martes, octubre 23, 2007

La guerra a diario

Bueno, pues ya están aquí. Ya tenemos a los dos nuevos periódicos de izquierda de este país en la calle. Uno nació hace poco menos de un mes y se llama Público. El otro, que es El País, hace ya mucho que se edita pero entre que últimamente venía siendo muy comparsa y que ahora le hacen la competencia por su público objetivo, ha decidido hacerse un lavado de cara y relanzarse hacia la conquista del espíritu crítico. Vamos a tratar de compararlos sin meternos en berenjenales de grupos mediáticos –eso que tan bien explicó Ottinger- que bastante tenemos ya con lo que tenemos, y redundarnos sería absurdo.

Abriendo la edición de ayer de Público lo que podemos decir es que nos ganó para la causa. La noticia de portada del lunes no era otra que una denuncia del enriquecimiento de la SGAE y sus acólitos. Bien documentada, con sus gráficos ilustrativos y las ganas de explicar y denunciar necesarias para este tipo de casos, nos encontramos con un reportaje a tres páginas y con fotografía de ese ser misterioso que es Teddy Bautista. Y lo digo sin ánimo de ofender –que veo que ya me pueden estar denunciando- a mi Teddy me parece misterioso. Por el contrario, el diario El País se quedó con el intento de espionaje al Presidente Rodríguez Zapatero en su visita a Caracas. La composición de las portadas es bastante significativa. Mientras Público destaca en ella temas más sociales –Zapatero sube el salario mínimo o Habrá control antifraude en las ayudas al alquiler- El País sigue en su línea continuista y destaca dos noticias de la sección internacional –el conflicto Turquía y kurdos y la derrota electoral de Kaczynski en Polonia- y una de la nacional –la conversación entre Aguirre y Juan Carlos.

Esto marca de alguna manera las divergencias de ambos periódicos. El País se ha caracterizado siempre por tener la vista muy pendiente en lo que sucede en el mundo y por eso sus grandes portadas siempre han destacado asuntos internacionales aún cuando la tensión política en nuestro territorio fuera en aumento. Público, sabiendo esto, opta más por un acercamiento de la política social y de la denuncia de hechos que, normalmente, pocos medios analizan. La comparación de los principales temas de opinión de éste último diario nos lleva a pensar más en un periódico gratuito de los que reparten en la salida del metro que en un periódico de kiosco.

Porque Público es un poco así, más colorista que los otros diarios de pago y con unos temas más sociales que políticos –para entendernos. Dirán que ya era hora de que alguien dijera ciertas cosas y en parte tendrán razón. Pero en otra gran parte no la tendrán pues todas estas cosas ya están dichas en diarios como el 20 Minutos, el ADN o La Ría. Hablar de estos temas ya es algo que, por fortuna, viene siendo habitual para la prensa gratuita. Cosa que, por cierto, para excéntricos especialistas en la materia les confiere una credibilidad total y absoluta cuando todos sabemos que no es así. Que la credibilidad viene dada de la propia investigación –si lo quieren llamar así- de un diario, que ha de ser fiable y empleada en temas necesarios –y no en ver si el oso estaba borracho o era el ruso el que se bebió el vodka. El País parece haber comprendido esto dando dos noticias interesantes como es el espionaje de Rodríguez Zapatero en Caracas y la conversación entre la realeza y la nobleza –por la noble Aguirre. Público por el contrario refuerza estas comparaciones con los diarios gratuitos –o de serie b- al formatear las noticias en recuadros pequeñitos, más ilustrados que comentados y que, al no tener un tamaño uniforme, provoca un pequeño desasosiego en la lectura. Eso sí, para todo aquél que guste de releer los periódicos del día esto le va a ir bien, pues con esa composición uno siempre se salta alguna noticia.

Si decíamos que Público nos había ganado para la causa, El País terminó por llamarnos a filas cuando en la edición del domingo, la anunciada edición del domingo, publicó un reportaje sobre la Política Agraria Común (PAC) digna de figurar en las clases de Sistema Comunitario Europeo que había en mi Facultad. Con un atrevimiento que va más allá del que tenía hasta hace unas pocas fechas, El País señaló a las empresas o conglomerados empresariales que se lucran de las subvenciones a la agricultura europea –dinero público, es decir de todos- y que hacen que tantas personas vean en ella a la lacra de la UE. Entre las que me incluyo, claro. Señalando a personas jurídicas y personajes físicos, El País arma un pequeño revuelo necesario que, si continua con esa línea, provocará al menos que las gentes del mundo se indignen. Porque de cambios en la PAC ni hablamos que estamos en año electoral y Sarkozy no deja ni mencionarlo. Con esto nos referimos a un ámbito comparable bien importante entre ambos diarios. Mientras El País puede provocar polémica y debate con la trascripción de una estúpida conversación, Público no llega a tener repercusión ninguna cuando hace un reportaje de tres páginas sobre las supuestas irregularidades de una organización que tiene su rédito en Moncloa, la SGAE, y cuya fuerza como lobbie nos hace pagar a todos más dinero por algo que creo no les pertenece. Público logrará algún rédito con la sociedad cuando el resto de diarios se hagan voz de sus noticias en primicia. Para algo ha entrado en una red de comunicación, para dialogar, y si sus noticias son omitidas por el resto de diarios pronto se darán cuenta de que el camino que llevan no es otro que el de la salida de los kioscos y la entrada en el metro.

Respecto al resto de secciones, ambos periódicos dedican una parte a hablar de Internet y nuevas tecnologías, lo que me parece un acierto. La sección de opinión es algo que también los distingue porque mientras El País incorpora a Moisés Naím, el otro cuenta con sus filas a opinólogos del tipo de Espido Freire, nueva portavoz de los mileuristas –por artículo. Que yo me pregunto si habrá que tener un Planeta para poder verter mis opiniones en las páginas de un periódico o si bastará sólo con la carrera de periodismo. Los nombres no hacen un periódico, pero ayudan. ¡Pedro J. date prisa que creo que Boris no da su opinión política en ningún tabloide!

No creo que Público le vaya a restar lectores a un diario como El País. Quizá a este precio -0,50€- le pueda hacer la competencia durante un tiempo, pero a la larga va a tener problemas de distribución si no se da cuenta de la importancia de una buena estructura noticiera y de la necesidad de hacerse presente en la vida periodística de este país. Acerca de El País, mucho ruido y poca limoná. Tiene algunas cosas mejoradas, como el haber colocado la sección de Economía en mitad del periódico, la llamada Cuarta Página, que es un artículo de opinión al más puro estilo New Yorker -¡cuánto necesita un New Yorker este país!-, amén del mencionado nuevo interés en sacar noticias diferentes. Pero está claro que no sólo se puede quedar en eso. Que la sección Vida&Artes les va a chirriar un poco por haber agrupado ahí a toda una amalgama de temas y que el lema estaba mejor antes. Mejor independientes que globales.

Todo parece dispuesto, eso sí, para que el diálogo que mantiene el kiosquero de la Plaza de Valparaíso en Madrid siga siendo el mismo:

Cliente: ¿Me da La Razón?

Kiosquero: Sí, como a los tontos.

martes, octubre 16, 2007

Policiaca, sucia novela policiaca

La noche había caído fulminantemente y los kilómetros se sucedían sin piedad. Las luces del viejo buick de alquiler se comían líneas discontinuas una tras otra, como si se persiguieran ellas mismas. Y el humo, ese humo de cigarro barato, se amontonaba en el centro del coche sabiendo que no tenía por dónde salir. La sola satisfacción del trabajo bien hecho dejaba en nuestras almas una sensación de alivio que se confundía con la incertidumbre ante la inexistencia de un nuevo caso. No era la primera vez que no encadenábamos un caso tras otro aquel año. Las épocas de vacas gordas habían pasado. Ya no había maridos ricos en busca del amante de su mujer. O cuanto menos no había ganas de enterarse del engaño. Ahora los dos teníamos bien claro que nuestra sociedad habría de ser disuelta. Uno de los dos sería el primero en abandonar el barco. Los casos de perros desaparecidos no dan para pagar dos escoceses cada noche. El abogado laboralista sería la cuneta. No cabía posibilidad de recurso.

Aparqué el coche en una estrecha recta que hacía el camino. Ese día no había luna que nos hiciera de testigo y esto favorecía el ambiente íntimo que todo funeral necesita.

- ¿Sabes Flanagan? –me dijo- en el fondo lamento que esto haya tenido que acabar así. Siempre pensé que serías tú el que me condujeses desarmado hacia mi nicho.

- La vida, Jimmy, es algo que no alcanzamos a comprender.

- ¡No me jodas, Flanagan! Esa frase no encaja en este relato con pretensiones de policiaco, parece que apenas sabes de esto.

- Bueno, Jimmy, ya sabes que he leído poca novela policiaca.

- ¿Poca? ¿Y qué me dices de aquel que te vi leer hace años? … ¿Cómo se llamaba…

Esta noche moriré, de Fernando Marías.

Pequeña novela sin grandes aspiraciones, como casi todas las del género, pero que termina por incrustarse de tal modo al occipital que hace que a pesar de los años y años que hace que la leí siga hablando de ella en cuanto tenga oportunidad. Aviso para navegantes, la leerán del tirón sin darse cuenta del tiempo que les ha llevado. Da igual que se planteen ojearla poco antes de echarse a dormir y mañana cogerla ya del todo, no Esta noche moriré engancha desde el primer párrafo y uno no puede abandonar el bar hasta que Fernando Marías nos ha dado bien en el mentón.

Escrita a la manera de carta en la que un criminal le explica al detective que le ha detenido cómo durante los años que lleva en la cárcel ha logrado arruinar su vida de manera magistral. Es complicado hablar más del argumento sin destriparlo del todo así que sólo haremos referencia a una sociedad que se menciona en la carta, una sociedad secreta a la que pertenece el autor de la misma y que daría por sí sola para un apabullante best seller que dejaría en evidencia a los códigos da vinci y cenas secretas. Esta sociedad secreta, extendida por los siglos de los siglos y por todos los continentes se dedica a seleccionar a los artistas más conocidos de cada época, observar su modo de vida hasta la más mínima arruga y, luego de conocer sus más tremendos secretos y debilidades, obligarles a realizar una obra maestra cuya propiedad y conocimiento sólo será de la sociedad. Así, cada cierto tiempo, la sociedad saca a la luz de manera discreta una nueva escultura, pintura, novela, o partitura de algún gran artista ya fallecido, sacando ventaja de las plusvalías y preparando la extorsión a los artistas presentes que divulgarán las generaciones futuras.

El argumento de esta sociedad ya sirvió hace más de diez años a un programa de La2 de Televisión Española que se dedicaba a rodar documentales falsos para las tardes del domingo. Fue ahí donde me enteré de la existencia de la novela, pues al final del documental se decía claramente que todo era un montaje y en qué novela o película estaba basado.

La tensión del relato de Marías llega hasta el final incluso cuando parece no poder continuar. Está bien resuelto el misterio y sólo el epílogo final, necesario y aclaratorio, hace que el ritmo narrativo se rompa un poco aunque el resultado no se vea afectado. Encontrar la novela puede estar complicado, pues ya es de 1996 en edición normal (Destino) y de 1999 en su versión bolsillo (DestinoBolsillo), por eso recomiendo la biblioteca pública. A poco que esté bien surtida debería tener este libro en sus estanterías. Es de lo más entretenido que hay en este mundo y puedo asegurar que de gran calidad por su estilo narrativo y los juegos que hay en él.

- La verdad es que era buena novela, Jimmy, tenía pocos visos de mantener la tensión hasta el final, pero luego no decepcionó. ¿Sabes cuál fue otra que realmente me hizo engancharme a la lectura?

- Ni idea, Flanagan, ni idea.

- Una de Raymond Chandler, Jimmy, una del maldito Chandler.

La dama del lago, de Raymond Chandler.

Encontrada casi por casualidad en una edición de estas que regalan los periódicos por 1€ estaba en mitad de una estantería deshecha por una mudanza. Esta novela me descubrió al genial Chandler que ya conocía como uno de los principales guionistas del Hollywood negro en los años dorados.

Es un clásico de la literatura policiaca por contener todos los requisitos del género. El personaje principal es un detective sumamente profesional, Philip Marlow, al que se le encarga el caso de encontrar a la esposa de un magnate californiano, un tal Kinglsey. El caso se va complicando con la aparición de un par de cadáveres relacionados con la desaparecida y la implicación del departamento de policía de la ciudad. En este caos, el único que mantiene el orden secuencial es Marlow, pues tiene que lidiar con todos los implicados en situaciones de muy diversa índole.

La trama es un clásico y está perfectamente bien resuelta, sin que rechine al final con tanto personaje y multitud de giros argumentativos –aunque no tantos como la gran novela de Chandler; El largo adiós. Junto con la trama, el lenguaje que Chandler emplea es el característico de los detectives. Afilado y sin miedo a golpear donde más duele, Marlow, da la replica de manera genial en cada uno de sus encuentros. Si además tienen la suerte de empezar a leerla en un tren y que el hilo musical sea el Jazz más bizarro que jamás haya uno podido escuchar –lo cual le sienta muy bien al libro, todo hay que decirlo- encontrarán la mayor de las satisfacciones. Merece la pena iniciarse en este género o en este autor con La dama del lago, y si ya están iniciados su adicción está más que asegurada.

- Pues Flanagan, si realmente nos ponemos a hablar de clásicos en este ámbito no podía faltar algo de Chesterton o de Conan Doyle.

- Conan Doyle y su Sherlock. Indispensable pero muy manoseado. Yo prefiero al Sr. Fisher de El hombre que sabía demasiado. Cuando Acantilado lo volvió a editar a mediados de este año mi librero comenzó a odiarme porque iba todos los días preguntado si había llegado ya.

El hombre que sabía demasiado, de G. K. Chesterton.

Me pongo de pié para saludar a un autor que ya estaba tardando en aparecer por aquí. Mr. Gilbert Keith Chesterton, el más católico de todos los ingleses y el mejor afilador de cuchillos que ha dado la Gran Bretaña. Ni siquiera la realeza podía tener a salvo el cuello. Fue un gran articulista y mejor humorista, pero lo que dejó claro es que a él las situaciones de crímenes misteriosos no se le resistían. Tenía un don para la realización de estos relatos como muestra la serie del Padre Brown u otras compilaciones del mismo tipo como El hombre que fue jueves. Sin embargo El hombre que sabía demasiado a mi me resulta indispensable al hablar del género negro.

El libro está compuesto por varios relatos cortos donde siempre nos encontramos a los mismos tres personajes. Por un lado el genial Horne Fisher, funcionario del Imperio capaz de resolver el crimen que se le ponga delante y con la misma mala suerte que Jessica Fletcher: allí donde va, alguien se muere en extrañas circunstancias. Su contrapunto es Harold March, un periodista joven al comienzo del libro que va haciéndose mayor mientras comparte sus días con Fisher y éste le cuenta sus aventuras por las tierras del Imperio. El tercer personaje presente en todos los relatos es, como no, la sociedad británica, esa sociedad que Chesterton despreciaba por haber dado la espalda a todo lo humano, por creerse divina. En todos los relatos el misterio es conocer las mentiras y basuras de la sociedad pues detrás de cada misterio se esconde la naturaleza humana del burgués imperial al que escribía Chesterton.

La manera en que está escrito es, como todo lo de Chesterton, exquisita. Las descripciones aún emocionan como emocionaban hace ya tantos años y le meten a uno en situación. Cada detalle de la narración es importante para la resolución del misterio de tal forma que uno termina jugando con Fisher a ver quién de los dos es más rápido en resolverlo. Normalmente gana él, pero cuando uno llega antes a la solución que Fisher la sensación de satisfacción es tal que termina por gritarlo a los cuatro vientos. Aunque esté en el metro.

El lenguaje de la novela es asombroso y las frases de cada personaje son ajustadas al momento en el que vive. Si la situación es relajada la ironía de Fisher –al que uno no puede dejar de imaginar como un Chesterton pero con barba blanca- actúa sin piedad llegando a afirmar que “toleraba a los primeros ministros así como toleraba a los trenes” –me levanto el cráneo, digo. Cuando la conversación se vuelve tensa –es lo que tienen los cadáveres, que ponen nerviosos a la gente- Fisher apenas habla y cuando lo hace es de manera sutil para encontrar la respuesta. Perdérselo es un pecado, y ya saben que los pecadores van al infierno y allí les sacan los ojos, con lo que no podrán leer más. El que avisa no es traidor, es avisador.


-Actualización a 2 de Junio de 2008-

La editorial 451 ha decidido continuar con la idea de Fernando Marías y ha puesto a la venta un libro colectivo titulado Historia Secreta de la Corporación. Este ejercicio colectivo en el que escritores como el mismo Fernando Marías o Lorenzo Silva continuan con la idea de la Corporación promete muy buen material para la lectura nocturna. Además, la misma editorial ha reeditado Esta noche moriré, con lo que el acceso a esta formidable novela policiaca está ahora garantizado. Gran noticia, sin duda.

lunes, octubre 15, 2007

Los libros y los amigos, de Peter Mayer

Lo leí el sábado, cerca del Ebro con el sol y la cervecita de compañeros. Y no puedo permitirme no reproducirlo. Es un poco largo, pero merece la pena sin duda.

[Babelia, suplemento del diario El País, Sábado 13 de Octubre de 2007]

La Feria del Libro de Francfort, que se celebra hasta el 14 de octubre, es la única feria internacional del libro a la que asisten prácticamente todos los editores del mundo. Sin despreciar otras ferias, como la BEA estadounidense, la Feria del Libro de Londres, la Feria del Libro de El Cairo, Liber, el Salon du Livre, Jerusalén, la Feria del Libro de Buenos Aires, las ferias del libro de Nueva Delhi, Varsovia y Calcuta -y probablemente una decena más-, Francfort, que se celebró por primera vez en 1454, es la abuela de todas ellas. (Hubo un interregno que comenzó en 1764 y en el que Leipzig sustituyó a Francfort, pero la sede volvió a cambiar tras la era nazi, en 1949, después de que Leipzig pasara a formar parte del bloque soviético).

Este año estaré en la Feria del Libro de Francfort por cuadragésimo cuarta vez. Como casi todo el mundo, tuve que alcanzar cierto grado de veteranía para que mis jefes me permitieran disfrutar de un billete de avión, una habitación de hotel y una semana sin ir al despacho. La primera vez que vine fue a instancias del conocido editor alemán Andreas Landshoff, amigo mío y ya entonces un veterano, que nunca dejó de asistir a la feria hasta hace poco. Su tarea como editor en Abrams incluía la coproducción de los libros visuales de Abrams, y Francfort era fundamental para su trabajo.

Al principio, yo iba como editor de libros de bolsillo, luego empecé a interesarme fundamentalmente por la compraventa de derechos, y luego, sobre todo, por las reimpresiones. Los derechos que vendía, primero en nombre de Avon Books y luego de Penguin, eran los de las ediciones en lenguas extranjeras de libros que nosotros ya teníamos. La venta de derechos era un aspecto comercial que, a veces, nos permitía cubrir los gastos de la feria, y a mis autores les gustaba que yo volviera a casa y les contara sobre los derechos que habíamos logrado vender. Sin embargo, nada, ni entonces ni ahora, me ha dado nunca tanta satisfacción como el hecho de encontrar un libro nuevo para publicar. La labor editorial se alimenta del entusiasmo ante un futuro impredecible, y creo que siempre será así. Los libros que adquirimos son la base sobre la que el público puede valorar las decisiones culturales y comerciales del editor: culturales en el caso de los libros de más calidad, y comerciales en el sentido de que la editorial necesita vender para poder seguir editando libros.

A lo largo de mi vida, el gran acontecimiento de octubre ha cambiado, pero merece la pena dedicar un instante a esbozar una historia resumida de la feria. En los primeros tiempos, desde el siglo XV hasta principios del XX, era una feria sobre todo alemana, desde luego, pero desde muy temprano tuvo una faceta internacional. Impresores de Italia, Suiza, los Países Bajos, Polonia, Francia y otros países, cargados con barriles llenos de libros, viajaban durante meses a pie, a caballo y en barco para asistir a la muestra. Si el libro empezó a internacionalizarse tan pronto fue gracias a Gutenberg y su invención del tipo móvil y la imprenta en 1450, que hizo posible la impresión de múltiples ediciones. Desde luego, su invento contribuyó más que ningún otro a la lectura de libros y la difusión del conocimiento, tanto en latín como en las lenguas vernáculas. El hecho de que una obra se leyera más en una lengua determinada hacía que los editores de otros países quisieran traducirla. Pero esa faceta internacional no adquirió verdadero impulso hasta el desarrollo de los viajes y las comunicaciones, que permitieron el aumento de los intercambios culturales. Se sabe que las primeras ferias alemanas ya tenían la vista puesta en el extranjero, como lo demuestra la existencia de un catálogo de la Feria de Francfort en inglés, que empezó a editar el librero John Norton en 1608- 1618; no obstante, la lengua franca de las obras y los participantes siguió siendo el latín.

Aunque, en gran parte, las ferias de Francfort y Leipzig siguieron constituyendo los lugares de encuentro de editores y libreros alemanes, al mismo tiempo contribuyeron a ese intercambio de ideas y a fomentar el debate sobre la labor editorial en general. En las ferias, los editores entraban en contacto con las nuevas tecnologías relacionadas con el papel, la tinta, la impresión y la encuadernación, e incluso diferentes métodos de diseño, ventas y distribución. Aunque el libro era un objeto cultural, la tecnología era y sigue siendo su accesorio indispensable.

La llamada Feria del Libro de Francfort ha ido incorporando todos esos aspectos auxiliares, y otros productos no auxiliares como mapas, carteles y calendarios, y en tiempos más recientes cintas de audio y CD, descargas digitales, juegos, etcétera. Internet y la digitalización auguran todavía más cambios para el futuro, del mismo modo que las ediciones de bolsillo -iniciadas por Tauchnitz en Leipzig, en 1841, y por Penguin en formatos más "de masas" en 1935, en Inglaterra- revolucionaron la producción, el precio y la venta del libro, los hábitos de lectura en todo el mundo y la forma de presentar y vender los libros, al ampliar los formatos de la información y el entretenimiento.

En cuanto a la feria en sí, que inicialmente era una feria profesional y comercial -a la que el público asistía más o menos dependiendo de las reglas cambiantes de la muestra-, con el tiempo se fue entretejiendo con la economía social. Por un lado, esa evolución se debió al desarrollo del comercio nacional e internacional. Pero, por otro, en los años setenta, pasaron a primer plano las distintas sensibilidades y las tendencias políticas. Empezaron a verse, en ocasiones, protestas llamativas e incluso violentas, como las manifestaciones de una izquierda cada vez más combativa contra las publicaciones de Axel Springer, la ocupación del pabellón griego por parte de disidentes en 1967 y la protesta de la Federación de Estudiantes Socialistas y el movimiento contra Leopold Senghor en 1968, año en el que se le concedió el Premio de la Paz de Francfort, el prestigioso galardón que concede la feria cada año en la iglesia de San Pablo. La dirección de la feria, como es comprensible, asumió una postura inflexible ante toda esa politización, pero acabó viendo que era imposible, con la presencia de los medios de comunicación, aislar por completo los acontecimientos mundiales de la cultura y el comercio del libro. Por ejemplo, la fatua dictada por el ayatolá Jomeini en 1989 contra Salman Rushdie y todos los que difundieran Los versos satánicos dejó claro que la seguridad física ya no estaba garantizada. La feria tuvo que añadir un número cada vez mayor de medidas de seguridad en las entradas, una situación que empeoró todavía más tras el 11-S.

En los años setenta, quizás hacia 1975, según cuenta Peter Weidhaas -durante muchos años responsable de la feria y recientemente jubilado- en su libro A History of the Frankfurt Book Fair, que se publicará este mismo año, también se produjeron otros cambios, relacionados con lo que se consideraba el marketing que nos llegaba de Estados Unidos. La promoción a bombo y platillo y la preocupación por crear best sellers se convirtieron en partes tan importantes del encuentro -en todos los aspectos, desde las vitrinas en los pabellones hasta los carteles callejeros que se veían en las proximidades de la feria- que los organizadores se preocuparon seriamente. Weidhaas y su consejo directivo tuvieron que preguntarse si los elementos culturales de la feria estaban viéndose eclipsados por la comercialización. La venta de derechos sobre libros de autores famosos, autores a punto de ser famosos y autores que pronto iban a quedar olvidados, que los agentes y editores solían llevar a cabo -en los tiempos previos al teléfono móvil- a base de subastas peripatéticas de libros todavía no escritos, a partir de unas propuestas de tres frases, coexistían incómodamente con un esfuerzo cada vez mayor de los editores de libros de arte para encontrar socios que coprodujeran los libros con ellos, unos socios que entonces eran todavía más necesarios que ahora para amortizar los costes de desarrollo de la impresión en color para una sola vez. También empezaron a ocupar tiempo y espacio las empresas dedicadas a la liquidación internacional de libros, así como las ventas -muchas veces no autorizadas- de libros promocionales por encima de fronteras nacionales con contratos exclusivos: todo tenía hueco en una Feria de Francfort que evolucionaba. En gran parte, se debía al enriquecimiento de la sociedad occidental, que tuvo como consecuencia el exceso de producción tanto de títulos como de ejemplares de cada libro. Podía decirse que la feria avanzaba cada vez más en paralelo con un mundo comercial independiente de los libros.

También hay que dejar constancia del crecimiento de la propia feria. En 1970 había aproximadamente 2.500 participantes, procedentes de 66 países. En 1990 estuvieron presentes 90 países y los expositores ascendían a más de 6.000. Y así sucesivamente. Como dice Peter Weidhaas en A History of the Frankfurt Book Fair: "En un periodo de 30 años, el espacio dedicado a los expositores había multiplicado casi por cinco la superficie original en metros cuadrados (de 39.000 a 198.558). Un visitante que pretendiera ver todas y cada una de las casi 7.000 casetas habría tenido que recorrer más de 30 kilómetros. Tal vez el Libro Guinness de los Récords estaría interesado en saber si alguien ha sido capaz de hacerlo. El número de visitantes aumentó en la misma proporción. Al empezar ese periodo, el público corriente representaba aproximadamente el 70% de los visitantes. Las mañanas estaban reservadas para los profesionales. Sin embargo, en el último decenio del siglo XX, el asombroso incremento del número de visitantes profesionales obligó a limitar el acceso del público. A partir de entonces, sólo se permitió los dos últimos días, que siempre eran un fin de semana".

En 1993 se produjo una transformación importante, que situó la feria en lo que, a partir de ese momento, pudo considerarse una plataforma de lanzamiento para el siglo XXI. Ese año, el mercado de la información electrónica, constituido por los fabricantes de software, empezó a ocupar un lugar especial en la feria y pasó a ser parte formal de ella. Evidentemente, en 1993 nadie podía predecir que, en 2007, la edición electrónica -paralelamente a la edición impresa tradicional- iba a tener una importancia tan grande para una nueva generación de lectores. En esa transformación y su trayectoria se encuentra la gran incógnita de los próximos 10 años.

Da la impresión -si se examina lo ocurrido en las industrias de la música y el cine- de que la complicada recompensa de la digitalización y la llegada de diversos aparatos lectores como el Sony Reader (con su reserva de 80 libros en la tarjeta de memoria) podrían suponer enormes cambios; pero lo que no se sabe es si la gente querrá utilizar ese método para leer por placer. Tal vez la tinta negra sobre papel blanco, basada en la fórmula de Gutenberg de hace más de 500 años, página a página, siga prevaleciendo sobre una nueva generación apoyada en una pantalla. Es posible que haya un lento cambio en el público, en relación con algunos libros, no con todos. Tal vez el factor decisivo sea el contenido, y no el contexto. Varios críticos y editores como André Schiffrin y Jason Epstein han hablado de los cambios políticos, culturales y tecnológicos que están produciendo la creación de conglomerados y la tecnología. Desde luego, la Feria del Libro de Francfort representará cualquier cosa que surja de esta y otras profecías.

Hay que decir que la introducción de temas en la feria se hizo, en parte, para contrarrestar el avance hacia la comercialización de la muestra; la primera feria temática fue la de 1976 (literatura latinoamericana), en la que se dedicó gran atención a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Desde entonces, en todas sus ediciones -salvo alguna excepción-, la feria ha destacado una región o un tema no regional, que centra la atención de todos y, fundamentalmente, de los medios alemanes especializados. Este año es Cataluña, una región de la geografía política de España. Los temas han contribuido a impulsar aún más el carácter internacional de la feria. En realidad, ésta sólo fue exclusivamente alemana un año, en 1949. Cinco años después ya había más participantes internacionales que alemanes (hoy es la feria de Leipzig la que permanece exclusivamente dedicada a lo alemán).

Desde mi punto de vista personal la feria, dado el mundo en el que vivimos, representa una mezcla razonable de comercio y cultura, que otorga cada vez menos importancia -por el desarrollo de las tecnologías de impresión- a las coproducciones de libros visuales. En los libros no visuales existe cada vez menos interés por las obras procedentes de Estados Unidos y más por compartir con otros países nuestras respectivas culturas. El papel de Estados Unidos es peculiar. Su enorme poder mediático hace que menos del 5% de los títulos publicados proceda de países de habla no inglesa. Esta vergonzosa paradoja se da en todo el mundo anglosajón: por ejemplo, el Reino Unido, cuyos medios tienen mucha menos influencia, no parece estar tampoco muy interesado por la literatura extranjera. A pesar de esa anomalía y otras semejantes, la Feria de Francfort, en la ciudad natal de Goethe -el alemán más universal-, sigue siendo una feria comercial que conmemora la diversidad de los componentes culturales de las distintas naciones y regiones del mundo. Ahora bien, algunos podrían criticarla alegando que la mano de los grandes conglomerados empresariales y la tendencia a publicar con la vista puesta en los beneficios (en vez de la diversidad que sería de esperar) han reducido esa variedad que parecía posible. Es verdad que cada vez se publican más libros en todo el mundo, pero cada libro vende menos, y los éxitos de ventas venden mucho más que antes. ¿Acaso el triunfo el hombre corriente presagia el fin de la diversidad?

En otras palabras, la feria es una representación auténtica de lo que ocurre en el mundo editorial en general, y tanto Sigfred Tauber como Peter Weidhaas, y hoy Juergen Boos, han introducido esos cambios con el crecimiento físico y la adaptación de las infraestructuras de la feria, en un intento de ofrecer antídotos contra los problemas que, decenio tras decenio, siguen apareciendo.

Una vez más, desde mi perspectiva personal, yo voy a la feria a trabajar, más a comprar libros para publicar que a vender derechos de libros para que los publiquen otros. Pero, además del trabajo, voy a ver a mis amigos. Tanto si es en la cena Peter Mayer, de nombre ligeramente inadecuado, sufragada por los que asisten a ella -ninguno de ellos invitado por mí-, como en las numerosas recepciones y cenas y los encuentros casuales con viejos y nuevos conocidos, siento que formo parte de una gran reunión de un club. Se bebe y se trasnocha mucho; se pierde la voz. Sonrío a gente cuyas caras conozco pero cuyo nombre he olvidado en los últimos 12 meses. Meentero de quién está casado con quién y quién se ha separado, cuántos hijos tiene cada uno, cómo se llevan esos hijos, dónde viven los amigos; a veces he tenido la suerte de poderles visitar en sus respectivos países o han venido a visitarme. Un año pude llevarme a mi hija y presentarla a diversas personas que llevaban 23 años viendo sus fotos. También he tenido la suerte de ver la feria a través del prisma de una gran editorial como Penguin, con un pabellón en la feria en el que podrían cultivarse cosas, y ahora desde otra más pequeña, la neoyorquina The Overlook Press, que ocupa la mitad de una caseta compartida con Duckworth, de Londres, y el diseñador y editor holandés Joost Elffers.

Los libros y los amigos son lo que verdaderamente me importa. Siempre me entristezco cuando alguien a quien he llegado a conocer mucho, después de verle todos los años en la feria, deja de ir porque se jubila o por motivos de salud. De pronto, cuando paso por una caseta en la que estaba acostumbrado a ver una cara amiga, él o ella ya no está ahí. ¿Cómo es posible?, me pregunto. Y lo mismo me pasará a mí algún día.

La labor editorial no sólo tiene que ver con hacer libros, aunque eso es lo que pensaba cuando era joven. Yo vivo en una comunidad de libros, una comunidad que me importa, y Francfort es un gran lugar de encuentro. La Feria del Libro de Londres ha crecido y ha ganado en importancia, y abundan las ferias en otros lugares. Con un buen capital, sería posible viajar constantemente por el mundo dedicándose a comprar libros y sin tener nunca tiempo de publicarlos.

Sin embargo, Francfort, que data de hace más de 600 años, que ha vivido tantos cambios en Alemania y el resto del mundo, y tantos cambios en la propia edición de libros, sigue siendo, para los que pertenecemos al gremio, algo más que una ciudad junto al río Main.

Peter Weidhaas. A History of the Frankfurt Book Fair. Traducción de C. M. Gossage y W. A. Wright. Dundurn Press, 2007. 218 páginas. Peter Mayer fue editor de Penguin. Actualmente es responsable de The Overlook Press. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.