosidad desafiante vuelven a la nuca y a los ojos de los visitantes. Como ya se tienen unas tablas, se pregunta directamente y sin intermediarios al camarero jefe, identificado por llevar un paño de cocina al hombro con el que seca lentamente uno de los vasos de café. Tampoco tienen bocadillos, pero da las señas de un lugar donde, nos aseguran, tienen unos excelentes y, además, si nos empeñamos nos hacen un plato combinado y todo. “Está en la segunda calle a la izquierda y luego a la derecha y se llama El Trébol.” ¿El Trébol? ¿Tendremos suerte?

No ha sido difícil llegar. En realidad está casi frente por frente al Rincón encantado y no entendemos cómo no lo habíamos visto antes. Desde fuera, se puede ver un enorme trébol verde de cuatro hojas decorando la fachada. Todo apunta a un buen bocadillo, pero al entrar, y tras haber escarmentado, las ilusiones se tornan dudas. Un paisano lee el MARCA del día anterior sobre una de las dos mesas que se ven desde la puerta. El jefe habla con él a grito pelado desde la barra cuando entramos nosotros y le preguntamos con voz de niños recomendados “¿Tienen bocadillos?”. Sí. Nos dice. Un solo y seco sí ante el cual esperamos unos segundos en silencio para dar la posibilidad de que nos ofrezca una carta. Visto que no tiene intención de eso preguntamos qué clase de bocadillo podríamos pedir, aunque a las alturas a las que estamos podríamos habernos comido hasta uno de chapas de cerveza.

Sorprendido por la pregunta, el jefe se lleva las manos a la nuca. “Bufff”, suspira. Hay de muchos tipos, nos asegura. Y mirando por encima la única mampara de cristal que hay sobre la barra nos recita aquello que va viendo. Butifarra, jamón, chorizo, tortilla de patatas. Y mirando hacia el cielo, siempre con la nuca rascada por su mano, continua haciendo memoria. Lomo, bacon,… “Lomo estará bien”, le decimos. “¿Con queso?”. Por supuesto que lo pedimos con queso, y satisfechos nos acercamos a la mesa junto a la del lector del caduco MARCA. Mientras nos preguntamos por qué no tendrá una lista impresa de los bocadillos que hace la casa para facilitar la labor de elección, nos topamos con un cartel más grande que el mapa de España que comienza con el alegórico título de “Bocadillos” y continua con una lista más bien grande de sutilezas culinarias que bien nos podrían haber ayudado a elegir. Pero más vale bocata de lomo en la mano que hamburguesa volando.

Apenas nos hemos sentado y el jefe, que se ha vuelto cumplidor, nos pregunta si queremos tomate en el pan. Las papilas gustativas dicen sí y nosotros también. No han pasado 5 minutos y ya tenemos en nuestro poder sendos bocadillos de lomo a la plancha de media barra de pan bueno con queso fundido y tomate restregao. Lo regamos todo con un refresco y un tercio de cerveza. Sólo echamos en falta quizás alguna que otra servilleta de más. Pero el pedirlo no ocupa lugar y si no lo hacemos es más por no perder de vista el plato que por pulcra dejadez. El bocadillo tiene sabor y, mientras se mantiene frío, uno lo come con gusto. Ya a temperatura ambiente es el hambre el que se deja llevar y quien acaba de una vez por todas con la media barra de pan y de rico queso fundido. Un cortado corona la etapa reina del día y nos hace ser partícipes de la discusión sobre la última asamblea del Real Madrid y la visita del Atlético a Marsella. Total: 11€ y la sensación de que en todos sitios cuecen habas y que donde estén los bares de barrio que se quiten los restaurantes de Michelin.

Acabados los manjares, atasco en la Nacional, y vuelta a los hogares.

lunes, diciembre 01, 2008

La canción de los 5$

Hace tiempo de Jazz, no me lo negarán Uds. La crisis es el momento alto de las grandes revelaciones artísticas. Pero como ahora el arte sólo se estima en cuanto a su valor, y las casas de subastas quiebran y no encuentran con qué financiar obras absurdas o no tan absurdas, pues habremos de recurrir al viejo arte de las canciones populares.

La canción de los cinco dólares no es otra que When the Saints go marching in. Asociada en mi infancia a varias películas de esas en blanco y negro, fue una melodía que siempre tarareé hasta que perdí la irracionalidad. Esta es una de esas canciones míticas del mundo del Jazz que sin embargo no nacieron en este ámbito. Fue en el hermano Gospel donde la melodía se hizo apreciada como himno de funerales. Sí, han leído bien, When the Saints go marching in es una marcha fúnebre con tremendas referencias en su letra original hacia el Apocalipsis.

En un vistazo a la letra vemos cómo quien la canta afirma que quiere ir con los santos el día que estos marchen. Hay referencias al eclipse de Sol y de Luna que habrá de llegar justo antes del juicio y, por supuesto, la trompeta del Arcángel Gabriel también es protagonista. Para tener una estructura repetitiva, dice muchas cosas ¿no creen?

La pieza fue arreglada por Louis Armstrong –todos en pie, por favor- en clave de Jazz, algo que, al parecer, enfureció y escandalizó a su hermana por tratarse de un himno religioso. Durante los años 30 del pasado siglo, el gran Louis se hartó de cantarla y cantarla con su divertida trompeta y pasó lo inevitable en la época. Todos se sumaron a la canción y contribuyeron a su difusión. Existen infinitas versiones de la canción. Tantas como veces se ha tocado, pues no es una pieza complicada de hacer propia. Tanto se popularizó que se cuenta que los músicos populares de Nueva Orleans que tocaban en los locales de la ciudad pedían un dólar por tocar una canción calificada de habitual, dos dólares por peticiones extraordinarias y cinco por tocar When the Saints go marching in por ser tantas las veces que se la pedían. Aquí mismo les ponemos la versión más formal de Louis Armstrong.




Pero además de Louis y además del Jazz, otros se han atrevido a arreglarla para el mundo del Rock n’ Roll. En un paseo por la web de videos podemos encontrar al mismísimo Boss cantando en grupo, a Jerry Lee Lewis con su piano durante una entrevista con la BBC, a JJ Johnson, a Pete Fountain –muy divertido juego con su batería-, o al propio Bill Haley quien, al frente de sus Comets, realizó una versión exenta de toda referencia religiosa para adaptarla definitivamente al Rock de la época.

Como ocurre con las canciones populares, se adopta como himno para cosas que no fue pensada. Cuando en 1966 se funda en Nueva Orleans, cuna del Jazz, el equipo de fútbol americano que competirá a nivel nacional, se le pone como apodo el sobrenombre de Saints, por lo que adoptan la canción como santo y seña del equipo. También el ejército del racista estado de Rhodesia, en el territorio de lo que ahora es Zimbabue, abrazó sus acordes como seña de identidad, pues eran conocidos como los santos.

En definitiva, aquí les dejo con otra versión del gran Louis Armstrong, poco ortodoxa pero bien divertida, que grabó para la película The Five Pennies junto con el gran humorista Danny Kaye. Digna de disfrutar en buena compañía y rica cerveza. ¿Quién se apunta? Pasen y pídanse lo que gusten.




miércoles, noviembre 26, 2008

Tú mira para otro lado

Cuando abrí el blog y me decidí a colocarlo en esos sitios donde se registran los blogs para no se sabe muy bien qué, me dispuse a rellenar varios interminables cuestionarios. En todos ellos había que compartimentar el blog en alguna categoría y, por deformación profesional, siempre terminaba señalando la casilla de política. La Situación del Espectáculo no es un blog exclusivamente político ni un referente en esta línea como lo pueden ser otros, pero sí busca dar una mirada diferente sobre las cosas de la política que nos encontramos por ahí. En concreto, hablar de la política como espectáculo, tal y como decía Guy Debord -y quien lea a Debord y le comprenda que levante la primera piedra.

El caso es que en todo este tiempo he tratado de evitar una palabra muy de moda: crisis. Pero este tema ha llegado a situaciones de extremismo espectacular. Así, en esta crisis-espectáculo, el Gobierno de España ha terminado por ofrecer dinero a los bancos y cajas para reactivar una economía supuestamente en moribundia. De todos es sabido que tenemos una relación esquizofrenica con los bancos, pues les damos nuestro dinero para que no se lo presten a gente como nosotros. Pero aún así, el Estado, es decir todos, les da un dinero al 3,37% de interés -una buena cantidad de dinero, no se crean- para que así las personas como Ud. y como yo podamos pedir prestado a esos bancos nuestro mismo dinero. Bueno, Ud podrá, yo sin embargo -y con él- como tengo un expediente en el Banco de España tan grande y predecible como una novela de Prada, me temo que tengo limitada mi capacidad de endeudamiento.

El caso es que estos préstamos que le concederán a gente como Ud. vendrán directamente de un cajón de la caja registradora del banco o caja. Este cajon habrá sido rellenado, al 3,37% de interés, por las arcas de un Estado al que Ud. y yo -y de esto ya hemos hablado- aportamos dinero contante y sonante con nuestra declaracion de hacienda o nuestro llenar de depósitos. Es, en definitiva, nuestro propio dinero el que estamos pidiendo prestado. Pero la diferencia consiste en que no nos lo dejan al 3,37% al que nosotros se lo hemos prestado, sino que el dinero, tras pasar por ese cajón donde el Estado lo ha depositado, ha aumentado de valor milagrosamente. Como alguien tiene que pagar las operaciones de los bancos y los gastos asociados, el dinero nos lo prestan a un tanto por ciento ciertamente un tanto elevado.

Así, nos cuentan, el sistema financiero no sufrirá un colapso. Colapso que, nos vuelven a contar, terminaría por arrastrar hasta los más asentados cimientos de la sociedad en que vivimos. Sería el caos y la Guerra Mundial, y eso no nos va. O nos va mal. Sin embargo, ¿es la manera lógica de actuar para atajar la quiebra de un sistema tan complejo como el sistema bancario?

Analicemos lo que es un sistema compleo. Un sistema complejo, de manera simple, es una máquina en donde se introducen in-puts, cientos de piececitas se mueven por culpa de ellos, toman decisiones interrelacionándose entre ellas y producen out-puts. En el caso del sistema bancario, los out-puts podrían ser los productos financieros con los que un país como España, vinculado al sector servicios, se mueve en su día a día. Pero en estas, llega la crisis-espectáculo. Más preocupada por salvar la cara ante los medios y que se tranquilicen los miedos de los inversores que por solucionar los problemas reales del sistema bancario. Dicho sistema, termina por ver dañada su confianza y solicita ayuda al Padre de todos los Padres: el Estado.

Podría venir esa ayuda en forma de regulación que modificara el sistema bancario haciéndolo más fuerte. Pero en esta manía esquizofrénica, lo que decide el Estado es aumentar la confianza en el sistema bancario invirtiendo directamente en él. Piensa que si los inversores ven que el Estado es capaz de gastarse un dinero que no tiene, y en tiempos de crisis, en una entidad, todos se lanzarán a perder sus miedos y a invertir de nuevo su dinero como si aquí no hubiera pasado nada. Sin embargo, lo que realmente está haciendo el Estado es mandar a la mierda a todo ese sistema complejo que es el bancario, organizando una línea directa desde la pestañita de los in-puts a los out-puts que no pasa por las líneas normales y que, aún así, produce los mismos caros out-puts que producía el sistema por sí mismo. No solucionando absolutamente nada, sino manteniendo los problemas como estaban.

Con todo, los señores directivos de los bancos deben de pensarse que somos imbéciles. Bueno, no deben de pensárselo, lo saben con seguridad. Tienen el miedo de que aceptar el dinero del Estado nos lleve a pensar que están en una situacion de quiebra y, por lo tanto, corramos a sacar nuestros ahorros de dicha entidad. Por mi parte, prefiero que quiebren los bancos. Bueno, no todos. Sólo aquéllos con los que tengo relación contractual. Si quebraran, que se queden con mi dinero, ya que mi saldo supera con mucho a mi deuda y, por lo tanto, podría decirles aquello de "ni pa'ti ni pa'mí". Y todos tan contentos. En su intento por disimular, Caja Navarra ha sacado en un video a dos de sus directivos simulando una operación bancaria que explicaría en lenguaje llano y no económico -vamos, de ese que utiliza la señora que va en chandal al mercado- el por qué de la operación. Aquí abajo les reproducimos el video, que no tiene desperdicio. En especial cuando el directivo nº2, que hace las veces de comercial de la Caja le pregunta textualmente al directivo nº1, que hace las veces de cliente "¿Cuánto me vas a cobrar por tu dinero?". Es decir, cuánto va a cobrarle el cliente al banco. Lo nunca visto oigan. Al final habrán de ponerse en la puerta de las Iglesias, los chavales no hacen más que pagar y pagar y no les llega para final de mes.




Como no quiero dejarles sin un análisis más complejo de la situación, aquí va otro video mucho más trabajado, que explica muy bien la coyuntua (sic) de la situación económica internacional y que merece muchísimo la pena. Se van a reir un muchismo.



lunes, noviembre 10, 2008

La confabulación

Tengo un coche. Un Renault Clio, de los modernitos, de color gris claro. El color venía de serie, vamos que no me lo dieron a elegir. Tiene 85cv y el fabuloso invento del regulador de velocidad –a San Cucufato pongo por testigo que no volveré a pisar el acelerador por carretera. Al Clio lo llaman el mata pijos, pero yo les juro a Uds. que ese niño rico ya tenía mala cara antes de que yo le atropellara.

Como todos los coches, tiene mote. No se lo he puesto yo, sino una compañera de trabajo y, por razones obvias para todos aquellos que lo han visto, al mío lo llaman “La Mosca”. No sé a cuento de qué se le ponen apodos a los coches. O, mejor dicho, por qué se le ponen motes a los coches y no a las tostadoras, por ejemplo. La tostadora que hay en mi casa la podríamos llamar la frígida, porque no se calienta ni arrimándola al fuego. Yo le voy a empezar a poner mote a todo aparato que utilice con asiduidad. Al mp3 le voy a llamar “El indescifrable” porque siempre que meto un disco nuevo [guiño, guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño, guiño], el tío no me reconoce los nombres de los artistas y al final termino escuchando lo que le da la gana. Y al móvil lo voy a llamar “Bismark” porque, sobre todo entre semana, da más guerra que en el 14. Que me van a borrar el nombre de tanto usarlo, carajo.

Bueno, pues con “la mosca” hago mis pinitos. Lo utilizo para trabajar y para ir de la ciudad donde vivía, al pueblucho en donde trabajo. Amén de otros menesteres más inconcretos, claro. En tres meses ya le he hecho 10.000 kilómetros y, he calculado, que para cuando acabe de pagarlo le habré dado la vuelta al velocímetro unas dos veces y media (sic). En todos esos kilómetros recorridos nunca he tenido problemas. Hasta el 15 de Octubre, fecha en que me pusieron una multa.

He de señalar en este punto de la entrada, que el_situacionista que esto firma tiene, en sus 10 años de carnet –hostia, que tengo que renovarlo ya- un inmaculado expediente. Ni una sola multa por mal aparcamiento si quiera. Ni un solo golpe mal dado por culpa suya –siempre me envisten cuando estoy en los semáforos o bien aparcado. Y tan solo le hice un raspón a mi primer coche cuando, acuciado por las prisas y animado por mi bisoñez al volante –debía llevar un mes conduciendo sin ese señor bajito con halitosis que me daba clase-, caí en la conspiración del constructor del parking de Tribunal, en Madrid. Una marca blanca en la puerta trasera izquierda dejó constancia del beso apasionado de una columna. Pero no se preocupen, el coche estaba tan hecho polvo que asumió sus penitencias y en un mes más el blanco raspón se convirtió en rojo cereza. Estuvimos pensando en amputar la puerta, pero preferimos esperar a que se gangrenara.

No fue la primera vez en que un parking me jugó una mala pasada. De nuevo las prisas y la indecisión me hicieron estar a punto de la catástrofe en el subterráneo de El Corte Inglés de Castellana. Ahí no pasó nada porque la providencia no quiso, pero podía haber pasado y gorda. Y para más inquina con un coche que no era mío, era prestado. Entre maniobra y maniobra, fruto de haber elegido mal el sitio para aparcar, terminé atascando el coche entre dos paredes, justo en la mitad de una bajada de una planta a otra, viendo con toda tranquilidad cómo podía haber sido arrollado sin rubor por cualquier pobre cliente que decidiera que el parking P2 era demasiado explícito para él. Angustiado, como sólo estas cosas angustian, hubo un momento en que decidí plantar el freno de mano y subir a buscar a cualquier operario del parking, a ser posible con grúa, para que se llevara el coche a donde le diera la gana, porque estaba claro que yo no sabía qué hacer con él. La vergüenza torera que acompaña a todo buen conductor –en especial este orgullo matritense que te dice para tus adentros “por los cojones”- me hizo desistir de solicitar ayuda y se terminó resolviendo la situación con un aparcamiento de libro, en la plaza elegida y sin ningún raspón para el coche prestado ni los adyacentes. Parking 1; situacionista 1.

Junto a esta habilidad para evitar golpes, me caracteriza la facultad de evitar el verde oliva y el azul mar de fondo que dirigen los tráficos. Jamás he tenido nada que ver con un municipal y la única vez que me crucé con un guardia civil por la carretera fue para que éste me hiciera un examen de alcoholemia a las 3 de la madrugada y en mitad de la M-40. Examen, por supuesto, que se saldó con una victoria apoteósica del situacionismo frente a los guardiacivilistas.

Hubo eso sí, no lo voy a negar, un conato de encuentro nada más comprarme yo el Clio. Caminaba distraídamente, comprobando la capacidad motora de mi vehículo cuando, al pasar por un carril de aceleración, salió un coche de la benemérita. El canguelo fue común entre todos los coches que pasábamos al mismo tiempo por allí, pues todos nos mirábamos por los espejos retrovisores pensando quién sería el afortunado cazado. Yo ya me imaginaba parado en la cuneta, como cualquier delincuente, con la sonrisa del solitario en el rostro y cagándome en el cuerpo. “Total –me dije- si me van a multar por lo menos me lo paso bien”. Pero debe ser que los dos agentes de la ley se dieron cuenta de lo bien que me lo iba a pasar con ellos y decidieron finalmente parar a otro conductor, sin duda mucho menos divertido. Guardia Civil 1; situacionista 1.

Pero las cosas cambian, y hace un par de semanas me llegó una carta certificada. Curioso sobre el que te envían los de tráfico. Pareciera uno normal, pero justo a la izquierda del nombre, en lugar de tener papel de sobre, tiene uno de esos papeles negros, como de rasca y gana. En principio lo hacen para que nadie pueda ver qué tipo de multa te llega. Ni si quiera al trasluz. Pero yo creo que lo hacen para animarte a abrir la carta. “¿Qué habré ganado? ¿Un apartamento en Torrevieja? ¿Un lote de productos cola-cao? Uf, espero que no sea la vajilla”. Pero no. 100€ de multa por haber rebasado los límites de velocidad. Sin retirada de puntos, porque al parecer has de ir muy deprisa para que te quiten puntos.

A partir de ahí pasé por todas las fases psicológicas del conductor multado. A saber.

1. La negación. ¿Yo? ¿Una multa? Será un error.

2. La aceptación. Mierda, pues es mi matrícula, sí.

3. La suspicacia. A ver, a ver si era yo el que conducía.

4. La nueva aceptación. Pues sí, ese es mi cabezo seguro.

5. El perfil de abogado. ¿Pero seguro que esto es legal? ¡La recurro!

6. El perfil del economista. Anda, pero si pago en menos de 30 días me cobran sólo 70€.

7. La frustración. Serán hijosdeputa que ponen los radares para pillar.

De manera que con el papelito en la mano, me dirigí a la sucursal más cercana dispuesto a claudicar ante la Administración. En la cola del pagar ya me leí más detenidamente el modo de empleo de la multa. Al parecer, ponía el kilómetro exacto en el que me la habían puesto. El 141 de la A2 dirección Madrid-Barcelona, provincia de Soria. La curiosidad se desató en mí y, en el siguiente trayecto que hice por el mismo recorrido, no dudé en estar pendiente del kilómetro 141. La verdad, ardía en deseos de saber cómo de bien habían escondido el radar que yo no lo había visto. “Hmm, pensé, más listos que yo no lo serán”. Iba a tener un dato de esos que compartir con los demás conductores. Ya saben. “Tened cuidado en el 141, que hay escondido un radar y los mamones no avisan”. La confabulación de Tráfico contra mi persona no iba a quedar impune. Serían 70€ pagados por mí, pero amortizados por todos aquellos conductores a los que mi advertencia les impediría caer en la trampa. De nuevo la balanza se inclinaba a mi favor. Tráfico no contaba con que yo tenía un blog, un arma estupenda para contraatacar su abuso de buena fe. Y, finalmente, hace dos viernes me crucé con el kilómetro 141. El fatídico kilómetro en donde Tráfico no es que tenga escondido un radar, es que tiene un radar bien grande, avisado por un cartel de proporciones desproporcionadas un par de kilómetros antes. Y lo único que queda es claudicar. Asumir que se es gilipollas por no haberlo visto cuando has pasado por ahí como unas veinte veces desde que te compraste el coche y esperar. Sí, esperar. Porque aunque esta vez hayan ganado ellos… ¡se van a enterar!

Guardia Civil 2; situacionista 1.

jueves, octubre 30, 2008

Science Fiction

Algo ocurrió. A mi casa llegó el hijo de los vecinos, asustado y nervioso. Su padre había salido de casa corriendo tras escuchar en la radio una extraña noticia. Su madre no paraba de llorar desde que intentó evitar que su marido marchase. Decidí ir a su casa, al otro lado de la alberca, y cuando entré un fuerte olor a miedo me invadía el estómago. Le pregunté a la Sra. Watson, que así se llama, a dónde había ido su marido y qué le había hecho salir tan apresuradamente. Pero sólo encontré sollozos.

Cuando salía al porche en busca del aire que me faltaba dentro vi a Thompson, el mecánico de la granja de los Watson. Thompson era negro de nacimiento, tan negro como las profundidaes de un pozo. Pero en aquel momento parecía haber visto un fantasma y su rostro, lo suficientemente pálido como para sentarse en la parte delantera de un autobus, delataba que algo inquietante estaba sucediendo en el pueblo. No me quiso decir nada, sólo se ofreció a acompañarme a donde estaban yendo todos los hombres, a la pradera Picock. Dudé, poniendo como excusa al niño asustado de los Watson, pero finalmente me vi obligado a no rechazar la invitación de Thompson.

La pradera Picock estaba cruzando el río. Por el puente, un fuerte olor a ácido subía desde el río. "Thompson, ¿no lo huele?", le pregunté. "Sí... ha sido eso lo que lo ha hecho, ha sido eso", me contestó. Junto al olor ácido, un fuerte calor se desprendía de la ribera. Y el miedo no hacía sino incrementar.

Según nos acercábamos a la multitud, ya vista desde una cierta lejanía, nos encontrábamos con hombres de todas las poblaciones cercanas con cara de horror y desconcierto que caminaban en dirección contraria a la nuestra. Cuando llegamos al lugar del suceso, Thompson me dijo que ya no me acompañaba más. "Aquí me quedo, Señor... yo no vuelvo a pasar". Decididamente solo, no podía obligarle a acompañarme más allá de sus miedos. Los pies clavados en la hierba de la pradera y la inquietud y la curiosidad rompiéndome en mil pedazos desde el interior.

Pero el hombre siempre ha sido más curioso que miedoso. Avanzando con dificultad entre una muchedumbre de personas quietas y fijas, tensas en cada uno de sus músculos, logré acercarme a las primeras posiciones de lo que parecía ser un patio de butacas improvisado. Todo el mundo en círculo, al rededor del agujero abierto por algo, por eso, en el terreno. La oscuridad de la noche me impedía ver bien. Me extrañé, pensaba que era luna llena.

Alcancé a pedirle la linterna a uno de los jóvenes que habían allí concentrados. De entre todos los que estábamos allí, yo debía de ser el mayor. Sin duda la curiosidad innata en el ser humano se acrecienta en la juventud al juntarse con la imprevisibilidad de la muerte y la conciencia de que se tiene toda una vida para ser cobarde. Miré extrañado al agujero, y sólo pude distinguir, a una distancia de cientos de pies, una figura ovalada que desprendía ese fuerte olor a ácido y un calor asfixiante. De color oscuro, y con apariencia de rugosidad singularmente atractiva, el artefacto parecía por lo demás estar descansando.

Todos los allí concentrados nos mirábamos a los ojos e, inmediatamente después, mirábamos a la cosa humeante. Nadie se atrevía a decir nada. Hasta que uno de nosotros, no el más joven pero sí el más atrevido, decidió tirarle una piedra. El sonido del impacto delató que el artefacto estaba hecho de metal. Pero seguia sin responder.

Inmediatamente después de escuchar el sonido del golpe, tuve la seguridad de que éste era un tema que habría de interesar al periódico de mi primo, allá en la capital. Devolví la pequeña linterna a su legítimo dueño y me volví a pelear con la masa hipnótica para salir del círculo apreasador.

Cuando llevaba caminados un par de pasos desde la salida de la muchedumbre me volví a encontrar a Thompson. Aún más pálido que la primera vez, Thompson no acertaba a decir palabra y sólo miraba fíjamente a donde se intuía que podía estar el agujero. Tanto insistía, tanto ademán me hacía con el dedo según me iba acercando a él que terminé por girarme justo cuando un horrible ruido de metales, como si dos trenes hubieran descarrilado juntos, a la vez y de manera coordinada, me advirtió de lo que iba a presenciar.

Del agujero emergieron dos brazos metálicos que apartaron a la mitad de los hombres con los que había formado círculo de curiosos. Para cuando uno de los brazos se pudo apoyar en el terreno, el artefacto hizo palanca y logró elevar todo su peso. Dejando ver tres brazos metálicos más, y sosteniéndose ahora por lo que parecían ser dos enormes piernas también metálicas, eso abrió sus ojos y miró a la gente que, aún atenazada por el miedo y sin haber corrido la histeria por sus pasos, sólo podían desearse invisibles. De uno de sus brazos metálicos el artefacto arrojó una lengua de fuego que calcinó a varios cientos de hombres de un plumazo. Ante mí vi cómo se desperdiciaban esas vidas en el viento cálido y terroríficamente ácido. No pude sino caerme al suelo, sentado y apoyando el peso sobre mis piernas. Fue así como escuchar al monstruo soltar un alarido eterno, agudo, infinito. Y fue así también cómo reconocí el mismo chillido más allá de las colinas. Eran más, y estábamos perdidos.

jueves, septiembre 18, 2008

Política de desierto

La Ley del Viejo Oeste, el Old West americano, ha llegado. ¡Bienvenida la anarquía! En las estepas madrileñas se halla el refugio de aquellos quienes una vez pensaron que un nuevo mundo era posible. Al frente de todos ellos, la Marquesa de los NeoCon, de ilustre familia. Ella lidera la pérfida cruzada por salvaguardar el Estado de Bienestar con el curioso método del desmembramiento. Desgajando el sector de servicios públicos y haciendo de ellos modelo de gestión por sus amigos privados, la Marquesa consigue, de una vez, liberar a los servicios públicos de una posible gestión por parte de otros agentes políticos que no sean ella misma y dar refugio a todo ese capital inversionista que en la crisis de hoy no sabe a dónde agarrarse. “La Sanidad para ti, amigo Félix”; “La Educación para Ud., Señora Ana”; “¿Quién quiere el Metro?”; “Quédate tú con el agua, querido Ricardo”.

Eso, el agua, es el nuevo oro de este Oeste sin Ley. 158 años de gestión pública por parte del Canal de Isabel II no han sido suficientes a la hora de demostrar una eficiente y eficaz gestión. Da igual que el agua de Madrid sea la envidia de las otras 16 Comunidades Autónomas y las dos ciudades africanas. Nada está hecho, todo se permite mejorar. Claro, se privatiza para que el agua de Madrid sea aún mejor ¿verdad?

El Estado opresor, en su particular cruzada antiliberal, ha hecho leyes que impiden a la Marquesa privatizar toda el agua. La gestión de las cuencas, eso que determina cuánto agua va para cada región, ha de ser gobernada siempre por las Confederaciones, lugares de encuentro entre los poderes públicos implicados en esa cuenca y los sectores sociales y privado –que por mucho que quiera la Fundación AGBAR, se diferencian en mucho. Es la Ley estatal, eso que aún hoy no puede cambiar la Marquesa. Aunque algún día ella será quien se haga con el asalto a la diligencia y repartirá el pan entre los niños ricos.

Sí puede cambiar la ley en su jurisdicción. Como el sheriff corrupto del viejo Oeste, la Marquesa puede arrimar a sus amigos y compinches hacia donde ella quiera, y es el negocio del suministro de agua potable el que más jugo tiene. Pero hasta el sheriff corrupto tenía su moral, y la Marquesa no podía ser menos. Hoy, el agua no es de los madrileños ni de las madrileñas. Hoy, el agua es de lo público, es decir, no está en manos de nadie. Y ya se sabe, lo que es de todos, no es de ninguno. Hoy, además, hay que hacer reforma. Es obligado por la Directiva Marco de la Unión Europea, es decir, el Gobernador. Y son obras tan caras, tan inasumibles en medio de esta crisis que ese todos y ninguno que es lo público no puede asumir. La Marquesa se ve obligada, por su convencimiento y su contextualización, a convertir la empresa pública del Canal de Isabel II en un ente accionarial cuyo 49% del capital sea privado. Ahí pasó rozando el sombrero la bala del malvado, muchacho, porque el 51% seguiría siendo de la Comunidad que ella dirige. ¿De qué se pueden quejar los asustadizos ciudadanos entonces? Habrán de encontrarse un agua mejor en sus grifos, pudiendo además, todos y cada uno de ellos, ser titulares individuales de su agua. Lo que es mío, es mío, y no de todo el mundo. Haciendo partícipe a todos de la gestión del agua. Hacia el ahorro por el control accionarial. ¡Bien pensado!

Pero siempre hay pistoleros en todas partes. Gentes que no comprenden la bondad de estas intenciones, a quienes hay que dejarles claro a dónde se pueden ir. “Quien manda en Madrid es Esperanza Aguirre”, la Marquesa de los NeoCon, la más rápida y protegida pistolera a este lado del Manzanares. Y quien ose dudarlo, se encontrará un balazo mediático entre pecho y espalda. Nadie va a interponerse entre la Ley sin Ley y Esperanza. Empezando por esos esbirros del socialismo internacionalista que son los Ayuntamientos del PSM o ese vil traidor del Alcalde de Madrid. Ellos amenazan con romper el convenio que a cada uno ata sus suministros de agua con el servicio del Canal de Isabel II. La nueva empresa, parece, se quedaría sin clientes en la Comunidad de Madrid. Los madrileños y las madrileñas sin agua. Y los ayuntamientos habrían de devolver todos los euros adelantados por el Canal antes de romper cualquier contrato. Los ciudadanos, asustados, ni abren la boca ni dicen ni mu. Mientras, al Sol del mediodía, el duelo en la calle principal, frente al Saloon atestado de mirones, entre La Marquesa mascando chicle y el Alcalde de España. Que esas balas alcancen sus dos objetivos a la vez, porque me temo que si no, a los Madrileños y a las Madrileñas sólo nos va a caber pedir la Independencia y hacer limpieza étnica dividiendo entre los NeoCon y los seres humanos.

domingo, agosto 31, 2008

El Derecho Humano al Agua (I)


Una extrañeza en este blog, el hablar de novedades editoriales. En Septiembre llegará a sus librerías un libro que tratará sobre un tema necesario: el derecho humano al agua.

Como hoy no llevo tiempo en los bolsillos, les reto a que se hagan con su ejemplar, se lo lean y, otro día, nos lo discutimos. Sin duda vamos a polemizar. Pero es que si no la vida carece de sentido.

Sobre los editores.

Sobre los que apoyan.

Sobre los que editan/venden el libro.

Sobre su presentación.

Sobre su otra presentación.

Y ya basta por hoy.

miércoles, julio 30, 2008

Fantasmas Balcánicos (VI)

Si uno pasea por el centro de Belgrado, antes o después se encontrará divisando la antigua ciudadela turca de Kalemegdan. Este parque, con sus murallas y sus fortificaciones, destaca dentro de Belgrado por poseer una concepción de la vida y de la libertad exclusiva. Allí, los belgradeses acuden para encontrarse cogidos de la mano, para bailar al son de músicos tradicionales, para reflexionar sobre sí mismos o para ganarse la vida. En el otoño de 2003 el parque tenía además una luz especial que invitaba a conocerlo. Entre aquéllos que se ganaban la vida, un viejo militar de la Yugoslavia de Tito, sentado en una silla plegable y con una mesa de jardín a sus pies. Como pasa en otros parques públicos, sin ir más lejos en El Retiro, jubilados como este señor montan sus tenderetes de venta o intercambio de cachivaches. En este caso, el jubilado militar vendía camisetas a muy pocos dinares. De una calidad más que discutible, el principal motivo de decoración no era otro que la imagen de un Radovan Karadzic presto y dispuesto para la consecución de la Gran Serbia. El Milenarismo, parecía decir, había llegado ya.

Hace una semana que apresaron a este ideólogo de la Gran Serbia. La historia de su captura, en el barrio de Nuevo Belgrado, disfrazado o más bien camuflado bajo una identidad robada a un jubilado de la Vojvodina, ganándose la vida con la medicina natural, visitando bares nacionalistas que rendían culto al Karadzic original. De primeras, todo demasiado raro. ¿Por qué iba Karadzic a salir de Pale, ciudad de la República Sprska de Bosnia en donde vivía refugiado –bien acomodado- en las montañas? Allí aún disponía de su capital monetario, de la admiración de muchos y de la ayuda de unos pocos quienes, cuando veían llegar a la policía en su busca, daban la voz de alarma hacia lo alto de las montañas evitando así cualquier captura por sorpresa.

Mi escepticismo respecto a las condiciones de su captura se acrecienta cuando veo que ha sido Tadic –el europeísta- el responsable político de anunciarlo, y que nada se sabía en un principio de Kostunica. Este último se ha refugiado políticamente entre las filas de los nacionalistas serbios cada vez más nostálgicos de los días de la Gran Serbia, que no fueron otros más que aquellos en donde Yugoslavia estaba fuertemente anclada a la población serbia a pesar de contener otras 5 ó 6 repúblicas más. Curiosa manera de acabar políticamente con el que fuera la gran esperanza en los días de la caída de Milosevic en el año 2000. Es muy cierto que el entusiasmo del pueblo serbio con Kostunica se debía más a las ganas de sacarse de encima a Milosevic que al apoyo a un proyecto que, por otra parte, se ha demostrado hueco en el espacio y el tiempo.

En cualquier caso, Tadic anunció la captura y la entrega sin dilación del criminal de guerra al Tribunal de La Haya en donde se juzgan las causas de las guerras balcánicas. Si no hubiera habido tal rocambolesca historia con el Karadzic disfrazado y desconocido incluso para quienes convivían con él a diario, difícil se haría al gobierno de serbia explicar por qué no le habían entregado antes. Si confesaran que Karadzic ha estado todo este tiempo en Pale, disfrutando de la vida del poeta que dice ser –escribe poesía para los niños, como Gloria Fuertes- no se entendería el por qué de la entrega salvo como pago para iniciar las conversaciones de inclusión en la UE.

¡Ah! Que lo mismo es eso. Tadic, el europeísta, se saca de la manga a Karadzic, lo manda para La Haya y espera acontecimientos. Quizás le falte Mladic en el paquete, pero mejor mandar al ideólogo sólo protegido por los nostálgicos que mandar al que estaba en segunda fila que aún puede tener conexiones con los militares. Es un bonito cheque al portador pidiendo el ingreso en el club de Europa. El Consejo de Ministros de la Unión Europea, tras la detención y el anuncio de la entrega, sabe entender el por qué de estos movimientos serbios y se decide a hacer una declaración conjunta en la que se le felicita al estado serbio por sus esfuerzos y se le anima a seguir acercándose a la UE. Pero finalmente la declaración no es aprobada porque Holanda la paraliza. Para el gobierno holandés, que se vio inmerso en la matanza de Srebrenica por la que se va a juzgar también a Karadzic, no quiere hacer concesiones en esa torre de oro en la que se ha instalado cuando se habla de Bosnia, Serbia y todo lo que se les pueda relacionar. Para los holandeses, felicitar a Serbia por haber entregado a Karadzic es dar un paso atrás en su posición moral. Se han convertido en los guardeses de la moralidad balcánica asumiendo que, toda la moral que les faltó a sus cascos azules, la pueden recuperar ahora enrocándose más si cabe y haciendo política justiciera del espectáculo. Más les valdría superar sus traumas solitos y dedicarse a proveer las cárceles de La Haya de un sistema más seguro que evitara muertes tan sospechosas como la de Milosevic.

En este contexto, el Partido Radical serbio, nacionalista y admirador de la obra de Karadzic, ha vuelto a enarbolar la bandera del victimismo. Como dando la razón a aquel Kaplan profundamente etnocentrista que escribiera Fantasmas Balcánicos –y cuyo título domina esta serie sobre los Balcanes pretendiendo ser más irónico que fiel a la idea de Kaplan-, se justifican los crímenes de Karadzic aduciendo que “los croatas mataron más”, se manifiestan en Belgrado causando más destrozos que movilizaciones y amenazan de muerte a los dirigentes políticos que han tenido que ver en la entrega de Karadzic –lo que no es moco de pavo, ya lograron acabar con la vida de un Primer Ministro en 2003. No me extraña que la mayoría de la población serbia esté más harta que ilusionada o escéptica ante sus políticos. Seguro que si la población serbia viera cuánto pueden hacer juntándose un poco, sus políticos temblarían al ver cómo se les caen los mitos fundacionales de sus ideologías –y esto vale para los nacionalistas y para los europeístas.

Pero, pese a quien pese, Karadzic ya ha viajado a La Haya. En la misma noche de la manifestación, sin la palmadita de apoyo en la espalda de Tadic de la Unión Europea, guardando las formas en cuanto a su captura y encerando la sala del Tribunal en el que habrá de ser juzgado. Porque sí, asómbrense, todo esto se hace por y para la justicia. ¿Qué dónde se había quedado ésta? Eso mismo nos preguntábamos muchos desde hace tiempo. La tan famosa Carla del Ponte, fiscal que acusaba a Slobodan Milosevic hasta la muerte de éste, abandonó el Tribunal con la intención de denunciar lo que ha denunciado en un libro: que la Justicia de La Haya ni es justicia ni es nada. Que lo importante en ese Tribunal es guardar las formas de cara a la galería. Que los presos, supuestamente enfrentado por odios ancestrales –gracias, Kaplan- son íntimos y comparten cigarrillos y risas, que los procesos allí instruidos sirven más para limpiar las conciencias occidentales –Holanda, de nuevo- que para restituir a las víctimas.

¿A quién extraña todo esto? Que una Guerra Civil se transforme en un ridículo mundial al pretender juzgar los hechos en una base supuestamente imparcial, pero ajusticiando sólo a quienes perdieron la guerra –los dirigentes occidentales que tanto mal hicieron disfrutan de sus premios, conferencias y nominaciones-, es algo que no creo que sorprenda mucho. En Ruanda, otro lugar en el que se cubrió de gloria la Comunidad Internacional –signifique lo que signifique esto-, la lección ha sido más bien otra. Sus crímenes están siendo juzgados con ayuda de la antropología social, reinstaurando sistemas tradicionales de justicia tales como las Gacacas (pronúnciese Gachacas) y sin olvidar que cada sociedad tiene su propia manera de pasar páginas en sus hechos traumáticos. Si hacemos caso del fantasmagórico y equivocado Kaplan, la manera de ajusticiar en los Balcanes no es otra que dejándolo estar, asumiendo las pérdidas cada uno, victimizándose y vanagloriándose de cada derrota o victoria, y siguiendo con una vida llena de sentido. Quizás sea mejor manera que la de la justicia-espectáculo y las detenciones-mensajes que hoy vivimos y sufrimos. Pero seguro que sería menos ridículo.

miércoles, julio 09, 2008

Contrato con Dios, de Will Eisner

Kilgore Trout es un hombre. Pero también, y a la vez, es sólo un nombre. Es alguien mitad ficción, mitad real. Colmo de multitud de vicios. Es aquél a quien todo el mundo va a buscar cuando se siente aburrido de lo que lee. Y a veces se deja caer por este blog. Muy buenas veces. Desde su observación militante nos incita y nos invita a bucear obras que él ya ha conocido. Se piensa que es demasiado vago para comenzar un blog cuando, verdaderamente, lo complicado es mantenerlo. Cree que no tiene blog, pero en realidad él ya forma parte de este blog en tanto en cuanto introduce variables que modifican el comportamiento de los que aquí escribimos algo más que comentarios. Así, un día del mes de enero, Kilgore me dijo: “Yo terminé hace poco un gran cómic (o novela gráfica). A ti, situacionista, te gustaría mucho. El único pero es que es un poco caro”.

Las hormigas de fuego son unos bichos un tanto siniestros. Se diferencian de otro tipo de hormigas en que son muy agresivas y atacan en masa todo lo que se encuentran a su paso. Su gran número provoca que sea casi imposible acabar con el hormiguero. Pero tienen un gran enemigo mortal. Existe una mosca en su hábitat que ha evolucionado para atacar a estas hormigas. No se las come, pero las utiliza para otra cosa más importante que la alimentación: continuar la vida de su especie. La mosca, ataca a las hormigas insertándolas una larva en su interior. Esa diminuta larva va creciendo dentro de la hormiga hasta que logra hacerla morir y, finalmente, sale de su cuerpo convertida en una nueva mosca enemiga de las hormigas de fuego. Bien, Kilgore Trout es esa mosca. Y todos los bloggeros que nos cruzamos con él mirándonos los zapatos, las hormigas de fuego. [Leer completo]

miércoles, junio 25, 2008

Sube el volumen de tu protesta

La procelosa mar de las ondas hercianas llegó una tarde al interior de mi coche. El atasco de regreso a la Villa tras una dura jornada de trabajo y estudio provocó en mi persona lo impensable: que me hartara de escuchar a Jimi Hendrix, lanzara su disco a los asientos traseros y pulsara el número tres de la memoria de mi radio. Cuando uno se compra un coche, o en su defecto como fue mi caso, cuando uno se compra una radio para el coche, dedica esos breves y emocionantes comienzos al conocimiento mutuo y a la memorización de distintas emisoras de radio. No importa cuántas emisoras uno escuche, sino cuántas emisoras es capaz de grabar el aparato en cuestión. Por eso, cuando grabé la primera y no supe qué teclear en la segunda, decidí que continuaría por la tercera. E inevitablemente ésta tenía que ser Radio 3.

En sus orígenes, para mí esa emisora había sido una estación poco menos que familiar. Varios miembros de mi saga han pasado por sus micrófonos en un momento u otro, y hasta el que esto firma ha tenido el gusto de lanzar su voz al mar de hogueras de la Frecuencia Modulada, delatando a los familiares y disfrutando con gusto del sentirse público único del espectáculo radiofónico. Si la radio ya acompaña cuando sólo habla, si además gesticula y guiña el ojo, el resultado es magnífico.

Pero de eso hacía ya mucho tiempo y hasta el número de la emisora no parecía el mismo cuando, medio derretido por el atasco, eliminé de mi vista al gran Jimi y pulsé el tres. A mis oídos apareció un programa de título tremendamente sugerente y cuyas palabras hurgaban muy bien en mi curiosidad. La Ciudad Invisible se convirtió poco menos que en compañera habitual en el atasco. Un programa cultural en donde los locutores se animan a representar, cual novela radiada, algún pasaje de cualquier libro que tenga que ver mínimamente con el programa del día. Confieso que, desde escuché de una de estas voces el famoso pasaje de Marlow sobre su gusto por los mapas –con el que me siento tremendamente identificado- y adiviné que estaban leyendo El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, cuando me tropiezo con este programa y suena de fondo la sintonía de Morcheeba que utilizan para cada pasaje, no hago sino tratar de adivinar a qué libro o a qué autor pertenece. Muchas veces acierto, otras me quedo cerca, y el día que adiviné que leían a Charles Dickens –del que aún no he leído nada- supe que este era mi programa. Y también al revés. Cuando he leído algún pasaje tremendamente bello o significativo, no he podido evitar pensar cómo sonaría con aquellas voces que suenan de lunes a viernes en Radio 3 de 19 a 20:30 de la tarde.

Una vez enganchado a la tercera de las radios públicas, con un eminente sentido anticomercial –tanto que debe ser deficitaria… más aún, quería decir-, encontrar programas que descubrir es sólo cuestión de tiempo. En otro atasco, esta vez a las 3 de la mañana y en mitad de las obras de la M-30, me topé con una sintonía que aún resuena en mi cabeza de vez en cuando. La sintonía acaba, invariablemente, con las mismas cinco palabras pronunciadas por la grave voz de Juan de Pablos: “Esto es… Flor de pasión”. Un programa único dedicado a la música instrumental, con multitud de pasado por descubrir. Es casi un tratado de arqueología de la música, pues suenan grupos de hace 30 ó 40 años que apenas tuvieron repercusión entonces, pero que cuentan con una gran calidad musical. La sintonía, por ejemplo, que me atrajo tanto, interpretada por Paul Moriat, hizo de mí un Moriat-adicto y que, desde entonces, las versiones cantadas de las canciones que interpretó me suenen a rayos y centellas.

El siguiente programa al que me enganché no tiene nada que deberle a atasco de la ciudad de Madrid. Esta vez la adicción la produjo el mismo locutor y pinchadiscos: Ramón Trecet. “¿Quién?”, pregunta la niña avispada de la primera fila. Pues quién va ser, el gran Ramón Trecet, ése que retransmitía el baloncesto, equipado con sus gafas, su calva y su barba, que hacía de la onomatopeya un arte –nada que ver con el actual Montes- y que dirige su programa Diálogos 3 de 15 a 16 cada tarde de la semana. ¿Qué tiene su programa? Pues tiene todo el mundo, comprimido en un espacio que alienta contra el pesimismo y nos anima a ver que la música del mundo no se parece necesariamente a Britney Spears. Trecet nos pincha música gitana, polaca, rumana, africana, de cualquier parte del mundo que le llegue. Podemos saber a dónde ha ido en verano de vacaciones porque se viene cargado música que nos pone a lo largo de todo el año –a mí me tocó conocerlo tras su viaje a Armenia, y veo con alegría que sigue pinchando al mismo armenio-, e incluso de vez en cuando ocurren milagros como que un grupo polaco, que escucha el programa por internet, se empeñe en salir por él y le mande la maqueta de su grupo de música tradicional. Trecet se ríe mientras lo pincha, te advierte de la mala grabación –que no de la calidad de la música- y te hace pasar el buen rato de saber que hay más gente contigo escuchando el mismo programa. Una experiencia conjunta.

Música es Tres es el programa que me despierta cada mañana camino del trabajo. Harto del tertuliano de turno, del simpático que hace bromas por teléfono a las 8 de la mañana o del disco que siempre ponen a la misma hora en muchas emisoras, Música es 3 se convierte, con la voz de Virginia Díaz, en una importante alternativa. Es lo más parecido a la radio fórmula que Radio 3 tiene en parrilla. Rock alternativo, estilos actuales, novedades poco comerciales, clásicos del Rock… casi de todo tiene cabida en este espacio salpicado de presentaciones divertidas y anuncios sobre actos culturales. Un programa cuyo padrino, por cierto, llamado Diego Manrique ha sentenciado a muerte para seguramente instaurar al graciosete de turno, el soso y nulo Manel Fuentes –no se salga del guión, amigo.

Las 13 horas son horas de ROCK. Con todas las mayúsculas, Carlos Pina y su voz con dos cubitos de hielo traen la potencia que a media mañana se necesita. Es como el almuerzo que no engorda, que alimenta el espíritu del que lo escucha y que permite sobrevivir el resto del día. Toparse con su sintonía de cabecera es una tremenda alegría. Este próximo viernes 27 celebra sus 700 programas que, al parecer, serán los últimos. Otra sentencia de muerte hacia la radio pública no comercial, oigan.

Me dejo mucho en el tintero. Cifu, con su A todo jazz –amo ese swing de voz que nos ofrece-; los conciertos de grupos pequeños y de los grandes que hacen que el directo sea importante en la radio. Cuando los Elefantes sueñan.., que nos conducen a sueños profundos o el tremendo Diario Pop al que las jubilaciones anticipadas promovidas por la dirección de RTVE nos arrebató el orgullo de los grupos minúsculos. En definitiva una radio que merece ser escuchada y, por supuesto, conservada como más que un servicio público. Que debería ser cuidada frente a los instintos comerciales y laborales que la están destruyendo y que harán que desaparezca la que hoy conocemos el próximo mes de septiembre. Una radio traicionada por quienes tanto la querían que acabaron apuñalándola por la espalda. Vade Retro.

martes, junio 03, 2008

Susurros de la Ciudad

Contemplar una fotografía antigua de la ciudad en la que has nacido, de la ciudad a la que toda tu familia ha llegado en algún momento u otro de su historia vital, produce una sensación agridulce. Por un lado, se siente tristeza. Las imágenes en blanco y negro, con esos tonos dorados, nos rebotan sentimientos de añoranza por los seres queridos que pasearon por esas calles, compraron en aquel mercado o vieron construir ese –ahora- importante edificio. Pero rápidamente la alegría por recordar que otros que también se tomaron el chato en aquel bar antes de ser derruido, que se manifestaron por las calles con sus sueños colgados de un palo de escoba y una sábana vieja, siguen vivos y deseando contar su historia al primero que se cruce dispuesto a escuchar.

Escuchar, bonito verbo. Tantas y tantas veces nos han contado la historia de donde vivimos que las imágenes se vuelven caóticas y contradictoras. Donde había un hospital en tiempos de guerra también había una cárcel republicana custodiada por la misma persona que tres años antes había muerto de un cólico miserere en ese mismo hospital. Poner orden en los recuerdos agolpados de varias generaciones es una labor del albañil de la memoria. Hay que tratar que las juntas de esos ladrillos hagan un zig-zag para terminar montando el muro del pasado frente al cual chocamos y desde el cual nos gusta interpretar los hechos de hoy.

Y el mejor lugar para escuchar no es otro que el que ofrecen las reuniones. Cualquier excusa es buena, ya sea una celebración personal en el bar de toda la vida, una fiesta popular llena de gente o la soledad de un paseo nocturno por las calles temporalmente deshabitadas de tu ciudad. Así, de escuchar y escuchar se va juntando la gente. Y de todas esas conversaciones surge una historia popular del lugar donde se vive. Poco a poco creamos las costumbres nuevas y transformamos las tradiciones que nos han contado para que, en esencia, todo siga igual.

Sí, transformamos –otro verbo precioso- y hacemos nuestra la vida de aquellos que un día pasaron por aquí. Repetimos sus gestos, degustamos sus dulces y nos mostramos arrogantes como ellos, tiernos y combativos a la vez. Sabedores de que nada ni nadie podrá con nosotros porque nunca nadie ha podido, y siempre les hemos sobrevivido.

De todo esto, y mucho más que se nos vaya ocurriendo, hablaremos todos juntos. Pero no aquí. Este espacio de La Situación del Espectáculo, perfecta y deliberadamente indefinido, hermano de otros como El Señor Kurtz, Destripando Terrones, Derrota Urgente o ese monstruo colectivo que es Diversidad Diacrítica, no admite desde hoy entradas sobre Madrid. La ciudad que me vio crecer y de la que jamás me exiliaría por muchos vieneses que se me echaran encima, ha dispuesto que le hagamos un blog. Fue ella quien nos eligió una mañana de San Isidro, en la misma casa del Santo y con un vaso del agua milagrosa en la mano. No nos pudimos negar ante tal revelación y hoy contamos con un blog enteramente dedicado a ella, la que toda honra nos merece. Fue Ella también quien eligió el nombre, y sin duda que acertó, pues como ya lo hicieran nuestros abuelos y lo harán nuestros nietos, todos vamos De Magerit a Madrid. Sean bienvenidos, tomen asiento, que vamos a empezar.

miércoles, mayo 28, 2008

Provos

Son los periodos electorales aquéllos momentos en los que la ciudadanía se empeña en concentrarse y ser capaz de atisbar una idea, un momento político supremo, en el que elige uno de tantos candidatos para que sea su cara representativa. Para confiarle el poder de hacer de su sociedad aquello que deseen. Para, en definitiva, elegir con fortuna quién sale beneficiado y quién perjudicado en cada situación.

La maravilla de la democracia, de la residencia del poder en la casa del pueblo, permite hacernos partícipes a todos de la misma. Hoy, como ayer, la democracia es entendida como un proceso burocrático de dos órdenes. Por una parte, el pueblo se comunica con sus representantes a través de la Administración. Es la Burocracia de primer orden, aquellos individuos pagados por el Estado en función de su valía para ejercer la dominación, el control sobre los ciudadanos. Son la cara más visible y humana del sufrimiento estructural. Aquéllos que no pueden cambiar las hechuras de su trabajo, pues éstas vienen determinadas por la estructura impositiva de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Una frustración que, abundantemente, se termina traduciendo en una frase por todos escuchada: “eso no está entre mis competencias”.

En el orden inmediatamente inferior reside la burocracia partidista. El régimen político en el que Occidente se ha instaurado y que ha exportado por todo el mundo –sin pagar aranceles pero cobrando la patente- como una fórmula mágica incapaz, conlleva la participación de una estructura política –de masas, por lo general- que llegue a aunar voluntades en la ciudadanía versión 2.0, es decir, en el electorado. La burocracia de segundo orden en que se convirtieron los partidos limita las posibilidades políticas de cambio y coarta las expresiones de la voluntad popular. En su misma definición partidaria, los partidos políticos no buscan más que la conversión de sus burócratas de segundo orden en burócratas del primero. Esto es, no buscan más que llegar a la línea de meta los primeros y con cuantos más de los suyos, mejor.

No queda espacio, pues, ni para la discrepancia ni para el humor –algo que tan ligado está al sentido mismo de la vida que parece inexplicable que se encuentre fuera del ámbito de la política. Pero no todo está perdido. Siempre ha habido momentos, y siempre los habrá, en que las sociedades empiezan a ofuscarse, a pensar que no están acercándose a unos objetivos deseables. Son los llamados periodos revolucionarios, cuando cambian los principios de un grupo suficientemente fuerte como para romper el techo de esas dos burguesías y atravesarlas con sus nuevas ideas.

En fechas de aniversario, esta Situación no puede por menos que obviarlo al tiempo que celebrarlo. Celebrar la inminente salida de libros en torno al cuarenta aniversario del año 1968 -que sólo nos dice lo viejos y caduco que estamos-, y obviar los fastos de celebración, de encaprichosamiento con uno mismo, de suplementos dominicales o cultural, de pensarse que hoy es ayer y que cualquier lucha caduca fue mejor que la nuestra. Desengañémonos, el día que llegue otro Mayo –si no ha llegado ya- no lo reconoceremos como tal. No. Hoy el escepticismo se instala en nuestras vidas, y ha venido para quedarse. Hoy, a cada impulso social, a cada posible creencia, surgen los miedos y los escepticismos. Esto es. Surge la nueva ideología de las clases medias, el miedo a perder lo conquistado por otros. Sin preocuparse de que nos lo quiten.

Mientras que hace cuarenta años sí había un marco de ideas políticas en el que involucrarse, hoy las ideas se quedan arrinconadas por la prontitud de la satisfacción instantánea. No significa esto que la lucha pasada fue mejor. Significa que la lucha de hoy no se nos sostiene entre las manos, queda enrollada en su humanismo y en sus buenas intenciones y termina por convertirse en la nada y en la defensa del sistema al que ya no queremos sobrepasar.

No cumplen cuarenta años. Cumplen unos menos, en concreto 37. Porque fue en 1971 cuando se celebraron elecciones municipales en un Amsterdam acompasado, miembro de ese milagro europeo de la reconstrucción y del ensimismamiento occidental. En ellas, un grupo de jóvenes que habían leído a Guy Debord lograron atraer la atención de la población de Amsterdam –¡mi reino por un gentilicio!- con un programa político digno del mejor grupo rebelde del gueto universitario.

Los provos, que así se les llamaba, tenían la intención de hacer de la ciudad un lugar habitable para sus ciudadanos. Así dicho, podemos asegurar que el 100% de los políticos municipales de entonces también lo suscribían. Sin embargo, el análisis que hacía este grupo de jóvenes holandeses difería del tradicional. Su propuesta era blanca, blanca.

La vivienda era uno de los problemas clave en ese Amsterdam. Con unos pisos exageradamente caros, de alquiler desalmado y cuyos propietarios preferían tenerlos vacíos antes de alquilarlos por menos de lo que consideraban justo, los provos propusieron su política de puertas blancas: toda casa vacía en la ciudad, vería cómo el Ayuntamiento le pintaba su puerta de blanco. Ese gesto significaba que todo ciudadano que lo deseara podría ocupar legalmente tal edificio y utilizarlo como vivienda.

Si la vivienda era mejorable, la red de transporte de Amsterdam no podía ser menos. Por eso los provos propusieron su política de: bicicletas blancas. El Ayuntamiento pondría a disposición, de manera gratuita, un sinfín de bicicletas, de color blanco todas, para que los ciudadanos de a pié pudieran moverse tranquilamente por los canales de la ciudad y compartir así la propiedad de las bicicletas.

Por último, otra de las importantes propuestas de estos jóvenes trataba, como gente seria que era, de la seguridad de la ciudad. A su juicio, Amsterdam no era una ciudad segura. Infinidad de maleantes corrían por sus calles. Era una situación insostenible, y para eso proponían la creación de los llamados: policías blancos. Estos policías sustituirían a los que por entonces creaban la inseguridad en la ciudad amenazando a los ciudadanos con ejercer su autoridad –o qué se pensaban. Los policías blancos no reprimirían nunca más la voluntad de los ciudadanos, sino que se encargarían de proporcionarles cosas prácticas tales como condones, esparadrapo, tijeras o información sobre calles y plazas.

Puede parecer un programa político bastante cachondo y nada serio. Pero no se lo pareció entonces al electorado de Amsterdam, quien les concedió la amable cifra ce tres concejales. Tras la presencia de Pierre-Joseph Proudhon jamás se había visto a ningún anarquista en las instituciones políticas de Europa. El número no permitía la realización del programa. Y puede que a Uds. hoy les parezca una soberana tontería, sin embargo ¿y si les dijera que se cumplió con poco menos de 20 años de diferencia?

Cuando la ciudad de Amsterdam contaba, a mediados de los 90, con una tasa de paro insufrible y los subsidios por desempleo lastraban el ánimo de los parados, el Ayuntamiento de Amsterdam creó la figura del ayudante del ciudadano, un cuerpo no represor que se encargaba de proporcionar ayuda práctica a quien se lo solicitara. No iban de blanco, pero se les parecía. Hoy la política de bicicletas municipales está más que extendida por todo el mundo. Aunque lo que se lleve ahora es el proporcionar un servicio de alquiler, ciudades como Vitoria ofrecen bicicletas –naranjas- por la mera presentación del DNI o Pasaporte. Y, por último, aunque la ocupación de casas aún no es legal en ninguna parte, se reivindica, se concede y se promueve el Derecho a la Vivienda como algo exigible. El futuro estaba allí.

Una generación de anarquistas, procedentes del situacionismo tardío de los 70, primos hermanos de aquellos guerrilleros del 68, que hicieron del arte de provocar el arte de proponer política a las personas. Fueron tres los escaños que lograron, que se repartieron entre todos ellos a razón de una semana cada uno hasta que acabó la legislatura cuatro años después y desaparecieron de la tarta municipal. Pero dejaron huella. En la toma de posesión del Ilustrísimo Sr. Alcalde, uno de los provos se empezó a liar un porro. Cuando lo encendió, ante el asombro de todo el respetable, no tuvo más que una frase que decir: “Tranquilos, que ahora lo paso”.

sábado, mayo 10, 2008

La Mano de la Buena Fortuna, de Goran Petrovic

¡Sois las cinco personas que conoceré en el infierno! Esta broma, incluida en el capitulo-película de Los Simpson provoca en quien se ría una doble sensación. Por un lado, entenderla es un acto de carcajada segura. Por otra, tras comprobar que nadie en la sala –o casi nadie- se ha reído con ella o ni siquiera la recuerda, la broma se convierte en la constatación de que uno ha leído más de lo que socialmente debería. De que los libros, esos fajos de páginas escritos por alguien, impiden muchas veces relacionarse con las personas, esos fajos de historias que no tienen por qué tener un sentido. Bueno, generalmente no lo tienen.

El acto mismo de la lectura aísla al lector del resto del mundo e impide la comprensión de sus experiencias por parte de los demás. Es un acto tremendamente individualista que provoca la necesidad de compartir con los demás aquellos pensamientos que la lectura nos suscita. Generalmente, la necesidad de transmitir las sensaciones que acuñamos con una lectura se traducen en el impulso de regalar un libro. Provocar o incitar a sentir lo mismo que nosotros sentimos por un libro que leímos, o esperar que la persona reciba las mismas sensaciones que pensamos que nosotros tendríamos de haberlo leído. Por eso mismo existe este blog y tantos otros, por eso mismo existe la serie de Literatura antibelicista, por eso existe esta entrada o la serie que inaugura la misma, la de Autores Balcánicos. Y aunque sigamos pensando que debimos haber hecho justicia histórica y lanzar la serie con Un puente sobre el Drina de Ivo Andric, La Mano de la Buena Fortuna se disfruta tanto que nunca nos sentiremos avergonzados por que sea ella la que abra el camino. [leer completo]

lunes, abril 28, 2008

Brooklyn Follies, de Paul Auster

Una y mil veces repetido, Brooklin Follies prometía ser el encuentro del auténtico Auster con los lectores que tanto le reprochaban sus anteriores novelas. Así me lo compré yo, así se lo di a la gente y así me ha ido:

La verdad es que Auster siempre me ha perecido un autor para desengrasar. Después de ciertos libros te sientes agotado. El esfuerzo por lograr acabar y entender ese libro que uno tiene entre manos agota al más pintado, que termina necesitando la asistencia del Sr. Auster para recorrer un camino por el que ya se ha pasado. Porque no hay nada más parecido a un libro de Auster que otro libro de Auster. [leer completo]