jueves, julio 26, 2007

Espectáculo matutino

Hay días en los que uno piensa qué sentido tiene ser situacionista. Son esos los momentos en los que el espectáculo parece no verse por ninguna parte y uno maldice el tiempo invertido en la difícil tarea de leer a aquellos franceses empeñados en hablar para que nadie les entendiera. ¡Malditos posmodernos!

Abatido, uno se sienta frente a sus cereales de siempre –bueno, o frente a algo de fruta porque alguien se acabó los cereales ayer sin avisar- y enchufa las noticias para saber qué pasó mientras dormía. “Terremoto en Indonesia” –suena ha visto- “Doping en el Tour” -¿esta vez de quién?- “El apagón de Barcelona” -¡canallas! Todo tiene un sabor a masticado. Algo ya visto y, si queréis, habitual… ¿Todo?

Adelantando por la izquierda llegó el italiano de Tele5 con su habitual presentación de los periódicos y veo la portada de El País con esa grandiosa fotografía de la ficha policial de El Solitario, un psicópata atracador de Las Rozas –tanto adosado no puede ser bueno. Ahí le tenéis, con su traje de promotor inmobiliario –chaleco antibalas incluido-, pulgar en alto mostrando su complicidad con el fotógrafo penitenciario y una sonrisa que parece decirnos “Sí, yo también leo a Foster Wallace. ¡El Espectáculo ha llegado a la criminología! Llamar loco a este hombre es lo mismo que chillarte “¡Drogadicto!” a Timothy Leary. Es el más cuerdo entre los de su especie.

Abrumado por este alud de espectacularidad me acerco a mi quiosco más cercano y compro El País para poder conservar una portada que, a buen seguro, formará parte de uno coleccionable dentro de años. Y, puesto que hemos pagado por la información, rebuscamos entre sus páginas con la misma sonrisa que un atracador en una comisaría portuguesa.

De primeras me cuesta discernir entre lo que podríamos llamar Espectáculo y la escatología más pornográfica. Que venga la esposa de no se qué político argentino a decirme que su referente ideológico es la “Evita del puño cerrado” me parece, sí, abiertamente escatológico. Vamos, como si nos encontráramos al Rey de España diciendo que su referente es Alfonso XIII “pero sólo cuando no apoyaba la Dictadura de Primo de Rivera”. O como si el Príncipe de Asturias saliera diciendo que admira los años del principado -¿llevaría una mayúscula reverencial?- de su papá junto al General Francoeldelculoblanco.

Y es que esa es otra… ¡la monarquía! –sin mayúscula- de la que se empieza a hablar otra vez en este país. Ya explicó Ottinger su versión –y coincido plenamente con él- respecto a la polémica de El Jueves y por eso no opiné. Pero, henos aquí, contemplando un artículo del Senador –y por tanto vacunado contra los fiscales- Iñaki Anasagasti que por Internet llama Impresentables” y “vagos” a la familia real, se caga en los derechos históricos de la corona, se lamenta de los fastos de hace año y medio cuando parecía que la democracia la había traído el Sr. Juan Carlos y no la gente de a pié y dice alegrarse de que ésta despierte de una vez por todas. Me surge la duda de saber si el Espectáculo es que Anasagasti se cague en el Reino o si lo es escuchar a alguien que no se ha enterado que el Republicanismo en España sigue vivo y que si no sale adelante es por falta de referentes y no de ganas. ¡Pero en cualquier caso es espectáculo! Y siempre se disfruta cuando alguien con antibacilos se caga en algo incagable. Te extrañaremos, Labordeta.

Que país éste y qué noticias las nuestras. Con situaciones así no me extraña que Carmen Chacón no se sienta cómoda frente a periodistas de la BBC, que ni ganan ni pierden preguntando lo que todos queremos saber: ¿Qué hago, me compro un piso o me espero? Porque a este paso voy a terminar como el gilipollas del López en la brillante serie catalana Plats Bruts -o Platos Sucios en castellano- que se lió la manta a la cabeza… y se compró una plaza de parking sin tener coche, ni carné, ni ná de ná.

Qué alegría que da cuando uno sale a la calle y todo parece estar ahí dispuesto para que demuestre cuál es su compostura metodológica.

miércoles, julio 18, 2007

Sol de verano que quema los libros

De tanto en cuanto hay momentos en la vida en los que uno ya no da para escribir. No por falta de ideas, sino por exceso de tareas pendientes. Uno llega a preocuparse y piensa que no hace nada productivo en el blog. Que se le acumulan las entradas pendientes –todas ellas muy bien apuntadas en el moleskine regalado en otras fechas. Y al final resulta que llega el día en que más cosas tienes que hacer, y sólo se te ocurre comunicarte con los demás en el blog. Como no me voy a poner a hacer ocho mil entradas seguidas sobre libros o relatos leídos, empezaremos a diseccionar varios de ellos sin caer en la tentación de mencionar si quiera los comprendidos en la Serie de Literatura Belicista –mi preferida. Tomen aire, queridos lectores, que nos disponemos a diseccionar de carrerilla los libros que más me han contado en estos últimos 6 meses –y el tintero a rebosar, ¡madre mía!

Carnaval, de James Thurber.

Empezamos por éste por ser la última lectura y una de las novedades del mes de Julio en la editorial acantilado. Me lo encontré casi por casualidad. Dejado de las manos de Dios por algún idiota de los que se encuentra uno en la vida. Y por abrir sus páginas y comenzar a leer uno de los relatos cortos que en él contenían no pude sino rendirme y empezar por el principio, práctica poco valorada hoy día.

Periodista de The New Yorker, de esos que tanto nos habrían gustado a Harry, Ottinger y a mí, Thurber dominaba la ironía de manera brillante. El libro lo componen relatos breves sobre situaciones de la clase media alta, columnitas de historias personales más o menos inventadas para la revista y columnas de opinión con todas las letras. Desde el primero hasta el último, en todos ellos Thurber buscará pelea con el lector, la encontrará y le abandonará dejándole un regusto sabor sangre en la boca. Él puede con todos nosotros, y no cabe duda de que su humor hila más fino que el nuestro. Brillante en el primer encuentro con La vida privada de James Thurber, en el que disecciona la casi homónima autobiografía de Salvador Dalí y, prácticamente, le manda a hacer puñetas. Los relatos de hombres de clase media, absolutamente dominados por su mujer –es decir, calzonazos- e incapaces de aventurarse en la vida sin ellas, nos harán disfrutar de un humor clasista como pocos –tengan en cuenta que escribe en la América recién salida de la Segunda Guerra Mundial, la de clase blanca media-alta-, en ocasiones racista y misógino. Si no nos detenemos a ofendernos nos reiremos hasta de nosotros mismos. En cuanto a la opinión pura y dura, Thurber gustaba de destrozar las obras de psicología que se encontraba a su paso. Ciencia ésta, la Psicología, que él llamaba directamente autoayuda con todo lo que eso tiene de desprestigio. Acaba con todos los argumentos de los famosos psicólogos, empecinados en hacer ver al hombre corriente que puede ser todo lo bueno que quiera ser. En definitiva, se recomienda leer el libro este verano, sentado en una butaca de orejas, con aire acondicionado, una copa de brandy en una mano y el puro en la otra. Porque como lo leamos en la playa, vestidos en bañador y con el tintorro de verano en la mano, Thurber sale y nos noquea. No cabe duda de que me atreveré con La vida secreta de Walter Mitty.

En picado, de Nick Hornby.

“¿Has leído algo de Hornby?”; “¿Has leído algo de Hornby?”; “¿Has leído algo de Hornby?”; “¿Has leído algo de Hornby?”. Muchos de los que me rodeaban me preguntaban lo mismo. Y yo, dale que no. Hasta que alguien puso remedio en tan fatua fecha y, robando el título de la moleskine antes mencionada, me regaló ésta, su última novela. Una cosa me hizo sospechar que el libro era bueno, si Anagrama se gasta los cuartos en comprar los derechos y editarlo, es que algo se huelen. En una editorial así, de buena selección de títulos extranjeros, el error es poco probable aunque cotidiano. Ya por algo el jefe del Planeta había advertido al mundo de la Fiebre Amarilla.

Este pequeño hooligan inglés escribe estupendamente. El argumento es sencillo, cuatro personas que no se conocen de nada coinciden en la azotea de uno de los edificios más famosos de Londres con la intención personal de suicidarse en la nochevieja. Sin embargo, perdida la intimidad del acto, cada uno se siente responsable de la situación del otro y hasta ahí puedo leer. La novela es divertidísima, con muchas referencias literarias propias de Hornby y contado a la manera del gran William Faulkner, es decir, no hay narrador, sino que cada pasaje nos lo cuenta uno de los cuatro protagonistas. La tensión del libro decae hacia el final, pero eso no nos impide disfrutar de lo que hemos leído en absoluto pues, más bien que mal resuelta, no podemos abandonar el barco de la lectura hasta que todos se hayan salvado.


Fever Pitch, de Nick Hornby (otra vez).

¡No me podía creer que no hubiera nada más editado de Hornby! Todo descatalogado excepto un aburrido compendio de cuentos –donde él sólo tiene una o dos cositas creo recordar- y un par de libros llamados 31 Canciones y Cómo ser buenos, ambos también de Anagrama y nada representativos de él. ¿Dónde están los maravillosos Fiebre en las gradas o Alta fidelidad? Estos dos libros tenían que ser muy buenos, vistos las películas. Por fin, tras comprobar que estaban descatalogados, los localizo en formato bolsillo en inglés -¡bravo por Penguin!- me decidí por el primer título. De él me atrajo la historia que vi hace tiempo en el cine. Hubo una película inglesa basada en esta novela que tenía el mismo título. Trataba sobre un profesor de literatura y gimnasia de un instituto, soltero empedernido y enamorado del peor Arsenal de toda la Historia de la Liga Inglesa. Su año de descubrimiento de la vida adulta –treintañero- coincide con la posibilidad de que el Arsenal se proclame vencedor de Liga tras 20 años (¿?) sin olerla. Comprenderán Uds. que, siendo del Atlético de Madrid como soy, me comparara con dicho profesor. Hicieron una versión yankee con fútbol americano –deporte de caballeros jugado por animales- en la que salía la niña pija de Friends, pero ni me acerqué a verla.

El libro es completamente diferente a la película, Hornby no escribe una historia sino un diario futbolístico de su enamoramiento con el club de Londres. A los más futboleros –en pasado como en mi caso o presente- les encantará la filosofía de vida que destila todo el libro o la justificación para ser un fan incondicional del Deporte Rey. A los que no les guste el fútbol, tranquilos, se divertirán aún más viendo cómo alguien puede llegar a arruinar su vida –o eso parecía- por un estúpido club. La risa, como En picado, está más que garantizada.


La noche del oráculo y Leviatán, de Paul Auster.

Abro este comentario sobre dos libros con una discusión que mantuve con un amigo. ¿Cuál era mejor –o en el caso de mi amigo, cuál era peor- de las dos novelas? A mí me gustaba más La noche del oráculo. Tiene puntos de metaliteratura muy interesantes y la trama se va destilando poco a poco, sin previsión de ningún tipo. Leviatán, por su parte, tiene de bueno que comienza de manera muy fuerte ya que está escrito en forma de confesión. El autor afirma tener poco tiempo para escribir y necesitar explicar por qué su amigo ha volado en mil pedazos. ¡Vaya! El problema es que la tensión no se mantiene y, hacia la mitad, uno ya ha olvidado si el que ha volado era su amigo, si el que va a volar es él o si el que voló por los aires era el protagonista de cualquier otra novela de Auster.

Porque eso sí, Auster intercambia personajes en sus novelas. En todos sale alguien enfermo al que la misma enfermedad le cambia la vida, para bien, para mal o para nada. La noche del oráculo, tiene como protagonista a un escritor enfermo que se está recuperando lentamente y que descubre, poco a poco, el secreto que guarda su mujer. Dentro de la historia hay otra, aquella que el enfermo comienza a escribir inspirado por un cuaderno recién comprado y que hace ganar bastantes puntos a la novela aunque sigue habiendo pasajes en la trama principal un tanto inútiles. Leviatán, en este sentido no cumple con el clásico Auster, no hay protagonista enfermo aunque sí casualidades. El escritor de Nueva York tiene otro hábito como es que la vida se guía por las casualidades. En Leviatán la trama la hacen las casualidades y eso provoca el momento en que el lector no puede evitar un “¡Y qué más!”, cerrar el libro y esperar a ver si por casualidad se cruza la morena del quinto con ganas de marcha.


Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol.

No recuerdo detrás de qué libro me releí Alicia… pero supongo que fue uno que me hizo sentir extremadamente adulto, maduro y real. Más que una lectura de disfrute era una lectura por necesidad de escaparme. Recuerdo que ha sido la primera vez en que los continuos parones de la Línea 1 de Metro de Madrid no me han exasperado. Si el altavoz con voz de señora metálica me decía que “por causas ajenas a Metro bla bla bla, retraso de 10 minutos bla bla bla” a mí me daba lo mismo: estaba metido dentro de la madriguera hablando con el Gato sobre la Reina de Corazones –la mejor frase de la Historia; “¡Que le corten la cabeza!”. Este libro es filosofía pura y, junto con uno del maravilloso Buzzati que comentaremos en la Serie Antibelicista, parece que ha ido narrando los acontecimientos que me han pasado en estos tres últimos meses. Lástima que la edición elegida sólo contuviera Alicia en el país de las maravillas y no Alicia a través del espejo, pero de igual manera me sirvió para darme cuenta de que lo real es aburrido y que lo absurdo tiene más sentido.

Y por hoy eso es todo. Tengo muchos títulos pendientes de revisar en el blog, y lo haré según tenga más y más trabajo y la situación se vuelva más preocupante y tensa. De momento adelantar las próximas lecturas que me voy a marcar porque yo lo valgo. Benito Centeno y Billy Budd, de Herman Melville; La mano de la buena fortuna, de Goran Petrovic –los serbios, balcánicos o centroeuropeos son mi perdición-; El maestro Juan Martínez, que estaba allí, de Chaves Nogales; y La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Aunque esta lista no vale de nada, seguramente pasado mañana la cambie y a primeros de mes, como tantas veces, vuelva a comprar más libros de los que soy capaz de leer, trataré de revisarlos aquí. Si no es uno por uno de varios en varios. Ese es mi destino y lo acepto ante los dioses de mi libreta moleskine color negro… pero antes me saco los ojos que leer al Prada.