viernes, agosto 31, 2007

Inauguración del curso académico

Comenzamos nuevo curso. Ya es Septiembre en nuestras cabezas y en las carreteras todos se apuran para llegar los primeros en la vuelta a casa. Algunos, de Rodríguez, nos quedamos en casa sin el mayor de los problemas pues disfrutar de un Agosto en Madrid no tiene precio. Esas calles vacías –en comparación con lo habitual-, esas fiestas de la Paloma con la fresca -25º a las 3 de la mañana-, esa agua de cebada –maravilloso refresco que en nada tiene que envidiar a la horchata-. Y tantas otras cosas.

Y para inaugurar el curso hoy, para variar, no hablaremos de libros. Al menos no directamente. Hoy se celebra el BlogDay. Esto es, cada bloggero o bloggera que quiera ha de recomendar cinco blogs diferentes al suyo. No me ha resultado fácil sumarme a esta iniciativa, pero me parece que los blogs que hoy presentaré aquí bien valen unos comentarios. Son, todos ellos, blogs con los que me encontré de casualidad, sin buscarlos y casi sin intención de leerlos. Pero este ejercicio de e-arquelogía o arqueología digital ha merecido la pena. Comenzaremos por el primero, para seguir un orden.




Los Tipos Duros No Escriben Blogs

Esta bitácora me tiene enganchado, he de reconocerlo. Me atreví a leer uno de los relatos que en ella cuelgan sus dos autores –Jake Gittes y Pike Bishop- y desde entonces no puedo dejar de leerles. Espero con ansiedad su próxima entrada en la que me encontraré sucios personajes perdedores e incapaces de llevar una vida normal.

En las entradas-relatos que hacen en este blog, el ambiente huele a whiskey barato, humo de mil cigarrillos y gabardinas mojadas por la lluvia. Nadie está a salvo de caer en la espiral de autodestrucción que muchos de sus personajes han abrazado sin piedad. No os lo debéis perder. Sabor a detective privado de poca monta en cada esquina.

[Quieres Callarte]

Como estos muchachos explican, ésta es una bitácora dedicada a la fotografía del movimiento social de Madrid. La plantilla es algo que, nada más acercarme a él, me gustó sobremanera. Sin embargo una vez que te sumerges un poco e investigas qué te puede dar el blog además de su propia presentación descubres con gusto que Madrid se mueve y que en ese movimiento puede haber fotos muy interesantes. La calidad de las mismas a veces no pasa del mero testimonio, pero en muchas de ellas el fotógrafo se descuelga con una genial perspectiva del movimiento en las calles de Madrid.

Diario de Lecturas

El profesor de filosofía en un instituto de Tenerife, Eugenio Sánchez Bravo, lleva este blog sobre lecturas diversas que es hermano de la web llamada Aula de Filosofía. En la bitácora enlazada podemos encontrar comentarios de libros de muy diversa índole al estilo de lo que otros hacemos en Destripando Terrones. Quizá en Aula de Filosofía Sánchez Bravo se empeñe en darnos un punto de vista algo más erudito de lo que cabría esperarse, pero es un blog interesante en la caza de títulos. De hecho a él llegué en mi búsqueda de referencias sobre un libro. A Sánchez Bravo no le gustó, pero a no le hice caso y acerté. A pesar de las diferencias de criterios en muchas entradas, es interesante el perfil que de cada libro hace. Eso sí, desde aquí no le perdonamos –sin rencor y con sentido del humor- que pasara por alto el comentario de un capítulo de un libro. El libro, El asalto a la nevera de P. Wollen, el capítulo –obviamente-, sobre la Internacional Situacionista.

Madrid Me Mata


Esta bitácora está íntimamente dedicada a la ciudad de Madrid y lo que en ella acontece o deja de acontecer. En mi caso llegué a conocer el blog sólo por el título. “Madrid me mata” era el título de una genial revista de la movida madrileña –de la que tengo, por cierto colección incunable… cosas de los padres y demás familiares que abastecieron a un crío seguidor de la Bruja Avería. El blog, por desgracia, no tiene nada que ver con la revista ya desaparecida pero tampoco decepciona. Todo lo que aquí se publica es interesante para el madrileño de a pié y, además, para el no madrileño que desea conocer algo de lo que está pasando por aquí. De uso y disfrute, como los patios de las casas antiguas, para todos aquellos que se atrevan.

Cuentos de colores

En último lugar propongo visitar este blog de una tal Sheila para todos Cheila para algunos. A diferencia del resto de blogs que he presentado, éste tiene una corta vida y unas cortas entradas. Apenas siete entradas desde que naciera el mes de abril de 2007 harían que Cuentos de colores sea un blog más cercano a la muerte que a la vida, sin embargo lo interesante del proyecto y la aparente insistencia de su autora hacen que merezca ser reconocido. Se trata de un blog donde se comentan cuentos infantiles. Los de toda la vida y los de nueva existencia. Un campo realmente interesante en el que si la autora de gran nombre pusiera más perseverancia se haría rápidamente con un buen nombre. Son siete entradas, pero todas se disfrutan por igual.

lunes, agosto 20, 2007

La suerte de Jim, de Kingsley Amis

[...]

La estructura de la novela es bien sencilla pero, al tiempo, me recuerda a esas típicas novelas inglesas que nos hacían leer en clase de inglés. Una composición del mundo bastante clásica, de aquellos quienes viven tranquilos, sin apenas preocupaciones. Reconozco que me empecé a aburrir al principio, según pasan las pistas que te van a hacer entrar en el mundo novelesco de Jim, pero me agarré a la experiencia de libros como el del soldado Iván Chonkin que empezaban igual y terminaban con una catarsis digna de ser conocida. A las pocas páginas empecé a demostrarme que estaba en lo cierto. El protagonista es Jim, un profesor adjunto al departamento de Historia de una Universidad de medio pelo de una ciudad inglesa de medio pelo. Es un ser ruin a más no poder, da clases de Historia Medieval –algo que detesta con todas sus fuerzas- sólo porque le pagan por ello cuando se supone que debería sentir pasión por su trabajo. Vive atrapado entre el bostezo más absoluto que le produce su jefe, el director de departamento, y la sensación de que está abocado a ser presa de matrimonio de una manipuladora sentimental de primer orden. [leer completo]

La suerte de Jim, de Kingsley Amis


Si alguien estudiara la pérfida relación entre el azar y la buena literatura -¡qué tema para una Tesis!- debería acercarse a ver mi caso. Últimamente me encuentro ante la visión de que mi criterio de elección cuando entro en una librería es nefasto. Aquellos libros que escojo premeditadamente resultan un fracaso y, sin embargo, aquellos que elijo casi por casualidad, como aparecidos por obra y arte de alguna deidad literaria, resultan brillantes e imprescindibles al extremo. Casi estoy pensando en trazar una línea imaginaria en mi librería habitual, escoger 10 libros al azar y tirarlos por los aires; los que caigan a la izquierda se vienen conmigo, lo de la derecha se quedan en la librería. Ya comenté la impresionante visión que dejó en mí el libro Carnaval de James Thurber, el humor del mismo contrastaba con la estupidez de nuestro primer encuentro. Otro tanto me ha pasado con La suerte de Jim de Kingsley Amis. Es que últimamente parece que la buena literatura me escoge a mi mismo y no al revés.

Este no es un libro que hubiera elegido de haberlo visto la primera vez. La verdad es que mi -des-conocimiento sobre el autor sólo residía en dos cosas fundamentales pero que a la postre resultaron tan inútiles como el editor de Lucía Etxebarría, a saber; que K. Amis había escrito algún libro de la serie de James Bond y que, sin relación causal alguna, había tenido un hijo, también escritor, llamado Martin Amis que, quizá por mayor cercanía generacional, era al que conocía de oídas, que no de lecturas. A través de su hijo también conocía que el viejo Kingsley comenzó siendo muy comunista –rojo, pero muy rojo, rojo, de los de Stalin y demás- pero que, escandalizado por la invasión soviética de Hungría en 1956 hizo un giro radical y se pasó directamente a la derecha. Este hecho, según Martin, no fue óbice para que papá Kingsley siguiera siendo un stalinista con su hijo y le torpedease su vida hasta el punto de que éste escribiera Koba, el temible, una biografía de Stalin en la que éste es su padre y su padre es a su vez Stalin. O quizá no lo comprendí muy bien, pero lo mismo da.

Me encontré con el libro en la sección inadecuada de la librería, cerca de los títulos sobre la Ley de Murphy, las obras maestras de Gomaespuma y una tal Ironside que no quería hacer Aquagym –fuese lo que fuese eso. Estaba claro que el libro era una reedición pues exceptuando a Osho nadie saca libros después de muerto. La breve sinopsis de la contraportada no atraía en absoluto pero había prisa y necesitaba tomar decisiones. Puestos a equivocarse por lo menos leer algo de un inglés, así que pagué el precio que me pidieron por él y carretera y manta. O mejor, bañador y piscina matritense.

La estructura de la novela es bien sencilla pero, al tiempo, me recuerda a esas típicas novelas inglesas que nos hacían leer en clase de inglés. Una composición del mundo bastante clásica, de aquellos quienes viven tranquilos, sin apenas preocupaciones. Reconozco que me empecé a aburrir al principio, según pasan las pistas que te van a hacer entrar en el mundo novelesco de Jim, pero me agarré a la experiencia de libros como el del soldado Iván Chonkin que empezaban igual y terminaban con una catarsis digna de ser conocida. A las pocas páginas empecé a demostrarme que estaba en lo cierto. El protagonista es Jim, un profesor adjunto al departamento de Historia de una Universidad de medio pelo de una ciudad inglesa de medio pelo. Es un ser ruin a más no poder, da clases de Historia Medieval –algo que detesta con todas sus fuerzas- sólo porque le pagan por ello cuando se supone que debería sentir pasión por su trabajo. Vive atrapado entre el bostezo más absoluto que le produce su jefe, el director de departamento, y la sensación de que está abocado a ser presa de matrimonio de una manipuladora sentimental de primer orden. Es consciente de que, de ir bien las cosas, estará metido en este círculo vicioso que detesta y del que no tiene fuerza ni voluntad para salir. Y la única solución posible sería que le despidieran a final de año –fecha que se acerca irremisiblemente- lo que le produce aún más terror al verse volviendo a casa sin trabajo y con la única posibilidad de enseñar en un instituto más aburrida Historia.

Las relaciones sociales que tiene giran entorno a la vida universitaria y, en concreto, a su jefe. Cualquier doctorando podrá descifrar en el director del departamento de historia al que pertenece a Jim las claves para identificar a distintos profesores universitarios de todas las épocas. Gente que no se escucha más que a sí mismo, que piensan que sus conocimientos son lo más interesante que existe en el mundo y que, por eso, han de difundirlo con todas sus fuerzas y con el mejor gusto posible, además de obligar a todo el que se encuentra por el camino a hacer lo que ellos consideran correcto. Jim, fiel a su mezquindad, es incapaz de hacerle callar y se conforma escupiendo insultos por lo bajinis de camino a la tediosa charla para “obtener al final del todo un saldo positivo a su favor”. Saldrá jodido de todas las conversaciones, pero al menos le queda el recurso moral de saber que antes ha sido él quien ha insultado. También en este ambiente se mueve su chica, de la que Jim sólo sabe a ciencia cierta que no sabe si es exactamente su chica. Acaba de intentar suicidarse por culpa de un ex-novio y Jim queda atrapado dentro un chantaje sentimental de primer orden, pensando que si fuera capaz de reunir fuerzas y dejarla, ella volvería a tratar de matarse. Todo hace indicar que le tiene cogido por los sentimientos de culpabilidad, lo que le conduce a una relación en la que no quiere estar pero de la que no puede salir, y él lo sabe. Jim sólo quiere pasar inadvertido y que le dejen en paz con su vida, cosa harto complicada pues cuando logra deshacerse de su jefe y evita las citas con la torpedera sentimental tiene que hacer frente a un estudiante resabidillo, de hombría mayor que la suya y que domina mucho mejor la jerga medieval de lo que él será capaz jamás. Su sentimiento de inferioridad va camino de superar records, por irónico que esto parezca.

La buena vida de Jim irá transcurriendo por distintas situaciones en las que su no saber estar a la altura de la situación social que se le presenta provocará un continuo declive en su carrera profesional al tiempo que una clara sombra de aniquilamiento sentimental. Pero es divertido ver cómo un mezquino se hunde y, aunque el pobre de Jim nos cae bien, todos pensamos que lo que tiene se lo merece por ser tan capaz de convencerse a si mismo de que las cosas podrían ir aún peor. Para que Jim nos pueda caer tan bien Kingsley lo enfrenta a dos personajes, el del hijo del director del departamento, pintor y pedante a partes desiguales, y el de su novia, joven londinense de aires altivos, que acompaña la pedantería de su pareja de una manera brillante. Ambos caen tan mal “que no se entiende cómo se pueden soportar el uno al otro”. Pero la vida da muchas vueltas y, como dice el título del libro, Jim tiene suerte y gracias a ella tenemos historia que disfrutar con la carcajada en el aire. No se me pongan a leerla en el metro que yo lo pasé muy mal riendo como un imbécil en mitad del túnel.

Pero Amis no sólo creó con esta novela una historieta de humor británico, sino que la manera de contarla, la creación de la atmósfera precisa con pocas palabras, el uso de la ironía por el mismo narrador y, por qué no decirlo, la mala leche del mismo, es un elemento más a disfrutar. No se pueden perder la escena de la salida del baile, propia de un relato de misterio del gran Chesterton, o la delirante escena de la conferencia sobre la “Vieja Inglaterra”, casi uno puede sentir que la catarsis está próxima sólo con la descripción de la escena. Se nota que Amis fue uno de los importantes escritores de mediados del XX en Inglaterra. Además, logra eso que es tan difícil de hacer, la creación del humor visual con un lenguaje literario de importancia provoca la tensión en el lector, como aquél que espera el final del chiste riéndose de todo lo que le van contando. Cada poco que se profundiza en tal o cual personaje, Amis nos hace entender que las situaciones cómicas recién pasadas eran más divertidas aún si caben. Es como aprender a reírse del chiste leído hace veinte minutos. Lo disfrutas dos veces, la vez que lo entiendes y la que profundizas sobre él.

Con todo esto no me extraña que sea la novela más importante de un Amis que, por extraño que parezca, se pasó luego a la ciencia ficción –la literatura distópica le tiene en gran estima- y a la escritura de guiones televisivos y cinematográficos junto con las novelas de James Bond. La relevancia del personaje de Jim fue tal en la vida de Amis que, cuando éste dio el mencionado giro desde el stalinismo hacia la derecha inflexible en lugar de poner el intermitente lo hizo publicando sus motivaciones bajo el título de Why lucky Jim turned right (Por qué el afortunado Jim se convirtió a la derecha). Pero este es otro libro y, por tanto, otra historia.

lunes, agosto 13, 2007

Maus, de Art Spiegelman

Tengo bien claro que nunca he sido muy del cómic. He llegado tarde para ver aquél cómic trasgresor de los 70 –demasiado joven-, aún más tarde para el cómic heroico de los años franquistas –quizás hasta mis padres lo fueron- y demasiado pronto para sentirme cómodo con el sentimiento gafapastero y llamar al cómic que viene encuadernado novela gráfica. Uno ha sido muy de Forges –genial, brillante- y del Mortadelo, del SuperLópez –interminables esperas en el dentista de la juventud- e incluso alguna vez del ZipiZape. Y al Manga lo he odiado siempre.

Cuando a mediados de este año me enteré de que salía una nueva edición de Maus sentí curiosidad por acercarme a este mundillo desconocido. La edición nueva, todo hay que decirlo, es muy similar a todo ese rollo gafapastero del que hablábamos antes. Con tapas duras, encuadernación de tipo piel y todas esas cosas que parecen querer decirte que estas ante algo importante en su mundillo. La razón de que fuera Maus y no otro es la trascendencia que ha tenido este cómic fuera del circuito habitual. [leer más]

Maus, de Art Spiegelman

Tengo bien claro que nunca he sido muy del cómic. He llegado tarde para ver aquél cómic trasgresor de los 70 –demasiado joven-, aún más tarde para el cómic heroico de los años franquistas –quizás hasta mis padres lo fueron- y demasiado pronto para sentirme cómodo con el sentimiento gafapastero y llamar al cómic que viene encuadernado novela gráfica. Uno ha sido muy de Forges –genial, brillante- y del Mortadelo, del SuperLópez –interminables esperas en el dentista de la juventud- e incluso alguna vez del ZipiZape. Y al Manga lo he odiado siempre.

Cuando a mediados de este año me enteré de que salía una nueva edición de Maus sentí curiosidad por acercarme a este mundillo desconocido. La edición nueva, todo hay que decirlo, es muy similar a todo ese rollo gafapastero del que hablábamos antes. Con tapas duras, encuadernación de tipo piel y todas esas cosas que parecen querer decirte que estas ante algo importante en su mundillo. La razón de que fuera Maus y no otro es la trascendencia que ha tenido este cómic fuera del circuito habitual. Su autor, Art Spiegelman, ganó el Pulitzer por esta obra y asimismo se realizó en el MOMA de Nueva York una exposición sobre ella. Decidido a arriesgarme al aburrimiento que me provocan los demás cómics de las tiendas terminé por hacerme con una copia el mismo día en que salía a la venta. Eso sí, nada de pagarlo que eso está muy feo –guiño, guiño, guiño, Teddy Bautista, guiño, guiño, guiño-

La historia, una vez más, está ambientada en el Holocausto. Si Ottinger decía que ya hubo una serie definitiva sobre el Holocausto, y una película definitiva sobre el Holocausto, ahora tenemos –digo yo- el cómic definitivo sobre el Holocausto. ¿Para cuándo el coleccionable definitivo, o el politono, o los cereales? Me pregunto. Al no haber respuesta me dispongo a destripar la historia de Spiegelman.

Art tenía una obsesión, que era la de narrar la historia de su padre, el judío polaco Vladek. Éste había vivido las situaciones de persecución que todos podemos imaginarnos ya, sufriendo lo indecible, sacando de la muerte a su esposa y madre de Art y perdiendo a su primer hijo en los acontecimientos. La justificación de añadir un testimonio más a la colección de los mismos que sobre el Holocausto hay no fue, afortunadamente, la motivación de Art Spiegelman al escribir el cómic. Y es que la historia tiene dos planos, uno donde el viejo Vladek, ya jubilado en Norteamérica le narra sus peripecias y desgracias en Europa a su hijo Art. Otro, el propio Art escuchando la historia de viva voz, yendo a comer con su padre, aguantando su carácter singular y tratando de resolver los conflictos internos que le provocaron el suicidio de su madre y la fuerte personalidad del padre.

Es interesante ver cómo Spiegelman hijo animaliza a los personajes. En ocasiones esto demuestra parte de su compromiso con la historia, señalando a poblaciones enteras como salvadores, asesinos o simplemente advenedizos. Los judíos son dibujados como ratones, los alemanes –obviamente- como gatos. Entre éstos se encuentran los polacos, caracterizados como cerdos y tras todos ellos nos encontramos a unos norteamericanos que garantizan la seguridad del hogar, la fidelidad y la tranquilidad al ser dibujados como perros, como esos perros de anuncio de papel higiénico al que todos queremos tener en casa.

La historia de Vladek comienza con la vida en Polonia antes de la guerra. Las relaciones entre las familias judías adineradas y la tranquilidad de los negocios bien llevados. Sin embargo pronto los acontecimientos derivarán en robos camuflados de expropiaciones, en pérdidas económicas, familiares, vitales y de todo tipo. Los acontecimientos se suceden y sólo la astucia de Vladek hace que éstos sean sorteables. La realidad nos acompaña en cada viñeta y sería una realidad interesante de conocer si no fuera tan manida y tan asida. Quizá el exceso de historias de vida de estos acontecimientos –en claro contraste con la ausencia de otros como, sin ir más lejos, el exterminio de gitanos en los mismos campos- hace que la historia del judío polaco arrastrado hacia el infierno por el nazismo nos resulte predecible y monótona. Sabemos que el protagonista va a salvarse por los pelos de diversas maneras y que el azar jugará un papel importante. Vamos, como una película porno que vista una vistas todas. Y quizá sean por los mismos motivos que continuamos viendo porno y acercándonos a historias sobre el holocausto; porque ya sabemos cómo va a acabar o por esperar que acabe de algún otro modo.

Es el otro plano del que hablábamos el que merece más la pena. Al menos como novelización de la realidad. La vida de Art ha estado marcada, como decíamos, por el suicidio de su madre y éste a su vez fue inducido por la difícil personalidad del padre. Vladek quedó marcado por las carestías de la guerra y, más allá, por las de la posguerra. Su instinto de supervivencia se encendió con las persecuciones de los nazis y el pilotito del mismo siguió encendido durante toda su vida. Incapaz de relajarse en cuanto a su necesidad de saberse cubrir las espaldas, de ahorrar hasta lo impensable y, sobretodo, de amargar la vida a los demás reprochándoles su relax en las tareas típicas de los perseguidos. El mayor dramatismo de la cómic no consiste en las crueldades del nazismo, sino en las consecuencias de la mezcla entre un carácter típicamente judío –empleando aquí el término como el xenófobo y típico insulto que se ha acuñado en la historia- y la sensación de terror infundado que los nazis supieron rentabilizar al máximo. Esta combinación duró 40 años más metida en la cabeza de los perseguidos como Vladek y les imposibilitó, si hacemos caso de Art, para relacionarse de una manera normal y civilizada con el resto de las personas. Aquella frase que los españoles de más o menos edad hemos escuchado y que se ha vuelto el tópico por excelencia y que dice “¡cómo se nota que no has vivido una Guerra!” se torna aquí en su más trágica esencia y se vuelve, decididamente, en lo mejor de un cómic que, por otro lado no da más de sí.