viernes, junio 22, 2007

Una mujer en Berlín, Anónima

Hasta ahora, la serie de literatura antibelicista estaba comprendida por novelas. Relatos ficticios sobre situaciones hipotéticas que, en mayor o menor medida, podrían haberse dado en la realidad pero que en ningún caso tuvieron nada que ver con ella. Con Mujer en Berlín nos salimos de esta tendencia para pasar a observar el relato de una alemana durante los días de la toma soviética de Berlín. No pretendemos revisar diarios o relatos verídicos de guerra durante esta serie –la lista entonces se nos mostraría interminable- pero si en este caso hacemos una excepción es por la novelización que su autora hace de la entrada rusa y, sobretodo, porque es digno de mencionar un libro como este, que habla del fin de la guerra y del comienzo de lo peor, más allá de donde los libros de Historia se quedan, acertando a descubrirnos que cuando los grandes acontecimientos terminan es el momento en el que ocurren las cosas que importan. (leer más)

miércoles, junio 20, 2007

Fantasmas Balcanicos (III)

Tras las pesquisas diplomáticas y la decisión de intervenir militarmente, la visión estadounidense del asunto se presumía sencilla, como tantas otras veces. “Llegamos allí con los aviones, bombardeamos los puntos clave, dejamos algún recado a la población local –para que aumente la presión sobre el gobierno serbio- y en 10 o 15 días todo está acabado”. Esto sí que era cirugía y no lo del Cambio Radical.

Sin embargo se equivocaron. El empecinamiento de Milosevic a no darse por rendido obligó a EEUU –OTAN entremedio- a bombardear hasta el punto de que el jefe militar de la operación tuviera que confesar ante las cámaras de que ya no tenían nada más en la lista de objetivos. Los planes se habían hecho para una docena de días bombardeando de manera que, al igual que el borracho en la pista de baile tras soltarle las frases hechas a la presa de turno, se quedó donde estaba, haciendo como que hacía algo. La idea de intervenir por tierra sobre unos terrenos tan complejos como lo son los Balcanes estaba de antemano totalmente descartada –cosa que contribuyó a hablar de la cobardía de occidente frente a los serbios.

La búsqueda de nuevos objetivos bombardeables terminó con la paciencia de los militares. Absolutamente cualquier objetivo era discutido por los representantes políticos de la OTAN, con las filtraciones de costumbre y los reproches habituales. No era manera seria de hacer la guerra. Además, en pleno campo de batalla ­–aéreo- se producían situaciones ridículas como las de aquellos cazas españoles que, tras observar en el radar a dos MIG de fabricación rusa y dar la voz de alarma solicitando permiso para abrir fuego, se dieron cuenta de que los pilotaban miembros de la aviación húngara, miembros de la OTAN desde pocos días antes de comenzar los ataques.


Dispuestas así las cosas, los políticos tuvieron que lidiar con las incompetencias militares varias. Surgió el llamado efecto colateral o, lo que es lo mismo, el bombardeo de camiones atestados de refugiados serbios o kosovares por error. Se bombardeó la embajada china, con todos sus trabajadores muertos y que, obviamente, introdujo el factor China dentro del conflicto diplomático cuando precisamente eran los asiáticos la única potencia que se limitaba a decir “hagan lo que les de la gana que no es problema mío”. Y, por último, se decidió bombardear el edificio de la televisión serbia en Belgrado y mandar un previo aviso para que nadie estuviera allí trabajando. En plan Guerra de Gila.

El bombardeo de la televisión produjo muchos efectos tanto en uno como en otro bando. La OTAN, como decía, avisó para que todo el mundo saliera de allí tratando de mejorar la visión causada con los efectos colaterales. Milosevic decidió forzar la maquina y asegurar a sus trabajadores que nada le ocurriría al edificio, que en todo caso las baterías antiaéreas les salvarían. La OTAN bombardeó, Milosevic no desalojó y el resultado fueron varios trabajadores muertos y el edificio de la televisión como símbolo de todo aquél que se oponía a la guerra.

La OTAN aprendió que, si en una guerra –como cabe suponer- no se cuenta con el respaldo unánime de las sociedades, matar periodistas del bando contrario contribuye a que los periodistas de tu bando se mosqueen bastante. Milosevic, por su parte, que utilizar escudos humanos contribuye a perder el mucho o poco apoyo de tu población. Más tarde, cuando la televisión serbia siguiera emitiendo a pesar de haber sido bombardeada, muchos preguntarían a la OTAN por la necesidad estratégica del ataque. La callada por respuesta.

El affaire televisivo contribuyó además a que los medios occidentales se hicieran eco de la tremenda oposición que los serbios hacían a Milosevic. El régimen de éste se vendía como una nación yugoslava tremendamente unida. Por entonces aún existía el ente llamado Yugoslavia y estaba formado por las Repúblicas de Serbia –incluida la región de Kosovo- y Montenegro. Sólo ésta última era capaz de inhibirse de la política de autodestrucción de Milosevic y, por lo tanto, se salvó de ser bombardeada. Los serbios y las serbias tenían entre ceja y ceja a un Milosevic endiosado, que se pensaba capaz de superar cualquier eventualidad que le saliera al paso en su política internacional y que tenía dominada la política nacional mediante un discurso enteramente nacionalista, alegando que Serbia había sido vilipendiada por todas las naciones europeas durante las Guerras en Bosnia y que ahora era privada de su capacidad de decisión sobre un asunto interno: la serbialidad de Kosovo.

Los serbios ajenos a la política, es decir la inmensa mayoría, sólo interpretaban una cosa. Milosevic les había llevado de ser el país más próspero del Este de Europa, con becas universitarias que cubrían desde los estudios hasta la vivienda, con transportes públicos eficaces, poder adquisitivo y unas cooperativas de trabajadores que realmente conseguían sacar beneficios espectaculares que se revertían en la propia ciudadanía a ser el agujero negro, el desagüe de Europa. Ellos querían quitárselo de encima, limpiarse de políticos como los que tenían que prestaban su apoyo incondicional a la política nacionalista y en lugar de recibir ayuda de los países occidentales, les bombardeaban en nombre de los Derechos Humanos.

Como era inevitable la resolución del conflicto no vino por la vía militar, sino por la diplomática. Rusia, durante todo el conflicto, se mantuvo alejada de mostrar intención de ayudar en la defensa de su hermano eslavo –paneslavismo, decían entonces- y sólo hacía declaraciones condenando las acciones de la OTAN. A su vez buscaba soluciones diplomáticas que le permitieran salvar el honor de Gran Potencia perdido. EEUU había bombardeado a pesar de su oposición y el final de la contienda debía incluir un papel de protagonista principal de Rusia.

Sin embargo, como en esas películas malas donde se da más papel del debido a actores que deberían estar ya jubilados, EEUU aceptó de buen grado que Rusia jugara al juego de Gran Potencia. Necesitados los americanos de una salida airosa, pensó que la UE podría hacerse cargo de una fuerza militar de interposición -la KFOR- y al tiempo de la organización de un gobierno civil autónomo de Kosovo –compuesto por representantes kosovares, representantes de la minoría serbia de Kosovo y consejeros de la UE.

Había que escenificarlo todo y para eso todos tenían que ganar, como en una noche electoral cualquiera. EEUU, y la OTAN, se declaró victoriosa del conflicto por haber conseguido el establecimiento de un cuerpo militar y de un gobierno autónomo en Kosovo. Rusia, por su parte, fue la encargada de intervenir por tierra, de ocupar la capital de Kosovo, Prístina, y representar una farsa de defensa del hermano eslavo. Milosevic seguía en el poder –ya veremos que no por mucho tiempo-, había conseguido aguantar los bombardeos, logrado que Rusia se movilizara en su ayuda y, en lugar de declarar a Kosovo como República Independiente, el conflicto había impuesto una fuerza europea de interposición y dejaba los aspectos constituyentes de la región como algo a negociar políticamente en el futuro. Además, como no había habido declaración de Guerra alguna, pues no había acuerdos de Paz ni restituciones y todo se dejaba al buen hacer del gobierno autónomo de Kosovo y sus peleas internas.

miércoles, junio 13, 2007

Anecdotario histórico

Corrían los años de la Dictadura. Ese gobierno desequilibrado donde unos mandaban mucho y otros menos. Y había televisión. Ese aparato puesto en cada casa era utilizado para entretener a la familia al completo, con unos horarios bien definidos, una programación suave donde las polémicas apenas existían –mención especial para la Moviola- y donde las películas de la Semana Santa habían de ser a la fuerza relacionadas con el martirio de Cristo para gozo de aquellos quienes mandaban. Y no podemos olvidar, por supuesto, a Don Juan.

Como todo –o casi todo- lo que venía desde el extranjero era sospechosamente sospechoso de ser insurrecto y de soliviantar a las masas, la producción propia de RTVE se dedicó a crear, eso que ahora todas las televisiones están obligadas –aunque protesten mientras lo hacen y aunque luego lo rentabilicen hasta en la sopa cuando se les nomina a algo.

Para rodar exteriores, un equipo tuvo que salir hacia la Casa de Campo de Madrid, por entonces bien aislada del resto de la capital. No como ahora, por supuesto. Preparado todo el set de grabación. Todos los focos. Todas las cámaras. Los camerinos. Los actores. Los tramoyistas, que los había. Todo, en fin. Y ahí surgió él, presto a curiosear las cosillas éstas de los artistas. A ver cómo se crea la magia de la televisión. Fue entonces cuando le surgió la duda y, acercándose al productor de todo el tinglao, habló:

“Y… dígame, ¿dónde está el enchufe para todo esto?”

Adolfo Suárez González

Director General de RTVE y Presidente de Gobierno de Libre Configuración

martes, junio 05, 2007

Las aventuras de Wesley Jackson, de William Saroyan

No cabe duda de que aquello de lo que yo mismo hablaba en otro lugar ocurrió aquella noche. En las efemérides, complicado era encontrar algo que gustara al agasajado, pero la troupe de siempre decidió arriesgar y acertaron antes de que nadie les hablara de la intención de llevar a cabo esta serie antibelicista. Por tanto, al abrir la clásica bolsa de plástico me topé con éste libro y decidí, sin lugar a dudas, que debía de dejar de relacionarme con esta gente. Que te conozcan las intenciones antes de que tú mismo te hayas decidido es realmente el punto en el que has de romper las relaciones, retirar a tu embajador y llamarlo a consultas. Afortunadamente ya de pequeño dejé de hacer lo que debía para hacer lo que me plazca. Por eso sigo ideando formas de compartir momentos y luchas con ellos y por eso les hablo hoy a Uds., lectores del [guiño, guiño], de Las Aventuras de Wesley Jackson, de William Saroyan.

Iniciada por encargo del Gobierno de los EEUU con la intención de reflejar la vida típica de un soldado cualquiera destacado en la Segunda Guerra Mundial, este nuevo ejemplo de literatura antibelicista fue rechazado a la hora de la entrega por motivos obvios. Lo que Saroyan no podía resistir cuando le ofrecieron de hablar de un soldado era expresar lo que de terrible tenía la guerra en general, incluso ésa misma que iba a salvar los cimientos de la civilización y que, hoy señalan algunos, había que ganar. [Leer completo]