jueves, diciembre 27, 2007

Tiempos modernos

Lo quiero para hoy. Sí, la rapidez es lo que cuenta. La eficiencia, más que la eficacia. El fast food se ha traspasado a todos los ámbitos de la vida diaria y, claro, con consecuencias previsibles. Los oficios artesanos, esos que señores que tardan más en hacer las cosas –aunque las hagan bien- ya escasean por su poca rentabilidad económica. La fabricación en serie era lo más en el pasado. Nadie quería los viejos muebles recios pero obsoletos. Los que tenían dinero se compraban los muebles fabricados por las máquinas, por esos inventos del hombre blanco que facilitan la vida. Y mientras los artesanos desapareciendo y subsistiendo a base de formar a los hijos.

Como todas las modas, el vulgo la abrazó en cuanto tuvo posibilidades. Las máquinas hacían las cosas tan bien, que el dueño de la humeante fábrica pudo bajar los precios a cambio de aumentar las ventas. El populacho pudo por fin acceder al fruto del trabajo de las maquinas y del progreso, y todo resultó muy descorazonador para las clases altas. Ellos no podían sino irse al otro mercado, al que quedaba con los precios más caros, y los muebles más buenos. Comprando el producto artesanal, ahora sí que a precio de oro –o de kilo de tomates, que son sinónimos-, el vulgo quedó sentado en los sofás en cadena y los ricos en la mecedora de toda la vida.

Pero no en todos los comercios fue todo igual. Siempre había quedado un ámbito reservado al conocimiento de la profesión y la artesanía. La selección natural de la sociedad seguía premiando a quienes defendían un sistema de vida sin prisas desde el mostrador de una librería. Sus conocimientos no se limitaban a saber qué era lo que vendían, sino a conocer en qué podían ayudar a quienes los adquirían. Medicamentos para el alma sin santera de por medio. Un lujo antiguo en tiempos modernos, amenazado por el comercio francotirador de toda la vida, es decir, por esos inmensos edificios que hacen cosquillas al cielo sin importar que no dejen ver nada.

Porque las amenazas a la profesión del librero han estado ahí desde que se inventó el concepto de gran cantidad y el yo te compro muchos y tú me los dejas más baratos, desde que la competencia desleal del imperio comercial se sentó a la misma mesa que el artesano de la lectura, y éste recibía capones a la hora de acercar la cuchara al plato, para que picara menos y respetara más a los mayores. Como antes se comía en los pueblos, todos sentados en la misma mesa y un plato grande en medio para todos. La diferencia estribaba en que las cucharas no eran las mismas. La del grande era más bien un cazo, del metal más moderno, capaz de comerse cualquier cosa con tal de llenar la gran panza. La del artesano de la página era de madera, pequeña e ideal para seleccionar con cariño y con gusto el bocado necesario. La lógica de la mesa diría que el cazo pudo con la cuchara de madera, pero no. Siempre han quedado quienes gustan de ser degustados por las explicaciones. Quienes agradecen que les ayuden a encontrar su ideología, que les enseñen a apreciar las opiniones diferentes, quienes desean que su percepción moral sea deliberadamente torpedeada por aquel caballero del mostrador.

Así se hacen grandes las pequeñas librerías. Así se logra la subsistencia de un negocio romántico, con capacidad para dar de comer a muchas bocas inteligentes no por lo rápido que trabajen sino por lo pausado de sus reflexiones. Por su querencia a perder el tiempo explicando algo a quien le quiera escuchar. Y así se hizo grande la librería Fuentetaja, sita en la matritense calle de San Bernardo. Una librería donde el primer día que se entraba uno permanecía con la boca abierta al ver tanto respeto por el libro. Todos bien colocados en sus estanterías, cada uno al lado del que le correspondía y sin voluntad de sobrevivir al otro. Siempre era un placer recorrer los esquinazos de la librería más retorcida de todo el centro de Madrid. A mediados de año los que nos enamoramos de ella teníamos el alma en vilo al saber que el edificio en el que se alojaba debía ser vaciado y reconstruido. Los que no son de Madrid quizás no sientan esa aflicción por las noticias de renovación de algún edificio, pero es que los matritenses estamos más que acostumbrados a que eso signifique que el edificio lo ha comprado Zara y que los comerciantes de antes se han ido a su casa sin trampa ni cartón.

Sea como fuere, los miedos se desprendieron cuando nos enteramos de la refundación de la librería. El edificio iba a ser restaurado, pero en su lugar no habría un Zara o un Starbucks –hecho este último insólito al tratarse de un local en el centro-, habría una nueva librería Fuentetaja, una más grande, con capacidad para más libros, cafetería en donde encontrar el café de siempre, y no el más caro del mundo, y locales donde aprender a escribir y dialogar con los autores. Un centro de libros abierto al transeúnte, paseante, curioso excitado por el encuentro y por tanto que nos queda por saber. Mientras esto se convierte en realidad la librería se trasladaba a otro local, provisional y un poco más cerca de la Gran Vía, en donde las realidades de la cafetería y el aumento del espacio eran sustanciales. La experiencia piloto de comenzar una nueva fase en la librería estaba en marcha y, he de confesar, para alguien que se ha visto forzado –aunque no en contra de su voluntad- a ser librero durante casi un año esta perspectiva resultaba emocionante.

Sin embargo el primer encuentro resultó un tanto decepcionante. Uno esperaba algo parecido al primer beso de la novia regresada de ERASMUS, que no recuerdas cómo te besaba hasta un instante antes de tocar sus labios con los tuyos. Pero en realidad nos encontramos con que la novia en lugar de volver más guapa y más europea, ha vuelto más gorda, llena de acné y con un nuevo novio extranjero que jamás la querrá como tú la quisiste. Al ojo del librero aficionado que fui, las estanterías estaban vacías, con títulos imprescindibles que ya no estaban. Rincones muertos en donde bien podrían ir las recomendaciones de los libreros. Secciones absurdamente grandes para el catálogo de libros que hoy se maneja sobre esa materia. Y una cafetería desierta, a donde da miedo acercarse por el qué dirán.

Hoy nos enteramos de que estos y otros motivos más vacuos pero tremendamente importantes como son los salarios han ocasionado una huelga de libreros en Fuentetaja para la que el mundo de hoy seguro que no está preparado. Que un librero se ponga en huelga significa que alguien que vaya se podría llevar el libro equivocado. Una cosa que se paga cara con el bolsillo pero más cara aún con el alma. Porque el tiempo perdido es eso, perdido, y no se puede recuperar por más que se intente aprovechar el tiempo presente. Pluscuamperfecto obliga.

Un despido y una pancarta frente a la librería han sido hasta ahora los resultados de la huelga. Pero las consecuencias pueden ser peores, pues la realidad es que uno ya no va tan a gusto a un sitio que sabe es propiedad de un especulador inmobiliario sin alma –si tuviera alma seguro que pondría la librería a la altura que merece. Y a sus libreros también.

lunes, diciembre 17, 2007

Un Euro por Navidad

Lleva uno días haciendo cuentas para saber qué presupuesto tiene para Navidad cuando así, sin esperarlo si quiera, llega el Vicepresidente Económico y Ministro de Economía y Hacienda Pedro Solbes y te suelta por televisión que no he interiorizado el euro y –esto es lo mejor- que él ve dejando propinas de 1€ a la gente por un café –que digo yo que les estarán cobrando el café a 3€ porque si no, no lo entiendo.

Estas afirmaciones me dejaron estupefacto. No conocía yo que mis problemas con el paso de la vida adolescente a la vida adulta –escenificado sobretodo por el tamaño de las facturas- se debiera principalmente a mi interiorización del euro. De manera que me puse a echar cuentas en voz alta, porque yo cuando me pongo a contar sigo haciéndolo como en el colegio -4 en la mente y tres en la mano-, a ver si sabía lo que es un euro o no. Y me dije…

822€ - es decir, 136.769 pesetas- al mes he cobrado durante mi anterior trabajo. De los cuales 600€ - 99.831 ptas.- eran el salario base –cotizable- y el resto extraños pluses que nunca supe bien qué querían significar, pues en la nómina venían abreviados. Con ellos he pagado un alquiler de 700€ al mes o 116.470 ptas., eso sí, a medias con mi pareja de hecho, por un apartamento en mi barrio de Madrid detodalavida, el cual por cierto tiene fama de poseer una gran población inmigrante. Lo digo para que nadie se piense que estoy en un barrio de a duro, sino en un barrio obrero de siempre.

Bien, restando a mi sueldo mi parte del alquiler, me quedan 472€ ó 78.534 ptas. con las que tengo que pagarme la comida, la luz, el agua, el gas y el internet. Este último a precio de oro, pero se paga muy a gusto para que no nos llamen e-analfabetos y la estadística de España dentro de la Unión Europea sobre hogares familiares con alta velocidad no se joda. Que al fin y al cabo todos tenemos que aportar y además esto de los blogs me mola mucho. Para todas estas facturas, mi chica y yo pensamos que con poner el equivalente a 33.277 ptas. en euros nos valdría. De manera que a esos 472€ le restamos 200€ y ya tenemos 272€ o 45.257 ptas. restantes.

No está mal, dirán Uds., pues me quedan casi 300€ para pagar los caprichos, la ropa, el móvil… Pero no. Resulta que uno que me sé yo le dio por estudiar un Master de lo suyo el año pasado. No es que le entusiasmaran los cursos de postgrado que dan –o regalan- en las Universidades españolas, pero puestos a pensar en el futuro, el que suscribe esto pensó que quizás con un Master podría llegar a cobrar al menos 1.000€ -166.386 ptas.- por un trabajo en el que sintiera útil y que le permitiera levantarse por las mañanas. Así, además, podría sentirme representado por esa defensora del joven español como es la millonaria y planetaria Espido Freire, y llamarme a mi mismo mileurista, y comprar en las tiendas de la calle de Fuencarral para sentirme más guay, y pensar que cuando cumpliera 35 todo iría a cambiar. A mejor, claro. El caso es que para estudiar el Master este señor que soy yo tuvo que pedir un crédito blando a la BBK. Y menos mal que fue blando, vamos blando, blando, blando, que leyendo las condiciones del préstamo los de la caja vizcaína parecían mis abuelos dándome un dinero que saben que no les voy a devolver nunca. Unas condiciones sin igual, oigan. Con todo, este año pago al mes 114, 50€, o lo que es lo mismo, 19.051 ptas. Nos quedan entonces 157,50€ ó 26.205 ptas. para poder llegar a fin de mes, ahorrar, tomarse unas cañas, comprarse algún libro, irse de viaje al estupendo casino de los Monegros y, no nos olvidemos, pagar a Hacienda lo que les corresponde.

¿Pagar a Hacienda? Quizás se piensen que el_situacionista se ha vuelto loco y que no sepa que las rentas de su calibre están exentas de declarar ¿verdad? Pues el_situacionista bien lo sabe, pero también es consciente de que habiendo dos pagadores, Hacienda mete el cuezo porque le da la gana. Y así resultó que la chica de el_situacionista tuvo que pagar en Junio de este año un total de 150€ a la Señora Hacienda, que es de todos. 24.958 ptas. de las de antes, el 21% de su nómina mensual por culpa de haber querido cambiar de empleo buscando un jefe que la respetase algo y no le pusiese pegas por tener que ir a un examen. Es decir, que con un sueldo base de 700€ -116.470 ptas.- y un alquiler de 400€ -66.554 ptas.-, amén de una imaginativa contabilidad hogareña que la permitió llegar a fin de mes -que ya la querría para su central nuclear el Sr. Burns-, la chica de el_situacionista no pudo sino que pedir prestado para saldar sus cuentas con la justicia económica. Y es que el contrato basura y el cambio de empresa sale caro, se lo digo yo.

Luego me dirán que la economía española va mal, que es que no consumimos lo suficiente, que además como soy joven debo de tener paciencia porque en el futuro todo irá mejor. Que es mejor alquilar que comprar, aunque debo de hacer un esfuerzo y comprar, comprar y comprar vivienda aunque se sepa que los tipos van a seguir subiendo porque así los constructores no pierden dinero y por tanto todo va mejor. En definitiva, que me joda y baile si no me gusta la vida laboral, porque no todo va ser jauja.

Tampoco es que pida que esto sea jauja, o que el monte se cubra de orégano. La verdad es que ver cómo la sociedad es menos receptiva a las necesidades de sus miembros resulta frustrante para un científico social en formación. Pero lo que más frustra a cualquiera es el observar cómo se lo ponen más y más difícil a todos aquellos que tratan de prosperar, cómo el beneficio de unos pocos prima sobre las dificultades de unos muchos. Cómo los sueldos altos crecen y los bajos se estancan. Cómo, en definitiva, la gente lo tiene más y más complicado para salir adelante y desde los poderes públicos nadie hace nada, o lo que hace viene motivado más por el interés electoralista que por la voluntad de ayudar. O vienen encima con cachondeitos.

En fin, Feliz Navidad Señor Vicepresidente Económico y Ministro de Economía y Hacienda. Y váyase a la mierda.

martes, noviembre 27, 2007

Fantasmas Balcánicos (IV)

El pasado domingo 18 de Noviembre hubo elecciones en el centro de Europa. La región de Kosovo se lanzaba a las urnas y los ciudadanos estaban llamados a decidir lo que se había denominado “el futuro de Kosovo”. Sí, ya se sabe que Kosovo no está precisamente en el centro de Europa, pero las elecciones sí se celebraban en el centro del continente, al menos en el centro político. Este concurso público para decidir qué Kosovo se quería era visto muy de cerca por la Unión Europea como institución así como por los países europeos más importantes. Francia, Alemania, Reino Unido, incluso EE.UU. seguían pendientes de ver si el resultado de las elecciones se ajustaba a sus movimientos porque ¿alguien dudaba que Thaçi no iba a ser el vencedor? Aún más cuando desde Serbia se pedía el boicot de las elecciones.

Desde hace tiempo se viene observando que lo que ocurre en Kosovo no es otra cosa que la segregación de una provincia de un Estado soberano auspiciada por las potencias políticas, militares y, sobretodo, económicas de Europa. Los Balcanes han supuesto un quebradero de cabeza para el imperialismo europeo desde que éstos se levantaron independientes con la retirada del Imperio Otomano. Una región tan cercana a la Europa Civilizada, frente por frente a Italia en el Adriático y que está al norte de un país como Grecia, ha sido desde comienzos del siglo XX organizada por entidades ajenas a su propia población.

Y es curioso que esto se realice desde el seno de una Europa que, a partir de la Revolución Francesa, ya proclamaba como un derecho indispensable el derecho de autodeterminación de los pueblos y de constitución de una Nación en un Estado. No se nos escapa que los principios filosóficos y políticos de la época que condujo a la toma de la Bastilla conducían, ni más ni menos, a la conceptualización de la Nación de la que los procesos integradores de Alemania e Italia fueron el mejor exponente. Parecería contradictorio que la Europa Moderna infringiera su principal soporte de legitimación y terminara por organizar un vasto territorio con independencia de la voluntad de los pueblos que en él hay. Pero no, han sabido hacerlo sin que a los dirigentes históricos de cada país les haya temblado la voz. Aunque no lo han hecho muy bien.

Se han equivocado en todo momento. Sólo con la dictadura de Tito la región pareció encontrar una calma institucional que en realidad ocultaba la presencia de unas identidades nacionales tras el velo de un supuesto regionalismo nunca desarrollado y siempre lacerado por las tremendas diferencias económicas entre territorios. Hay quien echa de menos la existencia de una República de Yugoslavia, aunque sólo sea por motivos deportivos.

La realidad termina siendo dañina para las poblaciones balcánicas. Hoy existen diferentes identidades nacionales en la zona cuando las poblaciones apenas las reclamaban. Fueron los políticos de turno, interesados en aumentar su reino de taifas hasta el límite, los que terminaron por provocar una estampida nacional en Yugoslavia e infligir a los ciudadanos yugoslavos un estigma de guerra y racismo que ha terminado por enroscarse sobre sí mismo y hacer de unos el hazmereir de otros. Hoy en toda serbia se ríen del acento bosnio, incluso aquellos que encuentran el origen de su misma familia y de su apellido dentro de esta región, y se ríen como ya hacía décadas se reían de todo lo bosniaco. La única diferencia es que ahora, tras esos chistes, tras esas imágenes clásica de un humorista de la época de Tito que se caracterizó por este humor, tras todo lo que parecería normal, se esconde un odio hacia el vecino de al lado, culpabilizado de todos los males, animalizado y perseguido hasta donde haga falta. Si fuiste un musulmán nacido en Belgrado, hoy sólo eres un musulmán residente en Turquía, o en Bosnia, o en Francia. Hay que ver cómo la política puede ensuciar a su población.

La misma política, aunque esta vez europea, lleva a la decisión de distorsionar los acontecimientos de Kosovo y, en lugar de verlos como la última salida de un dictador en busca de legitimación, los observa como la mayor injuria hacia los Derechos Humanos. Defendiendo estos derechos con las bombas, evitando las bajas propias y propiciando un escenario para la victoria moral del dictador, Europa y EE.UU. lograron imponer su visión en la zona. Ésta no era otra que ejemplificación moral a Serbia –derrotada sin armisticio en 1999-, nación a la que se le ofrece la recuperación económica a cambio de colaborar en su desmembramiento. Montenegro se fue en 2006 acabando con el último fantasma yugoslavo, y ahora parece que definitivamente le toca el turno a Kosovo.

La razón para la independencia de Kosovo no es otra que la aparente incompatibilidad de los dos grupos poblacionales que allí residen: los albano-kosovares y los serbio-kosovares. Es en estas dos nomenclaturas o gentilicios que se utiliza aquí donde se puede ver mejor la lógica del conflicto. Por una parte, los albano-kosovares ya no son más albano, lo fueron durante el tiempo en que Albania suponía un apoyo a los intereses de la clase política de la región, cuando las armas y los soportes políticos internacionales procedían de Tirana. Hoy Albania se ha convertido en el estercolero de Europa al que nadie quiere acercarse, y los políticos albano-kosovares ven en la creación de un estado estrictamente kosovar la mejor salida para sus bolsillos y sus prestigios. El único problema para que se levante tal chiringuito proviene del otro gentilicio. Ocurre que hay una minoría serbia en Kosovo, una minoría que, tradicionalmente, ha dominado la política de la zona debido a la fuerte represión impuesta desde Belgrado hacia todo lo que sonaba albanés. Y esa minoría no sólo es serbia, sino que con el tiempo ha terminado por convertirse también en kosovar, lo que implica un sentimiento de pertenencia a esa tierra y, además, una estigmatización fuera de Kosovo, pues en Serbia son considerados kosovares y en Kosovo son considerados serbios.

El independentista albano-kosovar ha terminado por imponerse en las elecciones auspiciado por sus socios internacionales. Serbia, por su parte, queda expuesta a las fuerzas nacionalistas más radicales, al estar atrapada en dos fuegos: el nacionalista, que le impide soltar Kosovo a cambio de la liviana promesa de que estudiarán su incorporación a la UE; y el internacional, que le obliga a callarse ante el expolio kosovar, entregar a criminales de guerra que ni siquiera están en su territorio, tratar de que no se vuelvan a encender los ánimos en la República Serbia de Bosnia -la de Banja-Luka- de la que es indirectamente responsable y mantener callados a los nacionalistas del primer fuego. Un juego, sin duda, de malabarismo político que pocas buenas cosas puede traer. Máxime cuando la inmensa mayoría de la población serbia está cansada de los juegos políticos que le han traído guerra, indefensión y especialmente el estigma de ser los últimos animales de Europa. Una ciudadanía que se encargó de eliminar políticamente al líder alimentado por occidente –Milosevic- y que ha visto cómo sus esfuerzos han sido recompensados por toda una Europa que ha señalado a las gentes serbias de ser los responsables de cada matanza ocurrida en Bosnia o en Kosovo, como si cada ciudadano escondiera un uniforme de las Águilas Negras debajo de la ropa.

martes, noviembre 20, 2007

Aya de Yopougon, de Marguerite Abouet


No es la primera vez que hablo de cómic en alguno de los blogs en los que participo, eso es cierto. Pero como ya advertía en su día aún no soy un lector de cómic avezado, sino más bien en categoría amateur al que todavía le cuesta gastarse los dineros –muchos- en un tebeo de toda la vida. Pero, dicen, que las oportunidades hay que aprovecharlas, y a mí hace hoy justo un año se me planteó la posibilidad de inspeccionar todos los documentos que había en una librería, a mi gusto y con tiempo. Quizás por eso, quizás porque también dicen que el Pisuerga pasa por Valladolid y ayer se falló el primer Premio Nacional de Cómic –que ha recaído en Max- del cual se decir más bien poco, hoy me planto ante Uds. para invitarles a acercarse a un cómic africano. [leer completo]


[Por cierto, estamos renovando Derrota Urgente no dejen de visitarla.]

jueves, noviembre 08, 2007

¡Maldita Ciencia Ficción!

El androide se disponía a hacer de sus vísceras carne picada. Era tarde para salvar el planeta y su galaxia quedaba demasiado lejos para esperar un rescate milagroso. El sudor frío caía de las frentes del sargento Flannagan y el cabo Jimmy. Las misiones suicidas nunca admiten tipos de interés variable. Encadenados a la mesa, aún quedaba una última oportunidad de salvar su pellejo.

- Jimmy, ¿alcanza mi bolsillo con su mano izquierda?

- Creo que sí, sargento Flannagan, espere que intente…

El cabo Jimmy alargó la mano y estiró todos los dedos hasta que rozó algo dentro del bolsillo de sargento Flannagan.

- Mi sargento, ¿es una pistola láser?

- Sí, Jimmy, y si la alcanzas aún podremos mandar a este androide donde reinan las microondas.

Poco a poco, la pistola láser que el sargento Flannagan guardaba en su bolsillo se removía hasta terminar por hacerse accesible al cabo Jimmy.

- Ya llego, Señor, … un poco más… ¡por fin!

- ¡Dispara, Jimmy, dispara!

- Señor, su pistola está descargada.

- ¡Maldita sea, Jimmy, ya nos ha vuelto a suceder!

- ¿El qué sargento?

- ¿Pues qué va a ser? ¡Estamos atrapados en otro subgénero, estamos atrapados en la Ciencia Ficción! Y seguro que estamos en una novela de serie B.

- Flannagan, no toda la ciencia ficción ha de ser literatura barata. A pesar de la factoría de novelas sin sentido, hay novelistas de ciencia ficción que bien merecen estar en cualquier manual de literatura.

El hombre en el castillo, de Philip K. Dick.

Me lo habían vendido como el padre de la ciencia ficción, autor del famosísimo ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, más conocido como Blade Runner por culpa de su pésima adaptación cinematográfica. Sí, he dicho pésima, pues si un director, (Ridley Scott) no termina por sentirse cómodo con la película hasta más de 10 años después, es que la película es mala. El caso es que El hombre en el castillo está considerada su mejor novela por casi todo el que conoce de este circuito de Ciencia Ficción. Y llamo al género con mayúsculas porque P.K. Dick lo convierte en algo importante.

Cuando acabé de leerlo no me gustó nada. La verdad es que esperaba otra cosa y la decepción fue grande. Sin embargo, de decir que no me gustó pasé, poco a poco, a desengranar toda la novela a través de otras lecturas que nada tienen que ver con ella, algunas de ellas comentadas aquí o en Destripando Terrones. Esa es la señal de que estuvimos ante un buen libro, que trascienda a sus propias páginas, a su propia narración, y haga a sus lectores un poco más avezados para la siguiente novela. Pasa con P.K Dick y pasa con los grandes.

La historia nos lleva a un momento histórico donde la Segunda Guerra Mundial termina por ser ganada por los otros. El bando japonés se hace con el control de Asia y la costa Este de EE.UU. mientras que el ejército nazi termina por invadir la costa Oeste norteamericana y por controlar con mano de hierro el continente europeo. El delirio nazi es tremendo y en su proceso de dominación mundial a terminado por desecar el Mediterráneo para cultivar la comida de Europa y por masacrar África entera –entiéndase a los africanos y a las africanas- con tanto experimento científico. Nos situamos en varias historias, todas centradas en los EE.UU., o lo que queda de ellos, en particular en la zona dominada por el Imperio japonés y en la única región del país no gobernada por uno u otro bando, la región central de EE.UU.

Sin embargo, como ocurre tantas veces, el argumento deja de ser importante y el protagonismo comienza a derivar hacia las discusiones filosóficas que P.K. Dick mantiene entre los personajes. Amén de una crítica hacia lo japonés, que mal entendida podríamos tildarla de racismo, el autor nos propone cuestionarnos la validez del arte en un mundo dominado por la fabricación en serie, la esencia política de nuestros sistemas occidentales o el principio mismo de revolución que promueven algunos antisistemas. Realmente fascinante ver cómo todo esto se deja descubrir con el trasfondo de una trama casi irrelevante en muchos casos. Como uno de los protagonistas principales, de la trama y de la discusión filosófica, tenemos el antiguo arte milenario del I-Ching o Libro de las mutaciones. Éste es un método de la cultura china para predecir el futuro mediante números y versículos que el que se preste a ello ha de saber interpretar. Inapreciable aportación de P.K. Dick a un libro donde todo parece regirse por la voluntad del péndulo.

- ¿Grandes clásicos de la literatura, Jimmy? No me vengas con esas. Ese tal P.K. Dick no le llegará ni a la altura de los zapatos a otros como Bradbury o Asimov.

- Flannagan, cada uno tiene su lugar y en el Universo de la Ciencia Ficción hay lugar para todos ellos. Incluido algunos de los escritores más prolíficos y fantásticos que existió jamás. Aunque Orwell aborreciera sus obras.

La máquina del tiempo y otros relatos, de Herbert George Wells.

Confieso que con este libro tengo un problema. Es ver una edición nueva de La máquina del tiempo y querer comprármela. Supongo que si algo tengo que coleccionar en esta vida serán ediciones de esta novela de ciencia ficción que tanto me gustó cuando la leí. La razón por la que tengo ya varias ediciones de este libro es sencillamente que un mal librero me vendió, cuando apenas yo contaba con 14 años, una edición pseudo infantil jurándome que no se podía pedir otra porque el libro estaba descatalogadísimo. Obviamente era mentira, pero la venganza llegó en forma de crisis económica y hoy yo tengo ediciones bonitas de este libro y él ahora vende blusas de mujer y no libros. Justicia Universal, donde Universal de Universo, no se crean.

La máquina del tiempo cuenta la historia de un científico británico que no se sabe bien cómo logra inventar una máquina con la que desplazarse en el espacio-tiempo. La explicación de tan extraña invención es la de haber descubierto en el tiempo una nueva dimensión, es decir, un nuevo plano por el que poder desplazarse. Así, el autor del invento puede desplazarse a distintas épocas dentro del mismo espacio y comprobar las bondades o maldades de los otros tiempos. Wells escribe la novela como una crítica hacia el sistema capitalista pues el protagonista llega a un mundo futuro donde los morlocks con sencillos monstruos que viven en las profundidades y que, obviamente, descienden del proletariado. En la superficie terrestre habitan seres de estupidez e inocencia absoluta, que no se enteran de aquello en que consiste la vida. Son los capitalistas. El relato, la verdad, no va más allá, y sus aspiraciones son sólo la de crear una novela del llamado género distópico. Ha sido fuertemente criticado por simple por distintos autores. Desde un Orwell al que quizás el miedo a que se descubriera que 1984 era un plagio descarado de Nosotros del ruso Zamiatin obligó a lanzarse a por Wells, hasta por un Auster que en La noche del oráculo pone a su protagonista -enfermo, para variar- un ejemplar de la novela en un intento desesperado por buscar dinero adaptándolo al cine. De cualquier manera, me parece una muy interesante novelilla de ciencia ficción escrita por un más que interesante autor del género –recuérdese La guerra de los mundos- que además era un erudito de sus días

La edición de bolsillo que el pasado verano sacó Valdemar contenía otros cuentos de este autor británico. Me habían hablado muy bien de El país de los ciegos y he de decir que no decepciona. La fábula moralista, en la que Wells se especializa, tiene elementos muy interesantes para el análisis de la manera en que percibimos el mundo. Me gustó mucho El Imperio de las hormigas, un relato de aventuras en la selva amazónica, de carácter típicamente colonial británico, en donde los funcionarios de la Reina se encuentran con unas hormigas inteligentes. Y me parecieron fantásticos La puerta del muro, por su narración correcta y su ímpetu por la persecución de los sueños propios, y el relato El juicio final, una manera de relatar el mismo que verdaderamente daría miedo a cualquier banquero. Por lo demás aún no he disparado a ningún presidente de gobierno, así que esténse tranquilos porque es un vicio que no hace daño a nadie. Aunque pendiente tengo Historia de Plattner

- La máquina del tiempo… pues yo he visto una película que se llamaba igual, Jimmy.

- Sí, fue una malísima adaptación que hicieron hace poco. Donde la crítica social cambiaba por el típico amor entre dos jóvenes. Wells estaría revolviéndose en su tumba.

- Hay otra película, Jimmy, que seguro recuerdas: La Naranja Mecánica.

- Sí, claro Flannagan.

- Pues deberías saber que estaba basada en una novela de Anthony Burgess, también del género de Ciencia Ficción, el cual odiaba con todas sus fuerzas la adaptación de Kubrick porque decía que no contenía la idea que él pretendía transmitir con su novela: la inutilidad de la violencia.

La Naranja Mecánica, de Anthony Burgess

Cuando Anthony Burgess se sentó a escribir esta novela pensaba que sólo le quedaban unos meses de vida. Le habían diagnosticado un tumor cerebral inoperable y decidió dejar su trabajo para ponerse a hacer algo que aún no había hecho: escribir novelas. Pensaba en dejarle a su mujer en herencia los derechos de autor de todo lo escrito y por eso se sentó y produjo como nunca. Cinco novelas y media después de haber empezado, el diagnóstico no terminó por materializarse y lo escrito estaba dispuesto para publicarse.

De todos esos trabajos, lo que más repercusión tuvo fue esa media novela escrita: La naranja mecánica. Estaba basada en la violación de su mujer por parte de cuatro soldados norteamericanos en el Londres de la Guerra Mundial. Quizás por eso la escena donde mejor literatura tenemos presente es en la de la violación y la paliza propiciada a un matrimonio.

Como bien apuntaba nuestro amigo Jimmy, la adaptación de Kubrick no satisfizo a Burgess por estar basada en la edición norteamericana de la obra. Y es que el editor norteamericano había decidido retirar el último capítulo por encontrarlo fuera de lugar. A pesar de las protestas del autor, quien defendía que sin ese capítulo la obra estaba efectivamente coja, la versión norteamericana se popularizó sin el final planeado. Kubrick no podía sino adaptar la versión más popular. Mientras, en Europa, el capítulo 21 sí vio la luz. La diferencia entre las dos novelas, con y sin el 21, es sencillamente el mensaje de Burgess, pues es en ese capítulo donde la evolución mental de Alex, el protagonista, termina por contarnos que la violencia gratuita no conduce a nada y donde el joven pasa a dedicarse a otras cosas.

Entendida o no de esta manera, La naranja mecánica ha pasado a convertirse en un clásico del siglo XX, máxime cuando parece continuar la gran serie de libros de literatura utópica/distópica al hablar de un mundo donde la violencia domina las vidas de los ciudadanos. Donde la violencia es ejercida desde dentro de la ciudadanía así como desde el mismo Estado.

No obstante, diremos que la lectura se vuelve complicada y, sobretodo al principio, hay que tener cierta fuerza de voluntad para decidirse a continuar. Culpa de esto, además de un estilo algo remilgadillo, la tiene la ocurrencia de Burgess de dar al habla de los jóvenes una vuelta de tuerca. Se introducen unas cuantas palabras eslavas –dicen que también del castellano antiguo- y se obtiene el nasdat o jerga juvenil en la que está narrada la inmensa mayoría de la novela. Sin embargo el hecho de que encontremos el nasdat como un impedimento al comenzar terminará siendo de gran ayuda al permitirnos meter nuestra cabeza en una visión determinada del mundo. Cada lengua es una representación escrita o hablada del mundo que nos rodea, una manera de interpretarlo, y el nasdat nos proporciona la visión perfecta de un mundo lleno de violencia.

La edición manejada ha sido la versión de bolsillo de Minotauro, ya desaparecida por ese vicio que tiene Planeta de sacar todo en su basura de Booket. Una pena por lo bien que Minotauro trataba a los lectores de presupuestos reducidos. Ahora sale una edición normal a precio grande que, imagino, también traerá el prólogo de Burgess que tiene la mía –prescindible en parte- y el glosario nasdat-castellano. No sean drugos y pasen de leerlo, utilicen la vieja táctica de lectura del inglés: si no reconozco la palabra, sigo y ya daré con su significado por el contexto. En la Ciencia Ficción hay cosas que nunca se entienden.

martes, octubre 23, 2007

La guerra a diario

Bueno, pues ya están aquí. Ya tenemos a los dos nuevos periódicos de izquierda de este país en la calle. Uno nació hace poco menos de un mes y se llama Público. El otro, que es El País, hace ya mucho que se edita pero entre que últimamente venía siendo muy comparsa y que ahora le hacen la competencia por su público objetivo, ha decidido hacerse un lavado de cara y relanzarse hacia la conquista del espíritu crítico. Vamos a tratar de compararlos sin meternos en berenjenales de grupos mediáticos –eso que tan bien explicó Ottinger- que bastante tenemos ya con lo que tenemos, y redundarnos sería absurdo.

Abriendo la edición de ayer de Público lo que podemos decir es que nos ganó para la causa. La noticia de portada del lunes no era otra que una denuncia del enriquecimiento de la SGAE y sus acólitos. Bien documentada, con sus gráficos ilustrativos y las ganas de explicar y denunciar necesarias para este tipo de casos, nos encontramos con un reportaje a tres páginas y con fotografía de ese ser misterioso que es Teddy Bautista. Y lo digo sin ánimo de ofender –que veo que ya me pueden estar denunciando- a mi Teddy me parece misterioso. Por el contrario, el diario El País se quedó con el intento de espionaje al Presidente Rodríguez Zapatero en su visita a Caracas. La composición de las portadas es bastante significativa. Mientras Público destaca en ella temas más sociales –Zapatero sube el salario mínimo o Habrá control antifraude en las ayudas al alquiler- El País sigue en su línea continuista y destaca dos noticias de la sección internacional –el conflicto Turquía y kurdos y la derrota electoral de Kaczynski en Polonia- y una de la nacional –la conversación entre Aguirre y Juan Carlos.

Esto marca de alguna manera las divergencias de ambos periódicos. El País se ha caracterizado siempre por tener la vista muy pendiente en lo que sucede en el mundo y por eso sus grandes portadas siempre han destacado asuntos internacionales aún cuando la tensión política en nuestro territorio fuera en aumento. Público, sabiendo esto, opta más por un acercamiento de la política social y de la denuncia de hechos que, normalmente, pocos medios analizan. La comparación de los principales temas de opinión de éste último diario nos lleva a pensar más en un periódico gratuito de los que reparten en la salida del metro que en un periódico de kiosco.

Porque Público es un poco así, más colorista que los otros diarios de pago y con unos temas más sociales que políticos –para entendernos. Dirán que ya era hora de que alguien dijera ciertas cosas y en parte tendrán razón. Pero en otra gran parte no la tendrán pues todas estas cosas ya están dichas en diarios como el 20 Minutos, el ADN o La Ría. Hablar de estos temas ya es algo que, por fortuna, viene siendo habitual para la prensa gratuita. Cosa que, por cierto, para excéntricos especialistas en la materia les confiere una credibilidad total y absoluta cuando todos sabemos que no es así. Que la credibilidad viene dada de la propia investigación –si lo quieren llamar así- de un diario, que ha de ser fiable y empleada en temas necesarios –y no en ver si el oso estaba borracho o era el ruso el que se bebió el vodka. El País parece haber comprendido esto dando dos noticias interesantes como es el espionaje de Rodríguez Zapatero en Caracas y la conversación entre la realeza y la nobleza –por la noble Aguirre. Público por el contrario refuerza estas comparaciones con los diarios gratuitos –o de serie b- al formatear las noticias en recuadros pequeñitos, más ilustrados que comentados y que, al no tener un tamaño uniforme, provoca un pequeño desasosiego en la lectura. Eso sí, para todo aquél que guste de releer los periódicos del día esto le va a ir bien, pues con esa composición uno siempre se salta alguna noticia.

Si decíamos que Público nos había ganado para la causa, El País terminó por llamarnos a filas cuando en la edición del domingo, la anunciada edición del domingo, publicó un reportaje sobre la Política Agraria Común (PAC) digna de figurar en las clases de Sistema Comunitario Europeo que había en mi Facultad. Con un atrevimiento que va más allá del que tenía hasta hace unas pocas fechas, El País señaló a las empresas o conglomerados empresariales que se lucran de las subvenciones a la agricultura europea –dinero público, es decir de todos- y que hacen que tantas personas vean en ella a la lacra de la UE. Entre las que me incluyo, claro. Señalando a personas jurídicas y personajes físicos, El País arma un pequeño revuelo necesario que, si continua con esa línea, provocará al menos que las gentes del mundo se indignen. Porque de cambios en la PAC ni hablamos que estamos en año electoral y Sarkozy no deja ni mencionarlo. Con esto nos referimos a un ámbito comparable bien importante entre ambos diarios. Mientras El País puede provocar polémica y debate con la trascripción de una estúpida conversación, Público no llega a tener repercusión ninguna cuando hace un reportaje de tres páginas sobre las supuestas irregularidades de una organización que tiene su rédito en Moncloa, la SGAE, y cuya fuerza como lobbie nos hace pagar a todos más dinero por algo que creo no les pertenece. Público logrará algún rédito con la sociedad cuando el resto de diarios se hagan voz de sus noticias en primicia. Para algo ha entrado en una red de comunicación, para dialogar, y si sus noticias son omitidas por el resto de diarios pronto se darán cuenta de que el camino que llevan no es otro que el de la salida de los kioscos y la entrada en el metro.

Respecto al resto de secciones, ambos periódicos dedican una parte a hablar de Internet y nuevas tecnologías, lo que me parece un acierto. La sección de opinión es algo que también los distingue porque mientras El País incorpora a Moisés Naím, el otro cuenta con sus filas a opinólogos del tipo de Espido Freire, nueva portavoz de los mileuristas –por artículo. Que yo me pregunto si habrá que tener un Planeta para poder verter mis opiniones en las páginas de un periódico o si bastará sólo con la carrera de periodismo. Los nombres no hacen un periódico, pero ayudan. ¡Pedro J. date prisa que creo que Boris no da su opinión política en ningún tabloide!

No creo que Público le vaya a restar lectores a un diario como El País. Quizá a este precio -0,50€- le pueda hacer la competencia durante un tiempo, pero a la larga va a tener problemas de distribución si no se da cuenta de la importancia de una buena estructura noticiera y de la necesidad de hacerse presente en la vida periodística de este país. Acerca de El País, mucho ruido y poca limoná. Tiene algunas cosas mejoradas, como el haber colocado la sección de Economía en mitad del periódico, la llamada Cuarta Página, que es un artículo de opinión al más puro estilo New Yorker -¡cuánto necesita un New Yorker este país!-, amén del mencionado nuevo interés en sacar noticias diferentes. Pero está claro que no sólo se puede quedar en eso. Que la sección Vida&Artes les va a chirriar un poco por haber agrupado ahí a toda una amalgama de temas y que el lema estaba mejor antes. Mejor independientes que globales.

Todo parece dispuesto, eso sí, para que el diálogo que mantiene el kiosquero de la Plaza de Valparaíso en Madrid siga siendo el mismo:

Cliente: ¿Me da La Razón?

Kiosquero: Sí, como a los tontos.

martes, octubre 16, 2007

Policiaca, sucia novela policiaca

La noche había caído fulminantemente y los kilómetros se sucedían sin piedad. Las luces del viejo buick de alquiler se comían líneas discontinuas una tras otra, como si se persiguieran ellas mismas. Y el humo, ese humo de cigarro barato, se amontonaba en el centro del coche sabiendo que no tenía por dónde salir. La sola satisfacción del trabajo bien hecho dejaba en nuestras almas una sensación de alivio que se confundía con la incertidumbre ante la inexistencia de un nuevo caso. No era la primera vez que no encadenábamos un caso tras otro aquel año. Las épocas de vacas gordas habían pasado. Ya no había maridos ricos en busca del amante de su mujer. O cuanto menos no había ganas de enterarse del engaño. Ahora los dos teníamos bien claro que nuestra sociedad habría de ser disuelta. Uno de los dos sería el primero en abandonar el barco. Los casos de perros desaparecidos no dan para pagar dos escoceses cada noche. El abogado laboralista sería la cuneta. No cabía posibilidad de recurso.

Aparqué el coche en una estrecha recta que hacía el camino. Ese día no había luna que nos hiciera de testigo y esto favorecía el ambiente íntimo que todo funeral necesita.

- ¿Sabes Flanagan? –me dijo- en el fondo lamento que esto haya tenido que acabar así. Siempre pensé que serías tú el que me condujeses desarmado hacia mi nicho.

- La vida, Jimmy, es algo que no alcanzamos a comprender.

- ¡No me jodas, Flanagan! Esa frase no encaja en este relato con pretensiones de policiaco, parece que apenas sabes de esto.

- Bueno, Jimmy, ya sabes que he leído poca novela policiaca.

- ¿Poca? ¿Y qué me dices de aquel que te vi leer hace años? … ¿Cómo se llamaba…

Esta noche moriré, de Fernando Marías.

Pequeña novela sin grandes aspiraciones, como casi todas las del género, pero que termina por incrustarse de tal modo al occipital que hace que a pesar de los años y años que hace que la leí siga hablando de ella en cuanto tenga oportunidad. Aviso para navegantes, la leerán del tirón sin darse cuenta del tiempo que les ha llevado. Da igual que se planteen ojearla poco antes de echarse a dormir y mañana cogerla ya del todo, no Esta noche moriré engancha desde el primer párrafo y uno no puede abandonar el bar hasta que Fernando Marías nos ha dado bien en el mentón.

Escrita a la manera de carta en la que un criminal le explica al detective que le ha detenido cómo durante los años que lleva en la cárcel ha logrado arruinar su vida de manera magistral. Es complicado hablar más del argumento sin destriparlo del todo así que sólo haremos referencia a una sociedad que se menciona en la carta, una sociedad secreta a la que pertenece el autor de la misma y que daría por sí sola para un apabullante best seller que dejaría en evidencia a los códigos da vinci y cenas secretas. Esta sociedad secreta, extendida por los siglos de los siglos y por todos los continentes se dedica a seleccionar a los artistas más conocidos de cada época, observar su modo de vida hasta la más mínima arruga y, luego de conocer sus más tremendos secretos y debilidades, obligarles a realizar una obra maestra cuya propiedad y conocimiento sólo será de la sociedad. Así, cada cierto tiempo, la sociedad saca a la luz de manera discreta una nueva escultura, pintura, novela, o partitura de algún gran artista ya fallecido, sacando ventaja de las plusvalías y preparando la extorsión a los artistas presentes que divulgarán las generaciones futuras.

El argumento de esta sociedad ya sirvió hace más de diez años a un programa de La2 de Televisión Española que se dedicaba a rodar documentales falsos para las tardes del domingo. Fue ahí donde me enteré de la existencia de la novela, pues al final del documental se decía claramente que todo era un montaje y en qué novela o película estaba basado.

La tensión del relato de Marías llega hasta el final incluso cuando parece no poder continuar. Está bien resuelto el misterio y sólo el epílogo final, necesario y aclaratorio, hace que el ritmo narrativo se rompa un poco aunque el resultado no se vea afectado. Encontrar la novela puede estar complicado, pues ya es de 1996 en edición normal (Destino) y de 1999 en su versión bolsillo (DestinoBolsillo), por eso recomiendo la biblioteca pública. A poco que esté bien surtida debería tener este libro en sus estanterías. Es de lo más entretenido que hay en este mundo y puedo asegurar que de gran calidad por su estilo narrativo y los juegos que hay en él.

- La verdad es que era buena novela, Jimmy, tenía pocos visos de mantener la tensión hasta el final, pero luego no decepcionó. ¿Sabes cuál fue otra que realmente me hizo engancharme a la lectura?

- Ni idea, Flanagan, ni idea.

- Una de Raymond Chandler, Jimmy, una del maldito Chandler.

La dama del lago, de Raymond Chandler.

Encontrada casi por casualidad en una edición de estas que regalan los periódicos por 1€ estaba en mitad de una estantería deshecha por una mudanza. Esta novela me descubrió al genial Chandler que ya conocía como uno de los principales guionistas del Hollywood negro en los años dorados.

Es un clásico de la literatura policiaca por contener todos los requisitos del género. El personaje principal es un detective sumamente profesional, Philip Marlow, al que se le encarga el caso de encontrar a la esposa de un magnate californiano, un tal Kinglsey. El caso se va complicando con la aparición de un par de cadáveres relacionados con la desaparecida y la implicación del departamento de policía de la ciudad. En este caos, el único que mantiene el orden secuencial es Marlow, pues tiene que lidiar con todos los implicados en situaciones de muy diversa índole.

La trama es un clásico y está perfectamente bien resuelta, sin que rechine al final con tanto personaje y multitud de giros argumentativos –aunque no tantos como la gran novela de Chandler; El largo adiós. Junto con la trama, el lenguaje que Chandler emplea es el característico de los detectives. Afilado y sin miedo a golpear donde más duele, Marlow, da la replica de manera genial en cada uno de sus encuentros. Si además tienen la suerte de empezar a leerla en un tren y que el hilo musical sea el Jazz más bizarro que jamás haya uno podido escuchar –lo cual le sienta muy bien al libro, todo hay que decirlo- encontrarán la mayor de las satisfacciones. Merece la pena iniciarse en este género o en este autor con La dama del lago, y si ya están iniciados su adicción está más que asegurada.

- Pues Flanagan, si realmente nos ponemos a hablar de clásicos en este ámbito no podía faltar algo de Chesterton o de Conan Doyle.

- Conan Doyle y su Sherlock. Indispensable pero muy manoseado. Yo prefiero al Sr. Fisher de El hombre que sabía demasiado. Cuando Acantilado lo volvió a editar a mediados de este año mi librero comenzó a odiarme porque iba todos los días preguntado si había llegado ya.

El hombre que sabía demasiado, de G. K. Chesterton.

Me pongo de pié para saludar a un autor que ya estaba tardando en aparecer por aquí. Mr. Gilbert Keith Chesterton, el más católico de todos los ingleses y el mejor afilador de cuchillos que ha dado la Gran Bretaña. Ni siquiera la realeza podía tener a salvo el cuello. Fue un gran articulista y mejor humorista, pero lo que dejó claro es que a él las situaciones de crímenes misteriosos no se le resistían. Tenía un don para la realización de estos relatos como muestra la serie del Padre Brown u otras compilaciones del mismo tipo como El hombre que fue jueves. Sin embargo El hombre que sabía demasiado a mi me resulta indispensable al hablar del género negro.

El libro está compuesto por varios relatos cortos donde siempre nos encontramos a los mismos tres personajes. Por un lado el genial Horne Fisher, funcionario del Imperio capaz de resolver el crimen que se le ponga delante y con la misma mala suerte que Jessica Fletcher: allí donde va, alguien se muere en extrañas circunstancias. Su contrapunto es Harold March, un periodista joven al comienzo del libro que va haciéndose mayor mientras comparte sus días con Fisher y éste le cuenta sus aventuras por las tierras del Imperio. El tercer personaje presente en todos los relatos es, como no, la sociedad británica, esa sociedad que Chesterton despreciaba por haber dado la espalda a todo lo humano, por creerse divina. En todos los relatos el misterio es conocer las mentiras y basuras de la sociedad pues detrás de cada misterio se esconde la naturaleza humana del burgués imperial al que escribía Chesterton.

La manera en que está escrito es, como todo lo de Chesterton, exquisita. Las descripciones aún emocionan como emocionaban hace ya tantos años y le meten a uno en situación. Cada detalle de la narración es importante para la resolución del misterio de tal forma que uno termina jugando con Fisher a ver quién de los dos es más rápido en resolverlo. Normalmente gana él, pero cuando uno llega antes a la solución que Fisher la sensación de satisfacción es tal que termina por gritarlo a los cuatro vientos. Aunque esté en el metro.

El lenguaje de la novela es asombroso y las frases de cada personaje son ajustadas al momento en el que vive. Si la situación es relajada la ironía de Fisher –al que uno no puede dejar de imaginar como un Chesterton pero con barba blanca- actúa sin piedad llegando a afirmar que “toleraba a los primeros ministros así como toleraba a los trenes” –me levanto el cráneo, digo. Cuando la conversación se vuelve tensa –es lo que tienen los cadáveres, que ponen nerviosos a la gente- Fisher apenas habla y cuando lo hace es de manera sutil para encontrar la respuesta. Perdérselo es un pecado, y ya saben que los pecadores van al infierno y allí les sacan los ojos, con lo que no podrán leer más. El que avisa no es traidor, es avisador.


-Actualización a 2 de Junio de 2008-

La editorial 451 ha decidido continuar con la idea de Fernando Marías y ha puesto a la venta un libro colectivo titulado Historia Secreta de la Corporación. Este ejercicio colectivo en el que escritores como el mismo Fernando Marías o Lorenzo Silva continuan con la idea de la Corporación promete muy buen material para la lectura nocturna. Además, la misma editorial ha reeditado Esta noche moriré, con lo que el acceso a esta formidable novela policiaca está ahora garantizado. Gran noticia, sin duda.

lunes, octubre 15, 2007

Los libros y los amigos, de Peter Mayer

Lo leí el sábado, cerca del Ebro con el sol y la cervecita de compañeros. Y no puedo permitirme no reproducirlo. Es un poco largo, pero merece la pena sin duda.

[Babelia, suplemento del diario El País, Sábado 13 de Octubre de 2007]

La Feria del Libro de Francfort, que se celebra hasta el 14 de octubre, es la única feria internacional del libro a la que asisten prácticamente todos los editores del mundo. Sin despreciar otras ferias, como la BEA estadounidense, la Feria del Libro de Londres, la Feria del Libro de El Cairo, Liber, el Salon du Livre, Jerusalén, la Feria del Libro de Buenos Aires, las ferias del libro de Nueva Delhi, Varsovia y Calcuta -y probablemente una decena más-, Francfort, que se celebró por primera vez en 1454, es la abuela de todas ellas. (Hubo un interregno que comenzó en 1764 y en el que Leipzig sustituyó a Francfort, pero la sede volvió a cambiar tras la era nazi, en 1949, después de que Leipzig pasara a formar parte del bloque soviético).

Este año estaré en la Feria del Libro de Francfort por cuadragésimo cuarta vez. Como casi todo el mundo, tuve que alcanzar cierto grado de veteranía para que mis jefes me permitieran disfrutar de un billete de avión, una habitación de hotel y una semana sin ir al despacho. La primera vez que vine fue a instancias del conocido editor alemán Andreas Landshoff, amigo mío y ya entonces un veterano, que nunca dejó de asistir a la feria hasta hace poco. Su tarea como editor en Abrams incluía la coproducción de los libros visuales de Abrams, y Francfort era fundamental para su trabajo.

Al principio, yo iba como editor de libros de bolsillo, luego empecé a interesarme fundamentalmente por la compraventa de derechos, y luego, sobre todo, por las reimpresiones. Los derechos que vendía, primero en nombre de Avon Books y luego de Penguin, eran los de las ediciones en lenguas extranjeras de libros que nosotros ya teníamos. La venta de derechos era un aspecto comercial que, a veces, nos permitía cubrir los gastos de la feria, y a mis autores les gustaba que yo volviera a casa y les contara sobre los derechos que habíamos logrado vender. Sin embargo, nada, ni entonces ni ahora, me ha dado nunca tanta satisfacción como el hecho de encontrar un libro nuevo para publicar. La labor editorial se alimenta del entusiasmo ante un futuro impredecible, y creo que siempre será así. Los libros que adquirimos son la base sobre la que el público puede valorar las decisiones culturales y comerciales del editor: culturales en el caso de los libros de más calidad, y comerciales en el sentido de que la editorial necesita vender para poder seguir editando libros.

A lo largo de mi vida, el gran acontecimiento de octubre ha cambiado, pero merece la pena dedicar un instante a esbozar una historia resumida de la feria. En los primeros tiempos, desde el siglo XV hasta principios del XX, era una feria sobre todo alemana, desde luego, pero desde muy temprano tuvo una faceta internacional. Impresores de Italia, Suiza, los Países Bajos, Polonia, Francia y otros países, cargados con barriles llenos de libros, viajaban durante meses a pie, a caballo y en barco para asistir a la muestra. Si el libro empezó a internacionalizarse tan pronto fue gracias a Gutenberg y su invención del tipo móvil y la imprenta en 1450, que hizo posible la impresión de múltiples ediciones. Desde luego, su invento contribuyó más que ningún otro a la lectura de libros y la difusión del conocimiento, tanto en latín como en las lenguas vernáculas. El hecho de que una obra se leyera más en una lengua determinada hacía que los editores de otros países quisieran traducirla. Pero esa faceta internacional no adquirió verdadero impulso hasta el desarrollo de los viajes y las comunicaciones, que permitieron el aumento de los intercambios culturales. Se sabe que las primeras ferias alemanas ya tenían la vista puesta en el extranjero, como lo demuestra la existencia de un catálogo de la Feria de Francfort en inglés, que empezó a editar el librero John Norton en 1608- 1618; no obstante, la lengua franca de las obras y los participantes siguió siendo el latín.

Aunque, en gran parte, las ferias de Francfort y Leipzig siguieron constituyendo los lugares de encuentro de editores y libreros alemanes, al mismo tiempo contribuyeron a ese intercambio de ideas y a fomentar el debate sobre la labor editorial en general. En las ferias, los editores entraban en contacto con las nuevas tecnologías relacionadas con el papel, la tinta, la impresión y la encuadernación, e incluso diferentes métodos de diseño, ventas y distribución. Aunque el libro era un objeto cultural, la tecnología era y sigue siendo su accesorio indispensable.

La llamada Feria del Libro de Francfort ha ido incorporando todos esos aspectos auxiliares, y otros productos no auxiliares como mapas, carteles y calendarios, y en tiempos más recientes cintas de audio y CD, descargas digitales, juegos, etcétera. Internet y la digitalización auguran todavía más cambios para el futuro, del mismo modo que las ediciones de bolsillo -iniciadas por Tauchnitz en Leipzig, en 1841, y por Penguin en formatos más "de masas" en 1935, en Inglaterra- revolucionaron la producción, el precio y la venta del libro, los hábitos de lectura en todo el mundo y la forma de presentar y vender los libros, al ampliar los formatos de la información y el entretenimiento.

En cuanto a la feria en sí, que inicialmente era una feria profesional y comercial -a la que el público asistía más o menos dependiendo de las reglas cambiantes de la muestra-, con el tiempo se fue entretejiendo con la economía social. Por un lado, esa evolución se debió al desarrollo del comercio nacional e internacional. Pero, por otro, en los años setenta, pasaron a primer plano las distintas sensibilidades y las tendencias políticas. Empezaron a verse, en ocasiones, protestas llamativas e incluso violentas, como las manifestaciones de una izquierda cada vez más combativa contra las publicaciones de Axel Springer, la ocupación del pabellón griego por parte de disidentes en 1967 y la protesta de la Federación de Estudiantes Socialistas y el movimiento contra Leopold Senghor en 1968, año en el que se le concedió el Premio de la Paz de Francfort, el prestigioso galardón que concede la feria cada año en la iglesia de San Pablo. La dirección de la feria, como es comprensible, asumió una postura inflexible ante toda esa politización, pero acabó viendo que era imposible, con la presencia de los medios de comunicación, aislar por completo los acontecimientos mundiales de la cultura y el comercio del libro. Por ejemplo, la fatua dictada por el ayatolá Jomeini en 1989 contra Salman Rushdie y todos los que difundieran Los versos satánicos dejó claro que la seguridad física ya no estaba garantizada. La feria tuvo que añadir un número cada vez mayor de medidas de seguridad en las entradas, una situación que empeoró todavía más tras el 11-S.

En los años setenta, quizás hacia 1975, según cuenta Peter Weidhaas -durante muchos años responsable de la feria y recientemente jubilado- en su libro A History of the Frankfurt Book Fair, que se publicará este mismo año, también se produjeron otros cambios, relacionados con lo que se consideraba el marketing que nos llegaba de Estados Unidos. La promoción a bombo y platillo y la preocupación por crear best sellers se convirtieron en partes tan importantes del encuentro -en todos los aspectos, desde las vitrinas en los pabellones hasta los carteles callejeros que se veían en las proximidades de la feria- que los organizadores se preocuparon seriamente. Weidhaas y su consejo directivo tuvieron que preguntarse si los elementos culturales de la feria estaban viéndose eclipsados por la comercialización. La venta de derechos sobre libros de autores famosos, autores a punto de ser famosos y autores que pronto iban a quedar olvidados, que los agentes y editores solían llevar a cabo -en los tiempos previos al teléfono móvil- a base de subastas peripatéticas de libros todavía no escritos, a partir de unas propuestas de tres frases, coexistían incómodamente con un esfuerzo cada vez mayor de los editores de libros de arte para encontrar socios que coprodujeran los libros con ellos, unos socios que entonces eran todavía más necesarios que ahora para amortizar los costes de desarrollo de la impresión en color para una sola vez. También empezaron a ocupar tiempo y espacio las empresas dedicadas a la liquidación internacional de libros, así como las ventas -muchas veces no autorizadas- de libros promocionales por encima de fronteras nacionales con contratos exclusivos: todo tenía hueco en una Feria de Francfort que evolucionaba. En gran parte, se debía al enriquecimiento de la sociedad occidental, que tuvo como consecuencia el exceso de producción tanto de títulos como de ejemplares de cada libro. Podía decirse que la feria avanzaba cada vez más en paralelo con un mundo comercial independiente de los libros.

También hay que dejar constancia del crecimiento de la propia feria. En 1970 había aproximadamente 2.500 participantes, procedentes de 66 países. En 1990 estuvieron presentes 90 países y los expositores ascendían a más de 6.000. Y así sucesivamente. Como dice Peter Weidhaas en A History of the Frankfurt Book Fair: "En un periodo de 30 años, el espacio dedicado a los expositores había multiplicado casi por cinco la superficie original en metros cuadrados (de 39.000 a 198.558). Un visitante que pretendiera ver todas y cada una de las casi 7.000 casetas habría tenido que recorrer más de 30 kilómetros. Tal vez el Libro Guinness de los Récords estaría interesado en saber si alguien ha sido capaz de hacerlo. El número de visitantes aumentó en la misma proporción. Al empezar ese periodo, el público corriente representaba aproximadamente el 70% de los visitantes. Las mañanas estaban reservadas para los profesionales. Sin embargo, en el último decenio del siglo XX, el asombroso incremento del número de visitantes profesionales obligó a limitar el acceso del público. A partir de entonces, sólo se permitió los dos últimos días, que siempre eran un fin de semana".

En 1993 se produjo una transformación importante, que situó la feria en lo que, a partir de ese momento, pudo considerarse una plataforma de lanzamiento para el siglo XXI. Ese año, el mercado de la información electrónica, constituido por los fabricantes de software, empezó a ocupar un lugar especial en la feria y pasó a ser parte formal de ella. Evidentemente, en 1993 nadie podía predecir que, en 2007, la edición electrónica -paralelamente a la edición impresa tradicional- iba a tener una importancia tan grande para una nueva generación de lectores. En esa transformación y su trayectoria se encuentra la gran incógnita de los próximos 10 años.

Da la impresión -si se examina lo ocurrido en las industrias de la música y el cine- de que la complicada recompensa de la digitalización y la llegada de diversos aparatos lectores como el Sony Reader (con su reserva de 80 libros en la tarjeta de memoria) podrían suponer enormes cambios; pero lo que no se sabe es si la gente querrá utilizar ese método para leer por placer. Tal vez la tinta negra sobre papel blanco, basada en la fórmula de Gutenberg de hace más de 500 años, página a página, siga prevaleciendo sobre una nueva generación apoyada en una pantalla. Es posible que haya un lento cambio en el público, en relación con algunos libros, no con todos. Tal vez el factor decisivo sea el contenido, y no el contexto. Varios críticos y editores como André Schiffrin y Jason Epstein han hablado de los cambios políticos, culturales y tecnológicos que están produciendo la creación de conglomerados y la tecnología. Desde luego, la Feria del Libro de Francfort representará cualquier cosa que surja de esta y otras profecías.

Hay que decir que la introducción de temas en la feria se hizo, en parte, para contrarrestar el avance hacia la comercialización de la muestra; la primera feria temática fue la de 1976 (literatura latinoamericana), en la que se dedicó gran atención a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Desde entonces, en todas sus ediciones -salvo alguna excepción-, la feria ha destacado una región o un tema no regional, que centra la atención de todos y, fundamentalmente, de los medios alemanes especializados. Este año es Cataluña, una región de la geografía política de España. Los temas han contribuido a impulsar aún más el carácter internacional de la feria. En realidad, ésta sólo fue exclusivamente alemana un año, en 1949. Cinco años después ya había más participantes internacionales que alemanes (hoy es la feria de Leipzig la que permanece exclusivamente dedicada a lo alemán).

Desde mi punto de vista personal la feria, dado el mundo en el que vivimos, representa una mezcla razonable de comercio y cultura, que otorga cada vez menos importancia -por el desarrollo de las tecnologías de impresión- a las coproducciones de libros visuales. En los libros no visuales existe cada vez menos interés por las obras procedentes de Estados Unidos y más por compartir con otros países nuestras respectivas culturas. El papel de Estados Unidos es peculiar. Su enorme poder mediático hace que menos del 5% de los títulos publicados proceda de países de habla no inglesa. Esta vergonzosa paradoja se da en todo el mundo anglosajón: por ejemplo, el Reino Unido, cuyos medios tienen mucha menos influencia, no parece estar tampoco muy interesado por la literatura extranjera. A pesar de esa anomalía y otras semejantes, la Feria de Francfort, en la ciudad natal de Goethe -el alemán más universal-, sigue siendo una feria comercial que conmemora la diversidad de los componentes culturales de las distintas naciones y regiones del mundo. Ahora bien, algunos podrían criticarla alegando que la mano de los grandes conglomerados empresariales y la tendencia a publicar con la vista puesta en los beneficios (en vez de la diversidad que sería de esperar) han reducido esa variedad que parecía posible. Es verdad que cada vez se publican más libros en todo el mundo, pero cada libro vende menos, y los éxitos de ventas venden mucho más que antes. ¿Acaso el triunfo el hombre corriente presagia el fin de la diversidad?

En otras palabras, la feria es una representación auténtica de lo que ocurre en el mundo editorial en general, y tanto Sigfred Tauber como Peter Weidhaas, y hoy Juergen Boos, han introducido esos cambios con el crecimiento físico y la adaptación de las infraestructuras de la feria, en un intento de ofrecer antídotos contra los problemas que, decenio tras decenio, siguen apareciendo.

Una vez más, desde mi perspectiva personal, yo voy a la feria a trabajar, más a comprar libros para publicar que a vender derechos de libros para que los publiquen otros. Pero, además del trabajo, voy a ver a mis amigos. Tanto si es en la cena Peter Mayer, de nombre ligeramente inadecuado, sufragada por los que asisten a ella -ninguno de ellos invitado por mí-, como en las numerosas recepciones y cenas y los encuentros casuales con viejos y nuevos conocidos, siento que formo parte de una gran reunión de un club. Se bebe y se trasnocha mucho; se pierde la voz. Sonrío a gente cuyas caras conozco pero cuyo nombre he olvidado en los últimos 12 meses. Meentero de quién está casado con quién y quién se ha separado, cuántos hijos tiene cada uno, cómo se llevan esos hijos, dónde viven los amigos; a veces he tenido la suerte de poderles visitar en sus respectivos países o han venido a visitarme. Un año pude llevarme a mi hija y presentarla a diversas personas que llevaban 23 años viendo sus fotos. También he tenido la suerte de ver la feria a través del prisma de una gran editorial como Penguin, con un pabellón en la feria en el que podrían cultivarse cosas, y ahora desde otra más pequeña, la neoyorquina The Overlook Press, que ocupa la mitad de una caseta compartida con Duckworth, de Londres, y el diseñador y editor holandés Joost Elffers.

Los libros y los amigos son lo que verdaderamente me importa. Siempre me entristezco cuando alguien a quien he llegado a conocer mucho, después de verle todos los años en la feria, deja de ir porque se jubila o por motivos de salud. De pronto, cuando paso por una caseta en la que estaba acostumbrado a ver una cara amiga, él o ella ya no está ahí. ¿Cómo es posible?, me pregunto. Y lo mismo me pasará a mí algún día.

La labor editorial no sólo tiene que ver con hacer libros, aunque eso es lo que pensaba cuando era joven. Yo vivo en una comunidad de libros, una comunidad que me importa, y Francfort es un gran lugar de encuentro. La Feria del Libro de Londres ha crecido y ha ganado en importancia, y abundan las ferias en otros lugares. Con un buen capital, sería posible viajar constantemente por el mundo dedicándose a comprar libros y sin tener nunca tiempo de publicarlos.

Sin embargo, Francfort, que data de hace más de 600 años, que ha vivido tantos cambios en Alemania y el resto del mundo, y tantos cambios en la propia edición de libros, sigue siendo, para los que pertenecemos al gremio, algo más que una ciudad junto al río Main.

Peter Weidhaas. A History of the Frankfurt Book Fair. Traducción de C. M. Gossage y W. A. Wright. Dundurn Press, 2007. 218 páginas. Peter Mayer fue editor de Penguin. Actualmente es responsable de The Overlook Press. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.