miércoles, junio 28, 2006

La Historia ¿es cíclica o lineal?


Qué eterna pregunta ésta, la que ya se hacían los ciudadanos atenienses. "Agua pasada no mueve molino", "Todo fluye, nada permanece". La Historia es lineal, que dirían los cristianos. Si hablamos de una mala historia -pongamos por caso una chica que ya te ha dado calabazas- pensamos que no puede volver a repetirse -de ahí que, animados por lo etílico de la noche, volvamos a intentarlo como si ella al vernos caminar torpemente y balbucear alguna frase incoherente, hubiera cambiado de opinión. Y si hablamos de una buena historia -ella dijo sí la primera vez- pensamos que puede volver a repetirse, ¡por supuesto! -aunque quizá para ella la historia no fuera tan buena.

Pero yo no creo que la Historia sea lineal. Es cíclica ¡vive dios! O más bien es un círculo vicioso en el que no cabe esperanza de resurrección. Me explico. Hace unas escasas horas la Historia ha vuelto a reírse de nosotros, los miembros del Estado Español, y lo ha hecho como más cruelmente duele: con el fútbol y con un Mundial de por medio. No podía haberlo hecho con una Eurocopa, que nos la trae al pairo a no ser que estemos a punto de ganarla. Tampoco con el Mundial de Baloncesto, o el de Judo o el de Petanca, no. Ha de ser con el fútbol porque es éste y no otro el deporte en el que más duele. Podemos ser campeones mundiales de hockey hierba, ser una potencia en baloncesto, ganar siempre al balonmano e incluso arrasar en fútbol-sala. Pero es el deporte de los 11 contra 11 detrás de una pelotita en el que fracasamos constantemente dejando en evidencia las carencias de este país en el nuevo frente de guerra que se abre cada cuatro años.

Por que, no nos engañemos, es un Mundial donde hoy día la Naciones, esas que no entienden de resultados económicos, del cómputo del I+D, del Índice de Desarrollo Humano o del precio del pan, se retan las unas a las otras y es allí donde la supremacía permanece. Noruega puede ser el país donde mejor se vive de Europa pero, como se quedó sin Mundial, se joden y mantienen su imagen de fracasaos -aunque pongan esa cara como que de verdad no les importa, con su Estado de Bienestar y tal. Fue en un Mundial donde Argentina ganó la Guerra de las Malvinas -¡argentinas!-, donde Alemania logró crear un sentimiento de unificación tras la caída del muro, donde Senegal se cobró los años de colonización cuando ganó a los campeones franceses en el partido inaugural. Fue por un partido para el Mundial, por lo que El Salvador y Honduras iniciaron la que luego se dio en llamar "La Guerra del Fútbol".

Y ahora, otra vez nosotros perdemos. Y otra vez contra Francia, enemigo histórico al que sólo hemos logrado ganar en la Guerra de la Independencia -por más que alguno lo niegue. No hay enemigo ante el que duela más caer rendido. Bueno, quizá Italia.

Ayer 27 de Junio de 2006, 22 años exactos desde que la España del 12-1 a Malta perdiera la final del Europeo frente a Francia, volvimos a caer ante nuestros vecinos del norte dejando sólo al Cura Jerónimo Merino en su defensa de Madrid. ¿Y qué hago yo ahora con mi tele de plasma? ¿Y para qué quiero La Sexta? Menos mal que en el fútbol la revancha se da cada cuatro años.

Bienvenidos al Día de la Marmota.

viernes, junio 23, 2006

No fijar carteles


Ahora me queda más claro. Gracias a la empresa anunciadora.

martes, junio 13, 2006

De cárceles y carceleros. Un nuevo experimento científico

Bueno, siguiendo con esta intención de reproducir todo aquello que oigo, leo y veo, vamos a por el segundo experimento sociopsicológico de la semana. Presten atención niños y niñas que si parpadean se lo pueden perder.

Nos situamos en la década de los 70. Timothy Leary lleva ya años experimentando con las drogas en búsqueda de una nueva dimensión para la mente. Sin embargo en la Universidad de Stanford uno de los más eminentes psicólogos consigue presupuesto suficiente para llevar a cabo su experimento científico, a saber:

Se publicaron anuncios solicitando estudiantes universitarios que, bien pagados y tras el pertinente reconocimiento psicológico que certificara su aversión a la violencia y a actuar despóticamente, estuvieran dispuestos a permanecer en un continuo juego de rol durante dos semanas. Muchos fueron los llamados, pero pocos los elegidos. Al final seleccionaron a un numeroso grupo de estudiantes a los que se les dividiría en dos grupos mediante el azar (ese gran elemento que no puede faltar en cualquier receta científica). El primer grupo se metería en el papel de presos y el segundo jugaría el rol de carcelero.

Una vez hecha la selección, el sótano de la Facultad de Psicología de la Universidad fue transformado en unos calabozos (bonita metáfora). En estos calabozos no podían faltar ni los camastros de mala calidad ni los barrotes en cada una de las puertas y ventanas. Cuando estuvo listo, el experimento comenzó de la manera más abrupta para la mitad de los participantes. Sin previo aviso, todos los que fueron asignados como presos eran detenidos en sus lugares de trabajo, residencia o estudio, y públicamente conducidos hacia los calabozos recién construidos.

Mientras que los presos sólo tenían que permanecer en sus calabozos durante las dos semanas del experimento, los carceleros podían continuar con su vida de estudiantes en el campus pero bajando a cuidar de sus reclusos de vez en cuando. El experimentador, esta vez, no intervendría dando ninguna instrucción, ni siquiera estaba presente, sino que recogía su información a través de las cámaras ocultas colocadas estratégicamente en el penal.

Desde un principio, la actitud de los carceleros no era la esperada. No se comportaban como lo hacían durante su vida lejos del sótano, sino que los cánones morales que arriba parecían ser inflexibles se desvanecían una vez abajo en favor de un principio de superioridad, de poder. Las actitudes de los carceleros se volvieron toscas y comenzaron a practicar juegos de humillación contra los presos, compañeros suyos en el campus universitario. Al tiempo, la actitud de los presos comenzó a ser autómata. Chicos que entraron llenos de vida y energía permanecían durante horas sentados en una silla sin emitir un sonido o provocar un mínimo movimiento. Y más grave aún. En su delirio, los estudiantes presos no solicitaban a gritos la finalización del experimento, sino la excarcelación por clemencia.

De tal manera se sucedieron los juegos y humillaciones, las abstracciones de los presos a su mundo interior que llegados al día 6º del experimento el tutor del mismo decidió suspenderlo. Con seis días había bastado para comprobar que la socialización que existe en las figuras de autoridad y subordinado comprometía las más fuertes convicciones morales, las más fuertes empatías. Como en el anterior experimento explicado en este blog, la relación existente entre la autoridad y la fragilidad de la moral puesta en cuestión provoca que acontecimientos como los de la Alemania Nazi, Abu-Graib, o cualesquiera otros que queramos comprender, se consideren por parte de los implicados en su materialización, como hechos inevitables y poseedores de una lógica interna extremadamente coherente con el momento histórico en que se han desarrollado.

Con esto no pretendo soliviantar a heridos o damnificados por estas y otras tragedias de similar índole, sino ayudar a comprender lo acontecido desde el punto de vista de la persona que lo lleva a cabo. Comprender por ejemplo que, sin formación en cuestiones tan básicas como los Derechos Humanos o el Derecho Internacional Humanitario, un soldado del Imperio nunca podrá pensar que las vejaciones a las que somete a su prisionero son fruto de una falta de respeto hacia la vida y la integridad del detenido. Y quien dice Abu-Graib dice otras tantas y tantas prisiones, no tan lejanas.

jueves, junio 08, 2006

Los ratones y la autoridad


A mediados del siglo XX, en la facultad de psicología de una universidad norteamericana, se les ocurrió la genial idea de realizar un experimento que sin duda, además de polémico, sería esclarecedor.
El mismo consistía en publicar un anuncio en el que se solicitaban voluntarios (remunerados, por supuesto) para un experimento sobre la memoria. No hay experimento sin conejillos de india que se precien. De manera que, el voluntario-remunerado que acudía a la cita científica, era recibido por un científico de uniforme, esto es, de bata blanca y carpeta de apuntes. El científico le pedía que esperara en una sala en donde se encontraba el otro "voluntario". Éste no tenía nada de voluntario (de ahí las comillas) sino que era un gancho del experimento. El "voluntario" le comentaba al voluntario-remunerado cómo era su vida, interaccionaban, y le hacía referencias a un supuesto problema en el corazón. Era el típico pesado de la sala de espera, vamos.
Al poco, el científico aparecía en la sala y les proponía el experimento. Uno de ellos, por sorteo, sería atribuído al rol de profesor que debía de hacer trabajar la memoria del otro, que sería el alumno. El sorteo, por supuesto, estaba siempre amañado para que el voluntario-remunerado se quedase siempre el rol de profesor. El voluntario-remunerado era introducido en una sala donde había una mesa, una silla y una panel con palancas que señalaban distintas medidas en watios, desde 5 watios hasta 450. Detrás de él siempre permanecería el científico de bata blanca, de pié y con su carpeta de apuntes. Siempre le explicaba al voluntario-remunerado en qué consistía la experiencia: El profesor preguntaría un cuestionario al alumno, que se encontraba en otra habitación contigua, a través de un interfono. Según el alumno fuera fallando preguntas, el profesor debía accionar una palanca de watios que le produciría una descarga eléctrica. Se suponía que según fuera recibiendo descargas, el alumno forzaría su memoria más y más.
Preguntado a priori un grupo de expertos sobre el experimento, éstos afirmaron que tan sólo el grupo de población que fuera considerado psicópata llegaría a producir descargas de 450 watios a la persona con la que había intimado unos minutos antes. Es decir, sólo 1 de cada 1.000 llegarían al final de la secuencia.
Sin embargo, los expertos no tuvieron en cuenta en su predicción que detrás de los voluntarios-remunerados se encontraría la autoridad científica competente, quién cuando los candidatos titubeasen en proporcionar las descargas siempre diría lo mismo: "La expeciencia requiere que continúe". Así hasta el cuarto titubeo que era el momento en que el científico daba por terminada la actividad.
De ese pronóstico de 1 por 1.000, resultó que cerca del 70% de los voluntarios-remunerados llegaron a aplicar la descarga de 450 watios a su nuevo amigo, aún sabiendo que padecía del corazon, aún escuchando sus lastimosos gritos y plegarias de clemencia, aún pensando que, sólo por azar, él se encontraba en la posición del profesor y que bien podía haber acabado de alumno. El experimento, además de éticamente cuestionable, fue por tanto un éxito, pues desde el principio se proponía demostrar que, estando presente una relación de autoridad y aún sabiendo que era libre de marcharse en cualquier momento, el individuo objeto de análisis era capaz de realizar acciones que jamás en su vida diaria hubiera realizado y además hacerlo sin ningún tipo de cuestionamiento ni problema ético severo. La Socialización de la Autoridad, la socialicación del contexto en el que uno se encuentra.
Suena a Alemania en la Segunda Guerra Mundial ¿o me lo parece sólo a mí?