jueves, abril 26, 2007

La noche de los libros


El pasado lunes 23 de Abril fue Sant Jordi o San Jorge, día del patrón de Cataluña. Por las Ramblas de Barcelona multitud de puestos de libros y flores callejeros regaban la ciudad de éstos y éstas en pos de continuar con la tradición. Una flor para ellas, un libro para ellos. Siempre me pareció bonita esta tradición ajena a mi cultura matritense. La de señalar un día donde era obligatorio regalar un libro –la tradición ha terminado por hacer que las mujeres también sean agasajadas con un libro además de una flor. Todos mis amigos pueden dar buena cuenta de lo que me gusta regalar libros. Hasta tal punto que entre más de uno el hecho en sí de aparecer con un libro en fecha señalada es ya algo tan sagrado como que después de la primera cerveza viene la segunda.

El hecho de escoger un libro para otra persona es, en mi opinión, algo más importante que el escoger una camisa o incluso una lámpara que decore esa recién estrenada vivienda indigna. Acertar con un libro que provoque al regalado es casi un arte. Primeramente hay que conocer bien a la otra persona. Hay que tener presente que ese libro que vamos a comprar no es para nosotros, sino para él o ella. Al que suscribe le cuesta mucho saber distinguir entre ese libro que estoy mirando para regalar o ese libro que me gustaría que me regalasen. Máxime cuando me prohíbo comprar más libros por tener saturada la bandeja de entrada de próximas lecturas de ocio y tiempo libre –la de trabajo siempre ha estado a tope, así que el problema ya se ha vuelto crónico.

Tras haber dejado atrás los sentimientos personales en la búsqueda de ese libro a regalar no nos queda sino empezar a pensar qué queremos transmitirle a la persona que lo va a recibir. Si queremos que se emocione –La isla del Tesoro, de Robert Louis Stevenson, siempre desee tener un nombre como éste- o si queremos provocarle pensamientos impuros –Los 120 días de Sodoma del Marques de Sade. Si queremos hacer que tiemble de miedo – cualquier cuento de Edgar A. Poe- o queremos que reflexione ante las barreras que hemos construido entorno nuestro –Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll. Claro está que hay libros inregalables a cierto tipo de personas. No podemos regalarle a alguien que carezca de fino olfato aventurero El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad. Ni podemos regalarle a alguien que carezca de la cualidad de la abstracción El Aleph de Jorge Luís Borges. Acertar con un libro es saber tocar la fibra sensible a la otra persona. Complicado pero emocionante al mismo tiempo.

Otro asunto bien distinto es saber qué libro comprar para nosotros mismos. En este sentido recuerdo las palabras de José Carlos Somoza, el otro día en la Feria del libro de Londres. Este autor decía no plantearse la incompatibilidad de la comercialización del libro y la creación literaria. Según él, el libro pertenece a un mercado más del mundo en que vivimos. La labor del autor consiste pues en poner en circulación una historia y, cuanto más abierta sea esa historia, más público querrá tener acceso a ese mercado literario. Grave comentario si tenemos en cuenta de quién viene, un escritor empeñado en hacerse acreedor de una fama de buen literato y que ha terminado por convertirse en eso que algunos defenestran: un best-seller en el honroso mundo de la novela policíaca.

Asumir que el libro, la literatura, está sumergida en el mercado y, sin miedo alguno, enfrentarnos al hecho de que existan los libros como existen las aspiradoras conduce a cierto tipo de mundo que no me gusta, sinceramente. En mi opinión, los libros no son aspiradoras con las que podamos cumplir unas funciones vitales. Leer un libro no es una función vital, es cierto, conozco gente ilustrada que ha terminado por renunciar a los libros en pos de las revistas y periódicos de todo tipo. El arte de crear está en distintas partes y no hay que asustarse por ello. Sin embargo el libro, el hecho de escribir o leer uno, es un hecho más trascendental en sí mismo como para asumir que sea el mercado quien lo controle o lo gestione. Cualquiera puede escribir un libro si así lo requiere su manera de expresarse, y en ese momento creativo el mercado no tiene que ver ni se asoma a lo que uno desee expresarse. Es la función de publicarlo donde el mercado tiene algo que decir.

Efectivamente, uno puede escribir cuanto quiera, pero sin una publicación –y lo más importante, su distribución- la función de comunicación del texto queda imposibilitada. Bien es cierto que la banda ancha permite una distribución alternativa del texto, y como prueba de ello existen numerosos blogs literarios, o bien se pueden descargar en programas de P2P –yo me he descargado textos no publicados en castellano de autores como Zamiatin que bien merece que ONO me esté engañando día sí y día también con mi conexión.

En el hecho mismo de la distribución consiste el peligro del acceso a la literatura. Existen innumerables editoriales, miles de ellas, que publican textos inéditos, nuevas traducciones de clásicos, reediciones, compilaciones… ¿Cómo elegir pues en este mercado de la literatura? ¿Cómo saber qué libro es bueno y qué libro es un refrito de otros? ¿Cuál es el logaritmo-google que nos permita buscar entre una librería llena de títulos?

Para contestar a estas preguntas merece la pena que echemos de nuevo la vista a la noche del 23 de Abril. Esa noche, el Ayuntamiento de Madrid permitió abrir en horario nocturno a todas las librerías que lo deseasen, ya fueran de comics o de libros militares. Y si lo solicitaban, además les daban subvención para conferencias y conciertos dentro de la tienda, les regalaban un par de botellas de vino espumoso y unas cuantas copas de cristal. El objetivo: llevar a la gente a las librerías –desconozco si las bibliotecas públicas municipales también abrieron hasta tarde, pero si no lo hicieron el espíritu de la noche quedó algo más corrompido. Para aumentar los incentivos de los voraces lectores, la ley permite ese día un descuento máximo. El precio del libro como producto final es marcado por los fabricantes –los editores- contrariamente a lo que ocurre en el resto de mercados. El vendedor sólo puede negociar el precio de compra de esos libros al fabricante y, como mucho, hacer un 5% de descuento en la venta al público. El día del libro, el 23 de Abril, se permite un 10%. Ya está todo preparado para asistir a la ola de personas buscando sus libros en la librería.

Sin embargo, el mercado de venta de libros –continuando con la lógica somozista- termina por estar copado por los grandes peces. La impersonalización de la compra-venta de libros hace que la gente acuda a por su gratificación instantánea a un gran almacén. La misma noche de los libros se pudo comprobar cómo la gente se acercaba en masa por los pasillos de los grandes centros comerciales de venta de libros sin consultar ni pararse a pensar qué libro podría estar buscando. Cualquier cosa vale en un acto como la adquisición de un libro. Un acto que termina por convertirse en algo impersonal, instintivo, como el que compra cuarto y mitad de carne picada o cinco camisetas de oferta. Cualquier referencia es buena a la hora de comprar un libro, de manera que si alguien conocido lo ha recomendado yo debo leerlo también.

Hace poco tiempo hablaba aquí sobre el hecho curioso de que tras la recomendación de Sánchez-Dragó de un libro –El enamorado de la osa mayor, de Piasecky- en su Diario de la noche en Telemadrid éste fuera literalmente arrancado de las estanterías de varios centros comerciales. Asimismo pasó con otros títulos regalados por el escritor a personalidades específicas que entrevistaba. Lo mismo que pasó con el libro de Piasecky, regalado a Ortega-Lara, pasó con El dios de las pequeñas cosas de Roy, regalado a Ángel Acebes –de regalarle Pinocho hubiera acabado donde Yanke- y con otros títulos que, al parecer, termina leyendo él mismo en su programa. Los sábados por la tarde, cualquiera puede pasearse por los centros comerciales y verá cientos de lugartenientes de chaqueta de pana con recortes del Babelia en la mano en busca de su preciado trofeo. Y docenas de trabajadores de sueldo mínimo acuden en busca del último título reseñado en los diarios gratuitos de la capital.

La impersonalización del arte de la escritura-lectura. El mercado o mercadeo que hoy está terminando con lo que tenía de artesanal el mundo del libro nos lleva a ir en busca del título más vendido, de cualquier cosa y si ha salido en algún mass-media, mejor. Rechinando como siempre ante mis oídos la frase más escuchada hoy día en presencia de cualquier libro “¿No has leído La Sombra del Viento? Pues tienes que leerla” no me cabe sino recomendar desde aquí la esencia artesana del libro expresada en su más alta representación: la librería y la figura del librero. Son muchas las librerías que, a pesar de los beneficios globales del sector, terminan sucumbiendo y cerrando sus puertas. Dicen que no les llegan clientes, que los que les llegan terminan por ir en busca del mismo título de siempre que, por cuestiones de mercado, ellos casi no llegan a recibir –las grandes superficies se quedan con ediciones completas- que llegan con sus títulos apuntados en una hoja de periódico y, si no los encuentran, se marchan para no volver. La única salida que hay es romper con esa impersonalización que se impone en este hecho.

Un libro es una comunicación entre dos personas. Uno puede sentarse a dialogar con otro tipo que murió hace cientos de años, ver qué cosas tenían en común, reírse de las mismas cosas y opinar de maneras distintas. Pueden respetarse o insultarse, pueden inspirarse el uno en el otro. Y eso no lo puede controlar el mercado. No puede resultar de un libro una comunicación impersonal. Un librero sabrá qué hacer si busca un libro. Un librero sabrá qué quiere Ud. escuchar del puño y letra de otro. Un librero nunca negará que un libro pueda ser malo, le ofrecerá otro mejor. Un librero no le venderá la aspiradora más cara, sino el libro que mejor se adapta a Ud. Le ayudará a buscar las emociones que está buscando y le prometerá hacer todo lo posible para encontrar el ejemplar que le falte en su estantería. Un librero, por último, sabrá decirle “no lea Ud. a Prada… porelamordedios”.

miércoles, abril 25, 2007

Vida en insólitas aventuras del soldado Iván Chonkin, de Vladímir Voinóvich


Publicado por Los Libros del Asteroide, éste es un libro fundamental en lo que a literatura antibelicista se refiere y, por lo tanto, merece un espacio en este lugar. Conecta directamente con la primera de las novelas de esta serie y Vladímir Voinóvich, que es su autor, supo adelantarse a las comparaciones rápidamente. Iván Chonkin será el punto de partida de toda la novela y de sus actuaciones no cabrá esperarse nada bueno pues, al igual que Schwejk, también es tonto. Un tonto en otro sentido, pues si el soldado checo era irremediablemente tonto, Chonkin será el fruto de la tontería militar soviética, un tonto amaestrado para ser tonto y que sólo es tonto en función de su permanencia en el ejército. Para todo lo demás, Chonkin es un campesino ruso cualquiera. (leer más)

sábado, abril 14, 2007

1931-2007



Sean todos Uds. felicitados por este nuevo aniversario -van 76- de la II República Española.
La victoria es de quienes perseveran.

martes, abril 03, 2007

La gestión del agua en Ghana: ¿un asunto típicamente africano?


Tras la descolonización el gobierno ghanés fundó, al estilo de todos los nuevos gobiernos de la descolonización, una empresa pública de aguas llamada Ghana Water and Severage Corporation o GWSC. Esta organización estaba tremendamente burocratizada, lo que impedía la una gestión eficiente de los recursos. El Banco Mundial, a iniciativa del gobierno ghanés, propuso un plan de descentralización que se llevó a cabo desde los años 1970 hasta 1985. La descentralización no resultó adecuada y provocó que el servicio quedara en manos del gobierno militar, alejándolo aún más del ámbito ciudadano.

Durante el gobierno militar los Programas de Ajuste Estructural serán aplicados. La GSWC será reestructurara y terminará por asociarse, en el marco de dichos programas, con la compañía británica Thames. (leer más)