viernes, marzo 03, 2006

De Motines y Resistencias


Siempre he mirado con envidia películas como "La estrategia del caracol", "El inglés que subió una colina pero bajó una montaña" o incluso películas como "Billy Elliot". En ellas siempre pude ver cómo pequeñas localidades, o pequeños microcosmos se levantaban contra lo establecido creando sus propias recetas para la resistencia. De todas ellas me quedaba el regusto en la boca de que uno siempre puede ser más si se une, de que si por un instante se inicia una estrategia colectiva, conduzca a buen puerto o sea un completo fiasco, se instala la sensación de que el poder no siempre son esos señores bien vestidos.

La envidia viene de ahí. De ver cómo la gente tiene con quién unirse. Siempre he sido hijo único desde que recuerdo, y por eso ya de pequeño buscaba pequeñas señales en los compañeros y compañeras de juegos que me indicaran un "te apoyo", un "estamos en el mismo barco, camarada". Yo, por entonces, vivía en un bloque donde había 2 escaleras de 8 pisos con 4 apartamentos cada uno, 64 en total. Echen cuentas. A razón de una media de 3 personas por apartamento: 192 personas viviendo en aquel infernal edificio. Imposible ponerlos de acuerdo sobre el color de la moqueta del portal, ¡imaginen sobre la revolución y los que aún la queríamos tanto! Más tarde, mis padres se decidieron a cambiar de casa, que no de barrio. Lo ideal para mis proyectos transgresores era un edificio pequeño, donde no hubiera más de 60 personas viviendo y en el que residiera la gente joven del barrio. Pero no. Mis padres decidieron mudarse a un edificio donde sólo había dos apartamentos. ¡Sólo dos! Y además, el piso de arriba estaba habitado por un matrimonio joven de clase muy media y con la vida inmersa en la actividad profesional. Como se llevaban bien con mis padres, ya no se discutía ni sobre la moqueta. Si algo no le gustaba a uno de los dos matrimonios se cambiaba. El consenso se había instalado en nuestras vidas.

Ahí pasé los años, la vida. Buscando entre mis compañeros habituales y aquellos que me encontraba en distintos caminos, alguno que quisiera transgredir conmigo. Alguno encontré, pero me llamaban ácrata de salón y cosas por el estilo. Así que poco a poco seguí con la misma búsqueda de la transgresión, pero ya no buscaba a nadie con la mirada.

Y ya casi había perdido la esperanza -¡vive dios!- cuando repentinamente Gallardón me da los motivos suficientes. Tanto tiempo buscando el hábitat perfecto, y lo tenía ahí. El más grande y hermoso de todos. Es cierto que ya no vivo en mi barrio ni en mi ciudad -que es Madrid, por si no lo habían adivinado. Los estudios me han traido lejos de las palmeras de chocolate de la Puerta del Sol, de los domingos de la Gran Vía, de las croquetas frente al Congreso. Me han alejado hasta electoralmente hablando porque -y ahora sí me pongo dramático- me he visto en la obligación de empadronarme fuera del Forito. Pero todo esto no quita para que sienta la necesidad de conjugarme con todos aquellos damnificados por la gestión gallardoniana.

Refugiados Ambientales de Madrid, Quijotes Madrileños frente a Gigantes Parquímetros, Sufridores en Casa... ¡UNÁMONOS! No es posible que por soterrar la M-30 tengamos que derribar casas, barrios, tengamos que hacer morir comunidades que llevan años juntas. No es posible que nuestros abuelos ya no puedan ir a pescar por las mañanas, que hasta el río se ha mudado, cansado de nosotros. No podemos ceder ante el impuesto criminal que suponen esas cajas azules frente a las puertas de nuestras casas. El sueño de los madrileños no es vivir en una ciudad olímpica, sino vivir en su ciudad, no tenerse que ir a vivir a una ciudad de las afueras.

Hubo un tiempo en donde el Pueblo de Madrid se levantaba con ira ante quien se atreviera a decirle cómo tenía que vivir. Es hora de volver a decir basta. ¡Esquilache me recorre las venas! Gallardón: Daoiz y Velarde salen a tu encuentro.