viernes, julio 14, 2006

El dilema de seguridad


Hay cosas que cada cierto tiempo se repiten –son cíclicas, para continuar con la entrada anterior de este blog. Cada poco tenemos las mismas imágenes de población palestina masacrada por las bombas y los tanques israelíes. Este año he tenido la oportunidad de intercambiar opiniones con gente a la que aprecio partidarias de las acciones del Estado de Israel –que no lo llamo sólo Israel por las connotaciones que esa palabra tiene para las otras tres religiones monoteístas que nacieron de Oriente Próximo. En esas conversaciones siempre ha surgido el mismo problema aunque a veces no fuera planteado como tal: el dilema de seguridad del Estado de Israel.

Se asume que dicho Estado es parte del bloque occidental. Así lo demuestra la inclusión de sus representantes en el bloque europeo dentro de la Organización de Naciones Unidas, la pertenencia de sus equipos deportivos nacionales y de clubes en las organizaciones europeas e, incluso, los especiales acuerdos comerciales que lo unen con la Unión Europea casi como si de un Estado Miembro se tratase. Por lo tanto, al hablar de este Estado siempre se plantean las comparaciones. ¿Por qué no pueden tener allí una vida tranquila como la que tenemos aquí? Si hubiera ataques terroristas contra el territorio de tu Estado, éste te defendería ¿Por qué no va a ser igual allí? ¿No es lógico que un Estado defienda sus intereses y los de su población con todas las armas posibles?

Mientras, el Estado Palestino sigue sin llegar. Hubo acuerdos para alcanzarlo, amenazas del extinto líder palestino para proclamarlo en mitad de su encierro en Ramallah y mucha más historia sobre él. Sin embargo el debate siempre se centra en defender su legitimidad. Estamos ante la lógica que domina desde hace años las relaciones internacionales. El debate que cuestiona qué Estado es legítimo y cuál no lo es. “¿Quién ha ganado las elecciones… nos conviene?” Si es que sí, ¡legítimo! Si es que no ¡ilegal! Fácil asunto éste. “Tú eres un Estado que funciona, tú uno fallido”.

Volviendo al dilema de seguridad. Señalo todo esto porque de un Estado legítimo uno espera que se escude en conceptos tan loables como la protección de su población, mientras que de un vil villano sólo nos esperamos que extorsione a su gente y amenace indiscriminadamente a los Estados vecinos. Para un Estado legítimo es fácil entonces plantear que en defensa de un soldado, que muy probablemente ni siquiera quería serlo, se responda con cientos de misiles, de casas derribadas, de amenazas cumplidas contra una población civil que poco o nada tiene que ver en el secuestro. El dilema de seguridad sólo afecta a uno de ellos, al Estado legítimo. El otro, malhechor donde los haya, no puede quejarse de que su vecino esté armado hasta los dientes, que no declara qué tipo de armamento y en qué número tiene.

Parece como si volviéramos a aquella asquerosa dicotomía colonial entre Naciones capaces de gobernarse a sí mismas, Pueblos con potencial para el autogobierno pero que han de ser guiados y Tribus salvajes incapaces de saber qué es un gobierno moderno. El problema de la aplicación de este modelo al conflicto viene cuando la Nación capaz de gobernarse pretende, como pretende el Estado de Israel, ser juez y parte cuando trata que el protectorado de ese Pueblo con potencial caiga en sus manos y sea él quien gobierne las aspiraciones de vida de Palestina, legítima a pesar de los líderes que la gobiernan y la han gobernado.